El libre comercio con Canadá emite señales de éxito

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El acuerdo CETA entre Europa y Canadá ha generado, en sus dos años de vigencia, un aumento de las exportaciones españolas del 20%, que la Covid ha interrumpido.

 

El balance del libre comercio con Canadá no deja lugar a la duda. Para España, el primer bienio del CETA ha sido un éxito rotundo. Ha disparado las exportaciones hacia el vecino del norte de EEUU. Hasta la llegada de la Gran Pandemia, la mayor recesión en tiempo de paz de la historia económica contemporánea. La supresión del 98% del armazón arancelario en el tránsito de mercancías, bienes y servicios -también de capitales- que contempla el pacto comercial ha disparado la actividad económica a través de la pasarela entre ambos lados del atlántico, con el consiguiente beneficio para las empresas. En el caso de España, en los dos años hasta la irrupción de la Covid-19, las ventas han llegado a crecer hasta casi un 25%, aunque se han estabilizado, al término de 2019, en el 20%, tal y como constatan las autoridades comerciales. Y lo que resulta, si cabe, aún más trascendental: Canadá se estaba convirtiendo, hasta la hibernación de las economías globales, en un auténtico balón de oxígeno con el que respirar en momentos de agonía de la actividad europea, el baluarte exportador hispano por excelencia. Los datos superan con creces las predicciones de la Comisión Europea que vaticinaba un repunte de las ventas españolas del 8% anual.

El lado de la balanza

España ha comprobado que el CETA es un claro ejemplo de la correlación que existe entre el sector exterior y el grado de apertura comercial y de desarrollo económico-social de los destinos de las exportaciones. Y Canadá es un mercado que sigue esas pautas, las mismas que rigen los tratados de desarme arancelario suscritos por la UE, en el que se engloba el pacto canadiense. De hecho, en los primeros compases de su entrada en vigor, el beneficio mutuo se ha inclinado hacia el lado español de la balanza. En términos bilaterales. En cierta medida porque su puesta en escena ha coincidido con la tormentosa negociación para la revisión del Nafta norteamericano, el área aduanera que Canadá comparte con EEUU y México, ahora reconvertido -con notables cambios- en el USMCA, por exigencia de la Administración Trump, y que en los inicios de reconversión de sus normas de funcionamiento provocó un intenso conflicto diplomático, con duras acusaciones entre Ottawa y Washington. Con intercambios directos entre el primer ministro Justin Trudeau y Donald Trump en foros de defensa del libre comercio como el G-20.

Porque el CETA comenzó su andadura en el epicentro de las políticas proteccionistas de EEUU y de las batallas comerciales emprendidas con rivales económicos como China y aliados como la UE o sus vecinos del ahora Nafta 2.0, lo que posibilitó que las firmas exportadoras españolas encontraran en el mercado más septentrional de América un colchón de estabilidad.

Actualmente, el saldo de la balanza comercial entre ambos países se mantiene favorable a España, después de varios años en que las importaciones desde Canadá crecieron más que las exportaciones en sentido contrario (hasta el punto de llegar a invertir el signo de la balanza). La apertura comercial hacia Canadá, por tanto, está contribuyendo a paliar el déficit comercial de España, que ha aumentado notablemente en el último año. Ya en los dos primeros años desde su entrada en vigor, las ventas hispanas crecieron en 350 millones de euros. E, incluso, en algún sector, como el de la automoción, llegaron a triplicar sus facturaciones en Canadá -desde los 77 millones de 2017, hasta los 231 en 2018- hasta registrar un alza del 236% al término de 2019. Fruto, en cierta medida, del parón de un semestre de la industria de México por las amenazas de subidas arancelarias de la Casa Blanca. Una trayectoria que se ha consolidado. Porque las exportaciones totales de España han pasado de los 1.489 millones de euros en 2017, a los 1.645 millones en 2018 y a los 2.028 el pasado ejercicio.

Al otro lado de la balanza comercial, las importaciones canadienses fluyeron con intensidad. En 2017, se registraron 1.302 millones de euros, subieron hasta los 1.712 millones al año siguiente y se redujeron a los 1.565 en 2019. Lo que deja una tasa de cobertura favorable a España -salvo en el ejercicio 2018, en el que el saldo benefició a Canadá por 67 millones- de 187 millones de euros (2017) y de 463 millones el pasado año. Con los bienes de maquinaria y los aparatos mecánicos con un 30,6% de cuota, los productos farmacéuticos (14,1%) y bebidas (6,9%) al frente de las operaciones. Un impulso que también se constató en el área de servicios (1.015 millones de euros por parte de España y 327 millones en adquisiciones desde Canadá en 2019). Al igual que en materia de inversiones. En 2018, el flujo de capitales españoles superó los 1.236 millones de euros.

   

Las palabras del anterior presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, en 2016, en la fase final de la negociación con Canadá, de que la UE había abierto un “nuevo capítulo” en las relaciones con el país norteamericano han sido premonitorias. Al margen de la automoción y del conjunto de las ventas bilaterales, industrias españolas como las de manufacturas no químicas, las de consumo o la de alimentación también se han beneficiado del acuerdo en el que se establece un ahorro arancelario de 590 millones anuales. Desde la parte canadiense, la mayor rúbrica exportadora hacia España ha sido la de productos energéticos, que aumentaron un 300% y alcanzaron los 457 millones de euros. Un repunte que se explica por la disponibilidad y el bajo coste de estos productos en Canadá. Ya al cumplirse el primer aniversario, la comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmström, manifestó su satisfacción por los progresos de una manera contundente: “Los datos preliminares señalan que hay mucho que celebrar”.

El país norteamericano representa para España no solo una oportunidad de negocio; también un ejemplo de política económica. Por sus sólidos fundamentos económicos. Con una renta per cápita de 43.600 dólares, un potencial de crecimiento por encima del 3%, tasas de paro próximas al pleno empleo y un déficit ajustado a los parámetros de disciplina fiscal de la UE. Como también juega a favor la decisión del Tribunal de Justicia de la UE de avalar los tribunales de arbitraje del acuerdo comercial entre la UE y Canadá, que llegó a poner en cuestión el tratado al completo, que necesitó siete años de negociaciones. “Las disposiciones del pacto se ajustan al Derecho comunitario”, sentenció la Corte de Luxemburgo en abril de 2019.

Las autoridades comerciales españolas dejan constancia de esta prosperidad exportadora y de la solidez de las relaciones bilaterales.  Y recuerdan que, para abordar un mercado estructurado en diez provincias y tres territorios autónomos, fraccionado y con competencias provinciales en un gran elenco de materias, es necesario establecer una estrategia acorde a esta realidad. Porque, entre otras razones, Canadá es “un mercado de precio” en el que habitan los exportadores más competitivos del mundo y donde los compradores -canadienses- “son muy exigentes en cuanto al cumplimiento de plazos de entrega y valoran tanto la capacidad de suministro como la calidad del servicio postventa”.

Last modified: 02/10/2020