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Guerra comercial de Trump: EEUU en el laberinto

La afrenta de Donald Trump contra el libre comercio puede traerle serios perjuicios. Con aliados hostiles y sin recuperación del empleo industrial.

Los efectos colaterales de su ordenado incremento de tarifas sobre las importaciones de acero -del 25%- y de aluminio (10%) no parecen que estén completamente bajo el control del actual inquilino de la Casa Blanca. Es decir, que el inicio de hostilidades decretado por EEUU ya revela dudas sobre la hipotética victoria “fácil” augurada por su presidente en esta contienda. Todas ellas, de enorme calado. Algunas, de índole económica, aunque también geoestratégicas. Y que dejan en entredicho las palabras de Trump, en su cuenta personal de Twitter, de que “las guerras comerciales son buenas”.

Veamos dos inmediatas, de pronóstico incierto para el comercio global

1.- Aliados de Washington que recogen el guante.

“El acero es el acero. Si no tienes acero, no tienes un país”. La proclamación de Trump en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca es una llamada al proteccionismo. Al patriotismo. “Estas acciones se han tomado porque no hay otra elección, porque son necesarias para preservar nuestra seguridad nacional”, explicaba Trump, antes de sentenciar: “La mayoría de los países que nos amenazan con lo peor del comercio y de la defensa militar son nuestros aliados, como a ellos mismos les gusta denominarse”. El dirigente aludía, sin citarlos, a países de la OTAN. Trump acusa a los diez que lideraron las ventas de acero a EEUU de competencia desleal a los trabajadores metalúrgicos estadounidenses, a los que, enfatiza, hay que defender a ultranza como parte de la soberanía nacional.

Este primer muro arancelario ha dejado un reguero de rivales. Europa, Japón, China, Rusia y sus vecinos del todavía latente Nafta (Canadá y México) están dispuestos a presentar batalla a Washington. La UE, por ejemplo, ha enumerado un listado de 350 productos a los que aplicará gravámenes si EEUU consuma su amenaza sobre el acero y el aluminio. En realidad, son dos listas negras que, en conjunto, suman 6.400 millones de euros en ventas. En caso de que la Organización Mundial del Comercio (OMC) dictamine que EEUU ha vulnerado, con su decisión, el principio de libre circulación de mercancías y servicios. El Gobierno chino, por su parte, se apresuró a calificar de “sumamente grave” el viraje de Trump. Li Xinchuang, presidente de la Asociación China del Hierro y del Acero, aclaró que “el impacto sobre los productores chinos no será grande”, ya que, según el Departamento de Comercio de EEUU, los mayores vendedores de acero son Canadá, con más del 16% de las adquisiciones de este material, seguidos de Brasil y Corea del Sur, mientras China apenas coloca algo menos del 5%. Datos de 2017. Pero, escasas semanas después, Pekín ha contraatacado con subidas de aranceles a una treintena de bienes de EEUU por valor de 3.000 millones de dólares. Advirtiendo de que la respuesta será inmediata y proporcionada, en sintonía, con posibles nuevas represalias de EEUU.

Louis Kuijs, de la consultora Oxford Economics en Hong Kong cree que, si realmente Washington pretende hacer daño a Pekín en este terreno, “debería encarecer las entradas de productos electrónicos o de telecomunicaciones”. Aunque, según su opinión, “sería más conveniente alcanzar un acuerdo bilateral, porque muchas firmas de EEUU se enfrentarán a daños colaterales que podrían repercutir sobre los consumidores, con alzas de precios”. O actuando sobre la propiedad intelectual, requisito que las compañías chinas se suelen saltar por norma general, un asunto -aclara- que sería, además, del agrado del sector privado estadounidense.

China, México y Europa -o, para ser más precisos, Alemania-, han sido identificados por Trump como los principales focos del déficit comercial de EEUU. Un agujero que se ha deteriorado durante el primer año de gestión de Trump un 12,1% en términos interanuales, hasta totalizar 566.000 millones de dólares, la cota más alta desde la crisis de 2008. Las exportaciones subieron un 5,5% (2.330 millones de dólares), frente al repunte del 6,7% de las compras: 2.900 millones. Con China -que acumula frente a EEUU un superávit comercial de 375.200 millones de dólares, un 8,1% más respecto a 2016- y México (71.100 millones) a la zaga, aunque a bastante distancia. Europa tuvo un saldo positivo conjunto de 120.800 millones en 2017; un 6,8% más que el año anterior.

El problema para Trump es que su táctica del palo (incremento de tarifas) y la zanahoria (países que podrían beneficiarse de excepciones; es decir, de un aumento menos agresivo e, incluso, de exenciones) no parece que vaya a dar el resultado previsto. Salvo mercados anglosajones como Reino Unido, inmerso en una dura negociación con Europa por el Brexit y necesitado de perfilar su mapa de acuerdos de libre comercio tras el divorcio de la UE, o Australia, titubeante ante los cantos de sirenas de Trump, los grandes aliados de EEUU prefieren combatir el proteccionismo de la mayor economía del planeta. Japón recalca que “sus ventas de aluminio y acero a EEUU no pueden afectar a la seguridad nacional; en absoluto. Así se lo diré a sus autoridades en cuanto tenga la oportunidad”, dijo su titular de Comercio.

En línea con voces empresariales como la del CEO de Siemens, Joe Kaeser, para quien “después de una reforma fiscal enfocada a la creación de empleo, ahora [el gobierno americano] saca de la chistera una deplorable decisión sobre lo que considera un comercio justo”. Para Kaeser, la doble subida arancelaria “ni es buena para el consumidor, ni para generar empleos ni para un mundo libre”. Algo que también critica Hyundai. La multinacional surcoreana alerta que este cambio de tarifas “elevará los costes de producción” de sus fábricas en EEUU, lo que conducirá a “un incremento del precio final de sus vehículos y a un descenso de la demanda”, señaló Jim Trainor, portavoz de la firma en EEUU, que no descartó modificaciones en los planes productivos de su planta en Alabama. La japonesa Toyota o Ford se han añadido a la lista de empresas agraviadas.

Hasta Canadá se ha sumado a la retahíla de advertencias. Su primer ministro, Justin Trudeau, que ha aireado su malestar por la renegociación del Nafta, un intento, a su juicio y el de numerosos expertos, de lapidar la unión aduanera norteamericana, considera “inaceptables” y una medida que causará “daños significativos” la maniobra beligerante de Trump.

2.- El alza de tarifas no garantiza la defensa de los empleos americanos.

“Las tarifas sobre el acero funcionan”. Fue el lema de George Bush en marzo de 2002 para justificar su decisión de elevar, del 8% al 30% los aranceles a la importación. Esta recurrente ocurrencia republicana, en su penúltima versión, sólo duró un año y medio. Hasta diciembre de 2003. No consiguieron reactivar el empleo de esta vetusta, aunque todavía estratégica industria.

El sector sufrió su gran desplome de puestos de trabajo al inicio de los ochenta del siglo pasado, al pasar de una plantilla de 453.000, en 1979, a otra de 236.000 en 1984. Después de alcanzar su clímax en 1953: 650.000 empleos. En sintonía con la caída global. Desde 1972 hasta 2014 este segmento manufacturero ha perdido la mitad de sus trabajadores en el mundo, según la Oficina de Estadísticas Laboral de EEUU. Una dura y larga reconversión.

Tampoco el negocio vinculado al aluminio es demasiado boyante. La bauxita, el mineral del que se extrae, apenas requiere 5.000 mineros, el 80%, en Minnesota. De ahí que la adquisición de acero y de aluminio foráneo y barato, indispensable para abastecer la industria aeroespacial, la automovilística, la de envases o la de componentes electrónicos, haya aportado más puestos de trabajo de los que ha destruido. Aunque no lo crea así el secretario de Comercio, Wilbur Ross, que compró varias firmas acereras en bancarrota en 2002 -coincidiendo con el alza arancelaria de Bush- y que tres años después vendió a Mittal Steel (ahora Arcelor Mittal).

Ross abandera el ala dura de los partidarios del proteccionismo en la Casa Blanca. Junto a Peter Navarro, director del Consejo Nacional de Comercio. Son los dos grandes triunfadores. Las voces del Buy american, first. Y Robert Lighthizer, responsable de Comercio Internacional quien, como abogado, dirigió el lobby de la industria siderúrgica en Washington. Los tres han salido airosos frente al dimisionario Gary Cohn, el principal asesor en materia económica de Trump y antiguo directivo de Godman Sachs y Rex Tillerson, ex secretario de Estado. Una lucha interna que tendrá sus consecuencias en la esfera internacional, mediante un “alto coste diplomático” en el terreno geoestratégico y económico, auguran nada menos que Alan Greenspan y Ben Bernanke, los ex presidentes de la Reserva Federal, quienes no conceden credibilidad al mensaje de Trump de que la política de resolución de conflictos a través de panales sectoriales de la OMC ha sido “un desastre para nuestro sector manufacturero” y proclamar que “necesitamos a nuestras firmas para impulsar a nuestra industria del metal”.

Una apelación al patriotismo que no ha cuajado. Ford cree que, a pesar de comprar la mayoría del acero y aluminio del país, “esta acción aumentará el precio de las materias primas y dañará la competitividad del sector”; las firmas cerveceras, que venden gran parte de su producción en latas, han pedido a la Casa Blanca que “reconsidere su postura” para cubrir los desequilibrios de demanda de aluminio nacional o importado y cumplir con los 2,6 millones de toneladas de este metal que precisó en 2016; las tecnológicas, con Apple a la cabeza, aunque sólo fabrique una mínima porción de sus productos en EEUU, admiten temer caídas bruscas de su cotización por la guerra comercial de EEUU, colapso que también atisban las constructoras de oleoductos y gaseoductos, en una fase crucial, con un billonario plan de infraestructuras en marcha e, incluso, el sector agrícola, que se teme el blanco de las represalias a la importación de mercancías estadounidenses. Sus directivos muestran unas cartas reveladoras: los sueldos que generan las firmas productoras de acero y aluminio totalizan 203.000 nóminas en todo el país. Frente a los 6,5 millones de las diferentes industrias que usan estos materiales.

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