La negociación comercial entre China y EEUU entra en la fase crucial

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El diálogo se traslada de Pekín a Washington. Fuentes negociadoras hablan de progresos. La Casa Blanca baraja extender 60 días la prórroga de las subidas arancelarias.

 

Las premoniciones oficiales sobre la negociación comercial entre China y EEUU auguran avances. El propio presidente chino, Xi Jinping, ha aclarado en las últimas fechas que “las negociaciones entre ambas partes han conseguido unos progresos substanciales y pasos decididos” para alcanzar “un acuerdo win-win” en el que las dos potencias “salgan fortalecidas” por sus sectores exteriores. Las palabras del máximo dirigente de Pekín se produjeron en las postrimerías del diálogo emprendido a comienzos de año en la capital china y sólo unas horas antes de que la mesa de debate entre responsables diplomáticos, económicos y comerciales de las dos mayores economías del planeta se traslade a Washington, donde tanto la delegación estadounidense como china han manifestado su deseo de firmar el armisticio tras ocho meses de guerra comercial y subidas arancelarias sobre bienes y servicios esenciales para ambas naciones. Jinging realizó estas declaraciones nada más departir con Robert Lighthizer, el representante de Comercio norteamericano, y el viceprimer ministro chino, Liu He, que dirigen el diálogo bilateral. Lighthizer coincidió en que “se está en la senda correcta en temas de especial dificultad y muy trascendentales” para sellar la pax comercial.

Lista de exigencias

Uno de los asuntos candentes a los que eludía Lighthizer era la lista de exigencias de Washington a Pekín en materia económica, que incluye una agenda de reformas estructurales entre las que destaca el final de la banda de fluctuación fija del rinminbi en los mercados cambiarios. El gran caballo de batalla impuesto por el secretario del Tesoro americano, Steven Mnuchin. Aunque el contenido expreso de esta reivindicación reformista se mantiene como secreto de estado. Y del que, con toda probabilidad, tanto Jinping como Donald Trump tendrán personalmente la última palabra. Dicen fuentes conocedoras, que en un seguro encuentro entre ambos en la capital de EEUU. Si, como apuntan las voces optimistas en las negociaciones, finalmente se firma un pacto mutuo, un memorándum de entendimiento, que estableciera las bases de los lazos comerciales e inversores de ambas potencias en el futuro. Y para el que Washington insiste en exigir de Pekín el final de los subsidios a empresas estatales y medidas de mejora del gobierno corporativo de las firmas chinas. Diálogo que mantiene en tensión a los mercados. Tanto los asiáticos como los índices de Wall Street, que han mejorado su comportamiento desde comienzos de año, después de marcar descensos ostensibles desde octubre, cuando se recrudecieron las alzas arancelarias en ambas latitudes y que hicieron perder la confianza inversora en los parqués bursátiles. Entre otras razones, porque el sector exterior ya resta al PIB estadounidense y, sin el dinamismo de sus exportaciones, la economía china se dejará tres décimas de crecimiento en 2019, según los analistas.

El diálogo está siendo “muy productivo”, escribió acto seguido Trump en su tweet, que considera la opción de ampliar otros 60 días los tres meses decretados por ambos dirigentes para tratar de sellar un acuerdo comercial que acabe con la escalada arancelaria, según admitió el máximo asesor económico de la Casa Blanca, Larry Kudlow, para quien el forjado de un posible tratado bilateral “está soldando” y las dos partes se han situado “en la misma longitud de onda”.

Principales acuerdos

Pero, pese a las buenas intenciones, la Administración Trump ha filtrado varias de las líneas rojas de su comitiva que, a juicio de Washington, mantienen el veto de Pekín. Por mucho que el flujo de mercancías y servicios chinos a EEUU hayan visto encarecer notablemente sus tarifas desde la declaración de las hostilidades. La principal, es una regulación adecuada sobre transferencias de propiedad intelectual. Aunque fuentes conocedoras de la evolución de las conversaciones se hacen eco de la negativa china a emprender los cambios estructurales que le reclama su rival. “Estamos ante la habilidad de ambas partes para hacer progresos en determinados aspectos que no son los más relevantes, a la espera de que ocurra un milagro de última hora en los temas de mayor entidad al final de la ronda de dialogo”, afirma Dereck Scissors, experto del American Enterprise Institute. Esos flecos, los más importantes, quedan para la capital estadounidense.

Hasta el momento, China se ha comprometido a trabajar activamente para reducir el superávit comercial que mantiene con EEUU, para lo que ha ofrecido un incremento de la adquisición de productos semiconductores o de aceite de soja americano. Pero se ha negado en rotundo a todo intento de formalizar por escrito una prohibición sobre transferencias de secretos comerciales o para reducir el apoyo de Pekín a empresas industriales o de alta tecnología. Scissors es de los que piensa que las subidas de tarifas se mantendrán hasta finales de 2020.

Cruce de acusaciones

La Administración Trump acusa a China de robo de tecnología a las grandes firmas americanas y ha sido crítica con el plan estratégico del Gobierno de Pekín para hacer del país el líder industrial en segmentos como el aeroespacial, el de energías renovables, la robótica o el de los vehículos eléctricos. Los recientes éxitos de las naves espaciales chinas con destino a la Luna han generado consternación en la Casa Blanca por las nuevas capacidades tecnológicas de China. También dice que su deseo es que Pekín se convierta en una economía de libre mercado, a pesar de que EEUU se halle inmerso en una oleada proteccionista sin parangón en su historia moderna. No sólo en el orden exterior. También en el seno del mercado estadounidense, donde son constantes y habituales las intervenciones estatales y federales. Aunque, a pesar de las diferencias políticas y económicas, la realidad es que son dos mercados que están profundamente interconectados por vínculos productivos, comerciales y financieros. Y que la escalada arancelaria ha obligado a numerosas compañías a activar sus lobbies en el Capitolio para tratar de evitar los serios riesgos de desabastecimiento que supone el castigo comercial a China, sobre productos por un valor de 200.000 millones de dólares. Con notables ramificaciones en negocios de todo el mundo. Y sobre trabajadores, firmas medianas y pequeñas y la mayor parte de los consumidores americanos.

El agujero bilateral del comercio llegó a finales de 2017 a los 336.000 millones de dólares. Pero también resulta del todo cierto que gran parte de esta munición monetaria la ha empleado en adquirir valores oficiales americanos, principalmente bonos. Otros expertos, además, inciden en que la pérdida de cuotas de mercado global de la industria automovilística estadounidense, por ejemplo -a la que Trump ha destacado para ilustrar y justificar sus políticas proteccionista- se debe, sobre todo, a su retroceso competitivo. Porque Japón -dicen estas voces- no impone tarifa alguna a fabricantes extranjeros y, sin embargo, a las firmas del sector les resulta muy complejo acceder a su mercado, donde el nivel de satisfacción de sus consumidores con las marcas made in Japan es especialmente alto.  Entre 2013 y 2016, las importaciones japonesas de automóviles procedentes de EEUU descendieron desde las 23.381 unidades a las 19.933, mientras los coches fabricados en Europa aumentaron desde los 239.090 a los 252.155.

Last modified: 07/03/2019