La deuda global se desboca hasta los 32.500 dólares por habitante

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La deuda global se desboca

El nivel combinado de deuda soberana -estatal-, privada -financiera y empresarial- y de hogares ha alcanzado la cifra récord de 250 billones de dólares.

El manejo o la gestión de las históricas cotas de endeudamiento de familias, empresas y estados ha penetrado en un callejón sin salida. La única luz al final del túnel parece dirigir a los agentes económicos sometidos a la presión del pago de sus compromisos monetarios contraídos y del calendario de vencimientos hacia un círculo vicioso. Más endeudamiento. Aprovechando la fase de prolongación de un precio del dinero barato por las políticas de tipos de interés próximos a cero en el que se han adentrado de nuevo los principales bancos centrales para capear la atonía de la economía global. Es decir, acudir de nuevo al mercado para obtener sus reducidos costes de financiación y adquirir, así, nuevas vías de préstamo con las que ganar un tiempo tan valioso como suficiente -hipotéticamente- que acabe reportando a los hogares y los sectores público y privado, los ingresos y beneficios necesarios para abordar el futuro inmediato y pagar sus niveles de deuda en los plazos estipulados. Un panorama cargado de incertidumbre que sirve por igual a las compañías zombis chinas -empresas que son incapaces de sufragar sus costes de servicios con sus recursos financieros durante un periodo extenso, necesitan la declaración de quiebra para poder seguir operando o que, en el mejor de los casos, puede abordar los intereses de sus deudas, pero no su montante principal-, que han proliferado en los últimos años de manera más intensa en el gigante asiático. A los estudiantes del sistema educativo -sobre todo, universitario- de EEUU, que han asumido una deuda para pagar sus estudios de 1,6 billones de dólares, cifra equivalente al PIB español, a las familias que han adquirido viviendas en capitales con burbujas inmobiliarias sin control de precios o a países que, como Argentina, sopesan la declaración de suspensión de pagos y nuevas ayudas multilaterales para mantener la liquidez de su economía.

Los datos combinados del FMI, el Banco Internacional de Pagos (BIS, según sus siglas en inglés) -el foro que acoge a los principales organismos de supervisión monetaria bajo el paraguas del G10- y el Instituto Internacional de Finanzas (IIF), la institución de la industria bancaria, no dejan resquicio a las dudas. El escenario es alarmante. Tras una década de dinero barato en circulación la deuda global se ha disparado hasta cotas nunca antes vistas: 250 billones de dólares, casi tres veces el PIB mundial, lo que supone unos compromisos de deuda de 32.500 dólares por cada hombre, mujer y niño del planeta. Gran parte de este pesado legado financiero procede de las deliberadas decisiones gubernamentales de mantener a flote, primero, y de espolear, después, sus economías, bajo un ciclo de negocios que nació con estímulos fiscales y monetarios para salir del credit-crunch de 2008.

Estos cálculos incluyen las tres modalidades de deuda: la soberana, la privada -tanto financiera como empresarial- y la de los hogares que se han acumulado gracias a las políticas monetarias laxas de los bancos centrales. Indiscutible vestigio de intercambio de crecimiento económico por endeudamiento.

El debate está lanzado. Pero la apuesta de las autoridades económicas y monetarias pasa por un mayor endeudamiento. A pesar de que los halcones de la austeridad transmiten que es la semilla hacia el desastre por los desequilibrios presupuestarios que implicaría añadir todavía más combustible financiero al sistema y de sus mensajes de que la gestión de tan magna deuda tiene un límite para los estados, las empresas y los hogares, voces como la de Christine Lagarde, presidenta del BCE, o la del FMI, argumentan que los gobiernos deben acudir a los mercados para acceder a créditos baratos con los que recabar dividendos para sus economías.

“La ventana convencional a la que acuden las economías avanzadas para acelerar su dinamismo limita el endeudamiento a determinados niveles, en función del tamaño de los PIB nacionales, pero eso puede cambiar”, explica Mark Sober, un antiguo alto cargo del Tesoro americano y del FMI. “Dado el abaratamiento del precio del dinero en los mercados y la demanda de activos seguros por parte de los inversores, las potencias industrializadas serían capaces de mantener mayores cotas de deuda”, explica. Sober resume así el sentir de las esferas neoliberales, que inciden también en el repunte de la rentabilidad de los bonos desde el retorno de la Reserva Federal a los tipos de interés próximos a cero, la pasada primavera. Antes de dejar, de soslayo, aunque sin decirlo, un aviso para navegantes incrédulos: las refinanciaciones de deudas. Un asunto de máxima candencia. Porque cualquier intento pasado, por reciente o lejano que sea, de entablar negociaciones sobre las condiciones de pago entre deudores y acreedores, ya sea en el ámbito privado -Club de Londres- o público -Club de París- siempre ha levantado sarpullidos en los estamentos político y financiero. Sin embargo, los yugos que atenazan a Argentina, cuyo nuevo Ejecutivo ha prometido acudir a estas fórmulas para devolver al FMI el crédito de 56.000 millones de dólares para tratar de eludir el colapso de deuda por la quiebra soberana en 2001, a Turquía o Sudáfrica, vuelven a sacar a la palestra este espinoso asunto.

Aunque esta lapidaria amenaza asole también a las empresas de EEUU, que han protagonizado cerca del 70% de las declaraciones de suspensión de pagos de este año, pese a disfrutar de un intenso dinamismo de la mayor economía del planeta; al menos, hasta el verano, cuando redujo su evolución. Al igual que las chinas, que han alcanzado cifras récord este año en declaraciones de procesos concursales, según la agencia de rating Standard & Poor’s (S&P). Las firmas zombis han aumentado un 6% en 2019 en todo el mundo, una tasa histórica, dice el BIS, que ve en esta modalidad de escape como un dumping competitivo y una fórmula de pérdida de productividad. O a los hogares de países como Australia y Corea del Sur, que están entre los más endeudados por devolución de hipotecas porque sus mercados inmobiliarios navegan con encarecimientos espectaculares en sus operaciones de compraventa.

“La mejor alternativa es crecer gradual y consistentemente, para la mayoría de empresas y de familias, también para los estados; sin embargo, no todos los episodios de endeudamiento en estos ámbitos son sostenibles”, escribe en su blog Mohamed El-Erian, economista en el FMI, jefe de inversiones de Pimco y ahora asesor económico de Allianz. En línea con la opinión de Alicia García Herrero, analista jefe de Natixis en Asia-Pacífico: “La deuda no es el problema real, sino su sostenibilidad en el tiempo”, matiza esta economista que trabajó en el Banco de España y el BCE. “El asunto es si la masiva generación de deuda desde la crisis financiera se puede revertir y puede convertirse en rentable”. También en un blog oficial, Mari Luz Moreno, desde el FMI, que certifica una cifra de 188 billones de dólares de deuda global -sensiblemente más baja-, pero que supone un 226% del PIB, medido en la ratio de cálculo del Fondo, alerta de que los actuales niveles de endeudamiento revelan un aumento de las vulnerabilidades y sugieren que muchos países, empresas y rentas personales “no están bien preparados para poder abordar la próxima ralentización”.

En las economías avanzadas, la media de deuda descendió en 2018, aunque en términos que los organismos multilaterales consideran testimoniales, mientras que en los mercados emergentes y los países en desarrollo se ha intensificado de forma notable. En China, hasta tocar el 258% del PIB. Pero similar al de EEUU y próximo al promedio que ostentan las potencias industrializadas, del 265%. En el orden privado, el FMI resalta la alta reducción de deuda corporativa en naciones como Reino Unido o España. Frente al alza, hasta niveles récord, del tejido privado americano.

De ahí que analistas como Daniel Rudnicki haya decidido intentar poner el cascabel al gato. Este directivo de JP Morgan, convencido de que la supervivencia de las firmas altamente endeudadas es una cuestión esencial para reanimar las economías cree que, por norma general, la estructura de capital y la madurez de los flujos crediticios hacen conveniente desarrollar nuevas soluciones que requieren “ideas creativas” porque un cada vez más elevado número de compañías están en riesgo de default o sopesando medidas de rescate financiero o reestructuración productivas. “La salida pasa por encontrar puntos de encuentro entre los intereses de los acreedores y de los deudores”, porque el fantasma de una contracción sincronizada, aceleraría la entrada de firmas en quiebra en una época de baja actividad económica y disminución de la demanda de consumo.

 

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Last modified: 06/02/2020