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El nuevo escenario del comercio

Más allá de los augurios catastrofistas del Fondo Monetario Internacional (FMI), el acceso formal de Donald Trump a la Casa Blanca va a suponer la culminación de un cambio de modelo en las relaciones comerciales a nivel mundial, que se está traduciendo ya en el desmoronamiento del multilateralismo y su sustitución por un renacido sistema de bilateralidad, en el que las negociaciones y los acuerdos país a país y sector a sector se imponen como norma general para regular los intercambios comerciales y de inversión, frente a las políticas de bloques que han imperado en las últimas décadas al impulso de la globalización.

El resurgimiento del proteccionismo en la Administración Trump, que coincide con el rebrote de los nacionalismos en Europa y la confirmación de un Brexit duro desde Londres, combinado con la posibilidad de fuertes movimientos del tipo de cambio, han despertado una oleada de miedo e incertidumbre a nivel mundial, especialmente en los países emergentes que, a corto plazo, podría traducirse en un aumento de las restricciones al comercio mundial pero que en modo alguno van a derivar en un cierre de mercados y fronteras o en una caída general de los flujos comerciales internacionales.

En el caso de los Estados Unidos, el nuevo rumbo de la política comercial viene marcado por el cambio de filosofía que implantan los empresarios y financieros que Trump ha incorporado a su equipo de gobierno, en la que el aperturismo imperante va a ser sustituido por una cultura de los negocios, más pragmática y menos altruista pero que por meras razones de rentabilidad no puede prescindir del desarrollo del comercio como motor de modernización, de crecimiento económico y de creación de empleo.

Un cambio al bilateralismo que vemos también en esa propuesta de “Brexit duro” que anunció Theresa May pero en la que, pese al abandono del mercado único, deja muy clara su intención de mantener el actual modelo  de comercio sin barrera entre el Reino Unido y otros países de la UE, mediante un acuerdo bilateral. Y avanzado, incluso, su deseo de alcanzar nuevos acuerdos comerciales con países de otros continentes como Estados Unidos, Australia o la India.

La defensa del libre comercio que el presidente chino Xi Jimping ha hecho en Davos, junto a su advertencia de que “nadie saldrá vencedor de una guerra comercial”, avalan también las tesis de quienes, como el Premio Nobel de Economía, Michael Spence, evalúan a la baja el riesgo de un freno brusco en el comercio. Sobre todo teniendo en cuenta los perjuicios que esto ocasionaría a los tradicionales aliados de EE UU en el continente asiático, especialmente a Corea o Japón que ya han indicado su negativa a secundar cualquier involución proteccionista.

Y es en este contexto del bilateralismo en el que se enmarca el reciente viaje del Rey Felipe VI a Arabia Saudí, que ha tenido un evidente contenido comercial como refleja la presencia de las principales multinacionales españolas y también la de CESCE como instrumento de apoyo a las empresas en sus planes y actividades de internacionalización. Un acercamiento de relaciones entre ambos países que junto a la prórroga al consorcio español del llamado AVE del desierto, ha generado un contrato para Navantia para construir cinco corbetas por valor de 2.000 millones de euros, que garantiza la supervivencia de los astilleros de Cádiz y Ferrol, al tiempo que abre las puertas a la entrada de las empresas españolas en ese inmenso proyecto de la Visión 2030, con el que el gobierno saudí quiere reducir su casi monocultivo del petróleo.

Un programa que ya ha llevado hasta Riad a los jefes de Gobierno de Estados Unidos, Alemania, Francia o Rusia, y del que España no puede permitirse quedar fuera. Sobre todo cuando el sector exterior y la internacionalización de nuestras empresas han sido el motor que ha conducido a recuperación y al cambio de modelo económico en nuestro país y, sobre todo, cuando la evolución de nuestras empresas internacionalizadas durante los años de la crisis ha servido para demostrar que son los puestos de trabajo que se crean fuera los que garantizan la permanencia y la estabilidad de los empleos que tenemos dentro.

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