Las inversiones extranjeras dudan de la Visión 2030 de Arabia Saudí

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El capital foráneo empieza a replegar velas en Arabia Saudí. Los proyectos de la agenda reformista del príncipe heredero suscitan dudas por su escaso análisis de riesgos.

 

Arabia Saudí está en pleno boom constructor. En noviembre, y según fuentes oficiales de Riad, la Monarquía Saud tenía cerca de 4.700 proyectos en marcha por un valor total de 852.000 millones de dólares. Sin embargo, el futuro de alguna de estas infraestructuras está en entredicho tras el escándalo surgido por la muerte del periodista saudí Jamal Khashoggi, asunto que la CIA relaciona directamente con el príncipe heredero Mohamed bin Salman (MbS). bin Salman también es el arquitecto de la ambiciosa Visión 2030, la estrategia diseñada para transformar la economía y la sociedad del primer productor de crudo del mundo. Uno de los proyectos que puede verse afectado por las reticencias del capital extranjero por las críticas a su mentor, MbS, por su presumible intervención directa en el fallecimiento del periodista en el consulado saudí en Estambul, es la construcción de una mega urbe y cuyo enclave está todavía por dilucidar geográficamente pero que está llamada a conectar Egipto y Jordania. El príncipe heredero ha puesto coste y condiciones a su idea: 500.000 millones de dólares. Será 33 veces más grande que Nueva York y su red energética será totalmente renovable. Su intención es apostar por la financiación público-privada. Es decir, que el montante definitivo lo sufrague la corona de Arabia Saudí y las inversiones extranjeras. Será comercial y centrada en la industria, con una extensión de 16.463 kilómetros cuadrados. Pero, antes, MbS tendrá que acabar con las dudas que su Visión 2030 despierta entre los inversores internacionales.

Reprimendas en el G-20

En el G-20, apenas tuvo reconocimientos de sus homólogos mundiales. Trump eludió el encuentro personal y el jefe del Estado galo, Emmanuel Macron, le dedicó una contundente reprimenda diplomática. Al igual que el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, quien admitió tener listas órdenes de expulsión de ciudadanos saudíes de su país. Sólo Vladimir Putin mostró efusividad hacia MbS y Arabia Saudí. Aunque los dirigentes de China e India le mostraron su interés en el proyecto de reconversión económica saudí y a sus concursos para acceder a los programas de infraestructuras. Recep Tayyip Erdogan le aplicó la ley del silencio pese a que compartieron silla en varios momentos de la cumbre. En consonancia con las tiranteces entre Turquía y Arabia Saudí. Rivales por la hegemonía económica y política en Oriente Próximo. Ankara se ha alineado al lado de Qatar en el embargo que Riad y el resto de emiratos árabes le impusieron a este enclave por, supuestamente, financiar y patrocinar grupos terroristas islámicos.

También Reino Unido, en su urgente intento de dibujar un escenario comercial e inversor tras el Brexit, dio preeminencia a su diplomacia económica frente a la geo-política. Theresa May dedicó un espacio de su agenda en el G-20 para pertrechar el desembarco de empresas británicas en los planes de infraestructuras de la Visión 2030.

Huida inversora

Porque las inversiones están huyendo del visionario príncipe heredero de Arabia Saudí. Su talante reformista y su estrategia para reducir la dependencia del petróleo, diversificar la economía saudí, impulsar grandes proyectos de infraestructuras, educativos y turísticos y adentrar al país en la era de la digitalización, conocida como Visión 2030, no acaba de convencer al capital foráneo. Incluso antes de la trágica muerte del periodista Jamal Khashoggi. Pese a que el príncipe heredero de Arabia Saudí ha comprometido su imagen en el exterior -y su plenipotenciario poder dentro del Reino wahabí- al esclarecimiento del enrevesado y polémico asesinato Khashoggi. Tarea ardua y compleja si se tiene en cuenta que la práctica totalidad de las cancillerías le señalan con el dedo acusador.

Un reciente informe de la Unctad, la Agencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, asegura que las inversiones extranjeras directas (FDI, según sus siglas en inglés) descendieron más de un 80% entre 2016 y 2017, desde los 7.500 millones de dólares a los 1.400 millones; es decir, en el primer bienio después del anuncio de la Visión 2030, el plan reformista de MbS con el que el heredero ha encomendado el futuro del país y, por ende, de su presumible reinado.

En su esquema visionario, el príncipe pretende, en un horizonte algo superior al decenio, cambiar la fisonomía de una nación, fundada en 1932, bajo un tratado de legitimidad entre la Casa Saud y el clero wahabí, que no comulga con algunos de sus principios modernizadores. Pero con un reto claro en el orden económico: acabar con la crudo-dependencia; es decir, poner el epitafio a la casi total monopolización de ingresos por hidrocarburos en este petro-Estado.

Pequeña gran revolución

Esta revolución silenciosa, una especie de nuevo contrato social, en palabras de MbS, tiene una reforma estrella: la venta a manos privadas del 5% de Aramco, la mega-petrolera saudí, por la que Riad calcula que obtendrá 2 billones de dólares. Sería el primer paso para crear un macro-emporio industrial, no exclusivamente energético. Pero no es el único. Porque, a la par, Salman quiere poner en liza un fondo soberano, con activos que rebasen los 2 billones de dólares -el doble que el de Noruega, el mayor del mercado-, e inversiones en compañías ajenas al negocio petrolífero. Entre otras, las americanas Apple, Google, Microsoft o Berkshire Hathaway. Más que un guiño a su intento de digitalizar el patrón productivo. “En veinte años, la economía dejará de ser dependiente del crudo”, ha sido la frase predilecta que ha usado el príncipe en la multiplicidad de foros inversores que ha convocado para dar a conocer el proyecto.

Sin embargo, los flujos de capital neto, considerados como estratégicos en la toma de decisiones empresariales, no sólo no se encuentran cómodos con la visión de MbS, sino que han iniciado una fuga imprevista con la que no contaba el príncipe. Y lo han hecho de forma fulgurante, a juzgar por los datos de Unctad. Esencialmente, por la figura del Salman. Incluso antes de que le estallara en las manos el caso Khashoggi. Yngve Slyngstad, la cabeza visible del Norges Bank Investment Management, el fondo soberano noruego, que se ha labrado una reputación como inversor de alta calidad porque, entre sus cometidos, subyace el objetivo rector de incorporar activos de empresas que respeten el medio ambiente o fomenten el desarrollo inclusivo, ya se atreve a dudar de que el instrumento financiero del que dependen la viabilidad y las suculentas pensiones noruegas vaya a entrar en el accionariado de Aramco. La perita en dulce con la que el heredero busca cautivar a los grandes conglomerados mundiales.

El Norges viene reclamando a Riad, desde la pasada primavera, un exhaustivo cálculo de riesgos sistémicos que el convulso mercado actual podría provocar a Aramco. Por decisión del Ministerio de Finanzas noruego, del que depende el fondo. Como no podía ser de otra manera, el resto de grandes gestoras de inversión, públicas o privadas, han reivindicado lo mismo. Sin una respuesta contundente y sin cálculos precisos hacia sus interlocutores, Riad admite haber virado su mirada hacia Rusia y sus carteras de capital estatales y a la de sus petroleras.

El Davos del Desierto se queda seco 

Tampoco ayuda a la configuración de un clima adecuado para los negocios que requiere la Visión 2030 de MbS la huida, a última hora, y como consecuencia del asesinato de Khashoggi -que varios medios internacionales achacan a una revelación que preparaba el periodista en la que certificaba el uso de armas químicas por parte de Riad en la contienda yemení y que enterraría la teoría que deslizó Salman a Trump de que Khashoggi era un peligroso islamista con vínculos con Al Qaeda- de una larga lista de empresarios en el denominado Davos del Desierto, el foro que debía relanzar su estrategia reformista. Los jefes ejecutivos de JP Morgan, Ford, Google Cloud, Blackstone, Viacom, Uber, Mastercard o BlackRock, entre otras, se sumaron a la ausencia de personalidades como la de la directora gerente del FMI, Christine Lagarde. Mientras otras, -ExxonMobil, General Electric, Honeywell, Microsoft y varias decenas más-, ni siquiera atendieron la invitación.

Para más inri, y en paralelo, se ha destapado que el fondo soberano saudí, que ha empezado a operar con 250.000 millones de dólares, ha tenido que acudir a los mercados para dar una cobertura crediticia de 11.000 millones con la que atender su salida internacional, prevista en 2020. Aunque sin fecha determinada. Phillip Cornell, experto en economía saudí en el Consejo Atlántico, asegura que Riad está moviendo activos y dinero en el exterior, lo cual “ha desalentado las inversiones foráneas, que consideran que la gestión interna no es la adecuada”, debido a las “tendencias autoritarias del príncipe y a su estilo caprichoso en la puesta en marcha de la agenda económica”.

Puntos de vista

La versión de MbS es, obviamente, otra. El príncipe insiste en que el fondo soberano de Arabia Saudí ha elevado su riqueza en 50.000 millones este año, pero omite que, en su mayor parte, procede de la petrolera estatal, tras unos meses de recuperación del precio del barril. Al tiempo que preconiza que los flujos de capital aumentarán este año un 90%. Pese a que reconoce que el ejercicio en el que Riad conseguirá equilibrar su presupuesto será en 2023 en lugar de 2019, como había prometido hasta la fecha.

El problema al que se enfrenta, en el futuro a corto y medio plazo, es que la retirada inversora y el espinoso asunto Khashoggi puede pasar factura a la economía. En un momento, además, en el que el petróleo ha perdido de su punto de mira los 80 dólares por barril y evoluciona por debajo de los 73, en el caso del Brent. Y en las previsiones presupuestarias para el próximo año se fija un precio superior a los 80 dólares. La falta de transparencia y la fragilidad de los cálculos en la agenda de reformas “generará volatilidad” entre los inversores, que ven “riesgos económicos, pero también políticos”, en el horizonte saudí, señala el consenso del mercado. Sobre todo, si las pesquisas sobre Khashoggi siguen apuntado al príncipe heredero. Los recelos inversores restarán capacidad laboral a una población que, mayoritariamente, en torno al 70%, tiene menos de 30 años y que comparte la diversificación económica, el futuro digital y la presumible, pero dudosa, conquista de ciertos -aunque escasos- derechos sociales. En caso de que la falta de previsión y rigor de la Visión 2030 se traduzca en alzas de desempleo, la victoria de los clérigos wahabíes está servida. Y, con ella, el retorno al inmovilismo más ultraconservador y, por añadidura, la revisión de las carteras de capital internacionales. En especial, la de varios cientos de millones de dólares que MbS había reservado a firmas británicas y estadounidenses.

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Last modified: 02/01/2019