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España, un destino de negocios

Hacer negocios en España es hoy un poco más fácil que en 2015 o 2016. Una afirmación que corroboran tanto el informe Doing Business del Banco Mundial, que evalúa 190 países y jurisdicciones como el Barómetro del Clima de Negocios en España que elaboran el Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX) y la IESE Bussines School.

8 claves fundamentales para lanzarse a hacer negocios en España

1. Miembro de la Unión Europea con modernas infraestructuras

España es un país de la Unión Europea competitivo, moderno e innovador, dotado de recursos humanos y tecnológicos que le hacen muy atractivo para la comunidad internacional de negocios. Dispone de una moderna y completa red de infraestructuras: primera red europea de trenes de alta velocidad y de autopistas y autovías, así como tres de los puertos de mayor tráfico de contenedores y dos de los mayores aeropuertos de Europa. Cuenta también con un amplio sistema de ayudas e incentivos a nivel europeo, nacional, regional y local, del cual se pueden beneficiar los inversores.

2. Noveno país en el mundo com mayor Inversión Extranjera Directa y en producción científica

España es el noveno país del mundo en recepción de Inversión Extranjera Directa (IED). Su elevado grado de apertura y favorable marco legal para las inversiones extranjeras han llevado a nuestro país a recibir inversiones en actividades de alto valor añadido e intensivas en conocimiento y aportación tecnológica. En producción científica España es el noveno país a nivel mundial y quinto de la UE-15, gracias a que los científicos españoles poseen un excelente grado de formación y capacitación.

3. Con un idioma que hablan más de 500 millones de personas en el mundo

El idioma español tiene una importancia creciente para los negocios, es la lengua oficial en más de 20 países en el continente americano, incluidos los Estados Unidos. En conjunto hay más de 500 millones de hispanoparlantes en el mundo. El mercado español es uno de los mayores de Europa, con 47 millones de consumidores, a los que hay que sumar los más de 56 millones de turistas que visitan España todos los años.

4. Clave en relaciones comerciales: Europa y Latinoamérica

Como miembro de la UE, España tiene acceso directo a los países de la Unión Europea y mantiene con Latinoamérica el mayor número de tratados de doble imposición y de protección de las inversiones. Un punto que muchos emprendedores ven como clave a la hora de lanzar negocios en España. Asimismo, las empresas españolas mantienen un papel de liderazgo en las economías latinoamericanas. Ambos factores son clave para convertir a España en un trampolín para hacer negocios en Latinoamérica y para que las empresas latinoamericanas aborden los mercados europeos.

5. Lugar estratégico para multinacionales

España se ha convertido en un lugar estratégico para la gestión de las multinacionales en su expansión en los mercados de Europa y Latinoamérica. Numerosas compañías europeas y asiáticas (Wincor Nixdorf, British Telecom, Huawei, etc.) han establecido en España sus headquarters para Latinoamérica, en tanto que otras latinoamericanas, como Cemex, Pemex, Votorantim…, han elegido España como centro de decisión para sus operaciones en Europa. La proximidad geográfica de España a los mercados del Norte de África y Oriente Medio completa su extraordinaria área de influencia.

6. Reformas efectivas que favorecen el lanzamiento de nuevos negocios en España

Desde el Banco Mundial han querido reconocer también el avance español, apuntando en su comunicado que España está entre las cinco naciones de la OCDE que han implementado más reformas exitosas a la hora de facilitar el lanzamiento y funcionamiento de los negocios.

Por su parte, los resultados del Barómetro del Clima de Negocios en España de 2017 indican una mejora en relación a los resultados obtenidos en ejercicios anteriores, con una valoración media de 2,92 sobre 5 y un aumento de las previsiones de las empresas de inversión, empleo y facturación. Las áreas más valoradas son las de Infraestructuras, Tamaño de Mercado, Capital Humano y Calidad de Vida.

7. Previsiones de inversión muy positivas para lanzar negocios en España

Los inversores en España señalan también la necesidad de medidas necesarias en lo relativo a Costes (como los de electricidad, teléfono o Internet), Fiscalidad (como las cargas de la Seguridad Social sobre el trabajador o el impuesto de Sociedades), o a la Reducción de la Carga Burocrática.

Las previsiones de inversión, facturación, generación de empleo y volumen de exportación son claramente positivas. En concreto un 95 por ciento de las empresas encuestadas tienen previsto aumentar o mantener sus inversiones en España y las perspectivas de empleo también son muy positivas pasando el porcentaje de empresas que tienen previsto aumentar o mantener su plantilla en España a un 94 por ciento del total de las instaladas en el país, frente al 87 por ciento que afirman haberlo hecho en 2016. También son excelentes las perspectivas de facturación en nuestro país, con un 91 por ciento de empresas encuestadas que piensa aumentar o mantener su facturación. Finalmente, con respecto al volumen de exportación, más de un 70 por ciento de las empresas extranjeras exportan a terceros mercados desde España, aumentando además el perfil exportador de las empresas entre 2016 y 2018.

8. Internacionalización del tejido empresarial

La Administración y las empresas españolas y sus organizaciones representativas apuestan decididamente por fomentar la internacionalización del tejido empresarial, conscientes de que si la economía española quiere crecer, ha de ser a través del exterior. De cara a mejorar las condiciones financieras de los proyectos empresariales, la Administración del Estado ha puesto en marcha una serie de instrumentos financieros públicos entre los que destaca especialmente el seguro de crédito de CESCE que juega hoy un papel esencial como elemento dinamizador y de apoyo a la iniciativa empresarial

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El Congreso americano se mueve para frenar el proteccionismo de Trump

Bajo el ‘America, first’ de Trump emerge un aislamiento de EEUU que demócratas y republicanos pretenden corregir recuperando el control sobre las tarifas comerciales.

 

“Trump desea batallar contra todos. Quizás piense que la mejor vía de defender sus intereses y los de los estadounidenses, pero sólo está provocando el aislacionismo de EEUU”. Bajo esta idea motriz, que está en el pensamiento de los servicios diplomáticos occidentales y chinos, pero que también subyace, cada vez de manera más intensa, entre históricos responsables -actuales o en excedencia- de la Secretaría de Estado, demócratas y republicanos han empezado a mover ficha para corregir los excesos proteccionistas del presidente americano y tratar de contener los efectos perniciosos de la guerra comercial iniciada por la Casa Blanca. Su campo de operaciones será el Congreso. El poder legislativo, como en tantas otras ocasiones en la historia del país, se posicionará en contra de una iniciativa que considera desmesurada procedente del entramado ejecutivo. La declaración de intenciones de los partidos estadounidenses comenzó a fraguarse, además, antes de la polémica reunión del G-7, donde salieron a relucir las discrepancias directas entre Trump y el resto de líderes de las potencias más industrializadas del planeta.

¿De dónde nace el proteccionismo de Trump?

La base fundamental de su argumentación es la creciente retórica beligerante de Trump hacia sus aliados, que deja traslucir una errática y volátil estrategia exterior. El dirigente republicano -argumentan- ha confundido sus esfuerzos y ha irritado a sus socios y aliados, tensando los lazos bilaterales con todos ellos al retirar a EEUU del acuerdo nuclear con Irán, a pesar de que las objeciones de los europeos, y tratando de dinamitar el Nafta, en contra de las posturas de México y Canadá, que incluso han aceptado revisarlo en profundidad mientras pactaba con el dictador norcoreano una salida a la escalada nuclear de ese país poco transparente que, además, lleva aparejada la salida de las fuerzas estadounidenses de Corea del Sur. Apelando a razones, pese a ser aliados de larga fiabilidad, de seguridad nacional. También para justificar las subidas arancelarias. De repente, en cuestión de meses, los más sólidos amigos de EEUU se han convertido en acérrimos enemigos. Hasta el punto de que el G-7, el cónclave donde se dirime el orden mundial, pasa por su crisis más grave desde su nacimiento, en 1975.

¿Cuál es la postura del partido republicano frente al proteccionismo de Trump?

Este repentino aislamiento de EEUU no ha gustado a las filas republicanas. Varios senadores del llamado Grand Old Party (GOP) han iniciado tramitaciones legislativas para contrarrestar las acciones de la Casa Blanca. Entre sus planes, está el respaldo de una enmienda al presupuesto anual de Defensa, que requiere de la aprobación del Congreso, y que permite emprender una serie de ajustes sobre las importaciones de materiales para fines militares. En esta iniciativa se contempla incorporar medidas contra las recientes subidas de aranceles sobre el aluminio y el acero. Y creen necesario dejar abiertas las enmiendas a otros asuntos comerciales, sugiriendo con ello que podría llegar a convertirse en una pieza legislativa del suficiente calado como para que Trump se vea obligado a firmarla. No esconden su intención de fumigar la batería de normas comerciales que se han lanzado desde Washington, en nombre del libre comercio y aduciendo riesgos sobre la economía del país. Uno de esos líderes es el senador Bob Corker, de Tennessee, quien admite que entre las correcciones tarifarias que van a proponer se encuentran las que el presidente ha incluido, por imperativo de seguridad nacional, de acuerdo con la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial, que está sujeta al visto bueno del Congreso. Y podría obligar a cambiar la estrategia de Trump con carácter retroactivo. Para beneficio de la UE, México y Canadá. Aunque está por ver si también para China, el otro gran damnificado por la escalada arancelaria. Corker usó un tono pragmático: “puede de la reacción de Trump no sea positiva, pero creemos que es una acción necesaria para restablecer la autoridad del Congreso”.

Junto a Corker, políticos republicanos como Ben Sasse (Nebraska), que dice estar “atónito” ante las embestidas de Trump, los senadores Marcos Rubio (Florida), para quien la confrontación con China “debería forjar una alianza previa de EEUU con Europa”, Lamar Alexander (Tennessee), al que las subidas de tarifas supondrán “la destrucción de puestos de trabajo, especialmente en la industria automovilística americana” o el portavoz de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, que critica que “no parezca que para Trump haya otras formas de ayudar a los trabajadores y a los consumidores” del país, están detrás de esta estrategia. Sobre todo, porque la Constitución americana -dicen- confiere el poder para establecer aranceles al Congreso. Y si el legislativo cree que el presidente realiza un poder abusivo de esta delegación, puede invalidar cualquier acción de la Casa Blanca. 

Y los demócratas, ¿Qué opinan del proteccionismo de Trump?

Sin embargo, una vez en vigor, la acometida del Congreso debe contar con el visto bueno de las filas demócratas. Formación que está en pleno debate ideológico tras la salida de Barack Obama y el fracaso de Hillary Clinton en la carrera presidencial. Tradicionalmente más proteccionista que los republicanos en materia comercial -se han opuesto a acuerdos globales como el que se rubricó con las naciones de Asia-Pacífico, en el segundo mandato de Obama- están dispuestos a seguir la estela de sus rivales. Una reciente encuesta de Pew Research Center, asegura que sólo el 22% de los representantes demócratas del Congreso apoyan la medida tarifaria de Trump al aluminio y el acero, con el 63% en contra. Además, hay una unanimidad plena en la defensa del Nafta, acuerdo cerrado con el fast-track por Bill Clinton en los noventa. El sentimiento en bloque de los demócratas es actuar con mayor virulencia contra las políticas de Trump implantadas por Obama -desde el MediCare hasta la reforma financiera que combatió la crisis de 2008 o la doble rebaja impositiva sobre las rentas y las empresas- y defender la histórica postura de EEUU como abanderado del libre comercio. En un año, además, de elecciones legislativas como el actual.

Europa Vs Proteccionismo de Trump

También contará en este desafío el curso exterior e interior de los acontecimientos. Europa se ha unido frente a la escalada de tensiones con EEUU. Ha advertido que no dejará ninguna acción sin reacción. A la amenaza de nuevas tasas, de hasta el 20%, a la importación europea de vehículos, sector más que estratégico para Alemania y fuente de empleo para no pocos socios de la Unión, Bruselas se ha mostrado de acuerdo en devolver los golpes. Y acudir ante la OMC. Sin descartar choques comerciales de mayores proporciones que los 350 productos americanos -desde motocicletas Harley Davidson, bajo riesgo de quiebra por la escasez de ventas en EEUU, al bourbon o barcos de recreo- a los que ya han subido aranceles. Sobre todo, si Trump cumple su amenaza de pasar factura adicional a las constructoras europeas que operan en el gasoducto Nordstream 2. O si, finalmente, refuerza sus poderes para examinar los capitales foráneos que entran en EEUU a través del llamado Comité de Inversiones Extranjeras (CFIUS, según sus siglas en inglés), con poder para bloquear operaciones de tomas de control de una sociedad americana si supone algún tipo de amenaza contra la seguridad nacional. Y “proteger la transferencia de tecnología es una cuestión muy importante para EEUU”, ha advertido el secretario del Tesoro, Steve Mnuchin. La lectura que extrae Europa de estos movimientos es que la guerra contra el libre comercio “irá a peor”. Hasta el punto de que podría poner en riesgo el futuro de la OMC. Varios estudios alertan de que, si no se logra defender el statu quo actual, los aranceles en el mundo crecerán, de media, un 32%. Así lo atestiguan, en un informe conjunto, los economistas Alessandro Nicita, Marcelo Olarreaga y Peri da Silva.

¿Cuál es la estrategia europea?

La estrategia europea cuenta con que logre cundir el pensamiento, en EEUU, de que esta guerra reducirá notablemente la, hasta ahora, vibrante economía americana y recortará la confianza empresarial en el país. De momento, Mark Zandi, economista jefe de Moody’s Analytics, calcula que los movimientos arancelarios en vigor ya van a restar tres décimas al crecimiento del PIB de EEUU este año. Impacto que aumentaría considerablemente si Trump sigue la pauta prevista.

Temor del congreso americano frente al Nafta

Pero en Capitol Hill, sede del Congreso, también preocupa, y mucho, el Nafta. La bancada de los republicanos cree que la ausencia de posibilidades de que se renegocie convenientemente este tratado mermará las posibilidades del partido en la contienda electoral de noviembre. Y si no lo hay, se temen lo peor. Barajan la opción de que fuercen la aprobación de un nuevo tratado, sin demasiadas cortapisas, por parte del Congreso. Sobre todo, porque el Nafta genera industrias multimillonarias en la mayoría de los estados americanos por las facilidades empresariales y las ventajas exportadoras e importadoras del pacto en vigor con sus vecinos del norte y del sur. En sus 24 años de funcionamiento hasta 33 estados del país han llegado a vender más bienes y  servicios a Canadá que al resto de EEUU. En 2016, último ejercicio previo a la declaración de la guerra comercial, las exportaciones a Canadá oscilaron desde los 9.000 millones de dólares del estado de Washington hasta los 23.700 de Michigan. Mientras que las ventas a México fueron desde los 2.000 millones de Hawai hasta los 91.700 de Texas.

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Canadá “se prepara para lo peor”: tensión con EEUU y salida del Nafta

La cumbre del G-7 marcará un antes y un después en las relaciones entre Canadá y EEUU, según su titular de Exteriores. Ottawa no descarta integrarse en el bloque europeo.

 

“Prepararse para lo peor”. La frase surge de boca de la jefa de la diplomacia canadiense, Chrystia Freeland, semanas después de la tensa reunión del G-7 en Quebec. Pero es un sentir general en el servicio diplomático canadiense. La afrenta retórica de Donald Trump contra su homólogo del norte, Justin Trudeau, ha dado al traste con cualquier intento inmediato de restablecer los lazos bilaterales entre Canadá y EEUU que, en algún momento de las semanas previas a la cita de las siete potencias más industrializadas del planeta, planteó, por parte de la Casa Blanca, incluir a Canadá en el elenco de economías que podrían beneficiarse de la excepcionalidad en las subidas arancelarias que ha impuesto EEUU a sus principales aliados. Aduciendo razones de seguridad nacional e invocando el agujero en la balanza comercial del mayor mercado del planeta. Freeland enfatizó que nunca en la historia reciente, la sintonía entre ambos países había estado “en un punto más bajo y de tanta preocupación”. Punto de fricción que también corrobora un antiguo asesor de Trudeau, Roland Paris, para quien “ha habido momento de tensión en varios instantes de la historia, pero nunca he visto ni oído un lenguaje tan agresivo y despectivo como el usado por la Administración Trump hacia Canadá”. Sobre todo -matiza- porque la esperanza del primer ministro de Canadá en la cita del G-7 era la de restaurar el entendimiento tras las tarifas punitivas aplicadas por la Casa Blanca.

En términos exactos también se expresó Colin Robertson, antiguo diplomático y responsable del Instituto Canadiense de Asuntos Globales. “Ahora, estamos preparados para lo peor”, porque “el daño ya está hecho, es de magnitud y proseguirá en el futuro”. Canadá es el primer socio comercial de EEUU, con un volumen de intercambio de mercancías y servicios de 673.900 millones de dólares. Un reciente estudio de CD Howe Institute valora en más de 6.000 puestos de trabajo y una pérdida de tres décimas del PIB el efecto del incremento arancelarios sobre el acero y el aluminio para la economía canadiense. Mientras que la réplica de Ottawa de aplicar tarifas adicionales a productos estadounidenses como el whisky, la soja o bienes industriales de diferentes sectores, por valor de 16.700 millones de dólares, se cobrará 22.700 empleos, aunque sólo un recorte del 0,02% del PIB, a EEUU.

Trump “ha descubierto un arma, la guerra comercial, que está usando en su máxima expresión, como un elemento de destrucción masiva, como el gran artefacto de beligerancia para impulsar su política de American, first”, escribe Lawrence Herman, antiguo diplomático y ahora consultor de comercio internacional, para quien la equivocación del presidente americano es que “su idea estratégica hará a EEUU menos dependiente, pero, en realidad traslada el mensaje de que ha dejado de ser un socio fiable, incluso a sus más próximos aliados”.  

La opinión canadiense, además, se ha trasladado al resto de socios de EEUU, que ya se plantean actuar contra los intereses empresariales de EEUU. Una declaración de intenciones que están trasladando a la sede de la OMC, la institución global defensora del libre comercio, donde podrían perfilarse acciones conjuntas. Algunos expertos hablan ya de un impuesto Trump sobre activos estadounidenses en el exterior. Freeland incide en la idea. “El creciente escepticismo no puede servir ni para aislar, ni para fomentar que EEUU abandone el orden global sobre el que tanto ha contribuido América”. Pero “la posibilidad de que el poder económico y empresarial de EEUU se circunscriba casi exclusivamente a su territorio y su mercado interior es real”. La preeminencia económica de una nación “no es eterna” y generalmente sucede por errores estratégicos de sus gobernantes. Y EEUU se equivoca tratando de renovar el orden internacional por su cuenta y riesgo y sin cooperación con sus aliados tradicionales, explicaba hace pocas fechas la ministra de Exteriores en Foreign Policy Magazine.

A la espera de alguna señal conciliadora por parte de Washington, Canadá -igual que México- ya se prepara para un escenario post-Nafta. Incluso ante la persistencia de EEUU de que la revisión del tratado no es una táctica para la desmantelación definitiva de la unión aduanera del norte de América, y que el pacto que podría surgir de las negociaciones en curso, desde hace más de seis meses, beneficiará también a sus dos socios. Ottawa ha dejado de escuchar esos cantos de sirena. Sus negociadores no concluyen nada parecido. Tampoco sus colegas mexicanos. Ambos países se han lanzado a sellar nuevas alianzas comerciales. Conscientes de que el Nafta está ya en la sala de cuidados paliativos. Canadá y México acaban de firmar una nueva relación con el tratado Trans-Pacífico, el primer acuerdo internacional cancelado por Trump, y con otros nueve mercados de la otra orilla de este océano. Además de tener negociaciones avanzadas con la UE. Por si fuera poco, han iniciado diálogos con países como Colombia, Perú, Chile, Singapur, Nueva Zelanda y Australia. Una reacción que empiezan a asumir ciertos políticos en EEUU. Eric Farnsworth, vicepresidente del Consejo de las Américas y negociador en el original acuerdo del Nafta, en vigor en los últimos 30 años, considera que “el mundo no puede dejar de girar ni de buscar nuevos pactos de libre comercio sólo porque EEUU desee torpedear su arquitectura de comercio”. A su juicio, “el mercado global tiende hacia la diversificación”, luego “no es una fase en la que convenga refugiarse en un territorio concreto; por mucho que sea el mercado con más volumen de negocio del mundo”.

Entre las iniciativas más sorprendentes que tiene Canadá encima de la mesa, y que baraja con cierto rigor, es unirse al bloque europeo. Trump, dicen en Ottawa, ha dejado con su Guerra comercial indiscriminada las puertas abiertas a cualquier movimiento geo-estratégico. Así lo advierte el senador estadounidense por Nebraska, Ben Sasse, republicano. Crítico con la táctica comercial de Trump. “No sería descabellado”. Se trataría -admite- de consolidar una de las rutas tradicionales de comercio canadiense y de aprovechar una oportunidad histórica. “Con un poco de imaginación, las garantías de éxito de este juego serían casi plenas”.

Europa podría ofrecer a Canadá un fast-track (la poderosa herramienta que pasa del Congreso a la Presidencia de EEUU para rubricar acuerdos comerciales, según el equilibrio de poder entre el ejecutivo y el legislativo americano y que resulta imprescindible para acelerar negociaciones en curso) para adherirse al mercado interior europeo. Para Canadá, sería como reemplazar de un plumazo a EEUU y tener acceso con inmediatez a un mercado incluso con mayor número de consumidores que el estadounidense. Y geoestratégicamente, podrían consolidar una pasarela transatlántica que ganaría influencia global y dejaría a Reino Unido entre dos espacios de inversión demasiado potentes como para que no se tome en serio el Brexit. Y México podría seguir sus pasos. Sería el nacimiento de una nueva era multipolar. Con EEUU ajeno. O por lo menos, con el pie cambiado. De momento, Trudeau, en la jornada de conmemoración del 151 aniversario del nacimiento de Canadá, se desplazó a la pequeña localidad agrícola de Leamington, al suroeste de Toronto, próxima a la frontera de EEUU, para anunciar la subida de aranceles a productos estadounidenses por valor de 16.600 millones de dólares. “Considerar las exportaciones canadienses de automóviles una amenaza para la seguridad nacional de EEUU no tiene sentido. Aun así, nos aplicaremos en la renegociación del Nafta” con las autoridades de la Casa Blanca, dijo el primer ministro canadiense. Una puerta abierta a la concordia.

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Europa expande sus alianzas globales frente a las sanciones de EEUU

Los tratados de la UE de libre comercio con otros mercados plantan cara al proteccionismo de la Administración Trump mitigar el final del pacto trasatlántico.

 

Las economías del libre comercio se alían frente a la subida de aranceles y las represalias de la Administración Trump, y Europa toma el mando de las operaciones. La UE apuesta por alianzas globales y ya ha abierto negociaciones con Australia para formalizar un tratado de libre comercio que ayude a compensar el freno a los flujos de inversión y de exportaciones hacia el mercado estadounidense, el mayor del mundo. Pero sobre la mesa, la Comisión Europea tiene más de una docena de deliberaciones iniciadas con otras latitudes del planeta, en diversas fases de conversaciones. Desea aprovechar el aislamiento de Washington y su cambio en la concepción de las relaciones económicas globales, en defensa, aduce, de su seguridad nacional. La agresiva política exterior americana, que le ha llevado a abandonar el Tratado Trans-Pacífico y a lapidar la libre circulación de bienes, mercancías y servicios trasatlántico, con Europa -molesta también por el final del acuerdo nuclear con Irán, por decisión unilateral de Trump- ha impulsado a la UE a “estrechar lazos” con otros socios o bloques comerciales, a los que se ha apresurado a colgar el cartel de estratégicos. Resignada a las “aseveraciones caprichosas” del dirigente republicano, tal y como afirmó el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk.

Los tratados de la UE en busca de aliados comerciales

La apuesta europea por intensificar las alianzas comerciales con otras potencias busca preservar -en palabras de la comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmstrom-, el sistema mundial del comercio. Todos los tratados de la UE que formalice, enviarán el mensaje de que nuestro mercado interior y sus socios tienen intereses comunes y avanzan de común acuerdo en esta dirección”, dijo en una reciente conferencia en Canberra. “Necesitamos muchos aliados que nos ayuden a alcanzar este desafío”. Tan sólo unos días después de que Washington amenazara con elevar los aranceles sobre nuevas importaciones chinas por valor de 200.000 millones de dólares tras otra oleada de incrementos tarifarios sobre productos del gigante asiático por valor de otros 50.000 millones. Y de la amenaza de la Casa Blanca sobre cualquier intento europeo de aumentar los obstáculos a la entrada de la industria de automoción americana en su mercado. Las represalias estadounidenses han generado enfado entre sus aliados, y China y la UE se han erigido en los principales defensores del sistema multilateral de comercio.

Australia uno de los principales socios

El inicio del diálogo con Australia es muy significativo en este sentido. Europa es ya el segundo socio más importante del mercado austral, después de China. Y si este acuerdo se formalizase, como no se descarta, incluyendo también a Nueva Zelanda, el PIB europeo podría elevar en casi 5.000 millones de euros (4.900 millones, exactamente) su tamaño en 2030, según estimaciones del Ejecutivo comunitario. La parte central de las deliberaciones incluyen el comercio de coches, maquinaria, equipamientos electrónicos y productos químicos y metalúrgicos.

9 tratados de la UE con mercados internacionales

Hay nueve acuerdos en tramitación. Aunque algunos más en fase de tanteo y reflexión.

CETA

A pesar de que el acuerdo ya se está aplicando, quedan incógnitas en torno al tratado con Canadá. Todas, de calado. En España, está pendiente un recurso sobre su constitucionalidad, registrado en el Congreso de los Diputados. El nuevo ejecutivo italiano también plantea dudas en torno a esta área de libre comercio al que la Comisión Europea dio vigencia provisional desde otoño de 2017. También el Tribunal de Justicia de la UE ha entrado a analizar si el tribunal de arbitraje incluido en el CETA es compatible con el derecho comunitario.

Tratado UE-Japón (JEFTA)

Es uno de los tres tratados cuya fase de negociación ha concluido ya. Se trata de un acuerdo que la Comisión ha categorizado como de “competencia exclusiva” de la UE, al tener asumidas competencias sobernas en materia de comercio. Todo hace indicar que se firmará definitivamente en la primera quincena de julio.

Tratado UE-Singapur

Otro tratado concluido y a falta de firma. Es un acuerdo de calado ya que Singapur es, de facto, un territorio con ventajas fiscales y financieras y enclave geo-estratégico en el transporte comercial marítimo mundial. Es un espejo del Jefta. Incluye un acuerdo sobre protección recíproca de inversiones con instauración de tribunales de arbitraje (ISDS).

Tratado UE-Vietnam

También muy similar al tratado con Singapur. Europa busca ratificarlo con celeridad, aunque, en este caso, no se descarta la separación de los mecanismos ISDS en un acuerdo paralelo para no retrasar demasiado su firma. Entre otras razones, por el déficit en los derechos laborales del ordenamiento vietnamita. Es una economía de trabajos poco cualificados y bajos salarios. La UE está a la espera de que Vietnam ratifique los convenios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Tratado UE-México

Ambas partes alcanzaron un “acuerdo político” el pasado mes de abril para “modernizar” el tratado comercial firmado hace 20 años, aún vigente. Europa negocia con el vecino sureño de EEUU y miembro del Nafta -tratado firmado entre EE UU, México y Canadá- tras la imposición de aranceles de la Casa Blanca al acero y aluminio y la amenaza de bloquear, entre otras mercancías, la entrada de automóviles fabricados en México, motor exportador de la economía latina del Nafta, y por las restricciones de entrada de ciudadanos mexicanos a suelo estadounidense por los cambios en la política migratoria de Trump.

Tratado UE-Mercosur

Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay tienen el tratado comercial con la UE en estado avanzado. Aunque quedan puntos calientes por resolver. Los expertos creen que se saldarán a lo largo del verano. Los puntos de fricción: automóviles, carne y agro-combustibles así como con el transporte marítimo.

Tratado UE-Chile

Al igual que con México, la UE pretende actualizar el acuerdo vigente con Chile desde el año 2000. El pasado 13 de junio, el Parlamento Europeo instó a que se produjera esa actualización antes del final de la legislatura tras la tercera ronda de negociaciones con este mercado sudamericano.

Tratado UE-Australia y Nueva Zelanda

En estos últimos días, la comisaria Malmström pretende inaugurar las negociaciones de tratados comerciales similares al CETA o JEFTA. Los dos países de las Antípodas centran sus negociaciones en las exportaciones de carne y de recursos naturales como carbón o el uranio.

Tratado UE-Reino Unido

El laberíntico proceso de salida de Reino Unido de la Unión Europea después del Brexit debe dar lugar a un acuerdo comercial en la línea marcada por el CETA. La batalla comercial entablada por EEUU ha generado en el Reino Unido una revisión de la política comercial en toda regla que ha generado una incertidumbre añadida sobre la fórmula en la que ambas partes retomarán sus relaciones bilaterales; en especial, el estatus que Londres adquirirá para acceder al mercado interior europeo.

¿Están muertos los tratados de la UE con EEUU?

La instauración del proteccionismo en EEUU y la reacción de recoger el testigo de la UE ante la batalla comercial decretada desde la Casa Blanca ha herido de muerte la alianza transatlántica. De hecho, en un artículo de la prestigiosa publicación Foreign Policy, James Traub, habla bien a las claras de que el entramado político-institucional y el económico-financiero entre los espacios de democracia occidental por antonomasia ha suscrito su acta de defunción. RIP: 1945-2018 dice en su artículo. Aunque ya empezó a resquebrajarse, bajo su punto de vista, con el final de la Guerra Fría. La alianza para contener a la extinta Unión Soviética ha pasado tres décadas en las que se han relajado hasta límites insospechados las necesidades estratégicas comunes entre Europa y EEUU y, con ellas, la convergencia de valores, que han dejado en un estado de colapso casi total al orden demócrata-liberal que gobernó el mundo tras la Segunda Guerra Mundial.

La diplomacia de Trump causa de la defunción

En especial, por el viraje de Trump en materia económico-comercial y en su línea diplomática sobre asuntos tan candentes como Oriente Próximo, que amenaza con voltear el frágil equilibrio en la región más convulsa del planeta, con saltos en la volatilidad de los mercados y en el precio de la energía mundial, por el juego de contorsionismo americano que ha inclinado sus apoyos hacia Israel y Arabia Saudí, con intereses empresariales y estratégicos nada transparentes, al tiempo que ha tensado los lazos con Irán. Al dejar sin validez el trascendental pacto nuclear suscrito por Barack Obama. Un presidente, el último demócrata, que trató, a juicio de Traub, de restablecer el multilateralismo que, ahora, Trump no sólo ha enterrado, sino que lo ha sustituido por un unilateralismo extremo. Su diagnostico es que EEUU irá de crisis en crisis y que Europa se enfrenta a un dilema existencial de gran magnitud. Con el euro sin convergencia plena en materia monetaria, económica y fiscal y con presiones migratorias que distancias casi sin remedio a la UE. A lo que hay que añadir su necesaria redefinición de la estrategia de Defensa que ahora le exige mayores gastos militares para permanecer en el seno de la OTAN. Cualquier reconstrucción de las relaciones euro-americanas pasa por una compleja discusión en todos los órdenes entre la visión europea de un futuro bajo unas reglas elementales de gobernanza de la globalización y el retorno al pasado que marca la Administración Trump. De momento, Europa ya ha dado el primer paso hacia la confrontación con EEUU en el área comercial. Ha advertido a su aliado del otro lado del Atlántico que se enfrenta a subidas arancelarias en su mercado que equivalen al 19% de las exportaciones que realiza al Viejo Continente, al que envió, en 2017, más de 290.000 millones de dólares.

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España y Latinoamérica refuerzan sus lazos comerciales

Un estudio realizado por EAE Business School asegura que en 2017 las exportaciones de España a la región latinoamericana crecieron un 12,5% respecto a 2016, superando los 15.250 millones de euros, y las importaciones aumentaron un 25%, rozando los 17.000 millones de euros

 

Desde hace cientos de años, la balanza comercial entre España y Latinoamérica ha tenido un fuerte vínculo. En las últimas décadas se ha acrecentado con el incesante intercambio comercial que se ha dado y que sigue funcionando en ambas direcciones. De hecho, en 2017 España incrementó sus exportaciones a los países del centro y sur de América un 12,5% respecto a 2016, superando los 15.250 millones de euros, y aumentó sus importaciones un 25%, rozando los 17.000 millones.

Así lo recoge el estudio Las relaciones comerciales entre España y América Latina en 2017, publicado recientemente por EAE Business School. El informe también especifica las relaciones de nuestro país con diferentes regiones comerciales, como el Mercado Común de América del Sur (Mercosur), conformado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. En este caso el incremento de las exportaciones en el mismo periodo fue del 12,8%, situándose en 4.140 millones de euros, y el de las importaciones superó el 21%, alcanzando los 5.953 millones. Un déficit comercial de más de 1.820 millones que, por otra parte, se ha reducido un 44,6% con respecto a 2016.

MERCOSUR PRIMER BLOQUE DE LA BALANZA COMERCIAL ENTRE ESPAÑA Y LATINOAMERICA

Mercosur fue el primer bloque comercial con el que la Unión Europea suscribió acuerdos de libre comercio y asociación estratégica. Además cuenta con otros países asociados como Bolivia, Ecuador, Chile y Perú, al tiempo que tiene como estados observadores a México y Nueva Zelanda.

Entre los miembros y asociados de Mercosur hay algunos con los que la balanza comercial española ha sido especialmente negativa: Chile, Brasil y Venezuela (que por su situación política ha sido suspendida del bloque comercial). El motivo: las dificultades económicas que atravesaron durante 2017, combinadas con las graves crisis políticas y sociales sufridas por Brasil y Venezuela, que han estado marcadas por casos de corrupción y de inestabilidad institucional. Por su parte, Chile ha tenido en 2017 una situación económica delicada como consecuencia de un menor crecimiento económico (1,6% frente al 2,3% de 2016) que ha motivado una contracción del consumo privado.

MÉXICO, UN PAÍS MÁS ESTABLE EN LA BALANZA COMERCIAL ENTRE ESPAÑA Y LATINOAMERICA

Afortunadamente, con México, uno de los países de la región con el que España tiene un mayor flujo comercial, las exportaciones superaron levemente a las importaciones en cantidad, rozando ambas partes un crecimiento del 12%. Sin embargo, nuestro país presenta saldo negativo en la balanza, puesto que la diferencia entre compras y ventas ha sido del -30,3%.

Desde el punto de vista del estudio, México tiene un papel estratégico Balanza comercial entre España y Latinoamérica, relacionado no sólo con su gran tamaño sino también con su posición geográfica, como también ocurre con otros países de Centroamérica. Es una puerta de entrada al eje Asia-Pacífico, ya que forma parte del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) y de la Alianza del Pacífico junto a Perú, Chile y Colombia. Y también al mercado estadounidense y canadiense, con los que mantiene el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés).

EJE COLOMBIA-PERÚ

Con el eje Colombia-Perú se han dado circunstancias similares a las del Mercosur, aunque se ha logrado un superávit comercial del 44,4% respecto a 2016. Las exportaciones crecieron un 30,4% y las importaciones un 22,6%. Según el estudio, este incremento ha sido especialmente intenso con Perú, debido a la mayor pujanza económica del país andino.

Ambas naciones son miembros de la Comunidad Andina de Naciones, la Asociación de Cooperación Económica Asia-Pacífico y parte de la Alianza del Pacífico junto con México y Chile, con el interés geográfico que ello despierta. Además, tanto Colombia como Perú han mostrado unas elevadas cifras de crecimiento económico durante las últimas dos décadas.

Finalmente, con el área de Centroamérica (El Salvador, Guatemala, Honduras, Costa Rica y Panamá) se registró otro ascenso de exportaciones, en este caso del 20,6%, y de las importaciones, de un 37,7%. El resultado en la balanza comercial también fue negativo, del 0,9% en relación a 2016.

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El dinero se encarece, impulsado por la Reserva Federal

La Fed sube tipos por séptima vez desde 2015 y los sitúa entre el 1,75% y el 2%. El BCE los mantendrá en cero hasta 2019, pero sin compra de activos desde diciembre.

 

La Reserva Federal acaba de subir de nuevo los tipos de interés. Es la séptima vez consecutiva desde que en 2015 empezó a retirar los estímulos. A razón de un cuarto de punto cada vez que los ha movido. Además, la institución que preside Jerome Powell avanzó al mercado otras dos alzas a lo largo de este año, una más de lo que aventuraban el consenso de los analistas. La Fed se ampara en los datos de los tres indicadores esenciales de su mandato estatutario. Una tasa de paro dos décimas por debajo del mes precedente, en el 3,6% -pleno empleo-, un dinamismo de la economía del 2,8% para este ejercicio y una inflación en una tasa interanual similar al del crecimiento del PIB. Y seis décimas por encima de la subyacente, que descuenta el precio de los alimentos y de la energía de la cesta de la compra. “Todo avanza conforme a lo previsto”, afirmó Powell. Pese a los vestigios de recesión que aparecen en el mercado de bonos. Indicador de alta fiabilidad en la historia económica del país. La rentabilidad de las letras a dos años se ha situado en el 2,5%, sólo cuatro décimas por debajo de la del bono a 10 años. Y la reversión de este diferencial siempre ha constatado la entrada en números rojos del PIB americano. Algo que el ex presidente de la Fed, Ben Bernanke, no descarta cuando remitan los efectos directos de los estímulos fiscales, en 2020. Insistiendo en su tesis de que la doble rebaja impositiva de Trump, sobre las rentas y sobre sociedades, es un error. Al igual que el incremento del gasto público por la factura militar y el plan de infraestructuras de la Casa Blanca.

La política de la Fed podría precipitar una nueva subida del precio del dinero por parte del Banco de Inglaterra, que los mantiene en el 0,5%. El mercado no descarta que se produzca en agosto, si bien se inclina por que el gobernador, Mark Carney, no haga movimiento alguno hasta finales de año. Sobre todo, porque el repunte de la inflación, que evoluciona en torno al 2,4%, contrasta con una dinámica de creación de empleo y relativo vigor económico. A pesar de la incertidumbre que genera el Brexit y las dificultades para rubricar el divorcio con la UE. Sobre todo, después de la decisión del Parlamento británico de renunciar a formar parte del Espacio Económico Europeo al que pertenecen Islandia, Noruega o Suiza. Carney dice que el alejamiento de la política de tipos próximos a cero le ha otorgado al BoE (según sus siglas en inglés) un mayor margen de maniobra para afrontar una futura y presumible crisis.

El problema que genera en los mercados este encarecimiento del precio del dinero en el mundo anglosajón es una restricción de acceso al crédito. Con los mercados emergentes sometidos a un estrés financiero adicional por la volatilidad de los valores bursátiles y la débil cotización de sus divisas frente al dólar. Motivo por el que gran parte de ellos se han visto en la obligación de dar por terminada la fase de aumento del diferencial de tipos respecto a la Reserva Federal para tratar de defender sus monedas y resguardar a sus sistemas bancarios y empresas de sus altos niveles de endeudamiento.

El BCE y el Banco de Japón, que aún persisten en sus estímulos monetarios y conservan la táctica de tipos a tasas cero, también sopesan la forma de abandonar sus escenarios monetarios. El BCE acaba de anunciar que abandonará el programa de compra de activos a partir de diciembre, como auguraba el mercado, coincidiendo con el relevo de Mario Draghi al frente del organismo regulador del euro. Aunque su repliegue será gradual, tal y como ha admitido el consejo en su reunión extraordinaria de Riga, donde se ha estrenado Luis de Guindos, partidario de las subidas graduales de tipos, como vicepresidente. Un plan para el que el BCE ha empleado 2,6 billones de euros. Las presiones inflacionistas en la zona del euro y Japón dan todavía un cierto margen de maniobra a sus bancos centrales para iniciar la senda alcista. En el caso del BCE, el consenso del mercado lo sitúa a comienzo de 2019, inmediatamente después de la salida de Draghi.

Este panorama ha concitado la preocupación en el sector privado. El elevado endeudamiento que todavía lastran las grandes corporaciones y bancos de las potencias industrializadas, que ya están protagonizando un parón importante en los procesos de fusiones y adquisiciones para no tener que absorber vencimientos de deuda adicionales en una época de encarecimiento de las condiciones financieras internacionales. Los riesgos están en las recomendaciones de la práctica totalidad de los bancos de inversión a sus clientes. Cada vez más conservadoras y en busca de valores refugio.

“Algo huele en el aire”, que recuerda a 2007. Este comentario lo ha deslizado Bill Derrough, corresponsable de recapitalización y reestructuración en Moelis & Co. “Entonces -dice- había una atmósfera similar a la actual, de pactos de fusiones y adquisiciones entre empresas temerarios, en los que se asumían cuotas de endeudamiento desorbitadas” con tal de formalizar estas alianzas, y que propulsaron a los Estados a poner en marcha los multimillonarios rescates bancarios y planes de económico y monetarios para capear el temporal desatado en los mercados. Derrough recoge el sentir inversor de Wall Street. Pese a que aún, según reconoce, las economías industrializadas están en tasas dinámicas y las de impagos de empresas sigan siendo reducidas. En 2007, enfatiza Derrough, “se sabía que algo iba ocurrir, que era cuestión de tiempo”. Y ahora, vuelve a fluir ese recuerdo.

La sensación de preocupación de Wall Street también lo comparte el FMI. El diagnóstico de la institución multilateral en sus dos últimas reuniones, la de otoño pasado, y la más reciente, de primavera, alertan a gobiernos y directivos de empresas y bancos de que la próxima crisis podría estar a la vuelta de la esquina y que el acopio de arsenal financiero para afrontarla es minúsculo. En primer término, porque el ciclo de negocios no ha sido todo lo intenso que hubiera sido necesario para almacenar en las arcas de los Estados la munición que requerirá una nueva convulsión global. En segundo lugar, porque la etapa de estímulos, monetarios y económicos, no podrá restablecerse debido precisamente a esa carencia -o déficit- de recursos, ya que casi ninguna economía ostenta superávits ni fiscales, ni por cuenta corriente, en medio de un panorama de proteccionismo inversor y comercial. Pero, sobre todo, porque la montaña de endeudamiento sigue en cotas del todo punto infranqueables. El Fondo Monetario calcula que el endeudamiento soberano, de países, y empresas no financieras, se eleva hasta la astronómica cantidad de 164,4 billones de dólares, más del doble de los 79,8 billones en los que se cifra la totalidad de la economía mundial. Y sigue al alza, con repuntes del 3,9% este año y el siguiente, inciden en el FMI. Casi toda ella, en latitudes industrializadas: 119,2 billones. Este montante resulta aún más peligroso cuando se incluye la deuda financiera. A finales de 2016, esta losa suponía ya el 225% del PIB global.

Desde otras firmas de inversión, como Greenhill, expresan que “incluso si se logra eludir un episodio de recesión en EEUU”, algo no descartable a medio plazo, o si la corrección de los créditos no resultara tan importante en los próximos meses, las tensiones están descontadas. No en vano -explican sus expertos- “las firmas aseguradoras ya admiten aumentos de la demanda de pólizas, porque el repunte de contratos de seguros para cubrir posibles bancarrotas ya empieza a ser una realidad en EEUU”. Las refinanciaciones al precio del dinero más caro desde 2007, con la Reserva Federal advirtiendo de dos subidas más este año, son ahora más complejas de acometer, dice Moody’s.

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El G-7 airea la lucha de las potencias por el control del comercio

Las discrepancias visibles en el G-7 de las grandes potencias no guardan parangón en la historia reciente. Desde el FMI alertan de que, “cada día, el panorama es más oscuro”.

 

Nunca en la historia del G-7 se ha trasladado a la opinión pública global unas disensiones de tal calibre, en materia económica, como la que acaban de protagonizar los líderes de las principales potencias industrializadas del planeta en su reciente cita de Quebec. Las hubo, y de alto voltaje, en asuntos geoestratégicos, como la intervención militar aliada en Irak tras el 11-S, con Rusia de invitado político a este selecto foro mundial. Pero las disputas sobre la economía y las finanzas globales siempre se habían resuelto con un comunicado conjunto de consenso. Hasta este mes de junio. La tensión se palpó en el ambiente. Los líderes advirtieron previamente a EEUU que su política proteccionista y su decisión de elevar los aranceles para corregir su déficit comercial no comulgaban con los principios de libre circulación de bienes y servicios. Sin embargo, la cumbre no se saldó precisamente con fumata blanca. Más bien, al contrario. Cruce de acusaciones entre Canadá y EEUU, con incluso amenazas de replanteamiento de sus relaciones bilaterales. Además del mandato directo de Donald Trump para que la mayor potencia del planeta se desmarcara de un acuerdo final con conceptos esenciales como una apelación a las rebajas arancelarias, la demanda del resto del G-7, a cambio de plantear una reforma profunda de la OMC y de defender, en el futuro, un comercio más “recíproco y equitativo”, como demanda la Administración americana. El consenso base, en esta ocasión, saltó por los aires.

Protagonismo del aumento de los aranceles de Trump

La cita arrancó con la polémica de los nuevos aranceles al acero y al aluminio impulsados por Washington a Canadá, México y la Unión Europea, que a su vez reaccionaron con represalias; en concreto, con una larga lista con nuevas tarifas a productos norteamericanos. En un clima de todos (Reino Unido, Japón, Alemania, Francia, Canadá e Italia) contra los obstáculos comerciales de la Administración Trump que los aliados de EEUU trataron de limar, aunque sin éxito. Porque, aparte del duro intercambio de mensajes entre el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, quien alertó de que “no nos van a avasallar”, en referencia al “insultante” giro de su vecino del sur, mientras el dirigente estadounidense acusó a su homólogo, sólo unas horas más tarde de un comportamiento “dócil y suave” y de ser “deshonesto” y justificar las medidas de Washington como “represalia a unos aranceles sobre los productos lácteos americanos del 270% -y que provocó la orden directa de Trump de no firmar el dictamen final del G-7– los responsables del Comercio americano echaron más leña al fuego. El asesor económico de la Casa Blanca, Larry Kudlow, arremetió aún más contra Trudeau – “realmente, de alguna manera, nos apuñaló por la espalda. Fue una traición”, dijo-, al tiempo que Peter Navarro, asesor comercial de Trump y el auténtico inspirador del viraje estadounidense en este terreno, concluía que al líder republicano “no le importaba el aislamiento”.

Consecuencias diplomáticas

Las reacciones, entonces, se sucedieron. El ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas, proclamó que “en cuestión de segundos, se puede destruir la confianza, con 280 caracteres de Twitter”, en alusión al método favorito empleado, una vez más, por Trump, que dictó su rechazo hacia el resto de integrantes del G-7 de camino de vuelta, en pleno vuelo en el Air Force One, nada más tener conocimiento de las palabras de Trudeau. Mientras el Elíseo expresó su hartazgo por el rumbo de los acontecimientos y precisó que las relaciones entre las grandes potencias “no debe depender de rabietas y frasecitas”. Pero, más allá de esta retórica de desencuentros, la cumbre supone una primera envestida grave para la reanimación del Nafta, la unión aduanera de EEUU, Canadá y México, que lleva un año en revisión, a instancias de la Casa Blanca. Otro altercado a los lazos transatlánticos, ya que Europa denunciará a EEUU ante la OMC, según el Ejecutivo de la UE, y la revisión de las estrategias bilaterales de Japón, Reino Unido y China, aunque no forme parte del G-7.

Convulsión en los mercados

Pero la consecuencia más grave, según los analistas, y de efectos difíciles de calcular, se pueden dar en los mercados. Ya de por sí, en estado de ebullición por la fortaleza del dólar y las subidas de tipos de interés en las economías anglosajonas. Con descensos generalizados en los índices bursátiles de referencia. “La idea de que cualquier nuevo movimiento arancelario puede traer consigo una brusca guerra comercial o que el rally alcista del billete verde se descontrole aún más es un riesgo cada vez más palpable, aseguran en la firma Cantor Fitzgerald, desde donde se advierte que “los mercados financieros podrían responder de inmediato ante este escenario tras unos meses de excesiva volatilidad”. De producirse, y con Italia bajo presión política y financiera permanente, la crisis de la deuda podría volver a hacer su reaparición en Europa y contagiar a alguno de sus sistemas bancarios -en especial, el trasalpino- en medio de rumores de integración de grandes entidades, como Deutsche Bank, BNP Paribas o Sociètè Genèrale y, por supuesto, al euro. Además de dejar en debilidad extrema divisas que han perdido valor como las de Turquía, Brasil, México, Rusia y Sudáfrica.

La directora gerente del FMI, Christine Lagarde, también comparte esta preocupación inversora. A su juicio, el incremento del proteccionismo comercial “está dañando la confianza” en las bolsas porque, “cada día, el panorama es más oscuro”. Su comentario se produjo unas fechas más tarde de la cumbre del G-7, del que resaltó su ambiente “caótico”. Roberto Azevedo, director general de la OMC, también se sumó a las alertas de peligro a medio plazo. “El aumento de las tensiones comerciales que hemos presenciado son la más seria amenaza sobre el crecimiento sostenible de las economías globales desde el estallido de la crisis financiera de 2008”. Esta escalada “no va a ayudar a nadie”, sentenció. Este horizonte sombrío, pues, podría dañar el dinamismo del PIB global para el que el FMI pronostica un alza del 3,9% este año y el siguiente, el mayor ritmo desde 2011 pero todavía lejos de las tasas previas al credit crunch.

¿Es el final del poder del G-7?

Pese a todas estas probables secuelas, los observadores internacionales alertan de otro foco de conflicto. La reciente cumbre del G-7 puede haber acabado con 42 años de lo que se ha llamado una coreografía colegiada en el diagnóstico de la frágil gobernabilidad mundial de este selecto club. Prueba de ello ha sido la inmediata reunión de Trump con el líder norcoreano, Kim Jong-un. Pareciera como si el líder de EEUU estuviera más cómodo negociando con un dictador que con sus más estrechos aliados. ¿Qué le depara al G-7? Pues, a juicio de estrategas, marcará un punto y aparte. Porque algo se ha quebrado en la idea original del foro, auspiciado por EEUU, para recabar de primera mano la posición de las economías de mercado de corte occidental -motivo por el que se incluye a Japón- en la resolución de cuestiones que podrían crear inestabilidad. De todo tipo. Desde geopolíticas hasta económico-financieras. En el G-7 se perfiló la estrategia de la Guerra Fría, el Plan Marshall, el final de patrón dólar o los despliegues de la OTAN. Bajo parámetros de cooperación mundial, un orden financiero y global que garantizase la estabilidad y la seguridad, y con la libertad de los flujos comerciales e inversores por bandera. Pero, ahora, la errática diplomacia exterior y los cambios económicos de EEUU ponen este planteamiento en tela de juicio. Y lo que es peor, sin visos de restablecer el orden internacional forjado desde la Segunda Guerra Mundial.

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Luz de gas sobre la economía

El último y reciente informe de perspectivas económicas de la OCDE sorprendía al transmitir un inusual optimismo sobre la economía mundial en general y sobre la española en particular que lleva a pensar que los datos pretenden hacer “luz de gas”. El mundo ha vuelto a una expansión económica como no se veía desde antes de la crisis, afirmaba la organización de los países industrializados para justificar la revisión al alza de sus previsiones de crecimiento para este año y el próximo.

Previsiones bajas

Cierto es que las previsiones iniciales eran especialmente bajas, y cierto es también que en el plano internacional, el ejercicio de 2017 y los meses que llevamos de este 2018 han permitido, a pesar de las tensiones proteccionistas, disipar en parte los peores augurios derivados la victoria de Donald Trump y el Brexit. Las victorias de la corriente europeísta en los comicios de los Países Bajos, de Macron en Francia y la renovación del mandato de Merkel en Alemania han sido un elemento en favor de la estabilidad al actuar como freno a las corrientes populistas, haciendo posible la formación de gobiernos pro europeos en los países que forman el núcleo de la Unión Europea.

Factores de riesgo que persisten

A pesar de ello persisten una serie de factores de riesgo, económicos y geopolíticos, que configuran el entorno a medio plazo entre los que destacan la vulnerabilidad financiera asociada al creciente volumen de la deuda, la escalada de barreras comerciales entre EE UU y China, la guerra de aranceles desatada por Trump contra la UE, Canadá y México, el desenlace del Brexit, el resurgir de Rusia en la Carrera por el poder con su creciente protagonismo en Oriente Medio, la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán por la supremacía en esta última región y el auge de los partidos populistas-extremistas en Europea que se han situado como segunda o tercera fuerza política. Especial preocupación merece en este punto la expectación ante las decisiones que vaya a poner en marcha el nuevo gobierno en Italia resultante del acuerdo entre el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga Norte.

¿Son luz de gas los datos económicos sobre España?

Por lo que respecta a España, nuestra economía ha seguido manteniendo un ritmo de crecimiento en el entorno del 3 por ciento y suma cuatro años consecutivos de mejora, liderando el crecimiento de las economías desarrolladas. Asimismo ha cosechado también su quinto superávit consecutivo de balanza de pagos y las exportaciones registraron una nueva cifra récord.

Como consecuencia de este empuje exportador el peso de las exportaciones en el PIB ha aumentado un 53 por ciento hasta representar el 21,6 por ciento, que es el máximo histórico, y el tirón del sector exterior nos ha permitido situarnos entre las cinco grandes economías de la UE y en el segundo exportador de la Unión (medido por peso el PIB de las exportaciones), sólo por detrás de Alemania.

Para 2018 las previsiones apuntaban a una prolongación de la coyuntura favorable y los resultados del primer trimestre lo confirman al marcar un crecimiento del 0,7 por ciento, el decimoséptimo trimestral consecutivo, apoyado por el consumo y la construcción. Sin embargo, las tensiones, que se agravan, por el desafío separatista catalán están empezando a rebajar las expectativas de los analistas nacionales e internacionales ante una posible paralización de las inversiones y un freno a la creación de empleo.

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EE UU lanza la guerra comercial contra Europa, México, Canadá y China

La tregua fue flor de una semana. La fumata blanca con China se ha traducido en más aranceles a la tecnología. Europa y México denunciarán a EEUU ante la OMC.

 

Donald Trump ha decidido finalmente lanzar la guerra comercial contra sus grandes aliados, la Unión Europea, México y Canadá, al activar unos aranceles al acero (25%) y al aluminio (10%) que había anunciado en marzo, y que había dejado en suspenso y supeditados a una negociación bilateral con las tres partes. Detrás de este viraje estratégico de Washington subyace la exigencia de la Administración Trump de corregir el déficit comercial que la mayor economía del planeta mantiene con estos tres mercados. La decisión, pues, de la Casa Blanca, constata que la escalada arancelaria está servida. Porque, entre otras cuestiones, los gravámenes entraron en vigor con el cambio del mes. Es decir, están operativos desde el pasado 1 de junio. Y resulta una premisa imprescindible para avanzar en el credo trumpista del America, first. El diálogo no ha dado con el consenso que la mayor economía del mundo desea. O, mejor dicho, el proteccionismo se ha hecho un hueco en el mercado que pregona la libre circulación de mercancías por excelencia.

De modo que EEUU se ha enfrascado en una batalla contra aliados y rivales. En tres grandes áreas geográficas -su vecino del sur, su aliado fronterizo del norte y su histórico socio comercial, Europa-, pero con un enemigo declarado: China, la segunda potencia mundial.

Origen de la guerra comercial

La Administración Trump implora la defensa de la seguridad nacional. Así lo ha vuelto a constatar el secretario de Comercio norteamericano, Wilbur Ross. “Sin una economía fuerte, no puedes tener una seguridad nacional idónea” por lo que el “debilitamiento de la industria es un riesgo para la producción o la compra de armamento y la tecnología militar”, dijo Ross para justificar la subida de aranceles. Razonamiento calificado por sus socios como “inconcebible”. De igual forma, todos ellos se desmarcaron de inmediato de las palabras del responsable del Comercio estadounidense, que reconoció avances, aunque no substanciales, en las conversaciones abiertas por Washington para eludir las nuevas barreras al acero y al aluminio. Un mensaje dirigido a Europa y China. Porque el embrollo con sus dos vecinos americanos se supeditaba al éxito de la renegociación del Nafta, el Tratado de Libre Comercio Norteamericano, que se encuentra en vía muerta, sin fecha de resolución y con negros presagios para el futuro de la unión aduanera.

Postura de Europa en la guerra comercial

Para Europa, el modelo de la Administración Trump “es puro y simple proteccionismo”, motivo por el que la Comisión Europea ha avanzado que, por un lado, denunciará a EEUU ante la OMC, la máxima institución del libre comercio y, por otro, contraatacará con la imposición de nuevos aranceles a las importaciones procedentes de su aliado del otro lado del Atlántico. Bruselas dice que iniciará el procedimiento legal contra EEUU de inmediato. Cuando Trump lanzó su primera amenaza contra el acero y el aluminio, Bruselas elaboró una lista de unos 350 productos (desde alimentos a bebidas, maquillaje o barcos de recreo) que quedarían sujetos a más gravámenes, como represalia por la medida estadounidense. Y el Ejecutivo europeo las notificó de inmediato a la OMC para poder actuar con rapidez si Washington abría la guerra comercial, por lo que en Bruselas se calcula que se podrían activar ya a mediados de junio. En concreto, la UE presentó a las autoridades comerciales de la OMC dos listados que penalizan productos cuyas ventas a la UE representan unos 6.400 millones de euros, un montante equivalente a las exportaciones de acero y aluminio a EEUU. Una reacción que pretende igualar daños. “Hoy es un mal día para el comercio mundial. Hemos hecho todo lo posible para evitar este resultado”, dijo la comisaria de Comercio, Cecilia Malmström, que ha dialogado incansablemente con Ross durante los últimos meses. Malmström mostró su frustración por el desenlace de esta guerra comercial. “En estas conversaciones, EEUU ha tratado de usar la amenaza de restricciones comerciales para obtener concesiones de Europa. Y la UE no negocia así”, reprochó. Pero así es la estrategia trumpista, que a pocos meses de las elecciones legislativas está intensificando su discurso nacionalista.

¿Una guerra comercial mundial?

Las tensiones comerciales generadas por la Casa Blanca, además, corren el riesgo de trasladarse a escala global. Bajo las directrices de los socios europeos, la propia UE, que tiene voz propia, y de Canadá, el presidente Trump afrontará una cita delicada en la cumbre del G-7 en Quebec, donde se encontrará con una contundente respuesta -y amenazas ya poco veladas de contestar a su afrenta contra el libre comercio- del conjunto de este selecto club. Con Japón, otra de las potencias industrializadas eminentemente exportadoras, al quite. El ministro galo de Finanzas, Bruno Le Maire, admite “haber detectado una atmósfera tensa” en los prolegómenos de esta cita; “hasta el punto de que podría ser más un G-6 más uno que un G-7”, dando a entender que en este asunto, Reino Unido, sumido en un difícil escenario comercial post-Brexit, sin acuerdos operativos para el libre intercambio de mercancías e inversiones hasta que no cierre el divorcio con la UE, también se inclina por censurar la política comercial de Washington. En paralelo, los socios del Nafta se declaran también partidarios de seguir la estela de Europa. México ha hecho saber a EEUU que iniciará una demanda contra las subidas arancelarias en la OMC y Canadá ya elabora una lista negra de importaciones estadounidenses de similar calado que la de China o la UE. Incluso Japón, al que EEUU le ha excluido de cualquier riesgo sobre la seguridad nacional del país por la venta de productos made in Japan, piensa en alinearse con las tesis del G-6 del que habla Le Maire.

Aun así, el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, sigue en sus trece: “El presidente Trump ha dejado muy claro qué es lo que espera de nuestros aliados en materia comercial”, al tiempo que rechazó que EEUU fuera a abandonar su papel de liderazgo en la economía global. “Nuestro reto es asegurar que se produzca un nuevo equilibrio, entre flujos y comercio justo”. Planteamiento con el que no concuerdan ni organismos multilaterales como el FMI o la OMC y la OCDE ni China. El gigante asiático, el gran objetivo de la Casa Blanca en su batalla desesperada por corregir los desequilibrios de su balanza comercial -acapara 375.000 millones de dólares del agujero total de 556.000 millones, según datos oficiales americanos de 2017, seguida de la UE, con 151.000 millones- asegura no querer una escalada del conflicto bilateral, que ahora somete al sector exterior de ambos países a obstáculos al libre comercio por valor de 50.000 millones de dólares. Pero no descarta que las tarifas entre ambos mercados se eleven en los próximos meses. A tenor de la perseverancia de Trump en sus tesis: “estúpido comercio”, escribía en un reciente tweet el dirigente americano antes de amenazar con “no tolerar por más tiempo” cualquier intento de otros países de ir “contra las directrices del gobierno estadounidense”, porque EEUU “ganará la guerra comercial” a pesar del “clima internacional, en el que las reglas del juego comercial han demostrado que actúan contra los negocios y las empresas americanas”.

El plan protecionista de Trump en la guerra comercial hace aguas

Sin embargo, los cálculos de Trump podrían fallar estrepitosamente. La producción de acero de China se incrementó en abril casi un 5% en términos interanuales, sin que parezca que hayan repercutido negativamente las medidas proteccionistas de Trump. No por casualidad, el acero chino supone la mitad del comercio de este material imprescindible para no pocos sectores estratégicos de todo el mundo y sus tres mayores productores acaparan más del 12% del acero global. Algo que revela que la táctica de EEUU adolece de instrumentos adicionales a las subidas de aranceles que promocionen un comercio más equilibrado, según sus designios. “Más bien se asemeja a un escenario de caos”, afirma Doreen Edelman, abogada de comercio internacional del despacho Baker Donelson, para quien, más bien, la política instaurada en la Casa Blanca “se va a precipitar por una ladera muy resbaladiza” si la guerra se propaga contra Washington desde las grandes potencias industrializadas. México y Canadá no van a permanecer indiferentes a la defunción del Nafta, ni Europa vaciará la lista de productos sancionados y China peleará porque EEUU no actúe de forma interesada y partidista contra sus mercancías tecnológicas cuando ha iniciado un viaje de no retorno hacia la digitalización y sus multinacionales y stars-up ya se codean con las estadounidenses.

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El ‘baile de divisas’ desvela fragilidades en los mercados emergentes

Argentina solicita ayuda al FMI, la lira turca pide oxígeno en su caída libre frente a otras divisas como el dólar, e Indonesia, India o Filipinas elevan tipos para sostener sus divisas.

 

El encarecimiento de las condiciones financieras en los mercados internacionales y la escalada del crudo pueden darles la estocada. ¿Será peor que el ‘credit crunch’ de 2008? Algunas voces del mercado creen que sí. O, al menos, de la misma dimensión. De momento, el rally alcista del dólar, en medio de la tormenta comercial desatada por la Casa Blanca, las tensiones geopolíticas en Oriente Próximo y la península coreana, o la escalada del precio del petróleo, ha puesto bajo vigilancia extrema a las divisas de varios mercados emergentes. Las primeras señales de estas turbulencias -en la jerga del mercado, volatilidad excesiva- tanto de sus plazas bursátiles como del comportamiento de sus monedas en los parqués cambiarios, se vislumbran en Argentina, Turquía e Indonesia. Tres de los mercados emergentes que más auxilio crediticio han necesitado de las arcas del FMI en las últimas décadas, que vuelven a estar bajo la lupa de los mercados. La política del billete verde fuerte que desea Donald Trump empieza a florecer, casi un año y medio después de que el presidente de EEUU tomara posesión del cargo. Objetivo para el que también se ha conjugado una agresiva -y cambiante- política económica tejida desde Washington, en la que destaca, además de la guerra comercial, una cuantiosa doble rebaja impositiva -sobre las rentas, el capital y las empresas- y un ambicioso y multibillonario plan de infraestructuras que tendrán que convivir con la nueva estrategia de la Reserva Federal de elevar los tipos de interés.

Todo ello ha generado un súbito encarecimiento de la financiación internacional que ha cogido con el pie cambiado a no pocas potencias industrializadas. Pero, sobre todo, a zonas emergentes que, hasta ahora, evolucionaban con un diferencial de tipos ostensible respecto a los designios de la Fed.

En consecuencia, y casi diez años después del estallido del credit cunch, en septiembre de 2008, los grandes rivales de las economías de rentas altas han sido los primeros que experimentan los coletazos de lo que parece el epitafio de esta etapa de pseudo-bonanza. Argentina emitió la primera alarma, que ha sofocado el FMI con una rápida negociación por la que ha liberado a Buenos Aires una línea financiera de 30.000 millones de dólares para contener la caída libre del peso en los mercados cambiarios y la escalada de los tipos de interés, por encima del 40%, decretada por su banco central como medida para evitar fugas masivas de capitales y amortiguar el pánico bursátil. Pero apenas dos semanas después, el efecto contagio ha surgido en Turquía. A lo largo de mayo, su valor ha descendido todos los días de mercado, excepto tres, en relación con el dólar. Hasta el punto de reducir un 5,2% su cotización diaria la pasada semana.

Parecen lejanos. Pero los días en los que la lira turca marcó máximos históricos frente al billete verde norteamericano se localizan a finales del último verano e, incluso, en otro rally alcista, al comienzo de esta primavera. La alta volatilidad, generada desde EEUU y sus agresivas políticas comercial (proteccionismo y guerra arancelaria), fiscal (doble rebaja de rentas y sociedades, a la que se sumará otra reducción impositiva “antes de noviembre”, según avanza el propio Donald Trump), económica (plan multimillonario de infraestructuras para dinamizar la actividad, junto a reformas financieras más laxas que espoleen el crédito) y monetaria para enterrar la estrategia de la Fed de tipos de interés cercanos a cero, han dado paso a una convulsión generalizada en los mercados globales. Ya de por sí en estado de máxima vigilancia por el fulgurante incremento del crudo y los polvorines geoestratégicos auspiciados o alimentados por Washington en Oriente Medio, Asia, con la crisis coreana, o el distanciamiento transatlántico en plena tensión interna en la UE por el Brexit.

Turquía, pues, ha entrado en la espiral de una crisis de divisas. Los analistas reclaman ya a las autoridades políticas, económicas y monetarias que “actúen ya, a la máxima diligencia” asegura, por ejemplo, Cristian Maggio, estratega de mercados emergentes en TD Securities, con sede en Londres. “Y no debería ponerse límites sobre cómo y cuándo intervenir porque lo que se avecina es una turbulencia cambiaria en toda regla”. El clima inversor es de “total pérdida de confianza”.

Tampoco ayuda la atmósfera política. En especial, la de su primer ministro, el islamista Recep Tayyip Erdogan, quien ha lanzado constantes mensajes a favor de una rebaja de tipos de interés para espolear la economía, en medio de compromisos de adquirir mayor responsabilidad sobre la política monetaria del país si vence en los comicios del próximo 24 de junio. En un momento delicado para la coyuntura turca. Con la inflación en dobles dígitos y un rampante déficit por cuenta corriente que demanda una alta financiación de los mercados internacionales, cuando el acceso al crédito global evoluciona a precios demasiado elevados, pese a que los tipos de interés todavía pueden considerarse anormalmente bajos. Tanto en EEUU como en Reino Unido y otras latitudes anglosajonas, como en Europa, donde el BCE los mantiene en nivel cero.

La lira ha perdido un 21% de su valor este año. El segundo mayor descenso de las divisas de los principales mercados emergentes. Sólo por detrás de la pérdida de cotización del peso argentino y en sintonía con el retroceso de las monedas de Venezuela y Angola. La cuota de retorno de las inversiones denominadas en liras turcas -diferencial entre costes de una operación y ganancias estimadas-, se ha desplomado hasta cotas desconocidas desde enero de 2017, cuando la divisa turca sufrió otro fuerte episodio de depresión en el mercado. Un sostén que ha pasado factura a las empresas japonesas, que han protagonizado las grandes operaciones bursátiles en la plaza financiera de Estambul, cuyos rectores achacan esta semana negra al clásico mantra que utilizan las autoridades de la proliferación de “movimientos especulativos” para hundir la economía del país. Antesala, en casi todas las ocasiones, de una petición de ayuda multilateral.

“Que Dios ayude a Turquía”, reza la nota oficial de Alnus Yatirim, un bróker que opera en la Bolsa de Estambul, dirigida a sus clientes estos días, antes de precisar: “nos enfrentamos a la inacción de un banco central que sigue oteando los mercados cuando necesita dirigir acciones directas en defensa de la lira”. Sin ella, “se caerá en una espiral de impagos” para hacer frente a los plazos de vencimientos inmediatos de una deuda corporativa, de empresas no financiera, que supera los 222.000 millones de dólares, en moneda extranjera. Por cada punto porcentual de pérdida del valor de la divisa turca se encarecen las condiciones de financiación en 5.000 millones de liras. Máxima tensión. Yatirim apelaba a un movimiento más contundente del banco central que la subida de tipos, de finales de mayo, de nada menos que tres puntos básicos, hasta situarlos en el 16,5%. Algo que no gustará a Erdogan, pero que ha servido para salvar un primer match-ball: los bancos obtendrán más ingresos por servicios, préstamos y créditos a corto plazo que aliviarán sus márgenes financieros. Pero será difícil que Estambul pueda acometer una mínima recapitalización -hasta el momento, han reestructurado unos 78.000 millones de liras, casi 17.000 millones de dólares- con unas ciertas garantías y, sobre todo, tendrán casi imposible acudir al rescate del sector privado turco, que maneja una deuda de 337.000 millones de dólares en monedas extranjeras.

Los bancos centrales de Argentina y Turquía no han sido los únicos con quebraderos de cabeza. La sombra de la inestabilidad se propaga sobre la práctica totalidad de los principales mercados emergentes del planeta. El estado latente es de emergencia. Los economistas predicen escalada de tipos de interés en varias latitudes de Asia. En concreto y, sobre todo, en Indonesia, Filipinas e India, donde no descartan que toquen niveles como los de Argentina o Turquía. “Cuando la Reserva Federal inició el encarecimiento gradual del dinero, las autoridades monetarias de los mercados emergentes intentaron recortar sus diferenciales rebajando tipos”, explica Frederic Neumann, de HSBC.  “Y ahora tienen que adecuarse a la política de la Fed a marchas forzadas y en medio de turbulencias cambiarias” que llevan en volandas al dólar a recuperar parte de su hegemonía perdida. Incluso, algunos países, como Brasil, siguen abaratando el dinero.

La economista Carmen Reinhart, catedrática en Harvard y antigua responsable de investigación de mercados en el FMI, considera que el escenario actual de los mercados emergentes es peor que el de sus dos capítulos negros más recientes, el inicio de la crisis, en 2008, y en 2013, año en el que el decoupling -fenómeno excepcional, entonces, que registraba un notable diferencial de crecimiento entre las potencias industrializadas y los países emergentes por primera vez en la historia económica reciente- empezó a remitir y sus economías se resistieron de la debilidad mundial. Para Reinhart, estadounidense de origen cubano, estos países tienen varias losas que penden sobre sus modelos productivos. Por un lado, la acumulación de deuda; por otro, la debilidad del comercio con la guerra declarada por EEUU y, finalmente, la subida sincronizada de tipos en casi todo el universo económico anglosajón. Diagnóstico que comparte el mercado. “El desequilibrio en las balanzas de pagos [de estas economías] han añadido presión a sus bancos centrales para acometer alzas del precio del dinero antes de los previsto; es decir, cuando la inflación todavía no es un motivo serio de preocupación”, explica Andrew Cates, analista de Nomura. Es lo que ocurre en Indonesia, con la palpable gravedad de su moneda, la rupia, en Malaisia, Filipinas o, incluso, en India. Las excepciones, que aún deben ser catalogadas de coyunturales, son China y Tailandia, con tipos, todavía, próximos a cero.

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Los datos del eCommerce minorista en España

EAE Business School ha publicado el informe Situación y perspectivas del comercio electrónico minorista que analiza este entorno en nuestro país y en la región latinoamericana. Este asegura que entre 2014 y 2021 multiplicará por tres sus cifras de facturación.

 

Es un hecho: para que una pyme del comercio minorista sobreviva en el entorno globalizado en el que nos movemos debe estar y vender a través de internet. Sin olvidarse nunca de contar con una buena atención al cliente, un servicio de mensajería eficiente y un correcto tratamiento de los datos de sus compradores, correctamente registrados siguiendo la estricta normativa del Reglamento General de Protección de Datos (RGPD). No significa esto que la venta a pie de calle esté dando sus últimos coletazos, pero los datos crecientes que se recogen año tras año sobre ecommerce no dejan lugar a duda.

El último estudio publicado al respecto ha sido Situación y perspectivas del comercio electrónico minorista, de EAE Business School. Éste analiza dicho entorno en España, remarcando las diferencias existentes entre Comunidades Autónomas, y en América Latina. Según sus cálculos, entre 2014 y 2021 el comercio electrónico minorista multiplicará por tres sus cifras de facturación y duplicará su cuota de mercado por dos, estimándose que en tres años supondrá ya más de un 15% de la cuota sobre el mercado global. En esa fecha, dos de cada tres internautas mayores de 14 años habrán comprado, al menos, una vez al año a través de la Red de redes.

Los productos estrella que más se compran a través de internet son películas, videojuegos y música, que ya representan el 60% de las ventas. En segundo lugar aparecen electrónica y ordenadores, con un 43%. Al otro lado de la balanza, se encuentran los productos de alimentación y el sector del mueble y del menaje del hogar. En estos casos, los consumidores preferimos la compra offline: un 70% en el primer caso y casi un 60% en el segundo.

Las distribuidoras líderes en este campo son Amazon y Alibaba, con cuotas de mercado superiores al 15%. La primera tiene 304 millones de clientes activos, casi el 20% del total de compradores digitales. La segunda se alza con un 30% del total de clientes digitales. Ambas cuentan con proveedores mayoristas y minoristas de todo el mundo, y ofrecen la oportunidad de vender bajo su red.

LAS CIFRAS EN ESPAÑA

En nuestro país, el volumen de negocio alcanzado por el comercio electrónico en el último trimestre ha sido de 7.785 millones de euros, elevándose en términos interanuales hasta superar los 28.500 millones de euros. Ambas cifras son las más altas de toda la serie histórica. De hecho, la tasa acumulada de crecimiento desde el tercer trimestre de 2013 hasta la actualidad registra un incremento continuo del 5,6%.

El porcentaje de personas de entre 16 y 74 que ha comprado a través de internet entre 2010 y 2017 casi se ha duplicado: del 28,6% al 54,7%, experimentando una tasa acumulada de crecimiento en dicho periodo del 9,7%. Según el origen de la transacción electrónica, casi el 45% se generaron de España hacia el exterior, frente al 38,2% que desde nuestro país se registraron en el interior. El 16,9% restante fueron operaciones realizadas desde el exterior hacia nuestro país.

Por otra parte, el importe medio de las transacciones realizadas desde el extranjero con destino España alcanzaron los 134,43 euros. Las compras internas se acercaron a los 68 euros y las realizadas con destino al exterior superaron los 47 euros.

El sector turismo es el que genera la mayor actividad en comercio electrónico en nuestro país: las agencias de viajes se llevaron un 15,6% de las ventas; el transporte aéreo, casi el 10%; los hoteles, el 4,7%; y el turismo por carretera, el 4,3%. En total, un 34,4% del cómputo global de las transacciones realizadas por internet, más de la tercera parte. En los primeros puestos del ranking también aparece la venta de textiles y moda (5,1%), de entradas para espectáculos de ocio (3,5%) y los juegos de azar (3,5%).

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El reto de Cuba

Conjugar el modelo definido en los Lineamientos de Política Económica y Social del Partido y la Revolución para el período 2016-2021, aprobados por la Asamblea Nacional, con la necesidad de profundizar en el proceso de apertura económica es el gran desafío al que se enfrenta hoy la nueva Cuba de Miguel Díaz-Canel. El presidente es consciente de que la pervivencia del régimen castrista pasa ineludiblemente por incentivar la entrada de capitales extranjeros que permitan reducir las profundas desigualdades existentes en la sociedad cubana, satisfacer las crecientes demandas de consumo mediante mayores salarios y una mayor oferta de productos, y proporcionar incentivos de progreso social y libertad a una juventud cada vez más influenciada por el estilo de vida y la propaganda norteamericana y de los cubanos del exilio.

Es por ello que, aunque tutelado todavía por Raúl Castro, que se ha reservado la toma de las decisiones más trascendentes, los primeros pasos del nuevo equipo económico de La Habana parecen apuntar hacia una diversificación más amplia de sus relaciones económicas internacionales y hacia una progresiva apertura e integración en el mercado global.

Cuba está muy interesada en aprender de las reformas que han transformado las economías de otros países y España es su mejor modelo. Existe especial interés en atraer capital español para los sectores de energía, construcción e industria agroalimentaria.

Actualmente hay unas 120 empresas españolas instaladas en este país y Cuba ocupa el puesto 53 en el ránking de destinos de las inversiones españolas. En el terreno de los intercambios comerciales, España es, junto con Venezuela, uno de los primeros suministradores de bienes en la isla caribeña y el primer mercado proveedor de la UE.

Instrumentos de financiación para el reto de Cuba

A pesar de la lentitud en la aplicación de las reformas en la isla, el interés de las empresas españolas hacia Cuba es creciente. Para responder a esta demanda la Administración española ha puesto en marcha instrumentos de financiación entre los que destaca el Programa de Conversión de Deuda firmado en 2015 con 40 millones de euros que se completó en mayo de 2016 con la firma un nuevo Programa de Conversión de Deuda por 375 millones de euros.

Además, Cofides tiene una línea de 40 millones de euros para operaciones en Cuba y CESCE abrió ese mismo año un techo de cobertura de hasta 55 millones de euros. Continuando con esta política de apoyo a las empresas españolas y tras alcanzarse un acuerdo de repago de esta nueva deuda, CESCE decidió el pasado mes de abril reabrir la cobertura a corto plazo a Cuba por un importe máximo de 30 millones de euros.