Australia, el país que aún podría sortear la recesión

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The lucky country es la única potencia con visos de poder evitar ‘números rojos’ oficiales en su PIB durante la Gran Pandemia. Poco probable, pero no imposible.

 

La pandemia económica que ha contagiado la propagación de la Covid-19 por todo el planeta no ha sorteado Las Antípodas. Australia no es tan afortunada como para que convertirse en una especie de Torre de Marfil. El coronavirus se ha instalado en su territorio como en el resto de las latitudes del planeta. Apenas un centenar de fallecidos, con una cota de contagio que marcó su cénit el 28 de marzo (460 personas) y que en las últimas fechas contabiliza un par de casos por día. Los certificados de enfermos por Covid-19 superan ligeramente los 7.000 y los curados se aproximan a los 6.500. Bien es cierto que, hasta ahora, le ha ayudado su situación austral, bajo el solsticio de verano, menos propenso a la expansión de la epidemia. Pero, hasta ahora, la crisis sanitaria está bajo control. Al menos, si se compara con otros países. Próximos o alejados de su geografía y de la robustez de su sistema sanitario. A la economía, la factura también le ha llegado a una nación que ostenta el periodo más longevo de crecimiento sostenido. Con el permiso y la excepción de China, que ha certificado más de cuatro décadas de prosperidad en su PIB -desde la muerte de Mao Zedong, en 1976-, pero que, a diferencia de Australia, durante esta travesía tan prolongada, ha pasado de ser un país en desarrollo a convertirse en la mayor de las áreas emergentes y segunda potencia global, aunque sin haberse granjeado el estatus de economía de mercado ni haber asumido el reconocimiento de nación de rentas altas.

Los aussies han caído en contracción.

Acaba de certificar que durante los tres primeros meses de 2020 su PIB se contrajo un 0,3%. Apenas algo más que una ralentización en plano. Y, aunque se prevé un desplome de la actividad entre abril y junio del 10% -una predicción oficial de comienzos de este trimestre-, que le llevaría a declarar dos periodos trimestrales consecutivos en receso, el factor que determina oficialmente las contracciones, los últimos diagnósticos de mercado dicen que su precipitada salida del confinamiento y la paulatina desescalada ya ha arraigado en la tasa de actividad. De forma leve, pero al alza. Es decir, ha encendido la mecha del dinamismo. Puede que en las próximas semanas se constate la primera recesión en Australia desde 1991, pero los analistas aseguran que este es el único rincón industrializado que está en disposición, sino de eludirla, de amortiguarla y salir de ella con rapidez y vigor.

Desde luego, no atravesará la recesión de mayor calibre de su historia, que data de 1931, su año negro, el de la gran sequía. Y, aunque no se descarta que el deterioro del PIB persista en los tres primeros trimestres de este año por efecto de la Covid-19 y se predice que su economía, similar en tamaño a la de España al finalizar 2019 (1,3 billones de dólares) podría no lograr restablecer su peso hasta dentro de tres ejercicios, el mercado otorga unas escasas probabilidades de que el país austral logre evitar los números rojos. Tarea ardua y difícil, pero no del todo descartable y que, en cualquier caso, anticipará una fulgurante recuperación. El gabinete del primer ministro Scott Morrison ha liberado un programa de estímulo fiscal de 80.000 millones de dólares para salvaguardar, en los próximos seis meses, los empleos destruidos por la pandemia y asistir con créditos y avales públicos a empresas y hogares ante una eventual y, como presagia el mercado, recuperación en V. De las pocas excepciones a una alternativa más ralentizada e incierta que se ha instalado entre las economías avanzadas. De no haberse registrado las tres décimas de caída del PIB en el primer trimestre, concentrada en el mes de marzo, las opciones hubieran subido de forma casi exponencial. Una interpretación que suscribe el propio ministro del Tesoro, Josh Frydenberg, al avanzar que en el actual trimestre se apreciará el mayor descenso del PIB del país desde la Gran Recesión.

Preparados para lo peor

La Reserva Federal de Australia, el banco central del país, fue uno de los pioneros del mundo anglosajón en recudir sus tipos de interés. Anticipándose, incluso, a las sucesivas maniobras a la baja de su homónima de EEUU. Hasta situarlos en un escenario próximo a cero. Además de poner en marcha un programa de compra de deuda soberana, de bonos australianos, a baja rentabilidad. Las medidas anticrisis, pues, han sido rápidas y su volumen, adecuado para parar la embestida inicial de la Covid-19, a la espera de que sean necesarios nuevos fogonazos fiscales y monetarios para los que Morrison ya ha admitido tenerlos preparados -en connivencia con su autoridad bancaria- hasta una cota nada desdeñable: 320.000 millones de dólares australianos -unos 208.000 millones de dólares-el equivalente al 16,4% de su PIB. De forma conjunta. Es decir, recursos fiscales y monetarios.

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En esta ocasión, sin embargo, la crisis ha sido en Australia igual de fulminante que en cualquier otro punto de la geografía mundial. Cientos de miles de trabajadores han sido enviados a casa; en especial, en los sectores del comercio, construcción o turismo y en segmentos como el de las líneas aéreas, que han monopolizado las colas en las oficinas de desempleo. Durante el tsunami financiero de 2008, sin embargo, la decimocuarta economía mundial -a la zaga de la española- consiguió encauzar el ritmo de creación de empleo al unísono de la salida de su contracción, de un solo trimestre, lo que evitó su declaración de recesión técnica. Dos trimestres consecutivos en escenarios negativos. James McIntyre, analista de Bloomberg Economics en Australia, es de quienes piensan que, aun con escasas o casi nulas probabilidades de eludir la recesión en este trimestre, la economía volverá a resurgir de forma meteórica. Como en 2009. “La expulsión del mercado laboral va a ser substancial, pero se contendrá en cuanto el crecimiento se reactive y, cuando se produzca, lo hará por encima de su potencial durante un extenso periodo, a partir del cual los trabajadores en paro reanudarán sus tareas y, muy probablemente, se volverá a elevar la demanda de empleo y a permitir solicitudes laborales desde el exterior”. McIntyre se decanta por un receso del PIB del 6% este ejercicio, retrocesos salariales y caída de la inflación. Pero valora el esfuerzo de la Reserva Federal de su país, su persistencia en mantener los planes de Quantitative Easing (QE) para frenar las bajas rentabilidades actuales en los mercados y en los efectos balsámicos de los planes presupuestario de Canberra para que los estabilizadores automáticos pongan en marcha el engranaje de la economía aussie. Es la carta que salvaría al país de una recesión que parece inevitable.

La liberación de la Covid-19

Australia y su vecino neozelandés están en la lista de naciones que primero podrían salvarse de la pandemia. Sanitaria y económica. Y el consenso del mercado y los organismos multilaterales coinciden en vincular la superación de la primera con el despegue de la segunda. Junto a Corea del Sur, pese al rebrote de contagios en plena desescalada, y Taiwán, remarca The Economist en un artículo reciente, a partir de las concesiones hacia la normalidad social de sus maniobras de despegue económico y del final del confinamiento. Frydenberg admite que el salto en la tasa de paro del 10% de este trimestre se hubiera disparado cinco puntos más de no ser por el llamado subsidio JobKeeper, que establece unos pagos mínimos de 1.500 dólares australianos durante seis meses, que se han activado de manera intensa por la pandemia. Las expectativas de crecimiento y empleo siguen siendo pesimistas, al igual que sobre salarios y reactivación de la demanda interna, pero las espadas siguen en alto. Todavía.

A pesar de que el FMI presagie una recesión aún más profunda, del 7,2%. De mayor dimensión que sus dos últimas (del 2,2% en 1982 y del 1% en 1991) y que sólo permite parangón con las de los años noventa del Siglo XIX y la década de los treinta de la pasada centuria. Aunque según sugieren investigadores como Robert Ewing que recuerda que, durante el Crash del 29, el PIB australiano pudo haber retrocedido entre un 10% y un 20%, pero que destaca la resistencia de la economía austral, que se ha puesto una vez más de manifiesto. También desde el Fondo se preconiza una fulgurante recuperación. Otorgan a Australia uno de los crecimientos más intensos en 2021, el 8,4%. Bill Evans, economista jefe de Westpac, también era optimista hasta hace pocas fechas y aunque los números rojos oficiales son ya una realidad, confía plenamente en la recuperación durante la segunda mitad del año. No en vano, venía de crecer un 0,5% sólo en diciembre. “Todo ocurrió muy rápido”, explica el economista Stephen Koukoulas, ex asesor económico en varios gabinetes socialdemócratas, “con caídas de las cotizaciones del 15%”. Pero, afortunadamente, “como ha ocurrido en otras ocasiones, el desempleo ha frenado finalmente y los bajos tipos de interés están contribuyendo a amortiguar la recesión”. La susceptibilidad social en Australia sobre el empleo es especialmente alta: “la contracción económica sin trabajo es desastrosa; ya no puedes decir que no te importa tu empleo porque no te guste, es que no puedes acceder a ninguno”, asegura Koukoulas para tratar de entender este fenómeno con más precisión. “El virus ha generado un clima de mayor imprevisibilidad al respecto”. El mensaje de Frydenberg también deja un poso de optimismo. “Nuestras medidas temporales están bien hilvanadas y con unas metas claras para proporcionar mecanismos de aislamiento y protección por la caída de la actividad y servirán para que la economía australiana resurja más fuerte, en todos los frentes, sin daños estructurales y con una predisposición al manejo presupuestario que nos devuelva a medio plazo a la sostenibilidad fiscal”. El nivel de endeudamiento de los gobiernos, estatal y locales en Australia hace que los planes de estímulo puedan ser generosos y con visos de recuperar en el futuro casi inmediato sus recursos.

Entusiastas de los estabilizadores automáticos

Ian Harper, catedrático de la Melbourne Business School, incide en un factor intangible, pero a la vez, altamente efectivo: las autoridades económicas de Australia han luchado siempre contra las recesiones “como si fueran una plaga”. Porque asumen desde hace décadas el recetario del ex secretario del Tesoro americano, Larry Summers, de disponer de “planes de contingencia” durante los años de vacas gordas, para abordar recesos del PIB futuros. Australia es una nación entusiasta de los estabilizadores automáticos, afirma a Business Insider. Además de su habilidad para poner en marcha proyectos de infraestructuras. Como los que ideó Lindsay Tanner, titular de Finanzas entre 2007 y 2010, quien se inspiró en las grandes obras ferroviarias acometidas en la década de los noventa que sortearon la recesión. Con apenas unos recursos del 1% del PIB. Su teoría se basa en el despertar de empresas y trabajadores al calor de programas que espoleen la actividad privada nada más prender la llama de la recuperación. Siempre que haya suficiente munición financiera, unos bajos tipos de interés. Y docilidad política, para que el parlamento y los gobiernos municipales tramiten con celeridad dotaciones presupuestarias y leyes adecuadas a los escenarios recesivos. El Gobierno del laborista Kevin Rudd lo activó en 2008. E involucró en el mismo a parados de larga duración, dedicados a rehabilitar o construir barriadas. En lugar de esperar a que grandes obras de ingeniería, como túneles o redes de suministro de gas o petróleo, aeropuertos o puentes, cobraran vida después de sus procesos de aprobación técnica o medioambiental. Australia los relegó como un segundo foco de impulso, un segundo motor que activar tras el despegue y adquirir velocidad de crucero. Pocos gabinetes como el de Rudd “han ganado tanta ventaja a la recesión”. Su lema era “seguir hacia adelante hasta que el juego acabe”. Con apoyo público e incentivos a las empresas y trabajadores. Bajo la tesis, esencial para implantar los estabilizadores automáticos, de rebajar impuestos durante los primeros estadios de la contracción, para recuperar sus niveles -o, incluso, superarlo, en los primeros ejercicios de dinamismo.

Last modified: 29/06/2020