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El dinero se encarece, impulsado por la Reserva Federal

La Fed sube tipos por séptima vez desde 2015 y los sitúa entre el 1,75% y el 2%. El BCE los mantendrá en cero hasta 2019, pero sin compra de activos desde diciembre.

 

La Reserva Federal acaba de subir de nuevo los tipos de interés. Es la séptima vez consecutiva desde que en 2015 empezó a retirar los estímulos. A razón de un cuarto de punto cada vez que los ha movido. Además, la institución que preside Jerome Powell avanzó al mercado otras dos alzas a lo largo de este año, una más de lo que aventuraban el consenso de los analistas. La Fed se ampara en los datos de los tres indicadores esenciales de su mandato estatutario. Una tasa de paro dos décimas por debajo del mes precedente, en el 3,6% -pleno empleo-, un dinamismo de la economía del 2,8% para este ejercicio y una inflación en una tasa interanual similar al del crecimiento del PIB. Y seis décimas por encima de la subyacente, que descuenta el precio de los alimentos y de la energía de la cesta de la compra. “Todo avanza conforme a lo previsto”, afirmó Powell. Pese a los vestigios de recesión que aparecen en el mercado de bonos. Indicador de alta fiabilidad en la historia económica del país. La rentabilidad de las letras a dos años se ha situado en el 2,5%, sólo cuatro décimas por debajo de la del bono a 10 años. Y la reversión de este diferencial siempre ha constatado la entrada en números rojos del PIB americano. Algo que el ex presidente de la Fed, Ben Bernanke, no descarta cuando remitan los efectos directos de los estímulos fiscales, en 2020. Insistiendo en su tesis de que la doble rebaja impositiva de Trump, sobre las rentas y sobre sociedades, es un error. Al igual que el incremento del gasto público por la factura militar y el plan de infraestructuras de la Casa Blanca.

La política de la Fed podría precipitar una nueva subida del precio del dinero por parte del Banco de Inglaterra, que los mantiene en el 0,5%. El mercado no descarta que se produzca en agosto, si bien se inclina por que el gobernador, Mark Carney, no haga movimiento alguno hasta finales de año. Sobre todo, porque el repunte de la inflación, que evoluciona en torno al 2,4%, contrasta con una dinámica de creación de empleo y relativo vigor económico. A pesar de la incertidumbre que genera el Brexit y las dificultades para rubricar el divorcio con la UE. Sobre todo, después de la decisión del Parlamento británico de renunciar a formar parte del Espacio Económico Europeo al que pertenecen Islandia, Noruega o Suiza. Carney dice que el alejamiento de la política de tipos próximos a cero le ha otorgado al BoE (según sus siglas en inglés) un mayor margen de maniobra para afrontar una futura y presumible crisis.

El problema que genera en los mercados este encarecimiento del precio del dinero en el mundo anglosajón es una restricción de acceso al crédito. Con los mercados emergentes sometidos a un estrés financiero adicional por la volatilidad de los valores bursátiles y la débil cotización de sus divisas frente al dólar. Motivo por el que gran parte de ellos se han visto en la obligación de dar por terminada la fase de aumento del diferencial de tipos respecto a la Reserva Federal para tratar de defender sus monedas y resguardar a sus sistemas bancarios y empresas de sus altos niveles de endeudamiento.

El BCE y el Banco de Japón, que aún persisten en sus estímulos monetarios y conservan la táctica de tipos a tasas cero, también sopesan la forma de abandonar sus escenarios monetarios. El BCE acaba de anunciar que abandonará el programa de compra de activos a partir de diciembre, como auguraba el mercado, coincidiendo con el relevo de Mario Draghi al frente del organismo regulador del euro. Aunque su repliegue será gradual, tal y como ha admitido el consejo en su reunión extraordinaria de Riga, donde se ha estrenado Luis de Guindos, partidario de las subidas graduales de tipos, como vicepresidente. Un plan para el que el BCE ha empleado 2,6 billones de euros. Las presiones inflacionistas en la zona del euro y Japón dan todavía un cierto margen de maniobra a sus bancos centrales para iniciar la senda alcista. En el caso del BCE, el consenso del mercado lo sitúa a comienzo de 2019, inmediatamente después de la salida de Draghi.

Este panorama ha concitado la preocupación en el sector privado. El elevado endeudamiento que todavía lastran las grandes corporaciones y bancos de las potencias industrializadas, que ya están protagonizando un parón importante en los procesos de fusiones y adquisiciones para no tener que absorber vencimientos de deuda adicionales en una época de encarecimiento de las condiciones financieras internacionales. Los riesgos están en las recomendaciones de la práctica totalidad de los bancos de inversión a sus clientes. Cada vez más conservadoras y en busca de valores refugio.

“Algo huele en el aire”, que recuerda a 2007. Este comentario lo ha deslizado Bill Derrough, corresponsable de recapitalización y reestructuración en Moelis & Co. “Entonces -dice- había una atmósfera similar a la actual, de pactos de fusiones y adquisiciones entre empresas temerarios, en los que se asumían cuotas de endeudamiento desorbitadas” con tal de formalizar estas alianzas, y que propulsaron a los Estados a poner en marcha los multimillonarios rescates bancarios y planes de económico y monetarios para capear el temporal desatado en los mercados. Derrough recoge el sentir inversor de Wall Street. Pese a que aún, según reconoce, las economías industrializadas están en tasas dinámicas y las de impagos de empresas sigan siendo reducidas. En 2007, enfatiza Derrough, “se sabía que algo iba ocurrir, que era cuestión de tiempo”. Y ahora, vuelve a fluir ese recuerdo.

La sensación de preocupación de Wall Street también lo comparte el FMI. El diagnóstico de la institución multilateral en sus dos últimas reuniones, la de otoño pasado, y la más reciente, de primavera, alertan a gobiernos y directivos de empresas y bancos de que la próxima crisis podría estar a la vuelta de la esquina y que el acopio de arsenal financiero para afrontarla es minúsculo. En primer término, porque el ciclo de negocios no ha sido todo lo intenso que hubiera sido necesario para almacenar en las arcas de los Estados la munición que requerirá una nueva convulsión global. En segundo lugar, porque la etapa de estímulos, monetarios y económicos, no podrá restablecerse debido precisamente a esa carencia -o déficit- de recursos, ya que casi ninguna economía ostenta superávits ni fiscales, ni por cuenta corriente, en medio de un panorama de proteccionismo inversor y comercial. Pero, sobre todo, porque la montaña de endeudamiento sigue en cotas del todo punto infranqueables. El Fondo Monetario calcula que el endeudamiento soberano, de países, y empresas no financieras, se eleva hasta la astronómica cantidad de 164,4 billones de dólares, más del doble de los 79,8 billones en los que se cifra la totalidad de la economía mundial. Y sigue al alza, con repuntes del 3,9% este año y el siguiente, inciden en el FMI. Casi toda ella, en latitudes industrializadas: 119,2 billones. Este montante resulta aún más peligroso cuando se incluye la deuda financiera. A finales de 2016, esta losa suponía ya el 225% del PIB global.

Desde otras firmas de inversión, como Greenhill, expresan que “incluso si se logra eludir un episodio de recesión en EEUU”, algo no descartable a medio plazo, o si la corrección de los créditos no resultara tan importante en los próximos meses, las tensiones están descontadas. No en vano -explican sus expertos- “las firmas aseguradoras ya admiten aumentos de la demanda de pólizas, porque el repunte de contratos de seguros para cubrir posibles bancarrotas ya empieza a ser una realidad en EEUU”. Las refinanciaciones al precio del dinero más caro desde 2007, con la Reserva Federal advirtiendo de dos subidas más este año, son ahora más complejas de acometer, dice Moody’s.

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El G-7 airea la lucha de las potencias por el control del comercio

Las discrepancias de las grandes potencias no guardan parangón en la historia reciente. Desde el FMI alertan de que, “cada día, el panorama es más oscuro”.

 

Nunca en la historia del G-7 se ha trasladado a la opinión pública global unas disensiones de tal calibre, en materia económica, como la que acaban de protagonizar los líderes de las principales potencias industrializadas del planeta en su reciente cita de Quebec. Las hubo, y de alto voltaje, en asuntos geoestratégicos, como la intervención militar aliada en Irak tras el 11-S, con Rusia de invitado político a este selecto foro mundial. Pero las disputas sobre la economía y las finanzas globales siempre se habían resuelto con un comunicado conjunto de consenso. Hasta este mes de junio. La tensión se palpó en el ambiente. Los líderes advirtieron previamente a EEUU que su política proteccionista y su decisión de elevar los aranceles para corregir su déficit comercial no comulgaban con los principios de libre circulación de bienes y servicios. Sin embargo, la cumbre no se saldó precisamente con fumata blanca. Más bien, al contrario. Cruce de acusaciones entre Canadá y EEUU, con incluso amenazas de replanteamiento de sus relaciones bilaterales. Además del mandato directo de Donald Trump para que la mayor potencia del planeta se desmarcara de un acuerdo final con conceptos esenciales como una apelación a las rebajas arancelarias, la demanda del resto del G-7, a cambio de plantear una reforma profunda de la OMC y de defender, en el futuro, un comercio más “recíproco y equitativo”, como demanda la Administración americana. El consenso base, en esta ocasión, saltó por los aires.

La cita arrancó con la polémica de los nuevos aranceles al acero y al aluminio impulsados por Washington a Canadá, México y la Unión Europea, que a su vez reaccionaron con represalias; en concreto, con una larga lista con nuevas tarifas a productos norteamericanos. En un clima de todos (Reino Unido, Japón, Alemania, Francia, Canadá e Italia) contra los obstáculos comerciales de la Administración Trump que los aliados de EEUU trataron de limar, aunque sin éxito. Porque, aparte del duro intercambio de mensajes entre el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, quien alertó de que “no nos van a avasallar”, en referencia al “insultante” giro de su vecino del sur, mientras el dirigente estadounidense acusó a su homólogo, sólo unas horas más tarde de un comportamiento “dócil y suave” y de ser “deshonesto” y justificar las medidas de Washington como “represalia a unos aranceles sobre los productos lácteos americanos del 270% -y que provocó la orden directa de Trump de no firmar el dictamen final del G-7– los responsables del Comercio americano echaron más leña al fuego. El asesor económico de la Casa Blanca, Larry Kudlow, arremetió aún más contra Trudeau – “realmente, de alguna manera, nos apuñaló por la espalda. Fue una traición”, dijo-, al tiempo que Peter Navarro, asesor comercial de Trump y el auténtico inspirador del viraje estadounidense en este terreno, concluía que al líder republicano “no le importaba el aislamiento”.

Las reacciones, entonces, se sucedieron. El ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas, proclamó que “en cuestión de segundos, se puede destruir la confianza, con 280 caracteres de Twitter”, en alusión al método favorito empleado, una vez más, por Trump, que dictó su rechazo hacia el resto de integrantes del G-7 de camino de vuelta, en pleno vuelo en el Air Force One, nada más tener conocimiento de las palabras de Trudeau. Mientras el Elíseo expresó su hartazgo por el rumbo de los acontecimientos y precisó que las relaciones entre las grandes potencias “no debe depender de rabietas y frasecitas”. Pero, más allá de esta retórica de desencuentros, la cumbre supone una primera envestida grave para la reanimación del Nafta, la unión aduanera de EEUU, Canadá y México, que lleva un año en revisión, a instancias de la Casa Blanca. Otro altercado a los lazos transatlánticos, ya que Europa denunciará a EEUU ante la OMC, según el Ejecutivo de la UE, y la revisión de las estrategias bilaterales de Japón, Reino Unido y China, aunque no forme parte del G-7.

Pero la consecuencia más grave, según los analistas, y de efectos difíciles de calcular, se pueden dar en los mercados. Ya de por sí, en estado de ebullición por la fortaleza del dólar y las subidas de tipos de interés en las economías anglosajonas. Con descensos generalizados en los índices bursátiles de referencia. “La idea de que cualquier nuevo movimiento arancelario puede traer consigo una brusca guerra comercial o que el rally alcista del billete verde se descontrole aún más es un riesgo cada vez más palpable, aseguran en la firma Cantor Fitzgerald, desde donde se advierte que “los mercados financieros podrían responder de inmediato ante este escenario tras unos meses de excesiva volatilidad”. De producirse, y con Italia bajo presión política y financiera permanente, la crisis de la deuda podría volver a hacer su reaparición en Europa y contagiar a alguno de sus sistemas bancarios -en especial, el trasalpino- en medio de rumores de integración de grandes entidades, como Deutsche Bank, BNP Paribas o Sociètè Genèrale y, por supuesto, al euro. Además de dejar en debilidad extrema divisas que han perdido valor como las de Turquía, Brasil, México, Rusia y Sudáfrica.

La directora gerente del FMI, Christine Lagarde, también comparte esta preocupación inversora. A su juicio, el incremento del proteccionismo comercial “está dañando la confianza” en las bolsas porque, “cada día, el panorama es más oscuro”. Su comentario se produjo unas fechas más tarde de la cumbre del G-7, del que resaltó su ambiente “caótico”. Roberto Azevedo, director general de la OMC, también se sumó a las alertas de peligro a medio plazo. “El aumento de las tensiones comerciales que hemos presenciado son la más seria amenaza sobre el crecimiento sostenible de las economías globales desde el estallido de la crisis financiera de 2008”. Esta escalada “no va a ayudar a nadie”, sentenció. Este horizonte sombrío, pues, podría dañar el dinamismo del PIB global para el que el FMI pronostica un alza del 3,9% este año y el siguiente, el mayor ritmo desde 2011 pero todavía lejos de las tasas previas al credit crunch.

Pese a todas estas probables secuelas, los observadores internacionales alertan de otro foco de conflicto. La reciente cumbre del G-7 puede haber acabado con 42 años de lo que se ha llamado una coreografía colegiada en el diagnóstico de la frágil gobernabilidad mundial de este selecto club. Prueba de ello ha sido la inmediata reunión de Trump con el líder norcoreano, Kim Jong-un. Pareciera como si el líder de EEUU estuviera más cómodo negociando con un dictador que con sus más estrechos aliados. ¿Qué le depara al G-7? Pues, a juicio de estrategas, marcará un punto y aparte. Porque algo se ha quebrado en la idea original del foro, auspiciado por EEUU, para recabar de primera mano la posición de las economías de mercado de corte occidental -motivo por el que se incluye a Japón- en la resolución de cuestiones que podrían crear inestabilidad. De todo tipo. Desde geopolíticas hasta económico-financieras. En el G-7 se perfiló la estrategia de la Guerra Fría, el Plan Marshall, el final de patrón dólar o los despliegues de la OTAN. Bajo parámetros de cooperación mundial, un orden financiero y global que garantizase la estabilidad y la seguridad, y con la libertad de los flujos comerciales e inversores por bandera. Pero, ahora, la errática diplomacia exterior y los cambios económicos de EEUU ponen este planteamiento en tela de juicio. Y lo que es peor, sin visos de restablecer el orden internacional forjado desde la Segunda Guerra Mundial.

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Luz de gas sobre la economía

El último y reciente informe de perspectivas económicas de la OCDE sorprendía al transmitir un inusual optimismo sobre la economía mundial en general y sobre la española en particular. El mundo ha vuelto a una expansión económica como no se veía desde antes de la crisis, afirmaba la organización de los países industrializados para justificar la revisión al alza de sus previsiones de crecimiento para este año y el próximo.

Cierto es que las previsiones iniciales eran especialmente bajas, y cierto es también que en el plano internacional, el ejercicio de 2017 y los meses que llevamos de este 2018 han permitido, a pesar de las tensiones proteccionistas, disipar en parte los peores augurios derivados la victoria de Donald Trump y el Brexit. Las victorias de la corriente europeísta en los comicios de los Países Bajos, de Macron en Francia y la renovación del mandato de Merkel en Alemania han sido un elemento en favor de la estabilidad al actuar como freno a las corrientes populistas, haciendo posible la formación de gobiernos pro europeos en los países que forman el núcleo de la Unión Europea.

A pesar de ello persisten una serie de factores de riesgo, económicos y geopolíticos, que configuran el entorno a medio plazo entre los que destacan la vulnerabilidad financiera asociada al creciente volumen de la deuda, la escalada de barreras comerciales entre EE UU y China, la guerra de aranceles desatada por Trump contra la UE, Canadá y México, el desenlace del Brexit, el resurgir de Rusia en la Carrera por el poder con su creciente protagonismo en Oriente Medio, la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán por la supremacía en esta última región y el auge de los partidos populistas-extremistas en Europea que se han situado como segunda o tercera fuerza política. Especial preocupación merece en este punto la expectación ante las decisiones que vaya a poner en marcha el nuevo gobierno en Italia resultante del acuerdo entre el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga Norte.

Por lo que respecta a España, nuestra economía ha seguido manteniendo un ritmo de crecimiento en el entorno del 3 por ciento y suma cuatro años consecutivos de mejora, liderando el crecimiento de las economías desarrolladas. Asimismo ha cosechado también su quinto superávit consecutivo de balanza de pagos y las exportaciones registraron una nueva cifra récord.

Como consecuencia de este empuje exportador el peso de las exportaciones en el PIB ha aumentado un 53 por ciento hasta representar el 21,6 por ciento, que es el máximo histórico, y el tirón del sector exterior nos ha permitido situarnos entre las cinco grandes economías de la UE y en el segundo exportador de la Unión (medido por peso el PIB de las exportaciones), sólo por detrás de Alemania.

Para 2018 las previsiones apuntaban a una prolongación de la coyuntura favorable y los resultados del primer trimestre lo confirman al marcar un crecimiento del 0,7 por ciento, el decimoséptimo trimestral consecutivo, apoyado por el consumo y la construcción. Sin embargo, las tensiones, que se agravan, por el desafío separatista catalán están empezando a rebajar las expectativas de los analistas nacionales e internacionales ante una posible paralización de las inversiones y un freno a la creación de empleo.

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EE UU lanza la guerra comercial contra Europa, México, Canadá y China

La tregua fue flor de una semana. La fumata blanca con China se ha traducido en más aranceles a la tecnología. Europa y México denunciarán a EEUU ante la OMC.

 

Donald Trump ha decidido finalmente lanzar la guerra comercial contra sus grandes aliados, la Unión Europea, México y Canadá, al activar unos aranceles al acero (25%) y al aluminio (10%) que había anunciado en marzo, y que había dejado en suspenso y supeditados a una negociación bilateral con las tres partes. Detrás de este viraje estratégico de Washington subyace la exigencia de la Administración Trump de corregir el déficit comercial que la mayor economía del planeta mantiene con estos tres mercados. La decisión, pues, de la Casa Blanca, constata que la escalada arancelaria está servida. Porque, entre otras cuestiones, los gravámenes entraron en vigor con el cambio del mes. Es decir, están operativos desde el pasado 1 de junio. Y resulta una premisa imprescindible para avanzar en el credo trumpista del America, first. El diálogo no ha dado con el consenso que la mayor economía del mundo desea. O, mejor dicho, el proteccionismo se ha hecho un hueco en el mercado que pregona la libre circulación de mercancías por excelencia.

De modo que EEUU se ha enfrascado en una batalla contra aliados y rivales. En tres grandes áreas geográficas -su vecino del sur, su aliado fronterizo del norte y su histórico socio comercial, Europa-, pero con un enemigo declarado: China, la segunda potencia mundial.

En el origen de esta afrenta contra el libre comercio, la Administración Trump implora la defensa de la seguridad nacional. Así lo ha vuelto a constatar el secretario de Comercio norteamericano, Wilbur Ross. “Sin una economía fuerte, no puedes tener una seguridad nacional idónea” por lo que el “debilitamiento de la industria es un riesgo para la producción o la compra de armamento y la tecnología militar”, dijo Ross para justificar la subida de aranceles. Razonamiento calificado por sus socios como “inconcebible”. De igual forma, todos ellos se desmarcaron de inmediato de las palabras del responsable del Comercio estadounidense, que reconoció avances, aunque no substanciales, en las conversaciones abiertas por Washington para eludir las nuevas barreras al acero y al aluminio. Un mensaje dirigido a Europa y China. Porque el embrollo con sus dos vecinos americanos se supeditaba al éxito de la renegociación del Nafta, el Tratado de Libre Comercio Norteamericano, que se encuentra en vía muerta, sin fecha de resolución y con negros presagios para el futuro de la unión aduanera.

Para Europa, el modelo de la Administración Trump “es puro y simple proteccionismo”, motivo por el que la Comisión Europea ha avanzado que, por un lado, denunciará a EEUU ante la OMC, la máxima institución del libre comercio y, por otro, contraatacará con la imposición de nuevos aranceles a las importaciones procedentes de su aliado del otro lado del Atlántico. Bruselas dice que iniciará el procedimiento legal contra EEUU de inmediato. Cuando Trump lanzó su primera amenaza contra el acero y el aluminio, Bruselas elaboró una lista de unos 350 productos (desde alimentos a bebidas, maquillaje o barcos de recreo) que quedarían sujetos a más gravámenes, como represalia por la medida estadounidense. Y el Ejecutivo europeo las notificó de inmediato a la OMC para poder actuar con rapidez si Washington abría la guerra comercial, por lo que en Bruselas se calcula que se podrían activar ya a mediados de junio. En concreto, la UE presentó a las autoridades comerciales de la OMC dos listados que penalizan productos cuyas ventas a la UE representan unos 6.400 millones de euros, un montante equivalente a las exportaciones de acero y aluminio a EEUU. Una reacción que pretende igualar daños. “Hoy es un mal día para el comercio mundial. Hemos hecho todo lo posible para evitar este resultado”, dijo la comisaria de Comercio, Cecilia Malmström, que ha dialogado incansablemente con Ross durante los últimos meses. Malmström mostró su frustración por el desenlace. “En estas conversaciones, EEUU ha tratado de usar la amenaza de restricciones comerciales para obtener concesiones de Europa. Y la UE no negocia así”, reprochó. Pero así es la estrategia trumpista, que a pocos meses de las elecciones legislativas está intensificando su discurso nacionalista.

Las tensiones comerciales generadas por la Casa Blanca, además, corren el riesgo de trasladarse a escala global. Bajo las directrices de los socios europeos, la propia UE, que tiene voz propia, y de Canadá, el presidente Trump afrontará una cita delicada en la cumbre del G-7 en Quebec, donde se encontrará con una contundente respuesta -y amenazas ya poco veladas de contestar a su afrenta contra el libre comercio- del conjunto de este selecto club. Con Japón, otra de las potencias industrializadas eminentemente exportadoras, al quite. El ministro galo de Finanzas, Bruno Le Maire, admite “haber detectado una atmósfera tensa” en los prolegómenos de esta cita; “hasta el punto de que podría ser más un G-6 más uno que un G-7”, danto a entender que en este asunto, Reino Unido, sumido en un difícil escenario comercial post-Brexit, sin acuerdos operativos para el libre intercambio de mercancías e inversiones hasta que no cierre el divorcio con la UE, también se inclina por censurar la política comercial de Washington. En paralelo, los socios del Nafta se declaran también partidarios de seguir la estela de Europa. México ha hecho saber a EEUU que iniciará una demanda contra las subidas arancelarias en la OMC y Canadá ya elabora una lista negra de importaciones estadounidenses de similar calado que la de China o la UE. Incluso Japón, al que EEUU le ha excluido de cualquier riesgo sobre la seguridad nacional del país por la venta de productos made in Japan, piensa en alinearse con las tesis del G-6 del que habla Le Maire.

Aun así, el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, sigue en sus trece: “El presidente Trump ha dejado muy claro qué es lo que espera de nuestros aliados en materia comercial”, al tiempo que rechazó que EEUU fuera a abandonar su papel de liderazgo en la economía global. “Nuestro reto es asegurar que se produzca un nuevo equilibrio, entre flujos y comercio justo”. Planteamiento con el que no concuerdan ni organismos multilaterales como el FMI o la OMC y la OCDE ni China. El gigante asiático, el gran objetivo de la Casa Blanca en su batalla desesperada por corregir los desequilibrios de su balanza comercial -acapara 375.000 millones de dólares del agujero total de 556.000 millones, según datos oficiales americanos de 2017, seguida de la UE, con 151.000 millones- asegura no querer una escalada del conflicto bilateral, que ahora somete al sector exterior de ambos países a obstáculos al libre comercio por valor de 50.000 millones de dólares. Pero no descarta que las tarifas entre ambos mercados se eleven en los próximos meses. A tenor de la perseverancia de Trump en sus tesis: “estúpido comercio”, escribía en un reciente tweet el dirigente americano antes de amenazar con “no tolerar por más tiempo” cualquier intento de otros países de ir “contra las directrices del gobierno estadounidense”, porque EEUU “ganará la guerra comercial” a pesar del “clima internacional, en el que las reglas del juego comercial han demostrado que actúan contra los negocios y las empresas americanas”.

Sin embargo, los cálculos de Trump podrían fallar estrepitosamente. La producción de acero de China se incrementó en abril casi un 5% en términos interanuales, sin que parezca que hayan repercutido negativamente las medidas proteccionistas de Trump. No por casualidad, el acero chino supone la mitad del comercio de este material imprescindible para no pocos sectores estratégicos de todo el mundo y sus tres mayores productores acaparan más del 12% del acero global. Algo que revela que la táctica de EEUU adolece de instrumentos adicionales a las subidas de aranceles que promocionen un comercio más equilibrado, según sus designios. “Más bien se asemeja a un escenario de caos”, afirma Doreen Edelman, abogada de comercio internacional del despacho Baker Donelson, para quien, más bien, la política instaurada en la Casa Blanca “se va a precipitar por una ladera muy resbaladiza” si la guerra se propaga contra Washington desde las grandes potencias industrializadas. México y Canadá no van a permanecer indiferentes a la defunción del Nafta, ni Europa vaciará la lista de productos sancionados y China peleará porque EEUU no actúe de forma interesada y partidista contra sus mercancías tecnológicas cuando ha iniciado un viaje de no retorno hacia la digitalización y sus multinacionales y stars-up ya se codean con las estadounidenses.

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El ‘baile de divisas’ desvela fragilidades en los mercados emergentes

Argentina solicita ayuda al FMI, la lira turca pide oxígeno en su caída libre frente al dólar, e Indonesia, India o Filipinas elevan tipos para sostener sus divisas.

 

El encarecimiento de las condiciones financieras en los mercados internacionales y la escalada del crudo pueden darles la estocada. ¿Será peor que el ‘credit crunch’ de 2008? Algunas voces del mercado creen que sí. O, al menos, de la misma dimensión. De momento, el rally alcista del dólar, en medio de la tormenta comercial desatada por la Casa Blanca, las tensiones geopolíticas en Oriente Próximo y la península coreana, o la escalada del precio del petróleo, ha puesto bajo vigilancia extrema a las divisas de varios mercados emergentes. Las primeras señales de estas turbulencias -en la jerga del mercado, volatilidad excesiva- tanto de sus plazas bursátiles como del comportamiento de sus monedas en los parqués cambiarios, se vislumbran en Argentina, Turquía e Indonesia. Tres de los mercados emergentes que más auxilio crediticio han necesitado de las arcas del FMI en las últimas décadas, que vuelven a estar bajo la lupa de los mercados. La política del billete verde fuerte que desea Donald Trump empieza a florecer, casi un año y medio después de que el presidente de EEUU tomara posesión del cargo. Objetivo para el que también se ha conjugado una agresiva -y cambiante- política económica tejida desde Washington, en la que destaca, además de la guerra comercial, una cuantiosa doble rebaja impositiva -sobre las rentas, el capital y las empresas- y un ambicioso y multibillonario plan de infraestructuras que tendrán que convivir con la nueva estrategia de la Reserva Federal de elevar los tipos de interés.

Todo ello ha generado un súbito encarecimiento de la financiación internacional que ha cogido con el pie cambiado a no pocas potencias industrializadas. Pero, sobre todo, a zonas emergentes que, hasta ahora, evolucionaban con un diferencial de tipos ostensible respecto a los designios de la Fed.

En consecuencia, y casi diez años después del estallido del credit cunch, en septiembre de 2008, los grandes rivales de las economías de rentas altas han sido los primeros que experimentan los coletazos de lo que parece el epitafio de esta etapa de pseudo-bonanza. Argentina emitió la primera alarma, que ha sofocado el FMI con una rápida negociación por la que ha liberado a Buenos Aires una línea financiera de 30.000 millones de dólares para contener la caída libre del peso en los mercados cambiarios y la escalada de los tipos de interés, por encima del 40%, decretada por su banco central como medida para evitar fugas masivas de capitales y amortiguar el pánico bursátil. Pero apenas dos semanas después, el efecto contagio ha surgido en Turquía. A lo largo de mayo, su valor ha descendido todos los días de mercado, excepto tres, en relación con el dólar. Hasta el punto de reducir un 5,2% su cotización diaria la pasada semana.

Parecen lejanos. Pero los días en los que la lira turca marcó máximos históricos frente al billete verde norteamericano se localizan a finales del último verano e, incluso, en otro rally alcista, al comienzo de esta primavera. La alta volatilidad, generada desde EEUU y sus agresivas políticas comercial (proteccionismo y guerra arancelaria), fiscal (doble rebaja de rentas y sociedades, a la que se sumará otra reducción impositiva “antes de noviembre”, según avanza el propio Donald Trump), económica (plan multimillonario de infraestructuras para dinamizar la actividad, junto a reformas financieras más laxas que espoleen el crédito) y monetaria para enterrar la estrategia de la Fed de tipos de interés cercanos a cero, han dado paso a una convulsión generalizada en los mercados globales. Ya de por sí en estado de máxima vigilancia por el fulgurante incremento del crudo y los polvorines geoestratégicos auspiciados o alimentados por Washington en Oriente Medio, Asia, con la crisis coreana, o el distanciamiento transatlántico en plena tensión interna en la UE por el Brexit.

Turquía, pues, ha entrado en la espiral de una crisis monetaria. Los analistas reclaman ya a las autoridades políticas, económicas y monetarias que “actúen ya, a la máxima diligencia” asegura, por ejemplo, Cristian Maggio, estratega de mercados emergentes en TD Securities, con sede en Londres. “Y no debería ponerse límites sobre cómo y cuándo intervenir porque lo que se avecina es una turbulencia cambiaria en toda regla”. El clima inversor es de “total pérdida de confianza”.

Tampoco ayuda la atmósfera política. En especial, la de su primer ministro, el islamista Recep Tayyip Erdogan, quien ha lanzado constantes mensajes a favor de una rebaja de tipos de interés para espolear la economía, en medio de compromisos de adquirir mayor responsabilidad sobre la política monetaria del país si vence en los comicios del próximo 24 de junio. En un momento delicado para la coyuntura turca. Con la inflación en dobles dígitos y un rampante déficit por cuenta corriente que demanda una alta financiación de los mercados internacionales, cuando el acceso al crédito global evoluciona a precios demasiado elevados, pese a que los tipos de interés todavía pueden considerarse anormalmente bajos. Tanto en EEUU como en Reino Unido y otras latitudes anglosajonas, como en Europa, donde el BCE los mantiene en nivel cero.

La lira ha perdido un 21% de su valor este año. El segundo mayor descenso de las divisas de los principales mercados emergentes. Sólo por detrás de la pérdida de cotización del peso argentino y en sintonía con el retroceso de las monedas de Venezuela y Angola. La cuota de retorno de las inversiones denominadas en liras turcas -diferencial entre costes de una operación y ganancias estimadas-, se ha desplomado hasta cotas desconocidas desde enero de 2017, cuando la divisa turca sufrió otro fuerte episodio de depresión en el mercado. Un sostén que ha pasado factura a las empresas japonesas, que han protagonizado las grandes operaciones bursátiles en la plaza financiera de Estambul, cuyos rectores achacan esta semana negra al clásico mantra que utilizan las autoridades de la proliferación de “movimientos especulativos” para hundir la economía del país. Antesala, en casi todas las ocasiones, de una petición de ayuda multilateral.

“Que Dios ayude a Turquía”, reza la nota oficial de Alnus Yatirim, un bróker que opera en la Bolsa de Estambul, dirigida a sus clientes estos días, antes de precisar: “nos enfrentamos a la inacción de un banco central que sigue oteando los mercados cuando necesita dirigir acciones directas en defensa de la lira”. Sin ella, “se caerá en una espiral de impagos” para hacer frente a los plazos de vencimientos inmediatos de una deuda corporativa, de empresas no financiera, que supera los 222.000 millones de dólares, en moneda extranjera. Por cada punto porcentual de pérdida del valor de la divisa turca se encarecen las condiciones de financiación en 5.000 millones de liras. Máxima tensión. Yatirim apelaba a un movimiento más contundente del banco central que la subida de tipos, de finales de mayo, de nada menos que tres puntos básicos, hasta situarlos en el 16,5%. Algo que no gustará a Erdogan, pero que ha servido para salvar un primer match-ball: los bancos obtendrán más ingresos por servicios, préstamos y créditos a corto plazo que aliviarán sus márgenes financieros. Pero será difícil que Estambul pueda acometer una mínima recapitalización -hasta el momento, han reestructurado unos 78.000 millones de liras, casi 17.000 millones de dólares- con unas ciertas garantías y, sobre todo, tendrán casi imposible acudir al rescate del sector privado turco, que maneja una deuda de 337.000 millones de dólares en monedas extranjeras.

Los bancos centrales de Argentina y Turquía no han sido los únicos con quebraderos de cabeza. La sombra de la inestabilidad se propaga sobre la práctica totalidad de los principales mercados emergentes del planeta. El estado latente es de emergencia. Los economistas predicen escalada de tipos de interés en varias latitudes de Asia. En concreto y, sobre todo, en Indonesia, Filipinas e India, donde no descartan que toquen niveles como los de Argentina o Turquía. “Cuando la Reserva Federal inició el encarecimiento gradual del dinero, las autoridades monetarias de los mercados emergentes intentaron recortar sus diferenciales rebajando tipos”, explica Frederic Neumann, de HSBC.  “Y ahora tienen que adecuarse a la política de la Fed a marchas forzadas y en medio de turbulencias cambiarias” que llevan en volandas al dólar a recuperar parte de su hegemonía perdida. Incluso, algunos países, como Brasil, siguen abaratando el dinero.

La economista Carmen Reinhart, catedrática en Harvard y antigua responsable de investigación de mercados en el FMI, considera que el escenario actual de los mercados emergentes es peor que el de sus dos capítulos negros más recientes, el inicio de la crisis, en 2008, y en 2013, año en el que el decoupling -fenómeno excepcional, entonces, que registraba un notable diferencial de crecimiento entre las potencias industrializadas y los países emergentes por primera vez en la historia económica reciente- empezó a remitir y sus economías se resistieron de la debilidad mundial. Para Reinhart, estadounidense de origen cubano, estos países tienen varias losas que penden sobre sus modelos productivos. Por un lado, la acumulación de deuda; por otro, la debilidad del comercio con la guerra declarada por EEUU y, finalmente, la subida sincronizada de tipos en casi todo el universo económico anglosajón. Diagnóstico que comparte el mercado. “El desequilibrio en las balanzas de pagos [de estas economías] han añadido presión a sus bancos centrales para acometer alzas del precio del dinero antes de los previsto; es decir, cuando la inflación todavía no es un motivo serio de preocupación”, explica Andrew Cates, analista de Nomura. Es lo que ocurre en Indonesia, con la palpable gravedad de su moneda, la rupia, en Malaisia, Filipinas o, incluso, en India. Las excepciones, que aún deben ser catalogadas de coyunturales, son China y Tailandia, con tipos, todavía, próximos a cero.

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Los datos del eCommerce minorista en España

EAE Business School ha publicado el informe Situación y perspectivas del comercio electrónico minorista que analiza este entorno en nuestro país y en la región latinoamericana. Este asegura que entre 2014 y 2021 multiplicará por tres sus cifras de facturación.

 

Es un hecho: para que una pyme del comercio minorista sobreviva en el entorno globalizado en el que nos movemos debe estar y vender a través de internet. Sin olvidarse nunca de contar con una buena atención al cliente, un servicio de mensajería eficiente y un correcto tratamiento de los datos de sus compradores, correctamente registrados siguiendo la estricta normativa del Reglamento General de Protección de Datos (RGPD). No significa esto que la venta a pie de calle esté dando sus últimos coletazos, pero los datos crecientes que se recogen año tras año sobre ecommerce no dejan lugar a duda.

El último estudio publicado al respecto ha sido Situación y perspectivas del comercio electrónico minorista, de EAE Business School. Éste analiza dicho entorno en España, remarcando las diferencias existentes entre Comunidades Autónomas, y en América Latina. Según sus cálculos, entre 2014 y 2021 el comercio electrónico minorista multiplicará por tres sus cifras de facturación y duplicará su cuota de mercado por dos, estimándose que en tres años supondrá ya más de un 15% de la cuota sobre el mercado global. En esa fecha, dos de cada tres internautas mayores de 14 años habrán comprado, al menos, una vez al año a través de la Red de redes.

Los productos estrella que más se compran a través de internet son películas, videojuegos y música, que ya representan el 60% de las ventas. En segundo lugar aparecen electrónica y ordenadores, con un 43%. Al otro lado de la balanza, se encuentran los productos de alimentación y el sector del mueble y del menaje del hogar. En estos casos, los consumidores preferimos la compra offline: un 70% en el primer caso y casi un 60% en el segundo.

Las distribuidoras líderes en este campo son Amazon y Alibaba, con cuotas de mercado superiores al 15%. La primera tiene 304 millones de clientes activos, casi el 20% del total de compradores digitales. La segunda se alza con un 30% del total de clientes digitales. Ambas cuentan con proveedores mayoristas y minoristas de todo el mundo, y ofrecen la oportunidad de vender bajo su red.

LAS CIFRAS EN ESPAÑA

En nuestro país, el volumen de negocio alcanzado por el comercio electrónico en el último trimestre ha sido de 7.785 millones de euros, elevándose en términos interanuales hasta superar los 28.500 millones de euros. Ambas cifras son las más altas de toda la serie histórica. De hecho, la tasa acumulada de crecimiento desde el tercer trimestre de 2013 hasta la actualidad registra un incremento continuo del 5,6%.

El porcentaje de personas de entre 16 y 74 que ha comprado a través de internet entre 2010 y 2017 casi se ha duplicado: del 28,6% al 54,7%, experimentando una tasa acumulada de crecimiento en dicho periodo del 9,7%. Según el origen de la transacción electrónica, casi el 45% se generaron de España hacia el exterior, frente al 38,2% que desde nuestro país se registraron en el interior. El 16,9% restante fueron operaciones realizadas desde el exterior hacia nuestro país.

Por otra parte, el importe medio de las transacciones realizadas desde el extranjero con destino España alcanzaron los 134,43 euros. Las compras internas se acercaron a los 68 euros y las realizadas con destino al exterior superaron los 47 euros.

El sector turismo es el que genera la mayor actividad en comercio electrónico en nuestro país: las agencias de viajes se llevaron un 15,6% de las ventas; el transporte aéreo, casi el 10%; los hoteles, el 4,7%; y el turismo por carretera, el 4,3%. En total, un 34,4% del cómputo global de las transacciones realizadas por internet, más de la tercera parte. En los primeros puestos del ranking también aparece la venta de textiles y moda (5,1%), de entradas para espectáculos de ocio (3,5%) y los juegos de azar (3,5%).

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El reto de Cuba

Conjugar el modelo definido en los Lineamientos de Política Económica y Social del Partido y la Revolución para el período 2016-2021, aprobados por la Asamblea Nacional, con la necesidad de profundizar en el proceso de apertura económica es el gran desafío al que se enfrenta hoy la nueva Cuba de Miguel Díaz-Canel. El presidente es consciente de que la pervivencia del régimen castrista pasa ineludiblemente por incentivar la entrada de capitales extranjeros que permitan reducir las profundas desigualdades existentes en la sociedad cubana, satisfacer las crecientes demandas de consumo mediante mayores salarios y una mayor oferta de productos, y proporcionar incentivos de progreso social y libertad a una juventud cada vez más influenciada por el estilo de vida y la propaganda norteamericana y de los cubanos del exilio.

Es por ello que, aunque tutelado todavía por Raúl Castro, que se ha reservado la toma de las decisiones más trascendentes, los primeros pasos del nuevo equipo económico de La Habana parecen apuntar hacia una diversificación más amplia de sus relaciones económicas internacionales y hacia una progresiva apertura e integración en el mercado global.

Cuba está muy interesada en aprender de las reformas que han transformado las economías de otros países y España es su mejor modelo. Existe especial interés en atraer capital español para los sectores de energía, construcción e industria agroalimentaria.

Actualmente hay unas 120 empresas españolas instaladas en este país y Cuba ocupa el puesto 53 en el ránking de destinos de las inversiones españolas. En el terreno de los intercambios comerciales, España es, junto con Venezuela, uno de los primeros suministradores de bienes en la isla caribeña y el primer mercado proveedor de la UE.

Instrumentos de financiación para el reto de Cuba

A pesar de la lentitud en la aplicación de las reformas en la isla, el interés de las empresas españolas hacia Cuba es creciente. Para responder a esta demanda la Administración española ha puesto en marcha instrumentos de financiación entre los que destaca el Programa de Conversión de Deuda firmado en 2015 con 40 millones de euros que se completó en mayo de 2016 con la firma un nuevo Programa de Conversión de Deuda por 375 millones de euros.

Además, Cofides tiene una línea de 40 millones de euros para operaciones en Cuba y CESCE abrió ese mismo año un techo de cobertura de hasta 55 millones de euros. Continuando con esta política de apoyo a las empresas españolas y tras alcanzarse un acuerdo de repago de esta nueva deuda, CESCE decidió el pasado mes de abril reabrir la cobertura a corto plazo a Cuba por un importe máximo de 30 millones de euros.

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El coste del Brexit: 51.400 millones de euros y la pérdida de la City

Los daños y coste del Brexit van en aumento. Londres dejará de ser el mayor centro financiero global en cinco años. Bruselas, además, apremia para cobrar el cheque del divorcio.

 

Londres será la gran perjudicada del Brexit. A juzgar por un estudio, publicado por la prestigiosa firma financiera Duff & Phelps, su conocido en el mercado Global Regulatory Outlook, la capital británica, que se había convertido en los últimos ejercicios en el centro de las finanzas mundiales en detrimento de su histórico y gran rival, Nueva York, dejará de luchar por este cetro global a partir de 2023. Cuando se aprecien los daños colaterales del Brexit, con traslados de empleados, directivos y oficinas desde Canary Wharf, emblema de los negocios financieros de la City, hacia otras latitudes del planeta. Mayoritariamente, para más inri, europeas.  

El informe, basado en encuestas a profesionales seniors de instituciones económicas de todo el mundo, revela un creciente respaldo a Londres como sede idónea para que las corporaciones bancarias y empresariales desarrollen sus líneas de negocio. Sin embargo, ese mismo fervor por las ventajas competitivas de la capital británica se vuelven de inmediato -al vislumbrar el futuro a medio plazo- obstáculos insalvables por la salida del Reino Unido de la UE, la incertidumbre que todavía rodea al divorcio entre ambas partes y los interrogantes sobre si el sector privado de las islas podrá acceder o no al mercado interior europeo. “Pérdida de competitividad” es el término más utilizado por los encuestados, del “centro financiero por excelencia del mundo”.

Julian Koker, responsable de mercados de Duff & Phelps, asegura que “el trabajo que tendría que desarrollar Londres en el futuro si quiere retener la posición de liderazgo actual es ingente. Tanto, que los profesionales no lo ven ni entre los cinco primeros lugares preferenciales en un escenario post-Brexit”. A su juicio, “a medida que se aprecia cómo avanzan las negociaciones y las dudas sobre el camino por el que encauzar el mandato del referéndum el mercado es mucho más consciente de que las decisiones que se tomarán en los próximos meses serán cruciales, no de inmediato, sino en los próximos años”. Los dirigentes de los servicios financieros son los que más preocupación manifiestan en este estudio. Un 64% considera que el coste del Brexit será “directo y definitivo sobre los actuales programas de inversiones”. Aun así, este estado de situación gana en optimismo respecto a sus predecesores de años anteriores.

Korek aduce que el factor que impera sigue siendo la incertidumbre, pero con una renovada y sorprendente confianza respecto a las opiniones vertidas por los directivos financieros cuando se produjo la consulta popular. Porque, en su opinión, “la principal novedad del informe estriba en que, en los últimos meses, Londres haya recuperado su estatus global de primer mercado financiero, por delante de Nueva York”, lo cual anticipa que la probable caída de Canary Wharf podría ser, incluso, más grave si se consuman las cifras de cientos de miles de puestos de trabajo y el traslado de sedes de un centenar de firmar financieras, consultoras y bufetes de abogados que confluyen en la capital londinense desde hace décadas.

El problema añadido es que la factura por el divorcio podría ser, incluso, superior a lo que baraja el Gobierno británico. Es decir, que además de la pérdida de prosperidad asociada al paulatino deterioro de la City como centro de negocios, se une el mayor coste asociado a la salida legal de Reino Unido de la UE. En este caso, las últimas estimaciones del coste del Brexit, de la Oficina Nacional de Auditoría (NAO, según sus siglas en inglés), contabilizan un cheque al portador para Bruselas de 44.900 millones de libras. Unos 51.400 millones de euros. Entre otras razones, porque el gabinete de Theresa May no incluyó varias partidas. Entre otras, 3.000 millones de libras de contribuciones británicas al presupuesto europeo y otros 2.900 millones que tendrá que aportar aún al Fondo Europeo de Desarrollo. Por si fuera poco, la NAO también avanza que el sector privado británico tendrá que costear 7.200 millones de libras por la ruptura del statu quo actual. Esta nueva cifra corrobora la tesis del ex primer ministro, Tony Blair, uno de los más fervientes defensores de un nuevo referéndum en Reino Unido y de no pocos euroescépticos tories del Parlamento británico que esperan el más mínimo revés de May para tratar de boicotear su gabinete, pese a ser del mismo signo político, porque consideran que cualquier cantidad superior a los 35.000 millones de libras por el Brexit sería un ultraje a la soberanía del país.

Philip Hammon, el Chancellor of the Exchequer o ministro de Finanzas, tuvo que salir al paso en la Cámara de los Comunes frente a la oposición laborista, que trasladó al Ejecutivo su temor a que, de consumarse la salida del Reino Unido de la UE, la factura será desorbitada, a cuenta del informe de la NAO. Aunque su mensaje no pudo contentar con datos ni a los parlamentarios de su propio partido conservador, que dio el apoyo a May para que Londres pagara entre 35.000 y 39.000 millones de libras a Bruselas por el divorcio el pasado diciembre y que finalmente se formalizó, como un primer principio de acuerdo, con el negociador europeo, Michel Barnier.

Lo que ahora ponen encima de la mesa los auditores oficiales británicos de la oficina de control de las finanzas públicas, es un reconocimiento claro y explícito de que Reino Unido tiene que contribuir a los presupuestos anuales de 2019 y 2020, además de aportar responsabilidades monetarias por sus compromisos con instituciones de crédito y de ayuda al desarrollo de la Unión después de 2020.

Por si fuera poco, Bruselas apremia a Londres. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha urgido en una reciente reunión a May que concluya con los detalles del divorcio. Y, sobre todo, con el cheque de la separación y el acuerdo fronterizo con Irlanda que satisfaga el principio de libre circulación europeo. Tusk quiere culminar el affair Brexit a tiempo para la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la UE del próximo mes de junio en la que, a buen seguro, se va a revelar también la estrategia de reformas del euro.

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China y EEUU imponen una tregua amistosa a su guerra comercial

Principio de acuerdo en la guerra comercial. La Casa Blanca ha arrancado el compromiso de Pekín de que corregirá su superávit bilateral. Aunque China seguirá con su diplomacia de doble rasero.

 

Las subidas arancelarias estadounidenses sobre productos chinos se dejan en cuarentena. Así lo ha manifestado el máximo responsable de la economía americana: su secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, quien se apresuró a asegurar el compromiso de China en la corrección del gran superávit comercial que mantiene con la mayor potencia económica del mundo. El objetivo que perseguía la Administración Trump con el incremento de aranceles sobre el acero y el aluminio decretado a mediados de abril. La propia Casa Blanca, semanas después de la convulsión que creó en los mercados la reedición de una guerra comercial de dimensiones globales, apuntó el único callejón de salida al conflicto: negociaciones directas para corregir los desequilibrios de las balanzas comerciales bilaterales de EEUU. Un acuse de recibo especial para China, en primer término, y Europa, inmediatamente después. Aunque con escala también en las capitales de Canadá, México y otros mercados anglosajones como Reino Unido o Australia. Washington daba un toque a sus principales socios comerciales. Bajo la amenaza de una vuelta al proteccionismo.

Pekín decidió coger el testigo. Como en semanas precedentes lo hicieron el resto de afectados por la decisión del presidente Donald Trump y del núcleo duro de asesores partidarios de esta estrategia comercial. En concreto, el endurecimiento de las condiciones financieras de entrada sobre una larga lista de mercancías made in China ascendía a 150.000 millones de dólares. Cifra de los beneficios que repatrió Pekín en 2017 por los bienes que Washington seleccionó para su correctivo a Pekín. “Mantenemos la guerra comercial con China en cuarentena”, dijo Mnuchin. “Y así estarán hasta que ejecutemos un acuerdo” bilateral. Todas las subidas arancelarias sobre productos y servicios chinos violaban las leyes sobre propiedad intelectual o fueron identificadas como prácticas contrarias al libre mercado, adujo la Casa Blanca desde el mismo comienzo de las hostilidades. La respuesta inicial de China fue imponer tarifas especiales sobre importaciones americanas, desde hortalizas y legumbres, hasta aviones comerciales. Tanto los mercados como las instituciones multilaterales, especialmente el FMI, han saludado con optimismo el principio de acuerdo entre las dos grandes potencias económicas del planeta.

Mnuchin, eso sí, se reservó la posibilidad de una marcha atrás. El presidente Trump “puede, en todo momento, restablecer de nuevo las tarifas, en caso de que no alcancemos compromisos claros”, precisó. En línea, aunque con un mensaje más contundente, con el representante de Comercio, Robert Lighthizer, máximo responsable de la estrategia comercial en el exterior de la Casa Blanca. “Si este proceso no llegara a buen puerto, EEUU podría hacer uso de herramientas legales para proteger la tecnología americana, a través de tarifas, restricciones a la inversión que proceda de determinados países o instaurar nuevas regulaciones a la importación”. A su juicio, “sería aconsejable que se produjera un cambio estructural porque, de otra forma, la amenaza sobre el futuro de decenas de miles de puestos de trabajo en EEUU seguirá siendo un riesgo”.

Sin embargo, algunas de las medidas instauradas ya por Pekín podrían mantenerse en vigor tras esta paz en la guerra comercial. Por ejemplo, la devaluación soterrada pero constante del rinminbi, su divisa operativa en los mercados cambiarios, mediante el uso de su herramienta habitual, la banda rígida de fluctuación que mueve a su antojo el Banco de China. O la más reciente, de denominar en yuanes, la moneda china de curso legal, los contratos petrolíferos de futuro que suscribe China, principal comprador de crudo del planeta. Toda una afrenta para la hegemonía absoluta del dólar en los mercados energéticos. Una maniobra que se constató hace unas semanas en la Bolsa Internacional de Energía de Shanghái. Y que podría consumarse, según los expertos, con una tercera apuesta económico-monetaria: lograr que la divisa china se haga un hueco importante en las reservas de divisas de los grandes bancos centrales del planeta. Dominadas, hasta ahora, por el billete verde americano y el euro.

El factor sorpresa de China con la denominación en yuanes del crudo se produce en un momento especialmente propenso para ello. Esencialmente, por dos cuestiones. Porque el petróleo acaba de tocar los 80 dólares por barril, una cotización desconocida desde 2014 y, en segundo lugar, porque China es, con creces, el mayor demandante de crudo del planeta y, si fructifica su táctica, adecuará las adquisiciones del oro negro al valor exacto de su moneda. Si a ello se une que toda fluctuación perjudicial sobre su moneda será, a buen seguro, corregida por su sistema de banda de fluctuación controlada de la divisa, el éxito de la medida parece asegurado. Esta maniobra se completaría con un nuevo gran mercado petrolífero en Asia. Como el West Texas o el Brent son las referencias en EEUU y Europa, respectivamente. Si cuajara, el billete verde perdería peso en el continente asiático. Aunque el euro se ha planteado en alguna ocasión una batalla similar sin demasiada perseverancia política. Las autoridades chinas creen que, en los precios actuales, esta decisión ahorraría varios miles de millones de dólares de la macro-factura energética del gigante asiático. Al menos, un par de ellos.

China sigue avanzando al son que marca su denominada diplomacia del Panda en esta guerra comercial, sosegada pero proactiva, y al ritmo que determina su cambio de modelo productivo, que ha dejado atrás su rol de fábrica mundial que exporta a bajos precios para aproximarse al estilo de las potencias más industrializadas, que somete su prosperidad a las ventajas del consumo familiar y de la inversión empresarial. Es decir que, sin desligarse de la planificación estatal, el sistema económico china se acerca cada vez más al estatus de economía de mercado. En línea con las proclamas de Xi Jinping al asumir su nuevo mandato presidencial: iniciar una revolución económica y financiera en el país. La denominación del crudo en yuanes en el mercado de futuros de Shanghái, según el propio dignatario chino, viene a corregir tres largas décadas de retraso en esta decisión. Para Pekín, además, la medida, que se planteó con cierta seriedad en la década de los noventa, busca establecer un mecanismo propio de contratos locales para el comercio del petróleo que podría atraer al capital extranjero. No por casualidad, China ostenta el récord constructor de nuevas instalaciones de refino de petróleo y gas para satisfacer la intensa demanda interna de energía.

Esta es la cara A de la reacción china a la guerra comercial, en lo que se refiere a la energía. Pero tiene un plan B, que también ejerce con regularidad y, hasta ahora, con ciertos visos de éxito. Es el doble filo de la diplomacia político y económica de Pekín. La geometría variable del Panda. La misma que es capaz de iniciar negociaciones abiertas con EEUU. De momento, con resultados eficientes: el alto el fuego en las subidas arancelarias entre las dos potencias. Propiciada por una delegación de asesores presidenciales del área económica de Jinping que inició hace escasas dos semanas contactos con republicanos próximos al círculo de Trump. Se trataba, según Pekín, de una primera toma de contacto. Como las que han emprendido también europeos, canadienses y mexicanos o australianos y británicos en su propósito de obtener treguas arancelarias sobre productos de sus países. Entre las citas que han fraguado el principio de acuerdo destacan las que ha mantenido Liu He, en suelo estadounidense, con el representante de Texas Kevin Brady, a la sazón, presidente del Comité de la Cámara de Representantes que redactó la polémica rebaja fiscal de Trump, primero, y con el senador Orrin Hatch, de Utah, del Comité Financiero del Senado, panel homólogo al de Brady en la Cámara Baja. Liu es viceprimer ministro, y aterrizó en Washington a mediados de mayo. Pero, entre sus interlocutores, también se deben nombrar al secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, que ya tuvo un primer contacto con Liu en Pekín el 4 de mayo. Y con el asesor comercial del presidente de EEUU, Peter Navarro. Quizás, el principal artífice del inicio de la guerra contra China y el gran receptor de las críticas chinas a la decisión bélica estadounidense por “su cerrada defensa del proteccionismo” y por “su actitud errática y poco profesional”.

Pero, sobre todo, el diálogo bilateral -la cal- y las actuaciones en el plano económico -subida de aranceles- monetario -devaluación encubierta de la moneda- y geoestratégico -contestación a la supremacía del dólar en los mercados energéticos- tiene otro doble rasero. El debilitamiento de la actividad económica china. Es la arena de esta jugada. En abril, varios de los indicadores de referencia del boom del país desde finales del siglo pasado desvelaron un preocupante descenso productivo. Entre otros, el de las inversiones de activos fijos, las ventas de comercio minorista y la producción industrial. Las represalias comerciales de EEUU y el endurecimiento de las condiciones crediticias parecen estar detrás de esta pérdida de dinamismo en la guerra comercial.

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Los nuevos retos del seguro de crédito

La última Asamblea General de la Asociación Panamericana de Fianzas y Aseguradoras de Crédito, celebrada en Madrid del 6 al 9 de mayo, ha recogido una serie de conclusiones y compromisos que marcan un futuro positivo para el sector y reforzar el seguro de crédito

Madrid acaba de acoger la XXX Asamblea General de la Asociación Panamericana de Fianzas y Aseguradoras de Crédito (APF-PASA), que ha tenido lugar del 6 al 9 de mayo en el Hotel Meliá Castilla. En este encuentro internacional se han desglosado diferentes temáticas que han mostrado pasado, presente y futuro del seguro de crédito, un sector que ya está implicado en el 10% de la economía mundial, y que supera los 15 billones de euros.

De la primera jornada se desprendieron conclusiones muy positivas, principalmente que España tiene uno de los mejores seguros de crédito del mundo, peleando los primeros puestos de este ranking con Francia, Alemania y Reino Unido. A pesar de la evolución negativa de la última década, provocada por la crisis y por la constante pérdida de primas que ha traído la recuperación económica, y del crecimiento cero del pasado ejercicio, las expectativas entre los agentes del sector son buenas.

Sobre todo, porque ha sabido conectar con el mundo de la pyme que, no lo olvidemos, conforma el 98% del tejido empresarial español. Pero también por las nuevas oportunidades que está abriendo el entorno digital, no exento de dificultades, marcadas por los gigantes de la red: Google, Amazon, Facebook y Apple (GAFA), a los que se ve capaces de dar un vuelco al sector.

También se ha convertido en oportunidad el crecimiento de la economía en Latinoamérica, un mercado aún reticente a la contratación del seguro de crédito. ¿Por qué? Según los expertos que participaron en la mesa de debate durante la asamblea, los motivos no sólo son culturales. También existen dificultades para acceder a toda la información que lo rodea y redes precarias de distribución de producto que apenas pueden crecer porque las normativas no permiten crear redes de agentes exclusivos.

NUEVAS NORMATIVAS

La segunda jornada estuvo muy enfocada a la revisión de las normativas que giran en torno al seguro de crédito. Se puso sobre la mesa el caso de la Autoridad Europea de Seguros y Pensiones de Jubilación (Eiopa por sus siglas en inglés), una institución de la Unión Europea que nació en 2011 mediante el Reglamento de la UE 1094/2010.

Según se explicó en la Asamblea, este regulador cuenta con un marco de supervisión común que quiere extender más allá de sus fronteras, involucrando a la Asociación Internacional de Supervisores de Seguros (IAIS) con el objetivo de homogeneizar las normativas del sector al máximo. Un objetivo que no es baladí, teniendo en cuenta la íntima relación que existe entre el seguro de crédito y el comercio internacional. Y que tampoco parece complicado, ya que la IAIS impone reglas muy parecidas a las de Eiopa en lo que respecta a sistemas de riesgos y requerimientos de capital.

PERSPECTIVAS DEL SEGURO DE CRÉDITO

Así las cosas, los principales agentes implicados en el negocio del seguro de crédito se preparan para los cambios que están surgiendo en el mercado, como la economía colaborativa y el entorno digital global. Aunque los retos son muchos, las perspectivas de futuro son buenas, y las cifras recabadas en los últimos ejercicios, dan buena muestra de ello.

Según datos de la Berne Union, en 2016 esta modalidad aseguradora se hizo cargo de más de 1.700 millones de euros en operaciones comerciales de exportación. Una cifra que está creciendo, según los expertos, debido a un repunte de las insolvencias a nivel internacional. Una situación turbulenta pero estable, según una encuesta que se realizó a los miembros del Comité de Seguro de Crédito Comercial a Corto Plazo. De hecho, a pesar de las altas reclamaciones, las aseguradoras expresaron que se mantienen cómodas con los riesgos que están asumiendo.

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El Banco Mundial eleva en 13.000 millones su capital para el desarrollo

La medida, aprobada por las grandes potencias, incluye cambios operativos para estrechar la vigilancia sobre la ayuda financiera a los países receptores de fondos.

EEUU finalmente no puso objeciones. En contra del criterio mantenido en los últimos meses, la Casa Blanca facilitó la ampliación de capital del Banco Mundial, la principal fuente de recursos de fondos al desarrollo de una institución multilateral. La decisión se tomó durante la asamblea de ministros de Finanzas en la última reunión, la de primavera, a finales de abril, que la entidad realiza junto a su organización hermana, el Fondo Monetario Internacional (FMI), con la que conforma, además del Tesoro norteamericano y la Reserva Federal, el denominado consenso de Washington. O cónclave que perfila los grandes acuerdos mundiales en materia económica. Es decir, el primer paso hacia la liberación de fondos en situaciones de emergencia o diagnósticos iniciales para avanzar en la gobernanza global. No es el único, porque foros como el G-3 de la OCDE, en París, también tienen un protagonismo estelar en citas multilaterales y de grandes potencias industrializadas y emergentes, como el G-20. Al igual que las visiones monetarias que parten del G-10, con vínculos directos en el Banco Internacional del Pagos (BIS), en Basilea. Pero el de Washington es un consenso sine qua non en cualquier crisis nacional, regional o mundial que se precie.

1ª MEDIDA: AMPLIACIÓN DE CAPITAL

Desde esta primavera, el Banco Mundial dispondrá de 13.000 millones de dólares adicionales en su capital social. Surgido, sobre todo, de las aportaciones de sus afiliados; esencialmente, la casi totalidad de los países del planeta. A excepción de regímenes como el de Cuba o el de Corea del Norte y de territorios como Mónaco, Liechtenstein o Andorra, el resto de naciones que forman parte de la ONU tienen cabida en su estructura interna.

En total, alberga a 189 miembros. Sus principales acreedores son Francia, Alemania, Japón y EEUU, parte de cuyas cuotas se destinan a la captación de nuevos recursos en los mercados de capitales, a través de varios de sus brazos financieros, como la AIF, su Asociación Internacional de Fomento, desde la que, por medio de la decimoctava reposición de fondos, en vigor para este año, ha logrado disponer de una cifra sin precedentes de 75.000 millones de dólares, que se destinarán a sufragar su servicio de ayuda de fondos al sector privado. En 170 países en los que opera con proyectos de desarrollo. Así como a sus dos organizaciones privadas, la Corporación Financiera Internacional (IFC) y la Agencia de Garantías de Inversiones Multilaterales (MIGA).

Esta ampliación de capital es la primera desde que, en 2010, se decidiera un incremento de las cuotas, en la que España pasó de representar el 1,7% del patrimonio del Banco Mundial, porción notablemente por debajo de su correlación al PIB global, al 1,85%. Aunque la nación que más vio elevada su cota fue China, que pasó del 2,77% al 4,42%, todavía muy por debajo de su peso en la economía mundial.

2ª MEDIDA: MÁS VIGILANCIA A LOS RECEPTORES

La cesión de EEUU a estos nuevos desembolsos adicionales al Banco Mundial tuvo como réplica el compromiso del Comité Ejecutivo de esta institución multilateral de que se impondrán nuevas medidas de supervisión y vigilancia de las líneas financieras que libera hacia las economías en vías de desarrollo. Washington ha sido uno de los altavoces más críticos, en los últimos años, en favor de que el Banco Mundial instaure mecanismos de regulación y control más eficaces contra la corrupción. Jim Yong Kim, su presidente, de origen surcoreano, el primer máximo dirigente de la institución no nacido en EEUU -por el pacto no escrito en Bretton Woods por el que esta organización sería liderada por un estadounidense, mientras que la dirección gerente del FMI se encargaría sistemáticamente a un europeo- ha enviado cumplidas promesas de que extremará la vigilancia en el futuro contra cualquier “práctica irregular”. Cambios que requerirán pasos en el orden interno, “incluidas reformas operativas y protocolos de fijación de precios”, aseguró la institución en un comunicado oficial. Y que significarán una “reducción gradual” del acceso a la financiación del banco a países como China, que se ha beneficiado de la doble condición de gran contribuyente y de receptor de ayudas. Entre otras razones, porque la OCDE todavía no le ha reconocido el estatus de economía de mercado. Tal y como avanzó Yong Kim. Este organismo se compromete, además, a elevar hasta los 80.000 millones de dólares los fondos que liberarán a lo largo de este año en líneas de financiación para proyectos al desarrollo en todo el mundo. Un montante notablemente superior a los 59.000 millones que aprobó en 2017.

El otro motivo del visto bueno final de EEUU ha sido la exigencia de que China deje de acudir a la financiación del Banco Mundial. “Dado su creciente estatus económico y su habilidad para conseguir liquidez en los mercados financieros”, recalcan fuentes estadounidenses. Del mismo modo que el respaldo a peticiones que, como la británica, reclaman más recursos para proyectos de países en desarrollo. Bajo el nuevo acuerdo de aumento de capital, el Banco Mundial focaliza sus esfuerzos futuros en “las naciones de bajos niveles de renta”, aseguró Kim, como desean los países europeos y Reino Unido, antes de recordar que “China está catalogada como nación con elevadas cotas de ingresos per cápita”. Esta institución otorgó al gigante asiático 2.500 millones de dólares, 500 más que en 2016.

Con este nuevo pacto en el seno del Banco Mundial, China eleva su capacidad de voto desde el 4,5% hasta el 5,7%. Más en línea con su tamaño en relación al PIB mundial. EEUU se mantiene como el máximo accionista de la institución, con un 15,9% de las aportaciones, una décima por debajo de su estadio actual, seguido de Japón, que también cede una décima a Pekín y se sitúa en el 6,8%.

Este reequilibrio del poder financiero del Banco Mundial supone un paso más en el objetivo de paliar el déficit de infrarrepresentación de economías que han dado un salto cuantitativo por su tamaño, diez años después de la crisis financiera de 2008. Básicamente, los grandes mercados emergentes, que empiezan a perder, además, sus fuentes de acceso financiero dentro de la institución. En favor de los países con rentas más bajas. Sin embargo, el acuerdo está a expensas de que sea finalmente ratificado. Por ejemplo, por el Congreso de EEUU, tal y como avanzó Steven Mnuchin, su secretario del Tesoro, quien incidió en que Washington “espera que este pacto sirva para que se reduzcan los niveles de pobreza”.

Y para países como España, cuyas empresas empiezan a ganar terreno en el competitivo y, cada vez más suculento, mercado multilateral, que mueve más de nueve cifras si se contabiliza la totalidad de proyectos de desarrollo del conjunto de instituciones, globales y regionales, que liberan recursos para elevar las condiciones de vida, las infraestructuras y el emprendimiento en economías con dificultades de acceso a los mercados internacionales. La denominada cuota de retorno de inversiones al sector privado español -es decir, los ingresos que las empresas hispanas, en este caso, consiguen por ganar concursos multilaterales, gestionar los planes financieros y lograr que los planes de transformación se conviertan en realidad- siempre han estado por debajo de la tasa o aportación que, como país, España aporta a las arcas de las distintas organizaciones mundiales y regionales de ayuda al desarrollo.

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El endeudamiento y el proteccionismo amenazan la economía mundial

El FMI lo apunta y Europa lo enfatiza: las guerras comerciales nunca son eternas y dañan la prosperidad. Sobre todo, con un endeudamiento global de 164 billones de dólares.

 

La reciente cumbre de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) ha trasladado a los responsables económicos un mensaje de alerta máxima. El elevado endeudamiento que pende sobre los servicios de pagos de todo el mundo pone en serio riesgo la sostenibilidad del actual ciclo de negocios. Una forma de avanzar que la próxima inestabilidad de los mercados podría estar más cerca de lo previsto. En conjunto, los países deben la astronómica cantidad de 164,4 billones de dólares, según los cálculos del Fondo que incluyen tanto la deuda soberana como la de empresas no financieras. Cifra que duplica con creces la riqueza que es capaz de generar la economía mundial y que, al término del pasado ejercicio, alcanzó los 79,8 billones de dólares. Es decir, que el endeudamiento total supera el 100% de la producción total del planeta. Por si fuera poco, el FMI prevé que el endeudamiento repunte un 3,9% más tanto este año como en 2019.

Endeudamiento de las grandes potencias mundiales

De este montante, el peligro más acuciante es el de la deuda de las potencias industrializadas, que supera los 119,2 billones y, en particular, la de EEUU, que ha saltado hasta los 48,1 billones, por encima de los 43,9 billones del conjunto de mercados emergentes dentro de los que China, con 25,5 billones, encabeza el ranking. El incremento del endeudamiento ha sido substancial en comparación a 2007, el ejercicio previo a la crisis, cuando los vencimientos de pagos superaron los 115,9 billones, y las economías de rentas altas rozaban los 100 billones. “A medio plazo, sería conveniente vigilar el déficit y el endeudamiento excesivos, con objeto de equilibrar los balances en las cuentas públicas”, admitía el comisario de Asuntos Económicos y Financieros de la UE, el francés Pierre Moscovici, durante la cita multilateral, de finales de abril. Porque, como también se dejó constancia en la reunión, la deuda acumulada del sector público y privado, a finales del año 2016, suponía un 225% del PIB mundial. El endeudamiento contraído por empresas y bancos durante el largo periodo de bonanza previo a la crisis de 2008 no sólo fue el principal detonante del credit-crunch internacional, sino que se trasladó, en casi la totalidad de los países, al servicio de deuda soberana, a través de rescates de sectores, industrias o firmas.

GUERRA COMERCIAL Y DE DIVISAS

El segundo de los nubarrones que amenazan la coyuntura global es la guerra comercial desatada por la Casa Blanca. Contra China, sobre todo, y contra Europa, en segunda instancia, a cuenta del superávit que mantienen en relación a la balanza comercial estadounidense. También sobre este asunto, Moscovici advirtió de que las tensiones sobre el libre tránsito del comercio y de las inversiones. Su visión fue optimista -“ninguna batalla de esta índole ha sido eterna, esa es la buena noticia”-, a buen seguro por ser conocedor de primera mano del proceso de negociación  abierto por Washington con socios estratégicos como la UE, Canadá y México, para establecer exenciones a la subida arancelaria sobre el acero y el aluminio que desencadenó las hostilidades.

El Yuan pierde fuerza frente al Dolar

Una táctica que difiere en el planteamiento inicial de la que ya ha empezado a jugar China con el paulatino debilitamiento de su moneda, paso previo a la apertura de un diálogo bilateral con la Casa Blanca para discutir temas comerciales. El yuan ha perdido terreno frente al billete verde y ha devuelto a la divisa estadounidense un relativo esplendor desde que Trump anunciara las represalias para, en su opinión, “conseguir el equilibrio en la balanza comercial” con el gigante asiático. La política del dólar fuerte emerge por primera vez desde que el presidente republicano se instaló en el Despacho Oval. Eso sí, más por una decisión de su rival geoestratégico que por la propia dinámica de la política económica estadounidense. “Los movimientos detectados en las últimas fechas en los mercados cambiarios han sido especialmente agresivos”, admite Ken Cheung, estratega en el banco de inversión Mizuho, en Hong-Kong. “Y obedece a la pretensión de Pekín de ganar margen de maniobra negociadora y de ganar recorrido para encarecer el valor del yuan en caso de que se complique el diálogo comercial”, asegura.

Las tensiones comerciales desempolvan el temor de la deflación

El problema de la gestión artificial de la cotización de las divisas es que, según el FMI, en medio de una fase de tensiones comerciales como la actual -con subidas arancelarias por parte de EEUU a productos chinos valorados en 150.000 millones de dólares y, a la inversa, del régimen de Pekín a bienes made in US que entran en el mercado chino por algo más de 100.000 millones-, podría hacer emerger, de nuevo, junto a una repentina y súbita paralización de la actividad económica, el fantasma de la deflación. Es decir, la vuelta a una fase de estanflación, el anómalo fenómeno que siguió a la crisis financiera de 2008. No sólo en los países industrializados sino también entre los mercados emergentes.