Europa y Mercosur sellan su esperado espacio de libre comercio

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Europa y Mercosur

Veinte años de negociación. Pero, por fin, el Cono Sur y Europa tienen su pasarela comercial, que dará acceso a las firmas de la UE a 260 millones de consumidores.

 

Ha sido un alumbramiento complejo. Pero Mercosur y la UE, por fin, han cincelado uno de los mercados de libre comercio más extensos del planeta. Y lo han anunciado en la cumbre del G-20, la reunión que alberga a las principales potencias industrializadas y a los grandes mercados emergentes. En un momento de máxima tensión, porque entre sus deliberaciones, este foro que se considera como la mayor expresión de un gobierno económico mundial -con una amplia lista de carencias y divergencias internas y con críticas a su falta de habilidad para gestionar los temas de calado de la globalización-, no lograba imponer criterios internacionalmente aceptados a lo largo de los últimos decenios como la libre circulación de mercancías, servicios y capitales. Entre otras razones, porque la Administración Trump había elegido sus reuniones para defender, en ocasiones a ultranza, políticas de proteccionismo. O, dicho de otro modo, con el propósito claro de justificar las subidas arancelarias y el alejamiento de la libertad de flujos comerciales que se ha impuesto en la Casa Blanca y que ha desencadenado varias de las guerras económicas de más riesgo geoestratégico en la historia reciente.

El pacto entre Europa y los países del Mercosur -Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay- es una señal de aliento hacia el dinamismo del comercio y, en paralelo, una maniobra de desmarque del proteccionismo que impera en EEUU. Con el acuerdo, que se ha llevado dos décadas de duras negociaciones, ambos bloques comerciales esperan impulsar sus intercambios por encima de los 102.000 millones de euros anuales. Una vez superado el núcleo gordiano que ha impedido tan largo proceso de diálogo que, básicamente, giraba en torno a las reivindicaciones de las naciones del Cono Sur americano de tener un mayor acceso al mercado agrícola europeo, incluidos carne y azúcar, y la reclamación europea de que los socios de Mercosur rebajaran sus barreras a las importaciones de vehículos. El tratado, además, llega en una etapa efervescente en la UE en el orden comercial. Cuando los aliados europeos acaban de firmar un pacto con Canadá y Japón y avanzan decididamente a alcanzar otros dos: con Australia y Nueva Zelanda. Fuentes de Bruselas anticipan que estas dos últimas firmas se producirán de manera inminente.

La estrategia liberalizadora de Europa refleja las intenciones de la UE de perpetuar la defensa del libre comercio tal y como se ha concebido en los últimos 70 años y que, en la actualidad, se ve seriamente amenazada por las órdenes ejecutivas de Trump y su doctrina del America, first, que ha levantado aranceles a la importación de productos de aliados y rivales de EEUU y que, al mismo tiempo, supone una Espada de Damocles contra instituciones como la OMC. Europa es el mayor bloque comercial del mundo, con más de 500 millones de consumidores. Aunque la salida del Reino Unido, que se afana por alcanzar un acuerdo, duro o amistoso, en torno al Brexit, por el que recuperaría su soberanía en materia comercial, que cedió a la UE durante casi medio siglo, podría reducir, en función de cómo concluyan las negociaciones entre Londres y Bruselas, el tamaño de su mercado interior.
El acuerdo, en cualquier caso, ha sido motivo de celebración en los países sudamericanos. Jair Bolsonaro, presidente brasileño, calificó el anuncio como “un gran día”, porque “juntos, Europa y Mercosur, representan la tercera parte del PIB global y, desde ahora, los productores de Brasil podrán acceder a este enorme mercado”. Según su ministerio de Economía, el tratado significará un aumento de la riqueza nacional brasileña de 87.500 millones de dólares en los próximos 15 años, aunque, en función de la intensidad que cobren los flujos, esta cifra podría elevarse hasta los 125.000 millones. También el titular de la diplomacia argentina, Jorge Faurie, saludó el pacto. “Es mucho más que un acuerdo comercial, es un avance estratégico para la posición argentina en el escenario internacional, que fortalece nuestros intereses comerciales y la agenda política de nuestro bloque aduanero”. La letra pequeña del tratado establece la supresión de tarifas en los próximos quince años sobre el 92% de los flujos comerciales entre ambos bloques. La puesta en marcha del mismo llevará entre dos o tres años, una vez hayan ratificado el pacto todos y cada uno de los parlamentos de los países signatarios.

En materia agrícola, la UE suprimirá la regulación de entrada sobre el 99% de las importaciones procedentes de Mercosur, para los que eliminará totalmente los aranceles al 81,7% de ellas. Al 17,7% restante, se les conservarán tarifas, pero con gravámenes preferentes; es decir, con tasas de entrada ventajosas. Tan sólo se han excluido de este rango a un centenar de bienes agrícolas o ganaderos. En el terreno industrial, Europa suprimirá la totalidad de restricciones, mientras que Mercosur lo hará sobre el 90% de estos productos y servicios. La UE le concede un periodo de quince años para liberalizar gradualmente este sector. Con objeto de alcanzar una pasarela transatlántica libre de trabas en este segmento especialmente sensible para las economías de ambos espacios aduaneros, que incluirá también a las inversiones en bienes de capital. Respecto a los servicios, las compañías sudamericanas, especialmente las brasileñas, las más activas, se podrán beneficiar del acceso a los concursos de contratación pública de los socios comunitarios, un mercado de 1,6 billones de dólares anuales. También se liberaliza los sectores de transporte, telecomunicaciones, turismo y servicios financieros, en los que el sector privado europeo estaba muy interesado.

La persistencia de Alemania y, sobre todo, de España, fue determinante para cerrar el tratado. Francia, en cambio, destacó entre los socios más reacios al mismo. Esencialmente, porque a su presidente, Emmanuel Macron, no le seducía la idea de que pudieran reactivarse las protestas de los chalecos amarillos en su país. Pero, finalmente, se unió al impulso de Madrid y Berlín pese a que el acuerdo, con el que la actual Comisión de Jean Claude Juncker culmina sus funciones con un epitafio proclive a los grandes tratados de libre comercio, ha recibido no pocas críticas desde organizaciones agrarias. Más de 340 se oponen a sus principios rectores. Además de unos setenta eurodiputados de nuevo cuño en la Eurocámara. No les seducen las grandes cifras, que hablan de un mercado de 780 millones de consumidores. Ni la ligazón que supone para el Brasil de Bolsonaro tener que adoptar la legislación europea para combatir contra el cambio climático. Junto a Francia, mostraron su contrariedad países como Irlanda, Bélgica o Polonia, que alertaron al Ejecutivo comunitario de los riesgos para el sector agrícola y ganadero. En cambio, Holanda, Portugal, República Checa y Lituania se alinearon con la tesis de España y Alemania: “estamos en una encrucijada, porque la UE no puede ceder ante argumentos populistas y proteccionistas en su política comercial”. En línea con el argumento que siempre ha defendido la comisaria del ramo, la sueca Cecilia Malmström. Según una misiva en la que también defiende la supresión de 4.000 millones de euros en aranceles para las empresas europeas. En el caso español, las dudas de la industria agraria se concentrar en las importaciones de vacuno y pollo, de azúcar y arroz y de cítricos.

Mercosur es el principal proveedor de productos agrícolas de la UE, con el 20% de bienes para consumo humano y el 70% para piensos y otros alimentos de animales. Brasil es el segundo país importador de estos flujos comerciales fuera de la órbita comunitaria y Argentina, el tercero.

 

 

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Last modified: 22/07/2019