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El peligro que se esconde tras las ideas innovadoras

Innovar se ha convertido en una seña de identidad para toda empresa que se precie. Es algo fundamental

, ya que ningún negocio puede llegar muy lejos si no invierte en I+D+i. Esto lo sabe cualquier compañía, incluso las pequeñas, que se están viendo presionadas por el entorno económico y conducidas hacia una disyuntiva clara: renovarse o morir. Todas buscan convertirse en pioneras de su sector. Todas confían en que las ideas innovadoras colaboren en la buena marcha de los productos o servicios ofertados. Pero cuidado que en este campo no todo es tan bonito. La innovación puede ser un arma de doble filo, que no está exenta de riesgos. Veámoslos en detalle.

 

El gran peligro viene generado de la obsesión por sobresalir entre la multitud de rivales que compiten con nosotros en un mismo sector. Esta carrera sin freno lleva a que se genere una estrategia de innovación que no vale para nada. Que solo sirve para anunciarse y obtener publicidad pero que realmente no ayuda en nada al negocio. Una multinacional se puede permitir el lujo de perder tiempo y recursos en idear soluciones vacías, que no van a reportar beneficio alguno, ni a la empresa ni a la sociedad. Una pyme no puede darse el capricho de desperdiciar ni una mente ni un segundo en desarrollar ideas innovadoras que carezcan de interés. Esto es un gran riesgo que puede acabar con llevar el negocio a la ruina. Las máquinas del tiempo y el teletransporte están muy bien para Google o IBM. Pero nuestra pequeña empresa solo quiere ofrecer productos y servicios y ganar algo de dinero. Eso es todo.

 

Además de la pérdidas de recursos y de tiempo, ser demasiado innovador puede conducir al problema de que los clientes en general nos consideren como demasiado buenos. ¿Puede ser un riesgo ser vistos como los mejores? Aunque parezca increíble, para una pyme, sí. Si una firma se gana el prestigio de convertirse en una fuente de ideas innovadoras y geniales, siempre se esperará que lo continúe siendo. El problema llega cuando durante una temporada no surge nada revolucionario. Entonces, todos pensarán que hemos dejado de ser referente y se olvidarán de los logros pasados. ¿Exagerado? Para nada. Un buen ejemplo es lo que le está pasando a Apple desde hace una temporada. La compañía ha sido el  referente en la innovación durante el siglo XXI. Por eso cualquier nueva versión del iPhone que no traiga consigo un cambio estratosférico es considerada un fracaso, que lleva a las acciones de la compañía a reducir su cotización.

 

Como es de suponer estos casos no pueden llevar a la idea de que una empresa, sea cual sea su tamaño, deba perder la buena costumbre de modernizarse de manera constante. Lo que se busca es enfocar esta innovación. Hay que inventar aunque con sentido. Si no, se malgastan recursos. Tampoco hay que buscar siempre ser el primero en algo. En la economía actual, ser pionero está sobrevalorado. Para comprobarlo, basta con contemplar la situación de referentes tecnológicos recientes. Todos descubrieron algo, y todos se han visto superados. Hablamos de firmas como Zynga, que inventó el sector de los juegos sociales –seguro que recuerdan Farmville-. Durante 2009 y 2010, esta compañía tenía más de 80 millones de usuarios que diariamente jugaban con sus productos, a través de Facebook. Era la niña mimada de Silicon Valley. Hoy pocos la mencionan. Ahora los que triunfan son los títulos lúdicos que se juegan en dispositivos táctiles, como los smartphones y las tablets, y en donde reinan firmas como King, con su Candy Crash o Rovio, con los Angry Birds. Zynga inventó la categorías de juegos sociales casual y ha contemplado cómo otras firmas, que no fueron pioneras, la han superado.

 

Por desgracia para ellos, existen muchos ejemplos de precursores cuyo ingenio no les ha servido para conservar una situación de privilegio. Nokia inventó los móviles y el smartphone la sepultó. Groupon fue el iniciador de los cupones descuento y ahora pasa por problemas con caídas en la cotización del 75%. Six Degrees y MySpace fueron pioneros en las redes sociales. La primera ha desaparecido y la segunda no la utiliza casi nadie. Todos estos casos demuestran que el mundo de la innovación no es tan bonito como se pinta. Estamos ante una actividad nebulosa que es como un arma de doble filo. Por uno, conduce al éxito. Por el otro, al fracaso. ¿Cómo acertar sin caer en ninguna de sus trampas?

 

Las respuestas son dos. La primera es que solo se puede ser inventor cuando se dan las condiciones. Es decir: hay que tener dinero o financiación para innovar. Si se carece de efectivo, mejor centrarse en el negocio propiamente dicho. La segunda clave pasa por tener claro que una idea innovadora tiene que ser útil. Es decir, debe responder y solucionar una necesidad real que tenga la sociedad. Una pyme que actúa de esta forma se convierte en un nombre fuerte y referente, que utiliza su materia gris para hacer la vida más sencilla a sus clientes actuales y futuros.

 

Como todo en el mundo de los negocios, la respuesta está en los consumidores o clientes. Ellos son los que, sin saberlo, dictan las normas de funcionamiento de una compañía. Ellos son los que deciden cuándo están preparados para una tecnología disruptiva. Son los que prescriben una solución y los que la dan por amortizada. La innovación nunca puede olvidar que su objetivo es convertir a los demás en más felices o más productivos. Como decíamos antes, no hace falta descubrir la máquina que permita viajar en el tiempo. Basta con saber escuchar a los que te compran. Si ellos te dicen que con el formato cuadrado de los yogures se desperdicia producto, nuestra obligación es innovar y lanzarlos redondos para aprovechar todo el contenido. Esa sencilla idea fue clave para que Danone sea el rey de los lácteos. Que cunda el ejemplo.

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No hay edad para emprender

Cuando se piensa en emprendedores lo normal es imaginar a jóvenes como los fundadores de Facebook o Google. Pero los datos constatan, que el grueso de los aventureros se lanzan a crear sus negocios a la vez que peinan canas o lucen una brillante calva. Buenos ejemplos de este hecho son los casos de Ricard Fisas, que tenía cincuenta años cuando creo la marca de cosmética de lujo Natura Bissé; Leopoldo Fernández Pujals, que había celebrado cuarenta primaveras cuando fundó Telepizza o el presidente de OHL, Juan Miguel Villar Mir, que antes de poner la primera piedra en la constructora a la edad de 58 años llegó hasta vicepresidente del Gobierno. Todos ellos han demostrado que el emprendimiento no está reñido con la edad.

Muy al contrario, los datos demuestran que el perfil real del emprendedor tanto en España como en la mayoría de países occidentales, Silicon Valley incluido, responde más a una persona con canas, varios hijos y una larga trayectoria profesional que a la idea dominante de jóvenes veinteañeros, como los fundadores de Tuenti. Según el informe GEN España, la edad media de los responsables de las nuevas empresas españolas creadas en el último año rozan los 39 años. Una cifra que va en aumento, sobre todo ahora que muchos trabajadores veteranos optan por crear su propio empleo ante la falta de oportunidades laborales en un país con más de seis millones de parados.

Pero esta realidad no es solo nacional. Un rápido vistazo al ránking realizado por la revista Forbes sobre las 500 empresas tecnológicas que han tenido un crecimiento más rápido a nivel mundial evidencia la falta de fundamento de ciertos estereotipos. Es más, la empresa que lidera esta lista, First Solar, fue fundada por un señor de 68 años. ¿Más casos? Riverberd Technology la inició un empresario de 51 años y la tercera en discordia, Compellent Technologies, fue lanzada por tres emprendedores de 45, 55 y 58 años, respectivamente. Un último ejemplo, y quizá el más ilustrativo, el fundador de Zynga, la firma responsable de los juegos sociales de Facebook de más éxito como Farmville, tenía 44 primaveras cuando puso en marcha el proyecto.

Estos ejemplos demuestran que el peso de la experiencia es importante a la hora de emprender. Pero no hay que engañarse. Este fenómeno no es solo fruto del aumento del paro, unido al retraso de la edad de jubilación y al progresivo envejecimiento de la población. El verdadero motivo que explica el auge de los emprendedores canosos es que son los únicos que han tenido tiempo de aprender ciertas cosas que son vitales para poner en marcha una aventura empresarial. Y es que los emprendedores de edad avanzada son más propensos a acumular una larga trayectoria profesional y, por tanto, poseen un mayor knowhow de sus sectores, además de un profundo conocimiento de las necesidades de los clientes. Esta experiencia les permite descubrir nichos de mercado específicos y ser capaces de levantar compañías más avanzadas tecnológicamente y con modelos de negocio enfocados a resolver las necesidades concretas.

Un último ejemplo es el de Vicente López, fundador de GSS. Su historia comienza con dos décadas de trabajo y experiencia en la empresa Xerox. En 1986 cuando acababa de cumplir 45 años se atrevió a dar el paso de convertirse en su propio jefe y fundó una empresa de números 900. De hecho, a López y a su empresa Teleaction se les considera los padres de estos números. Diez años después este emprendedor vendió el negocio, obteniendo un beneficio de 60 millones de las antiguas pesetas. Pero a pesar de tener 55 años no se quedó en el sofá disfrutando de su dinero sino que inauguró De Vinis, un restaurante especializado en la cultura del vino. Un año después, con 56, se embarcó en la creación de GSS, una empresa que se encarga de gestionar las relaciones con los clientes a través del teléfono y el ordenador. En 2011, facturó 97 millones de euros y tiene una plantilla de más de 3.000 empleados. Unos números envidiables para uno de esos hombres que han demostrado que el emprendimiento no tiene fecha de caducidad.

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Elige un buen nombre. Una mala selección te puede llevar a la quiebra

En un negocio se suelen cuidar todos los detalles. Pero hay un asunto que, en ocasiones, se toma demasiado a la ligera. Nos referimos a la elección de un buen nombre, tanto para la empresa como para un producto determinado. Aunque no se lo crea, los casos de buenos artículos que han fracasado por no haber seleccionado un nombre de calidad son incontables. El sector del automóvil es prolífico en este tipo de meteduras de pata. La más popular fue la del fabricante Mazda, al que no se le ocurrió otra cosa que bautizar a uno de sus modelos con el asombroso nombre de Laputa. Otros disparates similares son el Opel Manta, el Mitsubishi Pajero (sustituido por Montero, para evitar el cachondeo), el Nissan Moco, el Ford Pinto (significa pene en portugués), o el Vokswagen Jetta.

Como se puede ver, muchos errores vienen de las traducciones. Quizá un nombre suene bien en su lengua de origen. Pero su significado en otros idiomas puede generar confusiones. Obviamente todos estos vehículos mencionados en el párrafo anterior no vendieron demasiado en el mercado español. Fuera del mundo del motor, tampoco es demasiado complicado dar con denominaciones malsonantes. ¿Ejemplos? Qué tal una empresa de embutidos que se llama Morte, o una constructora bautizada como CAE, o los bolígrafos Sarasa, o los medicamentos Ymea… La lista es interminable y viene a demostrar que los fallos no viene solo de pymes, sino de multinacionales. Para evitar cometer errores como bautizar nuestra empresa como Pérez y Navarro SA, por poner otro ejemplo, es bueno tomarse con calma la elección del nombre.

¿Qué tiene que tener un nombre para triunfar?

No existe una regla válida para todos los nombres. Pero lo básico es que una buena denominación debe sonar bien y no significar nada ofensivo ni caricaturesco en todos los idiomas donde se quiera estar presente. Una vez alcanzado ese punto, no viene mal conocer unas tendencias que se están siguiendo a la hora de bautizar compañías y, después, seleccionar la que mejor se adapte a nuestro negocio o producto.

La primera tendencia es la de utilizar palabras reales. Buenos ejemplos son los de Apple, Amazon, Twitter o Yahoo. Normalmente no tienen relación con el negocio de la empresa, pero suenan bien y ayudan a la hora del márketing. Eso sí, cuentan con la dificultad de que pueden ser demasiado abstractas y que, en la actualidad, resulta muy complicado encontrar una URL disponible de un vocablo que ya exista.

Otra alternativa es la utilización de palabras mal escritas. Este fue el camino elegido por Flickr, Google o Digg. En realidad, estos vocablos correctamente escritos serían flicker, gogol y dig. Pero los responsables de estas empresas decidieron diferenciarse de la multitud. Otra ventaja de esta tendencia en nombres es que desaparecen las dificultades para encontrar una URL disponible. En cuanto a los problemas, el más importante es la dificultad para recordar este tipo de palabras.

La tercera vía seguida por las empresas en la actualidad es la de las palabras compuestas, como Facebook. La principal ventaja es la originalidad y la desaparición de los problemas con licencias y direcciones de Internet. En cuanto a los problemas, el más destacado es que en ocasiones surgen nombres demasiado largos, que no ayudan demasiado a la difusión de la empresa.

¿Última opción? Las palabras inventadas, como las utilizadas por las compañías Skype o Zynga (los autores del juego social Farmville). Aunque quizá sea la mejor opción, también es la más peligrosa, por el juego de significados que puede tener el vocablo en diferentes lenguas.

Una vez conocidas las tendencias y los riesgos de no tomarse en serio la elección de un buen nombre, sólo queda esperar que ningún emprendedor vuelva a estropear un buen negocio por culpa de la denominación elegida. El camino hasta encontrar el nombre adecuado no será fácil. De hecho, solo en España existen más de dos millones de marcas por solo 300.000 vocablos en el diccionario. Pero vale la pena no tomarse este asunto con demasiadas prisas.

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Minijuegos: un hobby convertido en multinacional

En 2003, un joven diseñador gráfico llamado Pablo Cenalmor tenía una afición a la que dedicaba sus ratos libres. Su hobby consistía en diseñar y construir una página web a la que bautizó como Minijuegos. En ella, Pablo publicaba pequeños juegos gratuitos creados por diversos desarrolladores con la única aspiración de proporcionar a los internautas un rato de ocio fácil. “En aquella época no existía ninguna página similar en España. Había sitios con secciones de juegos. Pero nada tan específico como Minijuegos”, explica Cenalmor.

Aunque desde el primer momento la página empezó a recibir un importante volumen de tráfico, su fundador continuaba manteniéndola en sus ratos libres, pensando que seguiría siendo un pequeño hobby. Se equivocó. “En 2008 me di cuenta de que el proyecto se había hecho grande y que podía convertirse en un negocio”, añade Cenalmor. Para desarrollar la idea de empresa, fichó a Oscar Moreno y entre ambos empezaron a dar los primeros pasos de lo que hoy es la referencia en el sector de juegos online gratuitos en castellano. “En la actualidad contamos con más de 20 empleados, la página tiene 12 millones de usuarios únicos, cuenta con 12.000 juegos y 180 millones de impresiones al mes”, añade Moreno. Por si estos datos no fueran suficientes, Minijuegos también se ha permitido el lujo de traspasar fronteras en época de crisis. “Acabamos de abrir en Italia, y en breve saltaremos a Brasil y Portugal”, asegura Moreno.

Para ganarse al público extranjero, Minijuegos no cambiará nada de lo que para muchos es la clave de su éxito: “Juegos fáciles y sencillos que no ofendan a nadie y que tengan una duración de entre cinco y veinte minutos”, explica Cenalmor.

Los superventas

Con esta premisa en la que prima la sencillez, Minijuegos cuenta con títulos millonarios, como el billar, con más de 191 millones de partidas jugadas, el Ping Pong con más de 85 millones o el Pacman con 37 millones. “El 38% de nuestros usuarios son chicas por lo que también tienen juegos para ellas. Y de España ya solo provienen el 40% de las visitas”, dice orgulloso Moreno.

Ya. Pero, una cosas son las visitas y otra muy diferente el negocio. Así que la pregunta del millón solo puede ser la que sigue: ¿cómo puede ser rentable algo que no cuesta un euro? “Tenemos dos modelos para obtener ingresos. El primero es mediante la publicidad, que nunca es intrusiva, ya que solo aparece mientras se carga el juego. El otro sistema está basado en algunos juegos premium, que también son gratis, pero que si pagas una pequeña cantidad tienes más ventajas a la hora de jugar”, explica Moreno. Este último método es el que utilizan todos los videojuegos sociales que están alojados en Facebook. El ejemplo más popular es Farmville, en el que el usuario se convierte en un granjero. Jugar no cuesta nada, pero si, por ejemplo, se quiere que los animales tengan más salud toca pasar por caja.

En Minijuegos, también hay opciones de este tipo, como el título Dark Orbit, con más de 2,7 millones de partidas jugadas. “Aunque no perdemos nuestra idea inicial de juegos sencillos, con los años nos vamos actualizando. Otro paso que se dará en breve es estar presente en Facebook, donde ya contamos con más de 600.000 seguidores”, explica Cenalmor.

Apuesta por la innovación
Resulta evidente que estos emprendedores no han olvidado que la originalidad ayudó a este hobby a convertirse en una empresa de referencia. Pero ahora toca seguir innovando. La última prueba de ello es la aplicación que permite disfrutar de sus 12.000 juegos en los móviles de última generación. “Cada terminal tiene su propio software, pero con nuestra tecnología detectamos a qué juegos puedes jugar con cada tipo de teléfono”, añaden estos aficionados a los videojuegos que han sabido aprovechar como pocos esta crisis para crecer con su método de ocio gratuito.

Quién se lo iba a decir a Pablo Cenalmor, que todavía añora aquellos tiempos en los que la empresa solo era un hobby, donde las decisiones se tomaban por intuición, o por puro divertimento. Tanto fue así que el nombre de Minijuegos surgió mientras el fundador veía el programa infantil, El Club Megatrix de Antena 3. “En un momento hablaron de un título de la consola Nintendo que contenía cientos de minijuegos. Al escuchar la palabra, me levanté corriendo y comprobé que el dominio no estaba reservado. La verdad es que algunas veces pienso que ojalá todo siguiera siendo un hobby”,concluye Cenalmor con un deje de nostalgia.

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Mundijuegos, el Facebook de los juegos tradicionales

mundijuegosDesde que apareció Facebook muchas cosas han cambiado en el mundo de la tecnología, especialmente en el del software de entretenimiento tecnológico. De hecho, la fuerza de la red social ha provocado que empresas del tamaño de Zed, autores de videojuegos míticos como Commandos, hayan decidido abandonar la programación de títulos para consolas y ordenadores para centrarse en el nuevo maná de la industria: los juegos sociales.  Esta tendencia ha llevado a que sea mucho más rentable programar títulos sencillos para jugar con tus amigos de Facebook, a invertir ingentes recursos económicos y tardar cuatro años en desarrollar el último Call of Duty para la PS3.

Saltarse las normas

Pero como suele ocurrir con todas las tendencias, siempre hay alguien que se desmarca del camino establecido y se la juega. Éste es el caso de Carlos Blanco y su empresa ItNet, que no ha dudado en crear un negocio de videojuegos al margen de la todopoderosa Red Social. “En 2004 se lanzó Mundijuegos, una plataforma de juegos sociales tradicionales que no está presente en Facebook, sino a la que se accede a través de su propio dominio”, explica Blanco.
Lejos de suponer un problema, el hecho de no estar presente en Facebook ha convertido a Mundijuegos en un imán para aquellos que buscan algo diferente a los juegos sociales creados por la gigante americana Zynga, con Farmville o Mafia Wars a la cabeza. “Ofrecemos entretenimiento de siempre como póquer, bingo, brisca, tute, mus, cinquillo, parchís o ajedrez”, explica el fundador de ItNet. ¿Resultado? Cinco millones de usuarios registrados. De ellos, más de dos millones juegan cada mes, 1,9 lo hacen en las versiones gratuitas y más de 100.000 pagan por la versión completa de su juego favorito (unos tres euros al mes). “Nuestro mayor éxito es el parchís”, añade orgulloso Blanco.

Salto internacional

Tiene motivos para sacar pecho. De hecho, el auge de los usuarios que pagan por jugar en la plataforma han originado que la empresa prevea facturar cuatro millones de euros este año y aspira a llegar a los diez millones en 2013. “Para lograrlo hemos decidido dar el salto e internacionalizar Mundijuegos. Estamos trabajando para convertir la plataforma en líder del sur de Europa y Latinoamérica”, asegura Blanco.
En poco tiempo se sabrá si finalmente alcanza sus objetivos. Lo que de momento ya ha logrado es desafiar el orden establecido y atraer a ese internauta, la mayoría mujeres de entre 25 y 40 años, al que no le gustan los videojuegos. Y todo eso sin contar con al apoyo de Facebook. “Tus ingresos y tu rentabilidad no pueden dejarse en manos de los caprichos de una empresa externa. Eso lo están aprendiendo hasta en Zynga que ya ha anunciado en más de una ocasión su deseo de salir de Facebook. Lo que ha desencadenado todo ha sido una nueva norma de la red social que  obliga a las empresas a utilizar siempre su pasarela de pago, cobrando una comisión del 30%. Si no te gusta, pues te toca irte”, explica un Carlos Blanco, que es uno de los empresarios españoles de referencia en el negocio de Internet. Y es que sus negocios no se quedan sólo en Mundijuegos. De hecho, ItNet es una especie de holding que participa en más de veinte compañías. Una de ellas es Ociomedia, desarrollador de páginas de contenidos como Pequejuegos, Nosotras.com o ServiFútbol. Otra participada es RSystem, empresa de servicios, y Aztive, de micropagos. Además, Blanco cuenta con una cartera de más de 11.000 dominios. Otro negocio en el que ha demostrado que los españoles son tan pioneros como cualquier otro.  Sólo es cuestión de esforzarse y lanzarse a la aventura.