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Guerra comercial de Trump: efectos económicos y orden mundial

La subida arancelaria al acero y el aluminio de Trump en EEUU es un riesgo sistémico. Ninguna guerra comercial ha ocasionado riqueza nacional, sino tensiones globales. 

Las consecuencias de la guerra comercial de Trump inaugurada el mes pasado por la Casa Blanca con la subida arancelaria sobre las importaciones de acero y aluminio se apreciarán sobre la coyuntura de la mayor economía del planeta y sobre sus intereses geoestratégicos. Tal y como se analiza en los siguientes apartados. Porque ningún mecanismo de protección comercial declarada ha ocasionado vencedores. Más bien al contrario. Las hostilidades contra el libre comercio siempre se han saldado con duros efectos sobre los mercados involucrados.

1.- La economía estadounidense sufrirá presiones inflacionistas.

En el peor momento. Bajo una coyuntura delicada. Con una rebaja fiscal sin parangón, tanto para rentas personales como para beneficios empresariales, que añade combustible a una economía que muestras los primeros signos de sobrecalentamiento y de subida de precios; con la Reserva Federal del presidente recién nombrado Jerome Powell, acelerando el encarecimiento del dinero (el pasado miércoles lo hizo en otro cuarto de punto, hasta el 1,75%), el sexto movimiento alcista desde la implantación de la política de tipos próximos a cero. Y se esperan dos más este año, según el recién nombrado máximo dirigente de la Fed. Debido a que sus previsiones de crecimiento se han elevado (al 2,7% este año y al 2,4% en 2019) a que la tasa de paro oscilará entre el 3,6% y el 3,8% y que el IPC se espera que repunte al 2% en 2019.

Sin embargo, estas predicciones están puestas en tela de juicio. No sólo en el mercado. También entre los organismos multilaterales, que detectan efectos más perniciosos sobre los precios y que alertan, además, sobre el doble déficit (el fiscal y el de la balanza de pagos) de la mayor economía global. JP Morgan cifra que el desequilibrio presupuestario alcanzará este año el 5,4% del PIB, dos puntos más que en 2017, mientras que el de cuenta corriente -exceso de gasto en las transacciones internacionales- llegará al 3,9% del PIB en 2019. Anomalías que pueden traer unas súbitas oscilaciones en el valor del dólar y dudas en consumidores y empresas a la hora de iniciar decisiones de gasto o de inversiones por el dinero extra de las rebajas tributarias. BCA Research apuesta por tipos de interés notablemente altos a medio plazo para contener una inflación que se disparará en los próximos meses, y por rentabilidades bursátiles a la baja y un billete verde en retroceso por la guerra comercial. Por si fuera poco, sus expertos alertan de que, a diferencia del recorte fiscal de la era Reagan, la deuda federal estaba en el 30% del PIB. Ahora se sitúa en el 100%, con las obligaciones de pagos internacionales en el 40% del PIB.

2.- La historia de las guerras comerciales acaba en catástrofes.

Ninguna batalla por el control del comercio ha traído buenas nuevas. Y ninguna ha dado como resultado una “victoria sencilla” como vaticina Trump. Sin duda, la más emblemática de la historia económica contemporánea fue la iniciada por EEUU en 1930. A partir de la Smoot-Hawley Tariff Act. Una subida arancelaria sobre más de 20.000 productos de importación. Concebida para hacer frente al Crash de 1929, fue derogada en 1934. Porque Canadá y otros socios comerciales de EEUU subieron el precio de sus adquisiciones made in US hasta un 61%. Numerosos historiadores aseguran que, lejos de cantar victoria, esta reacción a la Gran Depresión fue el mayor desastre en política comercial de EEUU en el siglo pasado.

En EEUU, desde hace más de cien años, el lobby agrícola e industrial ha pretendido sellar las fronteras por temor a la competitividad, vía precios, sobre todo, de sus rivales exteriores. Y, casi siempre lo han conseguido. Pese a que la Smoot-Hawley sigue siendo un caso práctico de libro en las escuelas de negocio. De prácticas perniciosas claro. Lo llegó a reconocer Franklin D. Roosevelt, su mentor desde la Casa Blanca. En 2010, se alcanzó un gravamen medio de entrada de mercancías y servicios a EEUU del 5%. Si bien en 1930, alcanzó el 45%. No resulta fácil desmantelar los muros arancelarios. De ahí que el mundo académico tache a Trump de “arcaico” y de “decimonónico” por su concepción sobre el comercio. Ni antes, con actos similares, de finales, incluso, del XVIII, ni después, con las batallas sectoriales del pollo y otros productos alimenticios, o la propia de George W. Bush sobre el acero y el aluminio, el resultado ha sido satisfactorio. Para nadie.

El sentir general asegura que los grandes perdedores son los consumidores, que hay muchos más sectores y negocios que dejan de ingresar que los escasos que ganan y que éstos lo hacen de forma coyuntural, y que generan más desigualdad porque su contagio inflacionista -el impuesto de los pobres- lo pagan, sobre todo, las clases más desfavorecidas.

3.- El juego geoestratégico entra en escena con Trump.

Hay quien dice que los que persigue Trump es un juego táctico. De buscar de nuevo la hegemonía estadounidense con sus aliados. De ahí que nada más llegar al Despacho Oval arremetiera contra el Trans-Pacific Partnership y sacara a su país del acuerdo suscrito por Obama. En paralelo a la defensa de Taiwán y las acusaciones sobre la presencia de Pekín en las islas del Mar Meridional de China. En plena tensión nuclear con Corea del Norte. Y con un replanteamiento de relaciones geoestratégicas con Seúl y Tokio -e, incluso con China- que va a modificar el statu quo en Asia. No por casualidad, Trump acaba de avanzar aumentos de aranceles sobre productos chinos por más de 60.000 millones de dólares.

También ha utilizado esta estrategia con el Nafta norteamericano. Herido de muerte, pero sobre cuyo aparente cadáver aún negocian tanto Canadá como México. O con la pasarela de comercio e inversiones transatlántico (el llamado TTIP) con Europa. En este teatro del absurdo, además, conviene mencionar los acuerdos multimillonarios con Arabia Saudí, el acercamiento al Israel de Netanyahu y los ataques contra Palestina para cambiar la creciente influencia iraní en Oriente Próximo. Y los ataques al entramado multilateral, con la OMC y el FMI como objetivo claro de sus dardos.

Sin embargo, las críticas arrecian contra la concepción infanticida de Trump. Desde un sinfín de latitudes. El Gobierno noruego, por ejemplo, hace hincapié en que la constante apelación a la seguridad nacional para justificar esta medida, denota que el presidente estadounidense “tiene su Talón de Aquiles con el libre comercio” y que su vinculación a esta causa “es una excusa para implantar un proteccionismo exacerbado y nada constructivo”, asegura su Ministerio de Exteriores en una dura nota oficial. La poderosa Cámara de Comercio estadounidense le ha instado a que deje sin efecto la medida, advirtiéndole que su idea del America, first ocasionará un perjuicio de alto calado a la industria del país, debido a las consecuencias imprevisibles de la guerra comercial abierta con sus aliados. Pero, quizás, la dialéctica más feroz ha llegado de un ex director de la CIA, John Brennan, para quien Trump “es inestable y carente de experiencia”. Como en su día criticó Henry Ford a Roosevelt (“su medida, señor presidente, es una solemne estupidez económica”), Brennan cree que el liderazgo del republicano deja una “profunda preocupación” porque sus “diatribas -dijo- irán a peor”.

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