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Las negociaciones entre Europa y Mercosur entran en una etapa crucial

El acuerdo podría sellarse a finales de año. Europa quiere más celeridad al recorte de tarifas y el bloque sudamericano, mayor acceso al mercado agrícola de la UE.

Europa y Mercosur acaban de inaugurar una nueva ronda negociadora para culminar el acuerdo de libre comercio entre los dos bloques económicos. Fue el pasado 29 de noviembre y tiene, en principio, una fecha de caducidad: el próximo 8 de diciembre. Pero no parece tratarse de su cita habitual con el fracaso. Porque, en esta ocasión, quizás por primera vez desde que, en 2010, se decidiera relanzar el diálogo bilateral que debe acabar con la creación de una pasarela comercial e inversora entre el bloque sudamericano y el mercado interior europeo, puede haber fumata bianca. El tratado, tras las iniciales consultas técnicas, parece quedar sólo a expensas de que las autoridades comerciales de Mecosur asuman la tesis europea de acelerar la entrada en vigor de la reducción arancelaria y que los responsables de la UE permitan un acceso más rápido a su sector agrícola por parte de las empresas exportadoras de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay. Venezuela, aunque es miembro de la unión aduanera desde 2012, tiene el estatus de país observador, por lo que queda excluido de cualquier acuerdo comercial de Mercosur.   

De hecho, ambas partes han manifestado su compromiso y confianza en que antes de Navidad puede anunciarse el pacto. La UE está especialmente interesada en plasmar la entente cordiale. Esencialmente, porque sería un gran golpe de efecto para su diplomacia económica. En una fase en la que EEUU parece cada vez más decidido a abandonar su estrategia de grandes pactos de libre comercio y a apostar por el proteccionismo de su tejido productivo e industrial. Es decir, a enterrar, al menos durante la Administración Trump, su histórica defensa de la libre circulación de mercancías, bienes y servicios. De rubricarse, Europa mandaría un claro mensaje de alinearse, junto a China -el actor que dice asumir con sumo interés la cesión del cetro estadounidense en la hegemonía del comercio mundial-, en la tarea de gobernar la globalización. Con negociaciones abiertas con EEUU (el llamado TTIP), el reciente acuerdo suscrito con Canadá (CETA) y Mercosur como su reciente hoja de servicio en favor de la causa de los mercados globales. De ahí su interés en exhibir al mundo un desmantelamiento de las barreras arancelarias fulminante. Si se llega al acuerdo, se inauguraría un negocio bilateral, según sus cálculos oficiales de la Comisión Europea, equivalente a la tercera parte del PIB de la UE y unas cifras de comercio que excederían de los 100.000 millones de euros.

La delegación argentina es, incluso, más optimista. Se ha puesto como objetivo anunciar el pacto en diciembre, durante la cumbre de la OMC en Buenos Aires, tal y como ha avanzado el propio presidente Mauricio Macri.

El único gran escollo surge de Francia. La voz más crítica hacia las concesiones al sector agrícola sudamericano. Uno de los más potentes del planeta y la gran fuerza exportadora de Mercosur con permiso de la industria vinculada a las materias primas. París siempre ha mostrado su recelo a restar privilegios a sus subvencionados y protegidos modelos agrícola y ganadero. Los que más se benefician de la generosa Política Agraria Común (PAC).

Sin embargo, la otra parte del gran eje europeo, la alemana, está ejerciendo toda su influencia para suavizar la postura gala, cuyos efectos colaterales han empezado a vislumbrarse. Entre otras razones, porque Berlín ha estado detrás de los fulgurantes avances negociadores que se han constatado desde octubre del pasado año, cuando se limaron gran parte de las asperezas históricas y se empezaron a descubrir numerosos puntos en común tras el tiempo muerto decretado en 2012 por la falta de consensos. Desde entonces, los obstáculos en aspectos como las reglas de origen, las barreras técnicas al comercio, las medidas sanitarias y fitosanitarias, los servicios, los procedimientos de resolución de disputas, la propiedad intelectual, el desarrollo sostenible y las normas de juego con las que las pequeñas y medianas empresas deberán operar en el espacio de libre comercio, han ido desapareciendo.

Europa es para Mercosur el principal socio comercial. Los socios de la Unión adquieren el 21% de las exportaciones totales. Mientras, las ventas europeas al bloque sudamericano aumentaron desde los 21.000 millones de euros en 2005, hasta los 46.000 millones en 2016. En ese mismo periodo, la factura de los cuatro países del Cono Sur americano creció desde los 32.000 millones hasta los 42.000. Principalmente, productos agrícolas, como comestibles de primera necesidad y perecederos, bebidas y tabaco que, en total, representan el 24% de sus ventas. Pero también destacan otras partidas del sector primario como la de productos vegetales, donde se incluyen la soja o el café y que suponen el 18%. La carne y otros bienes animales acaparan el 6%. Fuera de la industria agrícola, destacan las ventas de minerales (14%); la madera y el papel (8%) y la maquinaria, con otro 5%.

Por su parte, Europa envía a Mercosur principalmente maquinaria (el 29% del total); vehículos y componentes de automoción (17%) y productos químicos y farmacéuticos, con otro 24%. Pero, además, es el máximo inversor extranjero en la región, donde ha pasado de enviar flujos de capital por valor de 130.000 millones de euros en 2000 a 387.000 millones en 2016. Mercosur, ese mismo año realizó inversiones de 115.000 millones de euros.

 

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