Los bancos centrales vuelven a las políticas de bajos tipos de interés

Dos años y medio después de que la Reserva Federal diera por concluida su política de tipos de interés próximos a cero e iniciara un camino -de no retorno, según el mercado- hacia una gestión del precio del dinero más ortodoxa, y sin estímulos monetarios, la coyuntura financiera parece haber virado. Fruto, coinciden en señalar las instituciones multilaterales, think tanks económicos y los bancos de inversión, del creciente riesgo geoestratégico mundial -guerras comerciales, el Brexit o las elevadas cotas de endeudamiento de potencias industrializadas y grandes mercados emergentes- y de la debilidad del ciclo de negocios forjado con respiración asistida por los planes de estimulación económica y cambiaria. Este aterrizaje de la actividad global -que aún podría ser de emergencia en según qué latitudes- es el que ha hecho a los principales bancos centrales cambiar el paso. Sus políticas parecen retornar de nuevo hacia el abaratamiento del dinero.

Paradójicamente, por su anomalía, la señal de alerta la ofreció el presidente americano, Donald Trump, a finales de febrero, durante su intervención en el debate sobre el estado de la Unión, donde admitió que EEUU navegaba por una senda de “boom económico impredecible”. Era su forma de reconocer, enfatizando la parte medio llena de la botella, que el dinamismo del PIB, que pese a registrar cotas desconocidas desde el último decenio -crece un 3,2%- va a necesitar de la ayuda de la política monetaria. “La Fed es el mayor peligro de la economía” llegó a espetar semanas antes de su alocución. En una clara manifestación de injerencia en la independencia de las autoridades monetarias. Trump había pasado en apenas unos meses de defender las subidas de tipos de la Reserva Federal, a raíz del nombramiento de un halcón próximo a sus ideales como Jerome Powell, a reclamarle un abaratamiento substancial del precio del dinero para impulsar la economía. Detrás de esta modificación de prioridades monetarias, subyacen tres tensiones de calado sobre la coyuntura estadounidense. De un lado, un déficit presupuestario que sigue en desequilibrio rampante por la merma recaudatoria de su doble rebaja de impuestos y la alta factura destinada a Defensa, que va a catapultar en el próximo trienio el desajuste fiscal por encima del billón de dólares anuales. Por otro, el agujero comercial, de una dimensión similar a la que produjo la crisis de 2008. Y, en tercer término, la regresión de las curvas de rentabilidad de los bonos a tres meses y a diez años, que se han invertido por primera vez desde diciembre de 2007 y que suele ser sinónimo anticipado de recesión.

La intervención de Trump en el Congreso fue elocuente. Al menos, para el gobernador del Banco de Australia, Philip Lowe, quien interpretó su mensaje como el inicio de un giro en las medidas monetarias. “Los próximos movimientos de los tipos de interés serán a la baja, en lugar de al alza”. Lowe emitió, pues, orden de retirada. Su visión fue compartida por sus colegas de India o Brasil, que han tenido que acometer incrementos de tipos para hacer frente al cerco cambiario a sus monedas de un dólar excesivamente caro, marcado por la política de fortaleza del billete verde instaurada por el Departamento del Tesoro, y de un acceso mucho más restringido a las líneas de financiación internacional por la estrategia alcista de la Reserva Federal. Esta sucesión de declaración de intenciones ha coincidido, además, con el reconocimiento oficial del Banco de Inglaterra de que da por terminada la etapa de encarecimiento del dinero en el Reino Unido. Chile, Corea del Sur, Canadá, República Checa, Israel, México, Arabia Saudí, Suecia, Noruega, Sudáfrica, Turquía o Rusia están entre las economías cuyos últimos movimientos en los tipos de interés han sido al alza. Por la supuesta vuelta a la ortodoxia monetaria o, en el caso de los mercados emergentes de esta lista, por los ataques a sus divisas derivados de la fortaleza del dólar. Mientras, Japón los mantiene en tasas negativas.

El entorno de tipos de interés bajos “favorece el crecimiento americano”, explica Craig Burelle, vicepresidente y analista de estrategias en Loomis Sayles (Natixis IM). “A no ser que el aumento del poder adquisitivo en los bolsillos de consumidores y empresas de EEUU impulsen la inflación subyacente”. Burelle da por descontado un “repunte coyuntural” de la actividad mundial antes de que se vean vestigios concretos de que el ciclo de negocios se apaga. Más en concreto, Ruslan Bikbov, estratega jefe de Citigroup, en una nota a inversores, otorga entre un 37% y un 45% de posibilidades de que la recesión en EEUU se convierta en realidad en los próximos doce meses. Opción que comparten en Natixis: los tambores de recesión en EEUU “parece exagerado” que anticipen los números rojos a lo largo de este ejercicio, en el que la expansión económica y de los mercados “debería proseguir una trayectoria alcista”. De ahí la trascendencia de que los tipos de interés retornen a posiciones más próximas a cero. Como acicate para espolear una actividad que el FMI acaba de estimar en un 2% este año, y del 1,7% en 2020, a las potencias desarrolladas y que tiene su talón de Aquiles en una industria que, en términos globales, se mantiene en cotas desconocidas desde hace dos años y medio. “Se necesitan más activos para impulsar el vigor del PIB mundial”, dice Mahamed El-Erian, ex economista jefe del Fondo Monetario, ahora al frente del servicio de estudios de la aseguradora Allianz que achaca gran parte de la pérdida de fuelle de EEUU y de la economía mundial a la sobreexposición inversora de las cuatro subidas de tipos de la Fed en 2018. Ahora -enfatiza- será determinante que los bancos centrales marquen su giro hacia latitudes más laxas del precio del dinero con precaución y en función de sus expectativas de crecimiento e inflación.

¿Y Europa, qué? Pues parece cada vez más convencida de perpetuar su política monetaria. Y lo que es más relevante, con el visto bueno de Alemania. La atonía de la economía germana, en un estadio de encefalograma plano, ha hecho que Berlín se haya topado de bruces con la realidad. El BCE ya ha emitido su dictamen: tipos históricamente bajos, próximos a cero, al menos durante todo este ejercicio y dispuesto a ofrecer nuevos estímulos monetarios si la recesión arrecia en la zona del euro, a la que otorga un modesto crecimiento del 1,1% en 2019 sin secuelas de que los precios vayan a enturbiar su hoja de ruta. Entre otros mecanismos, Mario Draghi ha hablado de créditos baratos a los bancos en dificultades, ante la súbita caída de la actividad industrial, los riesgos de la batalla comercial con EEUU, el Brexit y la ralentización en China. Planteamiento que ha sorprendido al mercado que, sin descartar una reacción similar, esperaba que se lanzara más adelante, con nuevos datos sobre la evolución de la coyuntura del área monetaria. Palabras, las de Draghi, que vinieron precedidas de un consejo a los gobiernos del euro: planes con claros signos expansionistas. Es decir, reformas para espolear el dinamismo. “Nuestras acciones se irán sucediendo en función de la resistencia que plantee la economía del euro”, explicó el presidente del BCE.

Rubén Segura-Cayuela, analista de BofA Merrill Lynch, da por hecho el inmovilismo del BCE en los próximos meses, pero sin descartar algún movimiento más a la baja, “porque dispone de margen” para ello; sobre todo, si las operaciones de refinanciación corporativa en marcha se bloquean por falta de liquidez, o si los efectos del parón prestamista ahogan a ciertas entidades bancarias. Isabelle Mateos, estratega en BlackRock, es más explícita: “no tiene sentido levantar el pie del freno, cuando desde el pasado verano la economía europea emite señales de suma debilidad”. En un momento, además, en el que la Fed, persuadida o no por el persistente temor de Trump a que la economía americana descarrile a medio plazo -ha llegado a tildar a la Reserva Federal de ser el mayor peligro de la actividad mundial- ha puesto coto a las subidas de tipos, la consigna que, subrepticiamente, encomendó la Casa Blanca a Powell al entregarle el sillón de la autoridad monetaria estadounidense.

El populismo toca la independencia monetaria

Porque la intercesión de los dirigentes políticos en las directrices de los bancos centrales se está convirtiendo en tendencia. El semanario The Economist acaba de criticar en sus páginas que los ataques gubernamentales a la independencia de los organismos reguladores se suceden como nunca en los últimos 25 años y pone sobre la mesa la vuelta al escenario de los años setenta, en los que la manipulación política de los tipos de interés para conservar la popularidad de líderes en ejercicio del poder, fue una constante que ocasionó episodios inflacionistas. “En la actualidad esta amenaza procede de la confluencia del populismo, del nacionalismo y de determinadas fuerzas económicas”. Y ponen varios ejemplos. Todos ellos, ilustrativos.

La casi desesperada demanda de Trump para que la Fed dulcifique los tipos -en el 2,5%- levantó suspicacias sobre la dimisión -o cese encubierto- de Powell. Hasta el punto de que salieron a relucir nombres como los de Stephen Moore o Herman Cain, sin bagaje profesional y con baja cualificación para asumir el cargo, en el comité ejecutivo de la Reserva Federal. También menciona la notable influencia de poderes fácticos partidarios del Brexit en la gestión monetaria del Banco de Inglaterra. O las exigencias de Recep Tayyip Erdogan de contener las subidas de tipos en plena batalla contra la lira en los mercados, tarea que encomendó a su yerno, Berat Albayrak, al que nombró ministro del Tesoro y Finanzas. Aunque esta táctica no le ha impedido perder poder, por primera vez desde su deriva autoritaria, en las recientes elecciones locales.  Sin olvidarse del cambio de timonel en el Banco de India, realizado con el objetivo de relajar la política monetaria para facilitar la reelección del nacionalista Narendra Modi en los comicios que se están dilucidando durante estas semanas en el complejo modelo electoral indio. Filipinas, Sudáfrica e, incluso, Brasil, también están poniendo en tela de juicio la independencia de las instituciones supervisoras.

Este panorama trastoca sobremanera al poder económico global. Christine Lagarde, directora gerente del FMI, ha aireado su preocupación. Aunque, quizás, el más elocuente haya sido Draghi, quien dijo sentirse “ciertamente inquieto por la independencia de la más importante jurisdicción monetaria” del planeta. “Si un banco central no tiene autonomía, los ciudadanos podrían pensar que las decisiones monetarias siguen los designios de los dirigentes políticos en vez de centrarse en sus objetivos de asegurar la estabilidad económica”, dijo tras conocer la nominación de Cain y Moore. Este último, artífice de las rebajas fiscales aprobadas por el líder republicano.

Last modified: 30/05/2019