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EE UU lanza la guerra comercial contra Europa, México, Canadá y China

La tregua fue flor de una semana. La fumata blanca con China se ha traducido en más aranceles a la tecnología. Europa y México denunciarán a EEUU ante la OMC.

 

Donald Trump ha decidido finalmente lanzar la guerra comercial contra sus grandes aliados, la Unión Europea, México y Canadá, al activar unos aranceles al acero (25%) y al aluminio (10%) que había anunciado en marzo, y que había dejado en suspenso y supeditados a una negociación bilateral con las tres partes. Detrás de este viraje estratégico de Washington subyace la exigencia de la Administración Trump de corregir el déficit comercial que la mayor economía del planeta mantiene con estos tres mercados. La decisión, pues, de la Casa Blanca, constata que la escalada arancelaria está servida. Porque, entre otras cuestiones, los gravámenes entraron en vigor con el cambio del mes. Es decir, están operativos desde el pasado 1 de junio. Y resulta una premisa imprescindible para avanzar en el credo trumpista del America, first. El diálogo no ha dado con el consenso que la mayor economía del mundo desea. O, mejor dicho, el proteccionismo se ha hecho un hueco en el mercado que pregona la libre circulación de mercancías por excelencia.

De modo que EEUU se ha enfrascado en una batalla contra aliados y rivales. En tres grandes áreas geográficas -su vecino del sur, su aliado fronterizo del norte y su histórico socio comercial, Europa-, pero con un enemigo declarado: China, la segunda potencia mundial.

En el origen de esta afrenta contra el libre comercio, la Administración Trump implora la defensa de la seguridad nacional. Así lo ha vuelto a constatar el secretario de Comercio norteamericano, Wilbur Ross. “Sin una economía fuerte, no puedes tener una seguridad nacional idónea” por lo que el “debilitamiento de la industria es un riesgo para la producción o la compra de armamento y la tecnología militar”, dijo Ross para justificar la subida de aranceles. Razonamiento calificado por sus socios como “inconcebible”. De igual forma, todos ellos se desmarcaron de inmediato de las palabras del responsable del Comercio estadounidense, que reconoció avances, aunque no substanciales, en las conversaciones abiertas por Washington para eludir las nuevas barreras al acero y al aluminio. Un mensaje dirigido a Europa y China. Porque el embrollo con sus dos vecinos americanos se supeditaba al éxito de la renegociación del Nafta, el Tratado de Libre Comercio Norteamericano, que se encuentra en vía muerta, sin fecha de resolución y con negros presagios para el futuro de la unión aduanera.

Para Europa, el modelo de la Administración Trump “es puro y simple proteccionismo”, motivo por el que la Comisión Europea ha avanzado que, por un lado, denunciará a EEUU ante la OMC, la máxima institución del libre comercio y, por otro, contraatacará con la imposición de nuevos aranceles a las importaciones procedentes de su aliado del otro lado del Atlántico. Bruselas dice que iniciará el procedimiento legal contra EEUU de inmediato. Cuando Trump lanzó su primera amenaza contra el acero y el aluminio, Bruselas elaboró una lista de unos 350 productos (desde alimentos a bebidas, maquillaje o barcos de recreo) que quedarían sujetos a más gravámenes, como represalia por la medida estadounidense. Y el Ejecutivo europeo las notificó de inmediato a la OMC para poder actuar con rapidez si Washington abría la guerra comercial, por lo que en Bruselas se calcula que se podrían activar ya a mediados de junio. En concreto, la UE presentó a las autoridades comerciales de la OMC dos listados que penalizan productos cuyas ventas a la UE representan unos 6.400 millones de euros, un montante equivalente a las exportaciones de acero y aluminio a EEUU. Una reacción que pretende igualar daños. “Hoy es un mal día para el comercio mundial. Hemos hecho todo lo posible para evitar este resultado”, dijo la comisaria de Comercio, Cecilia Malmström, que ha dialogado incansablemente con Ross durante los últimos meses. Malmström mostró su frustración por el desenlace. “En estas conversaciones, EEUU ha tratado de usar la amenaza de restricciones comerciales para obtener concesiones de Europa. Y la UE no negocia así”, reprochó. Pero así es la estrategia trumpista, que a pocos meses de las elecciones legislativas está intensificando su discurso nacionalista.

Las tensiones comerciales generadas por la Casa Blanca, además, corren el riesgo de trasladarse a escala global. Bajo las directrices de los socios europeos, la propia UE, que tiene voz propia, y de Canadá, el presidente Trump afrontará una cita delicada en la cumbre del G-7 en Quebec, donde se encontrará con una contundente respuesta -y amenazas ya poco veladas de contestar a su afrenta contra el libre comercio- del conjunto de este selecto club. Con Japón, otra de las potencias industrializadas eminentemente exportadoras, al quite. El ministro galo de Finanzas, Bruno Le Maire, admite “haber detectado una atmósfera tensa” en los prolegómenos de esta cita; “hasta el punto de que podría ser más un G-6 más uno que un G-7”, danto a entender que en este asunto, Reino Unido, sumido en un difícil escenario comercial post-Brexit, sin acuerdos operativos para el libre intercambio de mercancías e inversiones hasta que no cierre el divorcio con la UE, también se inclina por censurar la política comercial de Washington. En paralelo, los socios del Nafta se declaran también partidarios de seguir la estela de Europa. México ha hecho saber a EEUU que iniciará una demanda contra las subidas arancelarias en la OMC y Canadá ya elabora una lista negra de importaciones estadounidenses de similar calado que la de China o la UE. Incluso Japón, al que EEUU le ha excluido de cualquier riesgo sobre la seguridad nacional del país por la venta de productos made in Japan, piensa en alinearse con las tesis del G-6 del que habla Le Maire.

Aun así, el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, sigue en sus trece: “El presidente Trump ha dejado muy claro qué es lo que espera de nuestros aliados en materia comercial”, al tiempo que rechazó que EEUU fuera a abandonar su papel de liderazgo en la economía global. “Nuestro reto es asegurar que se produzca un nuevo equilibrio, entre flujos y comercio justo”. Planteamiento con el que no concuerdan ni organismos multilaterales como el FMI o la OMC y la OCDE ni China. El gigante asiático, el gran objetivo de la Casa Blanca en su batalla desesperada por corregir los desequilibrios de su balanza comercial -acapara 375.000 millones de dólares del agujero total de 556.000 millones, según datos oficiales americanos de 2017, seguida de la UE, con 151.000 millones- asegura no querer una escalada del conflicto bilateral, que ahora somete al sector exterior de ambos países a obstáculos al libre comercio por valor de 50.000 millones de dólares. Pero no descarta que las tarifas entre ambos mercados se eleven en los próximos meses. A tenor de la perseverancia de Trump en sus tesis: “estúpido comercio”, escribía en un reciente tweet el dirigente americano antes de amenazar con “no tolerar por más tiempo” cualquier intento de otros países de ir “contra las directrices del gobierno estadounidense”, porque EEUU “ganará la guerra comercial” a pesar del “clima internacional, en el que las reglas del juego comercial han demostrado que actúan contra los negocios y las empresas americanas”.

Sin embargo, los cálculos de Trump podrían fallar estrepitosamente. La producción de acero de China se incrementó en abril casi un 5% en términos interanuales, sin que parezca que hayan repercutido negativamente las medidas proteccionistas de Trump. No por casualidad, el acero chino supone la mitad del comercio de este material imprescindible para no pocos sectores estratégicos de todo el mundo y sus tres mayores productores acaparan más del 12% del acero global. Algo que revela que la táctica de EEUU adolece de instrumentos adicionales a las subidas de aranceles que promocionen un comercio más equilibrado, según sus designios. “Más bien se asemeja a un escenario de caos”, afirma Doreen Edelman, abogada de comercio internacional del despacho Baker Donelson, para quien, más bien, la política instaurada en la Casa Blanca “se va a precipitar por una ladera muy resbaladiza” si la guerra se propaga contra Washington desde las grandes potencias industrializadas. México y Canadá no van a permanecer indiferentes a la defunción del Nafta, ni Europa vaciará la lista de productos sancionados y China peleará porque EEUU no actúe de forma interesada y partidista contra sus mercancías tecnológicas cuando ha iniciado un viaje de no retorno hacia la digitalización y sus multinacionales y stars-up ya se codean con las estadounidenses.

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El ‘baile de divisas’ desvela fragilidades en los mercados emergentes

Argentina solicita ayuda al FMI, la lira turca pide oxígeno en su caída libre frente al dólar, e Indonesia, India o Filipinas elevan tipos para sostener sus divisas.

 

El encarecimiento de las condiciones financieras en los mercados internacionales y la escalada del crudo pueden darles la estocada. ¿Será peor que el ‘credit crunch’ de 2008? Algunas voces del mercado creen que sí. O, al menos, de la misma dimensión. De momento, el rally alcista del dólar, en medio de la tormenta comercial desatada por la Casa Blanca, las tensiones geopolíticas en Oriente Próximo y la península coreana, o la escalada del precio del petróleo, ha puesto bajo vigilancia extrema a las divisas de varios mercados emergentes. Las primeras señales de estas turbulencias -en la jerga del mercado, volatilidad excesiva- tanto de sus plazas bursátiles como del comportamiento de sus monedas en los parqués cambiarios, se vislumbran en Argentina, Turquía e Indonesia. Tres de los mercados emergentes que más auxilio crediticio han necesitado de las arcas del FMI en las últimas décadas, que vuelven a estar bajo la lupa de los mercados. La política del billete verde fuerte que desea Donald Trump empieza a florecer, casi un año y medio después de que el presidente de EEUU tomara posesión del cargo. Objetivo para el que también se ha conjugado una agresiva -y cambiante- política económica tejida desde Washington, en la que destaca, además de la guerra comercial, una cuantiosa doble rebaja impositiva -sobre las rentas, el capital y las empresas- y un ambicioso y multibillonario plan de infraestructuras que tendrán que convivir con la nueva estrategia de la Reserva Federal de elevar los tipos de interés.

Todo ello ha generado un súbito encarecimiento de la financiación internacional que ha cogido con el pie cambiado a no pocas potencias industrializadas. Pero, sobre todo, a zonas emergentes que, hasta ahora, evolucionaban con un diferencial de tipos ostensible respecto a los designios de la Fed.

En consecuencia, y casi diez años después del estallido del credit cunch, en septiembre de 2008, los grandes rivales de las economías de rentas altas han sido los primeros que experimentan los coletazos de lo que parece el epitafio de esta etapa de pseudo-bonanza. Argentina emitió la primera alarma, que ha sofocado el FMI con una rápida negociación por la que ha liberado a Buenos Aires una línea financiera de 30.000 millones de dólares para contener la caída libre del peso en los mercados cambiarios y la escalada de los tipos de interés, por encima del 40%, decretada por su banco central como medida para evitar fugas masivas de capitales y amortiguar el pánico bursátil. Pero apenas dos semanas después, el efecto contagio ha surgido en Turquía. A lo largo de mayo, su valor ha descendido todos los días de mercado, excepto tres, en relación con el dólar. Hasta el punto de reducir un 5,2% su cotización diaria la pasada semana.

Parecen lejanos. Pero los días en los que la lira turca marcó máximos históricos frente al billete verde norteamericano se localizan a finales del último verano e, incluso, en otro rally alcista, al comienzo de esta primavera. La alta volatilidad, generada desde EEUU y sus agresivas políticas comercial (proteccionismo y guerra arancelaria), fiscal (doble rebaja de rentas y sociedades, a la que se sumará otra reducción impositiva “antes de noviembre”, según avanza el propio Donald Trump), económica (plan multimillonario de infraestructuras para dinamizar la actividad, junto a reformas financieras más laxas que espoleen el crédito) y monetaria para enterrar la estrategia de la Fed de tipos de interés cercanos a cero, han dado paso a una convulsión generalizada en los mercados globales. Ya de por sí en estado de máxima vigilancia por el fulgurante incremento del crudo y los polvorines geoestratégicos auspiciados o alimentados por Washington en Oriente Medio, Asia, con la crisis coreana, o el distanciamiento transatlántico en plena tensión interna en la UE por el Brexit.

Turquía, pues, ha entrado en la espiral de una crisis monetaria. Los analistas reclaman ya a las autoridades políticas, económicas y monetarias que “actúen ya, a la máxima diligencia” asegura, por ejemplo, Cristian Maggio, estratega de mercados emergentes en TD Securities, con sede en Londres. “Y no debería ponerse límites sobre cómo y cuándo intervenir porque lo que se avecina es una turbulencia cambiaria en toda regla”. El clima inversor es de “total pérdida de confianza”.

Tampoco ayuda la atmósfera política. En especial, la de su primer ministro, el islamista Recep Tayyip Erdogan, quien ha lanzado constantes mensajes a favor de una rebaja de tipos de interés para espolear la economía, en medio de compromisos de adquirir mayor responsabilidad sobre la política monetaria del país si vence en los comicios del próximo 24 de junio. En un momento delicado para la coyuntura turca. Con la inflación en dobles dígitos y un rampante déficit por cuenta corriente que demanda una alta financiación de los mercados internacionales, cuando el acceso al crédito global evoluciona a precios demasiado elevados, pese a que los tipos de interés todavía pueden considerarse anormalmente bajos. Tanto en EEUU como en Reino Unido y otras latitudes anglosajonas, como en Europa, donde el BCE los mantiene en nivel cero.

La lira ha perdido un 21% de su valor este año. El segundo mayor descenso de las divisas de los principales mercados emergentes. Sólo por detrás de la pérdida de cotización del peso argentino y en sintonía con el retroceso de las monedas de Venezuela y Angola. La cuota de retorno de las inversiones denominadas en liras turcas -diferencial entre costes de una operación y ganancias estimadas-, se ha desplomado hasta cotas desconocidas desde enero de 2017, cuando la divisa turca sufrió otro fuerte episodio de depresión en el mercado. Un sostén que ha pasado factura a las empresas japonesas, que han protagonizado las grandes operaciones bursátiles en la plaza financiera de Estambul, cuyos rectores achacan esta semana negra al clásico mantra que utilizan las autoridades de la proliferación de “movimientos especulativos” para hundir la economía del país. Antesala, en casi todas las ocasiones, de una petición de ayuda multilateral.

“Que Dios ayude a Turquía”, reza la nota oficial de Alnus Yatirim, un bróker que opera en la Bolsa de Estambul, dirigida a sus clientes estos días, antes de precisar: “nos enfrentamos a la inacción de un banco central que sigue oteando los mercados cuando necesita dirigir acciones directas en defensa de la lira”. Sin ella, “se caerá en una espiral de impagos” para hacer frente a los plazos de vencimientos inmediatos de una deuda corporativa, de empresas no financiera, que supera los 222.000 millones de dólares, en moneda extranjera. Por cada punto porcentual de pérdida del valor de la divisa turca se encarecen las condiciones de financiación en 5.000 millones de liras. Máxima tensión. Yatirim apelaba a un movimiento más contundente del banco central que la subida de tipos, de finales de mayo, de nada menos que tres puntos básicos, hasta situarlos en el 16,5%. Algo que no gustará a Erdogan, pero que ha servido para salvar un primer match-ball: los bancos obtendrán más ingresos por servicios, préstamos y créditos a corto plazo que aliviarán sus márgenes financieros. Pero será difícil que Estambul pueda acometer una mínima recapitalización -hasta el momento, han reestructurado unos 78.000 millones de liras, casi 17.000 millones de dólares- con unas ciertas garantías y, sobre todo, tendrán casi imposible acudir al rescate del sector privado turco, que maneja una deuda de 337.000 millones de dólares en monedas extranjeras.

Los bancos centrales de Argentina y Turquía no han sido los únicos con quebraderos de cabeza. La sombra de la inestabilidad se propaga sobre la práctica totalidad de los principales mercados emergentes del planeta. El estado latente es de emergencia. Los economistas predicen escalada de tipos de interés en varias latitudes de Asia. En concreto y, sobre todo, en Indonesia, Filipinas e India, donde no descartan que toquen niveles como los de Argentina o Turquía. “Cuando la Reserva Federal inició el encarecimiento gradual del dinero, las autoridades monetarias de los mercados emergentes intentaron recortar sus diferenciales rebajando tipos”, explica Frederic Neumann, de HSBC.  “Y ahora tienen que adecuarse a la política de la Fed a marchas forzadas y en medio de turbulencias cambiarias” que llevan en volandas al dólar a recuperar parte de su hegemonía perdida. Incluso, algunos países, como Brasil, siguen abaratando el dinero.

La economista Carmen Reinhart, catedrática en Harvard y antigua responsable de investigación de mercados en el FMI, considera que el escenario actual de los mercados emergentes es peor que el de sus dos capítulos negros más recientes, el inicio de la crisis, en 2008, y en 2013, año en el que el decoupling -fenómeno excepcional, entonces, que registraba un notable diferencial de crecimiento entre las potencias industrializadas y los países emergentes por primera vez en la historia económica reciente- empezó a remitir y sus economías se resistieron de la debilidad mundial. Para Reinhart, estadounidense de origen cubano, estos países tienen varias losas que penden sobre sus modelos productivos. Por un lado, la acumulación de deuda; por otro, la debilidad del comercio con la guerra declarada por EEUU y, finalmente, la subida sincronizada de tipos en casi todo el universo económico anglosajón. Diagnóstico que comparte el mercado. “El desequilibrio en las balanzas de pagos [de estas economías] han añadido presión a sus bancos centrales para acometer alzas del precio del dinero antes de los previsto; es decir, cuando la inflación todavía no es un motivo serio de preocupación”, explica Andrew Cates, analista de Nomura. Es lo que ocurre en Indonesia, con la palpable gravedad de su moneda, la rupia, en Malaisia, Filipinas o, incluso, en India. Las excepciones, que aún deben ser catalogadas de coyunturales, son China y Tailandia, con tipos, todavía, próximos a cero.

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El coste del Brexit: 51.400 millones de euros y la pérdida de la City

Los daños y coste del Brexit van en aumento. Londres dejará de ser el mayor centro financiero global en cinco años. Bruselas, además, apremia para cobrar el cheque del divorcio.

 

Londres será la gran perjudicada del Brexit. A juzgar por un estudio, publicado por la prestigiosa firma financiera Duff & Phelps, su conocido en el mercado Global Regulatory Outlook, la capital británica, que se había convertido en los últimos ejercicios en el centro de las finanzas mundiales en detrimento de su histórico y gran rival, Nueva York, dejará de luchar por este cetro global a partir de 2023. Cuando se aprecien los daños colaterales del Brexit, con traslados de empleados, directivos y oficinas desde Canary Wharf, emblema de los negocios financieros de la City, hacia otras latitudes del planeta. Mayoritariamente, para más inri, europeas.  

El informe, basado en encuestas a profesionales seniors de instituciones económicas de todo el mundo, revela un creciente respaldo a Londres como sede idónea para que las corporaciones bancarias y empresariales desarrollen sus líneas de negocio. Sin embargo, ese mismo fervor por las ventajas competitivas de la capital británica se vuelven de inmediato -al vislumbrar el futuro a medio plazo- obstáculos insalvables por la salida del Reino Unido de la UE, la incertidumbre que todavía rodea al divorcio entre ambas partes y los interrogantes sobre si el sector privado de las islas podrá acceder o no al mercado interior europeo. “Pérdida de competitividad” es el término más utilizado por los encuestados, del “centro financiero por excelencia del mundo”.

Julian Koker, responsable de mercados de Duff & Phelps, asegura que “el trabajo que tendría que desarrollar Londres en el futuro si quiere retener la posición de liderazgo actual es ingente. Tanto, que los profesionales no lo ven ni entre los cinco primeros lugares preferenciales en un escenario post-Brexit”. A su juicio, “a medida que se aprecia cómo avanzan las negociaciones y las dudas sobre el camino por el que encauzar el mandato del referéndum el mercado es mucho más consciente de que las decisiones que se tomarán en los próximos meses serán cruciales, no de inmediato, sino en los próximos años”. Los dirigentes de los servicios financieros son los que más preocupación manifiestan en este estudio. Un 64% considera que el coste del Brexit será “directo y definitivo sobre los actuales programas de inversiones”. Aun así, este estado de situación gana en optimismo respecto a sus predecesores de años anteriores.

Korek aduce que el factor que impera sigue siendo la incertidumbre, pero con una renovada y sorprendente confianza respecto a las opiniones vertidas por los directivos financieros cuando se produjo la consulta popular. Porque, en su opinión, “la principal novedad del informe estriba en que, en los últimos meses, Londres haya recuperado su estatus global de primer mercado financiero, por delante de Nueva York”, lo cual anticipa que la probable caída de Canary Wharf podría ser, incluso, más grave si se consuman las cifras de cientos de miles de puestos de trabajo y el traslado de sedes de un centenar de firmar financieras, consultoras y bufetes de abogados que confluyen en la capital londinense desde hace décadas.

El problema añadido es que la factura por el divorcio podría ser, incluso, superior a lo que baraja el Gobierno británico. Es decir, que además de la pérdida de prosperidad asociada al paulatino deterioro de la City como centro de negocios, se une el mayor coste asociado a la salida legal de Reino Unido de la UE. En este caso, las últimas estimaciones del coste del Brexit, de la Oficina Nacional de Auditoría (NAO, según sus siglas en inglés), contabilizan un cheque al portador para Bruselas de 44.900 millones de libras. Unos 51.400 millones de euros. Entre otras razones, porque el gabinete de Theresa May no incluyó varias partidas. Entre otras, 3.000 millones de libras de contribuciones británicas al presupuesto europeo y otros 2.900 millones que tendrá que aportar aún al Fondo Europeo de Desarrollo. Por si fuera poco, la NAO también avanza que el sector privado británico tendrá que costear 7.200 millones de libras por la ruptura del statu quo actual. Esta nueva cifra corrobora la tesis del ex primer ministro, Tony Blair, uno de los más fervientes defensores de un nuevo referéndum en Reino Unido y de no pocos euroescépticos tories del Parlamento británico que esperan el más mínimo revés de May para tratar de boicotear su gabinete, pese a ser del mismo signo político, porque consideran que cualquier cantidad superior a los 35.000 millones de libras por el Brexit sería un ultraje a la soberanía del país.

Philip Hammon, el Chancellor of the Exchequer o ministro de Finanzas, tuvo que salir al paso en la Cámara de los Comunes frente a la oposición laborista, que trasladó al Ejecutivo su temor a que, de consumarse la salida del Reino Unido de la UE, la factura será desorbitada, a cuenta del informe de la NAO. Aunque su mensaje no pudo contentar con datos ni a los parlamentarios de su propio partido conservador, que dio el apoyo a May para que Londres pagara entre 35.000 y 39.000 millones de libras a Bruselas por el divorcio el pasado diciembre y que finalmente se formalizó, como un primer principio de acuerdo, con el negociador europeo, Michel Barnier.

Lo que ahora ponen encima de la mesa los auditores oficiales británicos de la oficina de control de las finanzas públicas, es un reconocimiento claro y explícito de que Reino Unido tiene que contribuir a los presupuestos anuales de 2019 y 2020, además de aportar responsabilidades monetarias por sus compromisos con instituciones de crédito y de ayuda al desarrollo de la Unión después de 2020.

Por si fuera poco, Bruselas apremia a Londres. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha urgido en una reciente reunión a May que concluya con los detalles del divorcio. Y, sobre todo, con el cheque de la separación y el acuerdo fronterizo con Irlanda que satisfaga el principio de libre circulación europeo. Tusk quiere culminar el affair Brexit a tiempo para la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la UE del próximo mes de junio en la que, a buen seguro, se va a revelar también la estrategia de reformas del euro.

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China y EEUU imponen una tregua amistosa a su guerra comercial

Principio de acuerdo en la guerra comercial. La Casa Blanca ha arrancado el compromiso de Pekín de que corregirá su superávit bilateral. Aunque China seguirá con su diplomacia de doble rasero.

 

Las subidas arancelarias estadounidenses sobre productos chinos se dejan en cuarentena. Así lo ha manifestado el máximo responsable de la economía americana: su secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, quien se apresuró a asegurar el compromiso de China en la corrección del gran superávit comercial que mantiene con la mayor potencia económica del mundo. El objetivo que perseguía la Administración Trump con el incremento de aranceles sobre el acero y el aluminio decretado a mediados de abril. La propia Casa Blanca, semanas después de la convulsión que creó en los mercados la reedición de una guerra comercial de dimensiones globales, apuntó el único callejón de salida al conflicto: negociaciones directas para corregir los desequilibrios de las balanzas comerciales bilaterales de EEUU. Un acuse de recibo especial para China, en primer término, y Europa, inmediatamente después. Aunque con escala también en las capitales de Canadá, México y otros mercados anglosajones como Reino Unido o Australia. Washington daba un toque a sus principales socios comerciales. Bajo la amenaza de una vuelta al proteccionismo.

Pekín decidió coger el testigo. Como en semanas precedentes lo hicieron el resto de afectados por la decisión del presidente Donald Trump y del núcleo duro de asesores partidarios de esta estrategia comercial. En concreto, el endurecimiento de las condiciones financieras de entrada sobre una larga lista de mercancías made in China ascendía a 150.000 millones de dólares. Cifra de los beneficios que repatrió Pekín en 2017 por los bienes que Washington seleccionó para su correctivo a Pekín. “Mantenemos la guerra comercial con China en cuarentena”, dijo Mnuchin. “Y así estarán hasta que ejecutemos un acuerdo” bilateral. Todas las subidas arancelarias sobre productos y servicios chinos violaban las leyes sobre propiedad intelectual o fueron identificadas como prácticas contrarias al libre mercado, adujo la Casa Blanca desde el mismo comienzo de las hostilidades. La respuesta inicial de China fue imponer tarifas especiales sobre importaciones americanas, desde hortalizas y legumbres, hasta aviones comerciales. Tanto los mercados como las instituciones multilaterales, especialmente el FMI, han saludado con optimismo el principio de acuerdo entre las dos grandes potencias económicas del planeta.

Mnuchin, eso sí, se reservó la posibilidad de una marcha atrás. El presidente Trump “puede, en todo momento, restablecer de nuevo las tarifas, en caso de que no alcancemos compromisos claros”, precisó. En línea, aunque con un mensaje más contundente, con el representante de Comercio, Robert Lighthizer, máximo responsable de la estrategia comercial en el exterior de la Casa Blanca. “Si este proceso no llegara a buen puerto, EEUU podría hacer uso de herramientas legales para proteger la tecnología americana, a través de tarifas, restricciones a la inversión que proceda de determinados países o instaurar nuevas regulaciones a la importación”. A su juicio, “sería aconsejable que se produjera un cambio estructural porque, de otra forma, la amenaza sobre el futuro de decenas de miles de puestos de trabajo en EEUU seguirá siendo un riesgo”.

Sin embargo, algunas de las medidas instauradas ya por Pekín podrían mantenerse en vigor tras esta paz en la guerra comercial. Por ejemplo, la devaluación soterrada pero constante del rinminbi, su divisa operativa en los mercados cambiarios, mediante el uso de su herramienta habitual, la banda rígida de fluctuación que mueve a su antojo el Banco de China. O la más reciente, de denominar en yuanes, la moneda china de curso legal, los contratos petrolíferos de futuro que suscribe China, principal comprador de crudo del planeta. Toda una afrenta para la hegemonía absoluta del dólar en los mercados energéticos. Una maniobra que se constató hace unas semanas en la Bolsa Internacional de Energía de Shanghái. Y que podría consumarse, según los expertos, con una tercera apuesta económico-monetaria: lograr que la divisa china se haga un hueco importante en las reservas de divisas de los grandes bancos centrales del planeta. Dominadas, hasta ahora, por el billete verde americano y el euro.

El factor sorpresa de China con la denominación en yuanes del crudo se produce en un momento especialmente propenso para ello. Esencialmente, por dos cuestiones. Porque el petróleo acaba de tocar los 80 dólares por barril, una cotización desconocida desde 2014 y, en segundo lugar, porque China es, con creces, el mayor demandante de crudo del planeta y, si fructifica su táctica, adecuará las adquisiciones del oro negro al valor exacto de su moneda. Si a ello se une que toda fluctuación perjudicial sobre su moneda será, a buen seguro, corregida por su sistema de banda de fluctuación controlada de la divisa, el éxito de la medida parece asegurado. Esta maniobra se completaría con un nuevo gran mercado petrolífero en Asia. Como el West Texas o el Brent son las referencias en EEUU y Europa, respectivamente. Si cuajara, el billete verde perdería peso en el continente asiático. Aunque el euro se ha planteado en alguna ocasión una batalla similar sin demasiada perseverancia política. Las autoridades chinas creen que, en los precios actuales, esta decisión ahorraría varios miles de millones de dólares de la macro-factura energética del gigante asiático. Al menos, un par de ellos.

China sigue avanzando al son que marca su denominada diplomacia del Panda en esta guerra comercial, sosegada pero proactiva, y al ritmo que determina su cambio de modelo productivo, que ha dejado atrás su rol de fábrica mundial que exporta a bajos precios para aproximarse al estilo de las potencias más industrializadas, que somete su prosperidad a las ventajas del consumo familiar y de la inversión empresarial. Es decir que, sin desligarse de la planificación estatal, el sistema económico china se acerca cada vez más al estatus de economía de mercado. En línea con las proclamas de Xi Jinping al asumir su nuevo mandato presidencial: iniciar una revolución económica y financiera en el país. La denominación del crudo en yuanes en el mercado de futuros de Shanghái, según el propio dignatario chino, viene a corregir tres largas décadas de retraso en esta decisión. Para Pekín, además, la medida, que se planteó con cierta seriedad en la década de los noventa, busca establecer un mecanismo propio de contratos locales para el comercio del petróleo que podría atraer al capital extranjero. No por casualidad, China ostenta el récord constructor de nuevas instalaciones de refino de petróleo y gas para satisfacer la intensa demanda interna de energía.

Esta es la cara A de la reacción china a la guerra comercial, en lo que se refiere a la energía. Pero tiene un plan B, que también ejerce con regularidad y, hasta ahora, con ciertos visos de éxito. Es el doble filo de la diplomacia político y económica de Pekín. La geometría variable del Panda. La misma que es capaz de iniciar negociaciones abiertas con EEUU. De momento, con resultados eficientes: el alto el fuego en las subidas arancelarias entre las dos potencias. Propiciada por una delegación de asesores presidenciales del área económica de Jinping que inició hace escasas dos semanas contactos con republicanos próximos al círculo de Trump. Se trataba, según Pekín, de una primera toma de contacto. Como las que han emprendido también europeos, canadienses y mexicanos o australianos y británicos en su propósito de obtener treguas arancelarias sobre productos de sus países. Entre las citas que han fraguado el principio de acuerdo destacan las que ha mantenido Liu He, en suelo estadounidense, con el representante de Texas Kevin Brady, a la sazón, presidente del Comité de la Cámara de Representantes que redactó la polémica rebaja fiscal de Trump, primero, y con el senador Orrin Hatch, de Utah, del Comité Financiero del Senado, panel homólogo al de Brady en la Cámara Baja. Liu es viceprimer ministro, y aterrizó en Washington a mediados de mayo. Pero, entre sus interlocutores, también se deben nombrar al secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, que ya tuvo un primer contacto con Liu en Pekín el 4 de mayo. Y con el asesor comercial del presidente de EEUU, Peter Navarro. Quizás, el principal artífice del inicio de la guerra contra China y el gran receptor de las críticas chinas a la decisión bélica estadounidense por “su cerrada defensa del proteccionismo” y por “su actitud errática y poco profesional”.

Pero, sobre todo, el diálogo bilateral -la cal- y las actuaciones en el plano económico -subida de aranceles- monetario -devaluación encubierta de la moneda- y geoestratégico -contestación a la supremacía del dólar en los mercados energéticos- tiene otro doble rasero. El debilitamiento de la actividad económica china. Es la arena de esta jugada. En abril, varios de los indicadores de referencia del boom del país desde finales del siglo pasado desvelaron un preocupante descenso productivo. Entre otros, el de las inversiones de activos fijos, las ventas de comercio minorista y la producción industrial. Las represalias comerciales de EEUU y el endurecimiento de las condiciones crediticias parecen estar detrás de esta pérdida de dinamismo en la guerra comercial.

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El FIEM concedió 185 millones en créditos en 2017

El Fondo para la Internacionalización de la Empresa (FIEM) aprobó durante el pasado año nueve grandes operaciones de crédito y tres dirigidas a pymes, estas últimas a través de su recién estrenada Línea de Pequeños Proyectos de Exportación e Inversión

 

La Secretaría de Estado de Comercio, dependiente del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, ha publicado en los últimos días la Memoria 2017 del Fondo para la Internacionalización de la Empresa (FIEM). Según ésta, el pasado año se concedieron a través de este organismo créditos por valor de 185 millones de euros, repartidos en nueve operaciones.

En concreto, se acordaron dos líneas de crédito en términos comerciales por 70,84 millones de euros; cuatro créditos en condiciones comerciales para operaciones de inversión por 77,45 millones; uno en condiciones comerciales para una operación de exportación por 2,06 millones; y dos en condiciones concesionales por 34,51 millones.

Por otra parte, a través de la nueva Línea de Pequeños Proyectos de Exportación e Inversión, nacida en 2017 con el fin de potenciar la internacionalización de las pymes, se aprobaron tres iniciativas. Su importe fue inferior a un millón de euros.

Desde el punto de vista geográfico, América ha sido el destino en el que más ha invertido el FIEM. Tanto en el ejercicio 2017, con un 61% del total de aprobaciones, como a lo largo de la historia del Fondo en cuestión, con un 35,6% del total. De forma mucho más concreta, el país que mayor financiación recaudó fue México, en el que ya se está invirtiendo uno de los créditos de 80 millones de euros concedidos. Se ha llevado a cabo bajo la modalidad de Project finance (con garantías de proyecto) para la construcción de un parque eólico.

En cuanto a sectores, las operaciones aprobadas se concentraron en los ámbitos de las energías renovables, las tecnologías de la información y la comunicación, aguas y bienes de equipo.

SIETE AÑOS APOYANDO LA INTERNACIONALIZACIÓN

Desde su nacimiento en 2011, el FIEM ha aprobado operaciones por valor de más de 1.560 millones de euros, que han impulsado la exportación y la inversión internacional de empresas españolas por encima de los 3.200 millones. Aunque no supera la rentabilidad media del mercado, se encuentra en una situación saneada y cuenta con sobrada capacidad para financiar a las empresas sin generar pérdidas, de forma auto-sostenible. De esta manera también evita convertirse en competencia con el sector privado.

En estos momentos ofrece financiación en tres modalidades, todas ellas reembolsables.

  • Financiación concesional: Los créditos concesionales se pueden conceder a países de renta media-baja según la clasificación del Banco Mundial. La lista de países elegibles aparece en las Líneas Orientativas del FIEM. Para calcular el grado de concesionalidad se tendrán en cuenta condiciones como el tipo de interés, el plazo de gracia o el plazo de amortización.
  • Financiación Comercial: Siguiendo la normativa derivada del Consenso de la OCDE, el FIEM puede conceder créditos de exportación a un tipo de interés igual al CIRR más una prima anualizada en función del riesgo de la operación.
  • Inversión: El FIEM puede participar en proyectos de inversión productiva o concesionaria de empresas españolas a través de créditos o deuda senior, sin entrar a formar parte del capital. Estos proyectos tienen un esquema de garantías amplio que puede ir desde garantía corporativa hasta garantía de proyecto (esquemas de project finance).

Por lo que respecta a la Línea de Pequeños Proyectos de Exportación e Inversión, presentada en sociedad hace un año, está dotada con hasta 50 millones de euros.

MERCADOS ESTRATÉGICOS EN 2018

Aunque el FIEM puede financiar operaciones en cualquier país, siendo la solvencia del deudor el criterio fundamental para la evaluación del proyecto, se han marcado una serie de mercados prioritarios dentro de su estrategia para 2018. Son los siguientes:

  • América: Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Estados Unidos, México, Perú y Uruguay.
  • Asia: Bangladesh, China, Corea del Sur, Filipinas, India, Indonesia, Japón, Kazajistán, Myanmar, Pakistán, Tailandia, Uzbekistán y Vietnam.
  • Oceanía: Australia y Nueva Zelanda.
  • Oriente Medio: Israel, Irán y países del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo.
  • Mediterráneos: Marruecos, Turquía y Egipto.
  • Europa: Georgia y Serbia.
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El endeudamiento y el proteccionismo amenazan la economía mundial

El FMI lo apunta y Europa lo enfatiza: las guerras comerciales nunca son eternas y dañan la prosperidad. Sobre todo, con un endeudamiento global de 164 billones de dólares.

 

La reciente cumbre de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) ha trasladado a los responsables económicos un mensaje de alerta máxima. El elevado endeudamiento que pende sobre los servicios de pagos de todo el mundo pone en serio riesgo la sostenibilidad del actual ciclo de negocios. Una forma de avanzar que la próxima inestabilidad de los mercados podría estar más cerca de lo previsto. En conjunto, los países deben la astronómica cantidad de 164,4 billones de dólares, según los cálculos del Fondo que incluyen tanto la deuda soberana como la de empresas no financieras. Cifra que duplica con creces la riqueza que es capaz de generar la economía mundial y que, al término del pasado ejercicio, alcanzó los 79,8 billones de dólares. Es decir, que el endeudamiento total supera el 100% de la producción total del planeta. Por si fuera poco, el FMI prevé que el endeudamiento repunte un 3,9% más tanto este año como en 2019.

Endeudamiento de las grandes potencias mundiales

De este montante, el peligro más acuciante es el de la deuda de las potencias industrializadas, que supera los 119,2 billones y, en particular, la de EEUU, que ha saltado hasta los 48,1 billones, por encima de los 43,9 billones del conjunto de mercados emergentes dentro de los que China, con 25,5 billones, encabeza el ranking. El incremento del endeudamiento ha sido substancial en comparación a 2007, el ejercicio previo a la crisis, cuando los vencimientos de pagos superaron los 115,9 billones, y las economías de rentas altas rozaban los 100 billones. “A medio plazo, sería conveniente vigilar el déficit y el endeudamiento excesivos, con objeto de equilibrar los balances en las cuentas públicas”, admitía el comisario de Asuntos Económicos y Financieros de la UE, el francés Pierre Moscovici, durante la cita multilateral, de finales de abril. Porque, como también se dejó constancia en la reunión, la deuda acumulada del sector público y privado, a finales del año 2016, suponía un 225% del PIB mundial. El endeudamiento contraído por empresas y bancos durante el largo periodo de bonanza previo a la crisis de 2008 no sólo fue el principal detonante del credit-crunch internacional, sino que se trasladó, en casi la totalidad de los países, al servicio de deuda soberana, a través de rescates de sectores, industrias o firmas.

GUERRA COMERCIAL Y DE DIVISAS

El segundo de los nubarrones que amenazan la coyuntura global es la guerra comercial desatada por la Casa Blanca. Contra China, sobre todo, y contra Europa, en segunda instancia, a cuenta del superávit que mantienen en relación a la balanza comercial estadounidense. También sobre este asunto, Moscovici advirtió de que las tensiones sobre el libre tránsito del comercio y de las inversiones. Su visión fue optimista -“ninguna batalla de esta índole ha sido eterna, esa es la buena noticia”-, a buen seguro por ser conocedor de primera mano del proceso de negociación  abierto por Washington con socios estratégicos como la UE, Canadá y México, para establecer exenciones a la subida arancelaria sobre el acero y el aluminio que desencadenó las hostilidades.

El Yuan pierde fuerza frente al Dolar

Una táctica que difiere en el planteamiento inicial de la que ya ha empezado a jugar China con el paulatino debilitamiento de su moneda, paso previo a la apertura de un diálogo bilateral con la Casa Blanca para discutir temas comerciales. El yuan ha perdido terreno frente al billete verde y ha devuelto a la divisa estadounidense un relativo esplendor desde que Trump anunciara las represalias para, en su opinión, “conseguir el equilibrio en la balanza comercial” con el gigante asiático. La política del dólar fuerte emerge por primera vez desde que el presidente republicano se instaló en el Despacho Oval. Eso sí, más por una decisión de su rival geoestratégico que por la propia dinámica de la política económica estadounidense. “Los movimientos detectados en las últimas fechas en los mercados cambiarios han sido especialmente agresivos”, admite Ken Cheung, estratega en el banco de inversión Mizuho, en Hong-Kong. “Y obedece a la pretensión de Pekín de ganar margen de maniobra negociadora y de ganar recorrido para encarecer el valor del yuan en caso de que se complique el diálogo comercial”, asegura.

Las tensiones comerciales desempolvan el temor de la deflación

El problema de la gestión artificial de la cotización de las divisas es que, según el FMI, en medio de una fase de tensiones comerciales como la actual -con subidas arancelarias por parte de EEUU a productos chinos valorados en 150.000 millones de dólares y, a la inversa, del régimen de Pekín a bienes made in US que entran en el mercado chino por algo más de 100.000 millones-, podría hacer emerger, de nuevo, junto a una repentina y súbita paralización de la actividad económica, el fantasma de la deflación. Es decir, la vuelta a una fase de estanflación, el anómalo fenómeno que siguió a la crisis financiera de 2008. No sólo en los países industrializados sino también entre los mercados emergentes.    

 

Bandera Rusia

Rusia: tierra de oportunidades para pymes y autónomos

La primera impresión que un emprendedor tiene de Rusia es que es un territorio a evitar si se está encarando un proceso de internacionalización en la empresa. Existen diversos aspectos que avalan esta tesis, empezando por el político, marco que ofrece serias deficiencias. El presidente Vladimir Putin concentra el poder de manera interrumpida desde 1999 y nada hace presagiar que esta situación vaya a cambiar debido a su carácter autoritario y a la imposibilidad de que florezca una oposición con garantías de plantar cara al zar ruso.

Es obvio que esta circunstancia de mando autoritario en Rusia que Putin implanta no favorece los intereses comerciales de pymes y autónomos en el vasto país. Tampoco lo hacen las sanciones de la UE a Rusia por la anexión de Crimea, ni el enfrentamiento con Occidente por el apoyo de Putin al régimen Sirio. Todo esto es cierto. Pero esto no quiere decir que el país carezca de oportunidades que las pymes y autónomos también pueden aprovechar.

Los problemas comentados en el párrafo anterior desaconsejan a los nuevos negocios arriesgarse a realizar fuertes inversiones en el país, así como a abrir delegaciones comerciales o filiales. Por el contrario, nada impide que Rusia esté en el radar de nuestra internacionalización a la hora de vender productos o servicios desde España. Así lo indican los datos de exportaciones españolas a Rusia que en 2017 crecieron un 20,9 por ciento con respecto a 2016, hasta alcanzar la cifra de 1.602,9 millones de euros.

La recuperación económica que el país afronta desde 2016 gracias a las reformas impuestas y al aumento del precio de petróleo, también convierten el momento actual en idóneo para que los nuevos negocios exploren las oportunidades que Rusia puede ofrecer. Lejos de lo que se puede pensar la excesiva dependencia económica del país a los hidrocarburos también constituye una ventaja que es aconsejable aprovechar, ya que abre oportunidades en otras áreas que, a continuación, analizamos.

Sector energético

Ya hemos dicho que el país pivota sobre los hidrocarburos, que suponen cerca de dos tercios del total de las exportaciones rusas. Pero esa dependencia abre la puerta a las empresas españolas a intervenir en infinidad de proyectos que el país necesita para modernizar sus plantas energéticas y sus sistemas de distribución de combustibles. Quizá se pueda pensar que se trata de contratos a los que solo pueden acudir las grandes corporaciones. Nada más lejos de la realidad, las pymes especializadas en aspectos concretos, como ingeniería, también pueden optar a jugosas operaciones.

Servicios sanitarios

Desde hace un tiempo Rusia evoluciona hacia un sistema sanitario en el que coexisten la sanidad pública y privada, parecido al español. De ahí que haya sido el propio Kremlin el que haya manifestado en más de una ocasión que tiene gran interés en contar con la colaboración de firmas españolas para impulsar el nuevo modelo.

Sector agroalimentario

Puede llamar la atención que en un país que tiene una extensión de más de 17 millones de kilómetros cuadrados frente a los poco más de 500.000 de España, la mitad de los alimentos que se consumen deban ser importados. Pero este aspecto se entiende por la dureza de la climatología rusa que hace imposible que crezcan un gran número de variedades de verduras y frutas.

Ni qué decir tiene que este aspecto unido a que hablamos de un territorio que habitan  150 millones de personas implica una oportunidad para todas las pymes nacionales que se mueven en el ámbito de la alimentación o las bebidas.

Infraestructuras en Rusia

La ya comentada extensión del país sumado a la necesidad de modernizar infraestructuras de todo tipo (ferroviarias, carreteras, etc…) también abre una puerta de entrada a nuestras empresas. Al igual que en el caso ya hablado del sector energético, las infraestructuras también constituyen una buena opción para pymes especializadas y que sean capaces de ofrecer un mejor producto o servicio que las grandes multinacionales en aspectos concretos.

Otros ámbitos que también ofrecen oportunidades
Existen más sectores que son interesantes para la exportación desde España, como bienes de consumo, maquinaria y equipos para la agricultura, textil, tratamiento de la madera, etc.

En definitiva, Rusia es mucho más que el carácter autoritario de Putin. Se trata de un territorio que ofrece oportunidades que pymes y autónomos pueden aprovechar. Máxime cuando son las propias autoridades rusas las que anhelan el conocimiento que nuestras empresas pueden ofrecer. Eso sí, siempre bajo sus reglas. De ahí que, como ya se ha dicho, quizá sea menos problemático poner a Rusia en el foco de nuestras exportaciones, dejando la inversión para más adelante. Y hacerlo, sin duda, con la protección de un buen seguro de crédito.

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China sopesa devaluar el yuan como respuesta a la guerra comercial

Pekín maneja un informe de su banco central que aconseja usar el tipo de cambio para gestionar el impacto del comercio bilateral con EEUU y forzar negociaciones China – EEUU.

Las tarifas y aranceles

La tensión geoestratégica no se ha hecho esperar. Apenas un mes después de la proclamación de la guerra comercial por parte de la Administración Trump, China, el principal acusado desde la Casa Blanca del déficit comercial estadounidense, la dialéctica ha dejado paso a los hechos. Aunque el cruce de acusaciones, de alta carga retórica, no haya desaparecido precisamente. Sin embargo, el combate inicial de productos de una u otra potencia económica que han pasado a engrosar la cada vez más extensa lista negra de bienes y servicios que serán sometidos a alzas de tarifas y aranceles siga aumentando, podría pasar a otro peligroso umbral si, como parece, el Gobierno chino decide activar la política cambiaria para amortiguar el golpe de efecto de EEUU y tratar de ganar ventaja en este combate bilateral. Varias fuentes oficiales atestiguan el posible uso de esta arma. De indudable efecto sobre los flujos y la libertad del comercio y de la inversión.

Acuerdo comercial China – EEUU

Una parte de este análisis oficial se centra en las repercusiones que nuevos movimientos en la banda de fluctuación cambiaria que determina, desde el banco central -es decir, por criterios de la política económica planificada de Pekín-, tendría para forzar negociaciones directas con EEUU para alcanzar un acuerdo comercial. En concreto, con la clara intención de alcanzar un mayor margen de maniobra sobre Washington que permita a China cerrar un consenso con ciertas garantías para sus intereses comerciales. El segundo apartado del estudio del que hablan los analistas del Mercado tiene que ver con los efectos que un rinminbi (la divisa internacional que mantiene un cambio paritario con el yuan, la moneda de uso corriente en china) más bajo respecto a las principales divisas del mundo (pero, en especial, frente a un dólar todavía lejos de la prometida fortaleza que desea Trump) tendría sobre la balanza comercial china.

“Parece como si Pekín deseara mostrar la totalidad de las herramientas de las que dispone y que podría emplear” en esta guerra comercial, asegura Viraj Patel, estratega de ING Bank. El yuan se mantiene en una línea de moderada pérdida de valor frente al billete verde norteamericano desde el estallido de la contienda comercial con EEUU. A un cambio de 6,3 yuanes por dólar. Sin que, hasta el momento, el banco central chino haya dado señales de preocupación. Al menos, sin una alteración especial desde que Donald Trump, al inicio mismo de su mandato, arremetiera contra la banda de fluctuación fija que usa Pekín. La principal razón esgrimida por la OMC y sus socios para impedir, casi unánimemente, que adquiera el estatus de economía de mercado. Pese a que se ha revalorizado un 9% respecto al dólar desde que Trump accedió a la Casa Blanca, en enero de 2017.

Las subidas arancelarias

 

China, de hecho, ya está jugando a una gradual depreciación del yuan. Desde el mismo instante en el que su gobierno decretó subidas arancelarias a productos made in USA por valor de 50.000 millones de dólares. A la que siguió otra réplica de Washington para encarecer productos chinos por 100.000 millones, que se suma al alza de tarifas sobre el acero (25%) y el aluminio (10%), que originaron las hostilidades. Gran parte de cuyas importaciones, proceden de China. De momento en vano. Porque desde su implantación, el S&P 500, principal índice de referencia bursátil en el mundo, ha caído un 9% en comparación a su máxima, de comienzos de enero de este año. Una tendencia a la baja que también se ha trasladado al Shanghai Composite Index, que ha perdido un 12% de su valor en el mismo periodo. El presidente Xi Jinping ha declarado que es consciente de los riesgos asociados a una devaluación de la moneda. En concreto, sobre el servicio de pago de deuda de las empresas chinas, altamente endeudadas después de varios años de compras masivas de rivales en el exterior. O por la interrupción del viaje hacia la libre flotación del yuan que le concedería el ansiado cetro de economía industrializada. Cuando pretende lograr el cetro mundial y sustituir, por abandono, a EEUU como actor hegemónico de la globalización.

La consecuencia

Una consecuencia inminente y asociada a esta estrategia cambiaria es la volatilidad del mercado. Ya de por sí, bastante convulso tras la declaración de guerra comercial y las posibles represalias bélicas en Siria. Pero, como toda contienda que se precie, el resultado de mover artificialmente la cotización del rinminbi puede provocar que el disparo le salga a Pekín por la culata. ¿Interesa a China, pues, tocar a su antojo el tipo de cambio? “No es ni adecuado, ni demasiado inteligente” dice Kevin Lai, economista jefe para Asia de Daiwa Capital Markets. “Porque una devaluación utilizada como arma económica podría dañar más la coyuntura china, a la que la táctica del tipo de cambio bajo una banda de fluctuación le ha ayudado a generar estabilidad”, explica, y “podría ocurrir como en 2015, cuando los valores corporativos y financieros se comportaron como una montaña rusa y estuvieron a punto de dar al traste con los cambios en el patrón de crecimiento decretados por Pekín”. China devaluó su moneda, inesperadamente, en agosto de ese año, y los flujos de capital huyeron precipitadamente del país.

Frances Cheung, de Westpac Banking, cree que, dados los antecedentes, Pekín no se decantará por la herramienta monetaria. Aunque servirá para facilitar un compromiso entre ambas partes en la dirección correcta, la de la liberalización de capitales. “Hay otras medidas que puedes usar antes que ésta”, asegura Ken Peng, de Citi. “Utilizar la depreciación es como sacrificar a 800 soldados de tu ejército para matar a 1.000 enemigos”. No es un buen resultado.

Sobre todo, si los augurios de Louis Gave, CEO y cofundador de Gavekal, uno de los fondos de inversión más rentables con un amplio juego de intereses en China, resultan correctos ya que, a su juicio, antes de la declaración de guerra de Trump, Pekín tenía en mente abandonar la banda de fluctuación de su moneda en los mercados internacionales. Dentro de tres años, precisa. Básicamente, porque su riqueza ha crecido y se ha expandido por su sociedad y, si quiere lograr el estatus de economía de mercado, debe abandonar estas prácticas. Algo que puede conseguir de la mano de Alemania. Un viejo anhelo desde que entrara en la OMC, en 2001, y que otorgaría al país un mayor rango de influencia mundial. En línea con viejos mensajes de Administraciones estadounidenses del pasado de pedir “mayor responsabilidad y activismo” a Pekín en resolución de problemas globales. Y que han desaparecido con la llegada de Trump.

“La Lista”

Más efectivo, sin embargo, será la lista de productos norteamericanos que se encarecerán a su entrada en el gigante asiático. Los más de 100.000 millones de dólares en los que se valora las subidas arancelarias de EEUU sobre bienes procedentes de China podrían ser menos dañinos que las barreras por 53.000 millones que ha levantado el régimen de Pekín a mercancías que adquiere de EEUU. La explicación está en los sectores. La agencia Standard & Poor’s no considera que la subida arancelaria americana afecte más allá del 12% de las exportaciones chinas hacia la mayor economía del planeta, muy centrada en productos tecnológicos -no precisamente de alta gama-, hacia el pago de patentes (propiedad intelectual) o a suministros para abastecer a la industria del automóvil. En cambio, el disparo chino es más preciso. Va contra el sector agrícola, es decir contra los estados rurales del interior, los que dieron su voto mayoritariamente al dirigente republicano. La agricultura y, en especial, las carnes, frutas, hortalizas y vino que acaba de gravar adicionalmente Pekín, supusieron más de 19.000 millones de las ventas americanas a China en 2017. La jugada es simple. Washington prefiere daños cuantitativos para reducir su desequilibrio bilateral desde los 375.200 millones de dólares a una cifra inferior a los 100.000 millones, y Pekín apuesta por los efectos cualitativos. Sólo la soja totalizó 12.300 millones del total de la partida agrícola estadounidense. Aunque Pekín también ha creado nuevas barreras a los automóviles y a los aviones comerciales, segmentos en los que las grandes multinacionales americanas habían cerrado acuerdos multimillonarios, con carteras de inversiones cerradas para varios años.

Entre otras razones, porque firmas como Ford tenían previsto importar versiones de su modelo Focus ensamblado en sus plantas de China a partir de 2019. O el holding Geely, que integra a la marca Volvo, que empezó a importar sus automóviles sedans de China en 2015. O General Motors, que también adquiere de sus fábricas en China su híbrido Cadillac CT6.

Dardos bandera alemana y americana

Merkel sabe que Trump no parará hasta corregir el déficit con Alemania

Quizás más que el Brexit, las presiones nacionalistas de Rusia o las reformas europeas, el gran reto de Merkel en su cuarto mandato será la guerra comercial de EEUU con Trump.

 

La Casa Blanca ha situado a Alemania en su punto de mira

No hasta el punto de modificar su alianza geoestratégica, forjada en la historia reciente, a prueba de cualquier altercado. Pero la Administración Trump tiene una obsesión: acusa a Berlín, casi al mismo nivel que a China, de ser el artífice del déficit comercial de la mayor economía del planeta. Donald Trump menciona a la locomotora europea cada vez que revela sus intenciones sobre cómo deberían ser las relaciones comerciales en el nuevo orden global. Y esas tensiones con aliados, como ha avanzado el actual inquilino del Despacho Oval, determinarán las acciones inmediatas de la Gran Coalición de Merkel en su cuarto mandato como canciller. Más, incluso, que posibles injerencias del nacionalismo de Vladimir Putin o que otra posible crisis de refugiados, que deterioró en la legislatura anterior un drástico descenso de la popularidad de la dirigente germana.

Detrás de la subida arancelaria sobre el acero y el aluminio subyace su idea de debilitar el sector exterior alemán. Igual que su declarada intención, aún no consumada, de imponer un impuesto sobre los coches de importación, que han copado el parque automovilístico de los americanos en los últimos años. O su idea de penalizar a países que no aporten sus asignaciones anuales a la OTAN. Otra de sus constantes amenazas a Berlín. Y es que Alemania es el socio europeo que más tendría que perder en caso de que se recrudezca la batalla transatlántica. “Aunque suene bastante rocambolesco que se redoblen las presiones entre aliados”, asegura Sebastian Dullien, investigador del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) en Berlín. Dullien precisa que Trump asume el refrán de “con estos amigos, quién necesita enemigos”. Toda una equivocación, a su juicio. Pero sus citas sobre comercio y defensa no caerán en saco roto. “Algún efecto va a tener” en las relaciones, explica.

La nueva estrategia proteccionista

El saldo positivo de la balanza comercial entre EEUU y Alemania sobrepasó en 2017 los 60.000 millones de dólares. Cuatro veces el superávit bilateral de Canadá. Pero, con la nueva estrategia proteccionista de Trump, sus exportaciones al mayor mercado del mundo y, sobre todo, la salud empresarial de sus grandes emporios industriales, desde Daimler a Deutsche Bank, pasando por BMW -entre otros- podrían verse sometidos a vaivenes en sus cuentas de resultados. El futuro, pues, “es incierto”, admite el mercado. A los ojos de Merkel, esta actitud supone una afrenta en toda regla de su aliado transatlántico. En un instante de tensiones con Reino Unido por el Brexit, con China por la hegemonía a la que ha renunciado la Administración Trump en el orden global, en asuntos como el cambio climático o el libre comercio, lo que se traduce en un pulso dentro de instituciones multilaterales como el G-20, el FMI o la propia OMC y, sobe todo, con una dura y exigente agenda reformista del euro en ciernes.

El tacticismo de Trump

Merkel se ha adherido a la reacción europea contra EEUU en el terreno comercial. Aunque ve en esta actitud una oportunidad de renegociar el Tratado Transatlántico con Washington. En su opinión, a Trump también le mueve el tacticismo. Como ha sucedido con el Nafta. Pese a que sus homólogos mexicano y canadiense incidan en que, tras un largo trimestre de diálogo, las intenciones de revitalizar la unión aduanera norteamericana por parte del dirigente republicano sean una quimera. Fiel a su teoría de que en una guerra comercial “nadie gana”, la canciller adopta la estrategia de wait and see. Hasta comprobar, de primera mano, que la carta del tratado de libre comercio se entierra definitivamente. Siempre ha confiado en las distancias cortas. Sobre todo, en cumbres multilaterales como las del G-20.

De hecho, al mismo tiempo que respalda las sanciones europeas a productos estadounidenses, pone de ejemplo las exenciones que se han granjeado Canadá o México sobre los incrementos arancelarios del 25% al acero y del 10% al aluminio. Origen de la guerra comercial. Una medida de gracia a la que podrían acogerse también Reino Unido, deseoso de labrar nuevos acuerdos de inversión y comerciales para su etapa post-Brexit y Australia. Es decir, los mercados anglosajones. El mismo compás de espera que han proclamado Robert Lighthizer, representante comercial de EEUU, y la comisaria Cecilia Malmstrom. Ambos han apelado a “un futuro próximo” para arrojar “mayor claridad” a las nuevas relaciones comerciales entre Europa y EEUU.

Aun así, Trump no pierde comba a la hora de criticar a Berlín. Es el caso más significativo de los aliados que dicen “no queremos tarifas” y el más reacio a “cambiar las cosas y a advertir de sus terribles consecuencias”, aclara el presidente. Mientras “Europa no mata” con un déficit que supera los 100.000 millones de dólares. Por eso, “vamos a gravar con impuestos, tarifas y otras barreras a sus multinacionales”. De cumplir con esta prerrogativa, y elevar en un 10% el coste de las compras procedentes de Alemania, el PIB germano se contraería tres décimas. Aunque el americano sería un 0,9% más reducido en 2020. Es decir, que el perjuicio sería mayor para la economía de EEUU, según algunos estudios prospectivos. Carsten Brzeski, economista jefe de ING-Diba cree que la táctica proteccionista de Trump “es un argumento a favor de una mayor integración de la zona del euro”. La canciller “busca suprimir los riesgos iniciales de la contienda; hasta comprobar que la amenaza es cierta y real”, aclara Oliver Rakau, de la consultora Oxford Economics. “Aunque no le haya sentado nada bien que las embestidas desde Washington hayan surgido durante la campaña electoral y se hayan acentuado mientras superaba los escollos de su futuro gabinete”, dice “ella confía en rebajar las pretensiones” de Trump.

La incertidumbre y los empresarios

La paciencia de Merkel, sin embargo, no guarda relación con la de los empresarios de su país. Al menos, con los dirigentes de Lufthansa, por ejemplo. La línea de bandera alemana acaba de cancelar su vuelo directo Berlín-Nueva York ante los escasos beneficios que le ha reportado la  ruta en el último año, en el que la instauró, tras el colapso de su rival Air Berlin. Lufthansa no ha admitido exactamente que su decisión se deba a la guerra comercial. Pero ha contado porque, de hecho, ha criticado abiertamente la dureza de horarios que el aeropuerto JFK ha impuesto a sus vuelos y las nulas opciones de adquirir otras bandas temporales por la prioridad que concede a sus aerolíneas nacionales y a ciertas extranjeras, preferentemente de países anglosajones.

Bandera americana Trump industria

Guerra comercial de Trump: efectos económicos y orden mundial

La subida arancelaria al acero y el aluminio de Trump en EEUU es un riesgo sistémico. Ninguna guerra comercial ha ocasionado riqueza nacional, sino tensiones globales. 

Las consecuencias de la guerra comercial de Trump inaugurada el mes pasado por la Casa Blanca con la subida arancelaria sobre las importaciones de acero y aluminio se apreciarán sobre la coyuntura de la mayor economía del planeta y sobre sus intereses geoestratégicos. Tal y como se analiza en los siguientes apartados. Porque ningún mecanismo de protección comercial declarada ha ocasionado vencedores. Más bien al contrario. Las hostilidades contra el libre comercio siempre se han saldado con duros efectos sobre los mercados involucrados.

1.- La economía estadounidense sufrirá presiones inflacionistas.

En el peor momento. Bajo una coyuntura delicada. Con una rebaja fiscal sin parangón, tanto para rentas personales como para beneficios empresariales, que añade combustible a una economía que muestras los primeros signos de sobrecalentamiento y de subida de precios; con la Reserva Federal del presidente recién nombrado Jerome Powell, acelerando el encarecimiento del dinero (el pasado miércoles lo hizo en otro cuarto de punto, hasta el 1,75%), el sexto movimiento alcista desde la implantación de la política de tipos próximos a cero. Y se esperan dos más este año, según el recién nombrado máximo dirigente de la Fed. Debido a que sus previsiones de crecimiento se han elevado (al 2,7% este año y al 2,4% en 2019) a que la tasa de paro oscilará entre el 3,6% y el 3,8% y que el IPC se espera que repunte al 2% en 2019.

Sin embargo, estas predicciones están puestas en tela de juicio. No sólo en el mercado. También entre los organismos multilaterales, que detectan efectos más perniciosos sobre los precios y que alertan, además, sobre el doble déficit (el fiscal y el de la balanza de pagos) de la mayor economía global. JP Morgan cifra que el desequilibrio presupuestario alcanzará este año el 5,4% del PIB, dos puntos más que en 2017, mientras que el de cuenta corriente -exceso de gasto en las transacciones internacionales- llegará al 3,9% del PIB en 2019. Anomalías que pueden traer unas súbitas oscilaciones en el valor del dólar y dudas en consumidores y empresas a la hora de iniciar decisiones de gasto o de inversiones por el dinero extra de las rebajas tributarias. BCA Research apuesta por tipos de interés notablemente altos a medio plazo para contener una inflación que se disparará en los próximos meses, y por rentabilidades bursátiles a la baja y un billete verde en retroceso por la guerra comercial. Por si fuera poco, sus expertos alertan de que, a diferencia del recorte fiscal de la era Reagan, la deuda federal estaba en el 30% del PIB. Ahora se sitúa en el 100%, con las obligaciones de pagos internacionales en el 40% del PIB.

2.- La historia de las guerras comerciales acaba en catástrofes.

Ninguna batalla por el control del comercio ha traído buenas nuevas. Y ninguna ha dado como resultado una “victoria sencilla” como vaticina Trump. Sin duda, la más emblemática de la historia económica contemporánea fue la iniciada por EEUU en 1930. A partir de la Smoot-Hawley Tariff Act. Una subida arancelaria sobre más de 20.000 productos de importación. Concebida para hacer frente al Crash de 1929, fue derogada en 1934. Porque Canadá y otros socios comerciales de EEUU subieron el precio de sus adquisiciones made in US hasta un 61%. Numerosos historiadores aseguran que, lejos de cantar victoria, esta reacción a la Gran Depresión fue el mayor desastre en política comercial de EEUU en el siglo pasado.

En EEUU, desde hace más de cien años, el lobby agrícola e industrial ha pretendido sellar las fronteras por temor a la competitividad, vía precios, sobre todo, de sus rivales exteriores. Y, casi siempre lo han conseguido. Pese a que la Smoot-Hawley sigue siendo un caso práctico de libro en las escuelas de negocio. De prácticas perniciosas claro. Lo llegó a reconocer Franklin D. Roosevelt, su mentor desde la Casa Blanca. En 2010, se alcanzó un gravamen medio de entrada de mercancías y servicios a EEUU del 5%. Si bien en 1930, alcanzó el 45%. No resulta fácil desmantelar los muros arancelarios. De ahí que el mundo académico tache a Trump de “arcaico” y de “decimonónico” por su concepción sobre el comercio. Ni antes, con actos similares, de finales, incluso, del XVIII, ni después, con las batallas sectoriales del pollo y otros productos alimenticios, o la propia de George W. Bush sobre el acero y el aluminio, el resultado ha sido satisfactorio. Para nadie.

El sentir general asegura que los grandes perdedores son los consumidores, que hay muchos más sectores y negocios que dejan de ingresar que los escasos que ganan y que éstos lo hacen de forma coyuntural, y que generan más desigualdad porque su contagio inflacionista -el impuesto de los pobres- lo pagan, sobre todo, las clases más desfavorecidas.

3.- El juego geoestratégico entra en escena con Trump.

Hay quien dice que los que persigue Trump es un juego táctico. De buscar de nuevo la hegemonía estadounidense con sus aliados. De ahí que nada más llegar al Despacho Oval arremetiera contra el Trans-Pacific Partnership y sacara a su país del acuerdo suscrito por Obama. En paralelo a la defensa de Taiwán y las acusaciones sobre la presencia de Pekín en las islas del Mar Meridional de China. En plena tensión nuclear con Corea del Norte. Y con un replanteamiento de relaciones geoestratégicas con Seúl y Tokio -e, incluso con China- que va a modificar el statu quo en Asia. No por casualidad, Trump acaba de avanzar aumentos de aranceles sobre productos chinos por más de 60.000 millones de dólares.

También ha utilizado esta estrategia con el Nafta norteamericano. Herido de muerte, pero sobre cuyo aparente cadáver aún negocian tanto Canadá como México. O con la pasarela de comercio e inversiones transatlántico (el llamado TTIP) con Europa. En este teatro del absurdo, además, conviene mencionar los acuerdos multimillonarios con Arabia Saudí, el acercamiento al Israel de Netanyahu y los ataques contra Palestina para cambiar la creciente influencia iraní en Oriente Próximo. Y los ataques al entramado multilateral, con la OMC y el FMI como objetivo claro de sus dardos.

Sin embargo, las críticas arrecian contra la concepción infanticida de Trump. Desde un sinfín de latitudes. El Gobierno noruego, por ejemplo, hace hincapié en que la constante apelación a la seguridad nacional para justificar esta medida, denota que el presidente estadounidense “tiene su Talón de Aquiles con el libre comercio” y que su vinculación a esta causa “es una excusa para implantar un proteccionismo exacerbado y nada constructivo”, asegura su Ministerio de Exteriores en una dura nota oficial. La poderosa Cámara de Comercio estadounidense le ha instado a que deje sin efecto la medida, advirtiéndole que su idea del America, first ocasionará un perjuicio de alto calado a la industria del país, debido a las consecuencias imprevisibles de la guerra comercial abierta con sus aliados. Pero, quizás, la dialéctica más feroz ha llegado de un ex director de la CIA, John Brennan, para quien Trump “es inestable y carente de experiencia”. Como en su día criticó Henry Ford a Roosevelt (“su medida, señor presidente, es una solemne estupidez económica”), Brennan cree que el liderazgo del republicano deja una “profunda preocupación” porque sus “diatribas -dijo- irán a peor”.

Moneda dólar comercio Trump

Guerra comercial de Trump: EEUU en el laberinto

La afrenta de Donald Trump contra el libre comercio puede traerle serios perjuicios. Con aliados hostiles y sin recuperación del empleo industrial.

Los efectos colaterales de su ordenado incremento de tarifas sobre las importaciones de acero -del 25%- y de aluminio (10%) no parecen que estén completamente bajo el control del actual inquilino de la Casa Blanca. Es decir, que el inicio de hostilidades decretado por EEUU ya revela dudas sobre la hipotética victoria “fácil” augurada por su presidente en esta contienda. Todas ellas, de enorme calado. Algunas, de índole económica, aunque también geoestratégicas. Y que dejan en entredicho las palabras de Trump, en su cuenta personal de Twitter, de que “las guerras comerciales son buenas”.

Veamos dos inmediatas, de pronóstico incierto para el comercio global

1.- Aliados de Washington que recogen el guante.

“El acero es el acero. Si no tienes acero, no tienes un país”. La proclamación de Trump en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca es una llamada al proteccionismo. Al patriotismo. “Estas acciones se han tomado porque no hay otra elección, porque son necesarias para preservar nuestra seguridad nacional”, explicaba Trump, antes de sentenciar: “La mayoría de los países que nos amenazan con lo peor del comercio y de la defensa militar son nuestros aliados, como a ellos mismos les gusta denominarse”. El dirigente aludía, sin citarlos, a países de la OTAN. Trump acusa a los diez que lideraron las ventas de acero a EEUU de competencia desleal a los trabajadores metalúrgicos estadounidenses, a los que, enfatiza, hay que defender a ultranza como parte de la soberanía nacional.

Este primer muro arancelario ha dejado un reguero de rivales. Europa, Japón, China, Rusia y sus vecinos del todavía latente Nafta (Canadá y México) están dispuestos a presentar batalla a Washington. La UE, por ejemplo, ha enumerado un listado de 350 productos a los que aplicará gravámenes si EEUU consuma su amenaza sobre el acero y el aluminio. En realidad, son dos listas negras que, en conjunto, suman 6.400 millones de euros en ventas. En caso de que la Organización Mundial del Comercio (OMC) dictamine que EEUU ha vulnerado, con su decisión, el principio de libre circulación de mercancías y servicios. El Gobierno chino, por su parte, se apresuró a calificar de “sumamente grave” el viraje de Trump. Li Xinchuang, presidente de la Asociación China del Hierro y del Acero, aclaró que “el impacto sobre los productores chinos no será grande”, ya que, según el Departamento de Comercio de EEUU, los mayores vendedores de acero son Canadá, con más del 16% de las adquisiciones de este material, seguidos de Brasil y Corea del Sur, mientras China apenas coloca algo menos del 5%. Datos de 2017. Pero, escasas semanas después, Pekín ha contraatacado con subidas de aranceles a una treintena de bienes de EEUU por valor de 3.000 millones de dólares. Advirtiendo de que la respuesta será inmediata y proporcionada, en sintonía, con posibles nuevas represalias de EEUU.

Louis Kuijs, de la consultora Oxford Economics en Hong Kong cree que, si realmente Washington pretende hacer daño a Pekín en este terreno, “debería encarecer las entradas de productos electrónicos o de telecomunicaciones”. Aunque, según su opinión, “sería más conveniente alcanzar un acuerdo bilateral, porque muchas firmas de EEUU se enfrentarán a daños colaterales que podrían repercutir sobre los consumidores, con alzas de precios”. O actuando sobre la propiedad intelectual, requisito que las compañías chinas se suelen saltar por norma general, un asunto -aclara- que sería, además, del agrado del sector privado estadounidense.

China, México y Europa -o, para ser más precisos, Alemania-, han sido identificados por Trump como los principales focos del déficit comercial de EEUU. Un agujero que se ha deteriorado durante el primer año de gestión de Trump un 12,1% en términos interanuales, hasta totalizar 566.000 millones de dólares, la cota más alta desde la crisis de 2008. Las exportaciones subieron un 5,5% (2.330 millones de dólares), frente al repunte del 6,7% de las compras: 2.900 millones. Con China -que acumula frente a EEUU un superávit comercial de 375.200 millones de dólares, un 8,1% más respecto a 2016- y México (71.100 millones) a la zaga, aunque a bastante distancia. Europa tuvo un saldo positivo conjunto de 120.800 millones en 2017; un 6,8% más que el año anterior.

El problema para Trump es que su táctica del palo (incremento de tarifas) y la zanahoria (países que podrían beneficiarse de excepciones; es decir, de un aumento menos agresivo e, incluso, de exenciones) no parece que vaya a dar el resultado previsto. Salvo mercados anglosajones como Reino Unido, inmerso en una dura negociación con Europa por el Brexit y necesitado de perfilar su mapa de acuerdos de libre comercio tras el divorcio de la UE, o Australia, titubeante ante los cantos de sirenas de Trump, los grandes aliados de EEUU prefieren combatir el proteccionismo de la mayor economía del planeta. Japón recalca que “sus ventas de aluminio y acero a EEUU no pueden afectar a la seguridad nacional; en absoluto. Así se lo diré a sus autoridades en cuanto tenga la oportunidad”, dijo su titular de Comercio.

En línea con voces empresariales como la del CEO de Siemens, Joe Kaeser, para quien “después de una reforma fiscal enfocada a la creación de empleo, ahora [el gobierno americano] saca de la chistera una deplorable decisión sobre lo que considera un comercio justo”. Para Kaeser, la doble subida arancelaria “ni es buena para el consumidor, ni para generar empleos ni para un mundo libre”. Algo que también critica Hyundai. La multinacional surcoreana alerta que este cambio de tarifas “elevará los costes de producción” de sus fábricas en EEUU, lo que conducirá a “un incremento del precio final de sus vehículos y a un descenso de la demanda”, señaló Jim Trainor, portavoz de la firma en EEUU, que no descartó modificaciones en los planes productivos de su planta en Alabama. La japonesa Toyota o Ford se han añadido a la lista de empresas agraviadas.

Hasta Canadá se ha sumado a la retahíla de advertencias. Su primer ministro, Justin Trudeau, que ha aireado su malestar por la renegociación del Nafta, un intento, a su juicio y el de numerosos expertos, de lapidar la unión aduanera norteamericana, considera “inaceptables” y una medida que causará “daños significativos” la maniobra beligerante de Trump.

2.- El alza de tarifas no garantiza la defensa de los empleos americanos.

“Las tarifas sobre el acero funcionan”. Fue el lema de George Bush en marzo de 2002 para justificar su decisión de elevar, del 8% al 30% los aranceles a la importación. Esta recurrente ocurrencia republicana, en su penúltima versión, sólo duró un año y medio. Hasta diciembre de 2003. No consiguieron reactivar el empleo de esta vetusta, aunque todavía estratégica industria.

El sector sufrió su gran desplome de puestos de trabajo al inicio de los ochenta del siglo pasado, al pasar de una plantilla de 453.000, en 1979, a otra de 236.000 en 1984. Después de alcanzar su clímax en 1953: 650.000 empleos. En sintonía con la caída global. Desde 1972 hasta 2014 este segmento manufacturero ha perdido la mitad de sus trabajadores en el mundo, según la Oficina de Estadísticas Laboral de EEUU. Una dura y larga reconversión.

Tampoco el negocio vinculado al aluminio es demasiado boyante. La bauxita, el mineral del que se extrae, apenas requiere 5.000 mineros, el 80%, en Minnesota. De ahí que la adquisición de acero y de aluminio foráneo y barato, indispensable para abastecer la industria aeroespacial, la automovilística, la de envases o la de componentes electrónicos, haya aportado más puestos de trabajo de los que ha destruido. Aunque no lo crea así el secretario de Comercio, Wilbur Ross, que compró varias firmas acereras en bancarrota en 2002 -coincidiendo con el alza arancelaria de Bush- y que tres años después vendió a Mittal Steel (ahora Arcelor Mittal).

Ross abandera el ala dura de los partidarios del proteccionismo en la Casa Blanca. Junto a Peter Navarro, director del Consejo Nacional de Comercio. Son los dos grandes triunfadores. Las voces del Buy american, first. Y Robert Lighthizer, responsable de Comercio Internacional quien, como abogado, dirigió el lobby de la industria siderúrgica en Washington. Los tres han salido airosos frente al dimisionario Gary Cohn, el principal asesor en materia económica de Trump y antiguo directivo de Godman Sachs y Rex Tillerson, ex secretario de Estado. Una lucha interna que tendrá sus consecuencias en la esfera internacional, mediante un “alto coste diplomático” en el terreno geoestratégico y económico, auguran nada menos que Alan Greenspan y Ben Bernanke, los ex presidentes de la Reserva Federal, quienes no conceden credibilidad al mensaje de Trump de que la política de resolución de conflictos a través de panales sectoriales de la OMC ha sido “un desastre para nuestro sector manufacturero” y proclamar que “necesitamos a nuestras firmas para impulsar a nuestra industria del metal”.

Una apelación al patriotismo que no ha cuajado. Ford cree que, a pesar de comprar la mayoría del acero y aluminio del país, “esta acción aumentará el precio de las materias primas y dañará la competitividad del sector”; las firmas cerveceras, que venden gran parte de su producción en latas, han pedido a la Casa Blanca que “reconsidere su postura” para cubrir los desequilibrios de demanda de aluminio nacional o importado y cumplir con los 2,6 millones de toneladas de este metal que precisó en 2016; las tecnológicas, con Apple a la cabeza, aunque sólo fabrique una mínima porción de sus productos en EEUU, admiten temer caídas bruscas de su cotización por la guerra comercial de EEUU, colapso que también atisban las constructoras de oleoductos y gaseoductos, en una fase crucial, con un billonario plan de infraestructuras en marcha e, incluso, el sector agrícola, que se teme el blanco de las represalias a la importación de mercancías estadounidenses. Sus directivos muestran unas cartas reveladoras: los sueldos que generan las firmas productoras de acero y aluminio totalizan 203.000 nóminas en todo el país. Frente a los 6,5 millones de las diferentes industrias que usan estos materiales.

Bandera europa y reino unido rota

Reino Unido y la UE acercan posiciones sobre su acuerdo de divorcio

El Brexit está más cerca. Bruselas y Londres han sellado el ‘road map’ de la desconexión británica de Europa, la transición de 21 meses tras la ruptura.

Un primer esbozo

Las empresas y ciudadanos europeos y británicos ya tienen un primer esbozo de acuerdo sobre la preservación de sus derechos civiles y mercantiles, que establecerá reglas consensuadas sobre circulación de bienes y mercancías. Una reivindicación de mínimos, reclamada desde la sociedad británica y desde las instituciones europeas, como paso previo para consolidar una transición ordenada del divorcio entre Reino Unido y la Unión Europea (UE).

“Se trata de un paso decisivo”, aseguró el negociador jefe de la Unión, el comisario francés Michel Barnier, que pasa, a falta de que se concreten los pormenores de este principio de acuerdo, por una premisa esencial: Reino Unido permanecerá bajo el sometimiento de las normas europeas durante los 21 meses a los que se refiere el consenso, pero sin capacidad de voto -ni siquiera de voz- en los estamentos en los que se toman decisiones soberanas en nombre de la Unión.

Las cesiones iniciales

Grosso modo, Londres deberá seguir otorgando a los ciudadanos europeos que lleguen a suelo británico los mismos derechos que hasta ahora. Y, salvo imprevistos, que los puede haber en cualquier momento, también cederá a las reivindicaciones europeas sobre Irlanda, y Gibraltar, que saldrá de la UE al mismo tiempo que Reino Unido. A los ojos de la primera Theresa May, estas cesiones iniciales al órdago lanzado desde Bruselas podrían anticipar un buen pacto futuro en materias sensibles para el 10 de Downing Street como la Seguridad y la Política Exterior o el libre acceso al mercado interior. E, incluso, la negociación de acuerdos comerciales con terceros países o bloques aduaneros antes de que se certifique la rúbrica del Brexit. Una condición que Londres ha buscado desde el primer minuto de su decisión de activar el artículo 50 del Tratado de la UE por el que un país miembro puede pedir unilateralmente su salida del club comunitario y que se ha hecho imperioso para los intereses de Londres con la reciente declaración de guerra comercial lanzada por la Casa Blanca.

El sector empresarial

Una de las primeras voces en celebrar el resultado negociador, impulsado durante el pasado fin de semana, han sido las empresariales. Allie Renison, responsable de política comercial y para Europa del Instituto de Directores, think-tank vinculado a la gran patronal británica, agradeció que se diera cumplimiento a “una prioridad” del empresariado, aunque se reservó una opinión de mayor precisión “hasta conocer los pormenores del acuerdo”. También la poderosa Cámara de Comercio Británica, que ha ejercido indisimuladamente su influencia sobre el gabinete tory en los últimos meses para alcanzar este principio de consenso, se mostró satisfecha. “Era una auténtica urgencia avanzar este pacto porque la mayoría de las planificaciones de inversiones y de negocios para el próximo bienio (y en el escenario post-Brexit) deben empezar a tomarse de inmediato”, explicó Adam Marshall, su director general. La noticia, de hecho, hizo saltar el valor de la libra, una de las divisas más revalorizadas, según el mercado, pero en paulatino descenso durante la segunda mitad del pasado año y el trimestre actual de 2018.

El road map de la salida del Reino Unido

David Davis, el ministro para Europa del Reino Unido y contraparte de Barnier en la negociación, resaltó que este principio de acuerdo “sienta las bases para avanzar en el tratado que desligará a Londres de las instituciones comunitarias”. Barnier, por su parte, valoró “el notable caudal de entendimiento mutuo” para llevar, a buen ritmo, el road map de la salida del Reino Unido. De hecho, para Davis, “este acuerdo facilita enormemente que Londres salga de la Unión en el plazo previsto”. Es decir, en dos años desde la petición de separación.

Gibraltar en el punto de mira

Ambos políticos, además, convinieron en que el abandono británico de la UE supone, de facto, y de forma inmediata, la salida también de Gibraltar. De manera que este asunto pasará a ser de la exclusiva responsabilidad de Londres y Madrid, que reivindica históricamente la devolución de la colonia británica. Es decir, que perderá la concepción comunitarizada de ciertos aspectos negociadores, como la política de Cielos Abiertos, centralizada en Bruselas, para convertirse en un conflicto de marcado cariz bilateral. Aun así, Barnier quiso enfatizar la solidaridad europea con las posiciones españolas en torno a esta cuestión. En este sentido, Davis señaló que las negociaciones entre Londres y Madrid están siendo “muy constructivas”, al tiempo que enfatizó su deseo de que acaben siendo “muy productivas”. Aunque fuentes diplomáticas españolas y europeas incidan en la dureza negociadora de Madrid.

El Peñón seguirá beneficiándose de las ventajas del mercado único en las mismas condiciones que el Reino Unido hasta finales de 2020, pese a que en teoría el poder de veto de Madrid sigue intacto: para que el acuerdo de transición sea aplicable en Gibraltar tiene que haber un acuerdo bilateral entre Londres y Madrid. Y España pretende que Londres haga concesiones acerca del uso compartido del aeropuerto de Gibraltar y sobre las prácticas fiscales agresivas que emplea El Peñón. Entre otros aspectos.

Irlanda

Otro de los puntos de máxima tensión es Irlanda. No sólo por la posibilidad, defendida desde el Reino Unido, de evitar que se instauren de nuevo los límites fronterizos entre ambos países. Sino por cómo va a quedar resuelta finalmente la solución para Irlanda del Norte. “Mientras no haya un acuerdo, este asunto quedará sin respuesta. Pero sabemos qué tenemos que hacer y cómo conseguirlo”, aseguró Davis. Barnier prefirió hacer hincapié en que “serán los trabajos preparatorios”, de suma trascendencia, los que logren “eludir la frontera que separe el norte del sur y reduzca la necesaria cooperación entre las dos partes de Irlanda”. El comisario europeo dijo confiar en que este acuerdo “de transición” sirva para perfilar “los términos” de un pacto duradero y de “obligado cumplimiento y entendimiento”.

Tanto Londres como Dublín desean que la desconexión no ocasione una separación geográfica y política entre Irlanda e Irlanda del Norte que ponga en riesgo los Acuerdos de Paz del Viernes Santo. Pero la marcha de Reino Unido del mercado interior podría obligar a ello. De momento, Londres también cede a las pretensiones de la UE: acepta incluir un respaldo “legal” que mantendría a Irlanda del Norte en el grueso del mercado único y la unión aduanera “hasta que se encuentre otra solución”, dice Barnier. O lo que es lo mismo. Hasta que Downing Street proponga otras opciones.

Pasos rumbo a la desconexión de Reino Unido

Finalmente, en el anuncio de este progreso negociador sin precedentes desde que el 29 de marzo del pasado año Londres invocara oficialmente la puesta en marcha del Brexit, también se apreciaron discrepancias. En particular, sobre el clima para hacer negocios. Mientras para Davis, este concordato de transición restaurará la certidumbre en el sector privado de ambas partes, para Barnier, la necesaria certeza que demandan las relaciones empresariales sólo se conseguirá con la rúbrica del acuerdo definitivo.

El acuerdo de transición es clave para asegurar un Brexit ordenado y evitar una ruptura abrupta. Otorga al Gobierno británico y a la UE 21 meses adicionales para negociar la relación futura, y da más certidumbre tanto a las empresas y los bancos como a los 4,5 millones de europeos en suelo británico y de británicos en la UE. Su contenido preliminar deja dos puntos claros. Reino Unido sigue dentro del mercado común durante 21 meses, pero están obligados a respetar la normativa europea, premisa que molestará, a buen seguro, a los partidarios de un Brexit duro.