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El G-7 airea la lucha de las potencias por el control del comercio

Las discrepancias visibles en el G-7 de las grandes potencias no guardan parangón en la historia reciente. Desde el FMI alertan de que, “cada día, el panorama es más oscuro”.

 

Nunca en la historia del G-7 se ha trasladado a la opinión pública global unas disensiones de tal calibre, en materia económica, como la que acaban de protagonizar los líderes de las principales potencias industrializadas del planeta en su reciente cita de Quebec. Las hubo, y de alto voltaje, en asuntos geoestratégicos, como la intervención militar aliada en Irak tras el 11-S, con Rusia de invitado político a este selecto foro mundial. Pero las disputas sobre la economía y las finanzas globales siempre se habían resuelto con un comunicado conjunto de consenso. Hasta este mes de junio. La tensión se palpó en el ambiente. Los líderes advirtieron previamente a EEUU que su política proteccionista y su decisión de elevar los aranceles para corregir su déficit comercial no comulgaban con los principios de libre circulación de bienes y servicios. Sin embargo, la cumbre no se saldó precisamente con fumata blanca. Más bien, al contrario. Cruce de acusaciones entre Canadá y EEUU, con incluso amenazas de replanteamiento de sus relaciones bilaterales. Además del mandato directo de Donald Trump para que la mayor potencia del planeta se desmarcara de un acuerdo final con conceptos esenciales como una apelación a las rebajas arancelarias, la demanda del resto del G-7, a cambio de plantear una reforma profunda de la OMC y de defender, en el futuro, un comercio más “recíproco y equitativo”, como demanda la Administración americana. El consenso base, en esta ocasión, saltó por los aires.

Protagonismo del aumento de los aranceles de Trump

La cita arrancó con la polémica de los nuevos aranceles al acero y al aluminio impulsados por Washington a Canadá, México y la Unión Europea, que a su vez reaccionaron con represalias; en concreto, con una larga lista con nuevas tarifas a productos norteamericanos. En un clima de todos (Reino Unido, Japón, Alemania, Francia, Canadá e Italia) contra los obstáculos comerciales de la Administración Trump que los aliados de EEUU trataron de limar, aunque sin éxito. Porque, aparte del duro intercambio de mensajes entre el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, quien alertó de que “no nos van a avasallar”, en referencia al “insultante” giro de su vecino del sur, mientras el dirigente estadounidense acusó a su homólogo, sólo unas horas más tarde de un comportamiento “dócil y suave” y de ser “deshonesto” y justificar las medidas de Washington como “represalia a unos aranceles sobre los productos lácteos americanos del 270% -y que provocó la orden directa de Trump de no firmar el dictamen final del G-7– los responsables del Comercio americano echaron más leña al fuego. El asesor económico de la Casa Blanca, Larry Kudlow, arremetió aún más contra Trudeau – “realmente, de alguna manera, nos apuñaló por la espalda. Fue una traición”, dijo-, al tiempo que Peter Navarro, asesor comercial de Trump y el auténtico inspirador del viraje estadounidense en este terreno, concluía que al líder republicano “no le importaba el aislamiento”.

Consecuencias diplomáticas

Las reacciones, entonces, se sucedieron. El ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas, proclamó que “en cuestión de segundos, se puede destruir la confianza, con 280 caracteres de Twitter”, en alusión al método favorito empleado, una vez más, por Trump, que dictó su rechazo hacia el resto de integrantes del G-7 de camino de vuelta, en pleno vuelo en el Air Force One, nada más tener conocimiento de las palabras de Trudeau. Mientras el Elíseo expresó su hartazgo por el rumbo de los acontecimientos y precisó que las relaciones entre las grandes potencias “no debe depender de rabietas y frasecitas”. Pero, más allá de esta retórica de desencuentros, la cumbre supone una primera envestida grave para la reanimación del Nafta, la unión aduanera de EEUU, Canadá y México, que lleva un año en revisión, a instancias de la Casa Blanca. Otro altercado a los lazos transatlánticos, ya que Europa denunciará a EEUU ante la OMC, según el Ejecutivo de la UE, y la revisión de las estrategias bilaterales de Japón, Reino Unido y China, aunque no forme parte del G-7.

Convulsión en los mercados

Pero la consecuencia más grave, según los analistas, y de efectos difíciles de calcular, se pueden dar en los mercados. Ya de por sí, en estado de ebullición por la fortaleza del dólar y las subidas de tipos de interés en las economías anglosajonas. Con descensos generalizados en los índices bursátiles de referencia. “La idea de que cualquier nuevo movimiento arancelario puede traer consigo una brusca guerra comercial o que el rally alcista del billete verde se descontrole aún más es un riesgo cada vez más palpable, aseguran en la firma Cantor Fitzgerald, desde donde se advierte que “los mercados financieros podrían responder de inmediato ante este escenario tras unos meses de excesiva volatilidad”. De producirse, y con Italia bajo presión política y financiera permanente, la crisis de la deuda podría volver a hacer su reaparición en Europa y contagiar a alguno de sus sistemas bancarios -en especial, el trasalpino- en medio de rumores de integración de grandes entidades, como Deutsche Bank, BNP Paribas o Sociètè Genèrale y, por supuesto, al euro. Además de dejar en debilidad extrema divisas que han perdido valor como las de Turquía, Brasil, México, Rusia y Sudáfrica.

La directora gerente del FMI, Christine Lagarde, también comparte esta preocupación inversora. A su juicio, el incremento del proteccionismo comercial “está dañando la confianza” en las bolsas porque, “cada día, el panorama es más oscuro”. Su comentario se produjo unas fechas más tarde de la cumbre del G-7, del que resaltó su ambiente “caótico”. Roberto Azevedo, director general de la OMC, también se sumó a las alertas de peligro a medio plazo. “El aumento de las tensiones comerciales que hemos presenciado son la más seria amenaza sobre el crecimiento sostenible de las economías globales desde el estallido de la crisis financiera de 2008”. Esta escalada “no va a ayudar a nadie”, sentenció. Este horizonte sombrío, pues, podría dañar el dinamismo del PIB global para el que el FMI pronostica un alza del 3,9% este año y el siguiente, el mayor ritmo desde 2011 pero todavía lejos de las tasas previas al credit crunch.

¿Es el final del poder del G-7?

Pese a todas estas probables secuelas, los observadores internacionales alertan de otro foco de conflicto. La reciente cumbre del G-7 puede haber acabado con 42 años de lo que se ha llamado una coreografía colegiada en el diagnóstico de la frágil gobernabilidad mundial de este selecto club. Prueba de ello ha sido la inmediata reunión de Trump con el líder norcoreano, Kim Jong-un. Pareciera como si el líder de EEUU estuviera más cómodo negociando con un dictador que con sus más estrechos aliados. ¿Qué le depara al G-7? Pues, a juicio de estrategas, marcará un punto y aparte. Porque algo se ha quebrado en la idea original del foro, auspiciado por EEUU, para recabar de primera mano la posición de las economías de mercado de corte occidental -motivo por el que se incluye a Japón- en la resolución de cuestiones que podrían crear inestabilidad. De todo tipo. Desde geopolíticas hasta económico-financieras. En el G-7 se perfiló la estrategia de la Guerra Fría, el Plan Marshall, el final de patrón dólar o los despliegues de la OTAN. Bajo parámetros de cooperación mundial, un orden financiero y global que garantizase la estabilidad y la seguridad, y con la libertad de los flujos comerciales e inversores por bandera. Pero, ahora, la errática diplomacia exterior y los cambios económicos de EEUU ponen este planteamiento en tela de juicio. Y lo que es peor, sin visos de restablecer el orden internacional forjado desde la Segunda Guerra Mundial.

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