Dardos bandera alemana y americana

Merkel sabe que Trump no parará hasta corregir el déficit con Alemania

Quizás más que el Brexit, las presiones nacionalistas de Rusia o las reformas europeas, el gran reto de Merkel en su cuarto mandato será la guerra comercial de EEUU con Trump.

 

La Casa Blanca ha situado a Alemania en su punto de mira

No hasta el punto de modificar su alianza geoestratégica, forjada en la historia reciente, a prueba de cualquier altercado. Pero la Administración Trump tiene una obsesión: acusa a Berlín, casi al mismo nivel que a China, de ser el artífice del déficit comercial de la mayor economía del planeta. Donald Trump menciona a la locomotora europea cada vez que revela sus intenciones sobre cómo deberían ser las relaciones comerciales en el nuevo orden global. Y esas tensiones con aliados, como ha avanzado el actual inquilino del Despacho Oval, determinarán las acciones inmediatas de la Gran Coalición de Merkel en su cuarto mandato como canciller. Más, incluso, que posibles injerencias del nacionalismo de Vladimir Putin o que otra posible crisis de refugiados, que deterioró en la legislatura anterior un drástico descenso de la popularidad de la dirigente germana.

Detrás de la subida arancelaria sobre el acero y el aluminio subyace su idea de debilitar el sector exterior alemán. Igual que su declarada intención, aún no consumada, de imponer un impuesto sobre los coches de importación, que han copado el parque automovilístico de los americanos en los últimos años. O su idea de penalizar a países que no aporten sus asignaciones anuales a la OTAN. Otra de sus constantes amenazas a Berlín. Y es que Alemania es el socio europeo que más tendría que perder en caso de que se recrudezca la batalla transatlántica. “Aunque suene bastante rocambolesco que se redoblen las presiones entre aliados”, asegura Sebastian Dullien, investigador del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) en Berlín. Dullien precisa que Trump asume el refrán de “con estos amigos, quién necesita enemigos”. Toda una equivocación, a su juicio. Pero sus citas sobre comercio y defensa no caerán en saco roto. “Algún efecto va a tener” en las relaciones, explica.

La nueva estrategia proteccionista

El saldo positivo de la balanza comercial entre EEUU y Alemania sobrepasó en 2017 los 60.000 millones de dólares. Cuatro veces el superávit bilateral de Canadá. Pero, con la nueva estrategia proteccionista de Trump, sus exportaciones al mayor mercado del mundo y, sobre todo, la salud empresarial de sus grandes emporios industriales, desde Daimler a Deutsche Bank, pasando por BMW -entre otros- podrían verse sometidos a vaivenes en sus cuentas de resultados. El futuro, pues, “es incierto”, admite el mercado. A los ojos de Merkel, esta actitud supone una afrenta en toda regla de su aliado transatlántico. En un instante de tensiones con Reino Unido por el Brexit, con China por la hegemonía a la que ha renunciado la Administración Trump en el orden global, en asuntos como el cambio climático o el libre comercio, lo que se traduce en un pulso dentro de instituciones multilaterales como el G-20, el FMI o la propia OMC y, sobe todo, con una dura y exigente agenda reformista del euro en ciernes.

El tacticismo de Trump

Merkel se ha adherido a la reacción europea contra EEUU en el terreno comercial. Aunque ve en esta actitud una oportunidad de renegociar el Tratado Transatlántico con Washington. En su opinión, a Trump también le mueve el tacticismo. Como ha sucedido con el Nafta. Pese a que sus homólogos mexicano y canadiense incidan en que, tras un largo trimestre de diálogo, las intenciones de revitalizar la unión aduanera norteamericana por parte del dirigente republicano sean una quimera. Fiel a su teoría de que en una guerra comercial “nadie gana”, la canciller adopta la estrategia de wait and see. Hasta comprobar, de primera mano, que la carta del tratado de libre comercio se entierra definitivamente. Siempre ha confiado en las distancias cortas. Sobre todo, en cumbres multilaterales como las del G-20.

De hecho, al mismo tiempo que respalda las sanciones europeas a productos estadounidenses, pone de ejemplo las exenciones que se han granjeado Canadá o México sobre los incrementos arancelarios del 25% al acero y del 10% al aluminio. Origen de la guerra comercial. Una medida de gracia a la que podrían acogerse también Reino Unido, deseoso de labrar nuevos acuerdos de inversión y comerciales para su etapa post-Brexit y Australia. Es decir, los mercados anglosajones. El mismo compás de espera que han proclamado Robert Lighthizer, representante comercial de EEUU, y la comisaria Cecilia Malmstrom. Ambos han apelado a “un futuro próximo” para arrojar “mayor claridad” a las nuevas relaciones comerciales entre Europa y EEUU.

Aun así, Trump no pierde comba a la hora de criticar a Berlín. Es el caso más significativo de los aliados que dicen “no queremos tarifas” y el más reacio a “cambiar las cosas y a advertir de sus terribles consecuencias”, aclara el presidente. Mientras “Europa no mata” con un déficit que supera los 100.000 millones de dólares. Por eso, “vamos a gravar con impuestos, tarifas y otras barreras a sus multinacionales”. De cumplir con esta prerrogativa, y elevar en un 10% el coste de las compras procedentes de Alemania, el PIB germano se contraería tres décimas. Aunque el americano sería un 0,9% más reducido en 2020. Es decir, que el perjuicio sería mayor para la economía de EEUU, según algunos estudios prospectivos. Carsten Brzeski, economista jefe de ING-Diba cree que la táctica proteccionista de Trump “es un argumento a favor de una mayor integración de la zona del euro”. La canciller “busca suprimir los riesgos iniciales de la contienda; hasta comprobar que la amenaza es cierta y real”, aclara Oliver Rakau, de la consultora Oxford Economics. “Aunque no le haya sentado nada bien que las embestidas desde Washington hayan surgido durante la campaña electoral y se hayan acentuado mientras superaba los escollos de su futuro gabinete”, dice “ella confía en rebajar las pretensiones” de Trump.

La incertidumbre y los empresarios

La paciencia de Merkel, sin embargo, no guarda relación con la de los empresarios de su país. Al menos, con los dirigentes de Lufthansa, por ejemplo. La línea de bandera alemana acaba de cancelar su vuelo directo Berlín-Nueva York ante los escasos beneficios que le ha reportado la  ruta en el último año, en el que la instauró, tras el colapso de su rival Air Berlin. Lufthansa no ha admitido exactamente que su decisión se deba a la guerra comercial. Pero ha contado porque, de hecho, ha criticado abiertamente la dureza de horarios que el aeropuerto JFK ha impuesto a sus vuelos y las nulas opciones de adquirir otras bandas temporales por la prioridad que concede a sus aerolíneas nacionales y a ciertas extranjeras, preferentemente de países anglosajones.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *