La guerra arancelaria lastra el sector exterior y la economía del G-7

Internacionalización, Noticias

guerra arancelaria

La batalla comercial se ha tornado en hostilidades monetarias y en un baile de divisas que amenazan a las potencias industrializadas con una recesión sincronizada.

 

La política económica de la Administración Trump está cambiando la coyuntura global. La subida masiva de aranceles, iniciada en la primavera de 2018 con el alza de tarifas al acero y el aluminio se ha convertido en una lucha sin cuartel con demasiados frentes abiertos. La guerra comercial se ha trasladado a los bancos centrales, que se afanan por ajustar el precio del dinero de sus respectivas circunscripciones monetarias a los requerimientos de los aterrizajes, más o menos bruscos, a los que se enfrentan las economías mundiales, en general, y las industrializadas, en particular. También a los mercados de divisas, donde la hegemonía del dólar, sobrevalorado ya desde hace un lustro, está poniendo en jaque su relación cambiaria con la práctica totalidad de las monedas. Aunque alguna de ellas, como la libra, atiende sus propias guerras civiles; en este caso, por la incertidumbre en torno al Brexit y las secuelas que provocaría en la quinta economía del mundo un divorcio duro con la UE. El riesgo latente que subsiste en el mercado es el de una cada vez más elevada posibilidad de que las mayores economías, en especial, las que conforman el G-7, puedan entrar, de nuevo, en una recesión sincronizada. Por segunda ocasión en sus 43 años de historia. La primera ocurrió inmediatamente después del estallido de la crisis de 2008.

Las señales de este sombrío panorama son elocuentes. Las exportaciones de los socios del G20 -foro que agrupa a las mayores potencias industrializadas y a los grandes mercados emergentes- retrocedieron un 1,9% durante el segundo trimestre del año, el descenso más brusco en los últimos tres años, mientras las importaciones de los países con rentas más altas volvieron a caer un 0,9% y encadenan tres trimestres en números rojos. Un periodo en el que la tensión entre las dos superpotencias económicas -EEUU y China- se recrudeció. Con tuits incendiarios por parte del mandatario estadounidense: “Las vastas cantidades de dinero hecho y robado por China a EE UU, año tras año, durante décadas, deben acabar y acabarán”, escribió Trump en su red social favorita. “No necesitamos a China y estaríamos mejor sin ellos”, agregó. Los protagonistas de este duelo arancelario acusan la tensión. Las exportaciones se contrajeron un 5,3% en China, su nivel más bajo desde 2017. Las ventas al exterior americanas también cayeron un 1,15%, su nivel más bajo desde el primer trimestre de 2018. “Las importaciones aumentaron marginalmente en ambos países debido a un repunte en el comercio bilateral entre EEUU y China, posiblemente reflejando el almacenamiento en previsión de las nuevas medidas arancelarias”, dice la OCDE. Solo así se explica que las ventas de EEUU a China y sus adquisiciones procedentes del gigante asiático crecieran un 2,7% y un 0,2% respectivamente en el segundo trimestre pese a que “sigan estando significativamente por debajo de los máximos del tercer trimestre de 2018”. Mientras, en la UE, las exportaciones e importaciones se contrajeron un 1,7% y un 2,3% respectivamente y, en el Reino Unido, se constataron “contracciones significativas” tanto en las exportaciones, del 7,1%, como en las importaciones, de nada menos que del 12,6%.

Por si fuera poco, la Casa Blanca ha trasladado su visión proteccionista del comercio al mercado cambiario. En su cometido no sólo entra su exigencia a Pekín para que abandone la banda de fluctuación que su banco central utiliza para mantener el valor del renminbi, su divisa en las plazas mundiales. También demanda de la eurozona una moneda más fuerte para controlar el aterrizaje suave del dólar. El billete verde americano lleva ocho años ininterrumpidos de sólida bonanza, durante los que ha restablecido su hegemonía global. Sin embargo, el consenso del mercado habla de que está entre un 10% y un 13% sobrevalorado. Escenario que ha encarecido las condiciones financieras de empresas en los mercados internacionales por el peso supremo que el dólar mantiene entre los flujos de inversión y de comercio globales y en la denominación de las deudas corporativas. “Quiero un dólar que haga grande a nuestra nación, pero no una moneda que sea demasiado fuerte que convierta en prohibitivos los negocios en otros mercados y que éstos se decidan por operar con compañías de su nacionalidad”, explicaba el dirigente de EEUU. Un equilibrio difícil de conjugar que ya se ha traducido en fuertes embestidas y elevados niveles de volatilidad de las divisas de los grandes mercados emergentes y en una compleja convivencia entre el dólar y el euro en los últimos meses. A la que se ha sumado la tensión que experimenta la libra en función del escenario político en Reino Unido.

 

En cuanto a Europa

En su cruzada, además, Trump acaba de acusar a la zona del euro de dañar las exportaciones americanas tras la decisión del BCE de rebajar los tipos de interés hasta un territorio negativo y de apostar por nuevos programas de estímulo monetario para recuperar el vuelo de la economía europea. Sin descuidar sus críticas a la Reserva Federal para que abarate el precio del dinero con mayor celeridad y espolee así la actividad estadounidense. La injerencia de los gobiernos en los bancos centrales, alertaba recientemente el semanario The Economist, está atentando contra la necesaria y obligada independencia de las autoridades monetarias del mundo. Los mandatarios de mercados emergentes como Turquía, Brasil o Rusia también emiten muestras de querer interceder en la toma de decisiones de los bancos centrales. En todos los casos, para satisfacer sus intereses políticos.

El resultado de todas estas oscilaciones económicas es que, coincidiendo con el decimoprimer aniversario de la quiebra de Lehman Brothers, el G-7 vuelve a estar amenazado por una recesión sincronizada. Con Italia, Alemania y Reino Unido con datos registrados de contracción, EEUU perdiendo fuelle y Francia y Japón en crecimiento plano. Sólo Canadá, el último PIB en caer en números rojos entonces, ofrece señales de cierto dinamismo. “Es aún algo precipitado predecir una recesión sincronizada, aunque no resulta nada aventurado asegurar que la preocupación de que las naciones más industrializadas caigan en recesión técnica está en un punto de ebullición”, dice Ian Stewart, economista jefe de Deloitte en su blog corporativo. Tal y como alerta la OCDE en su último índice director, publicado este mes de septiembre, que anticipa el comportamiento de los ciclos de negocio entre sus socios, y que se ha instalado por debajo del nivel 100 que avisa sobre la amenaza de contracción. Y que incluye tendencias como la drástica caída exportadora en Alemania o la pérdida de confianza de los empresarios en Japón en el futuro inminente de la economía. Porque el efecto contagio entre las economías del G-7 sigue un patrón claro y que se apreció a la perfección en 2008: retroceso de sus sectores exteriores, caída de la industria y de la producción de otros segmentos productivos, pérdidas bursátiles tras episodios de volatilidad y dificultades de acceso a financiación y préstamos.

 

Si quieres seguir leyendo noticias relacionadas, haz clic aquí.

Last modified: 02/10/2019