El sector exterior de EEUU ya resta dinamismo a su PIB

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La economía americana sigue boyante, pero cada vez ofrece más claras evidencias de que la guerra comercial de Donald Trump ha sido un disparo sobre el corazón mismo de su Administración.

 

El último informe trimestral de la economía de EEUU ofrece sobradas muestras de que las políticas proteccionistas de Donald Trump, con subidas arancelarias sobre productos procedentes de China, la UE, Turquía, Rusia y otras latitudes más próximas como Canadá o México, están causando ya los primeros nubarrones sobre el clima empresarial y la actividad productiva del país. En términos anualizados, el PIB norteamericano creció a buen ritmo -el 3,5%-, pero la aportación del sector exterior -exportaciones netas de bienes y servicios- restó 1,78 puntos a la tasa de crecimiento. Ha sido el peor comportamiento de las ventas al exterior estadounidenses de los últimos 33 años. Fue en el segundo trimestre de 1985, cuando esta rúbrica del PIB se contrajo 1,91 puntos. En otras palabras, si la contribución del sector exterior americano a este dato hubiera sido neutral, el PIB trimestral hubiera registrado un repunte del 5,3%. O, si hubiera certificado su tendencia media desde 2015, de un retroceso de tres décimas, entre julio y septiembre, la mayor economía del mundo hubiera obtenido una tasa del 5%.

Consecuencias económicas del sector exterior de EEUU

Las guerras comerciales decretadas por la Administración Trump también han tocado otras partidas. Por ejemplo, a los gastos en capital de las empresas. Las inversiones fijas no residenciales -desembolsos de material de larga duración, como el equipamiento o la maquinaria industrial- sólo aportó 0,12 puntos al crecimiento, el ritmo más bajo de los últimos siete trimestres, mientras que las inversiones fijas, en general, drenaba con cuatro centésimas el dinamismo. Circunstancia desconocida desde hace diez trimestres. Las empresas, además, ya venían alertando de los daños colaterales de las subidas arancelarias de la Casa Blanca, de su incertidumbre, del aumento de los costes en mercados internacionales y de la pérdida de beneficios. Aunque el acopio de inventarios sirvió para espolear el vigor del PIB en algo más de dos puntos (2,09 exactamente) también ofrece otra señal de preocupación. Michael Feroli, economista de JP Morgan, asegura que la acumulación de stocks es una medida preventiva y general para hacer frente a las hostilidades tarifarias, dentro y fuera del país. Las importaciones, pese al alza de aranceles, crecieron un 9,1% para alimentar los inventarios empresariales, aunque sea de forma temporal, advierte Feroli. En especial, bienes que procedían de China, el país más castigado por el nuevo mapa arancelario de EEUU.

Los mercados auguran una caída del sector exterior de EEUU

El consenso del mercado da por descontado que el sector exterior perderá aún más músculo en el último tramo del año, al igual que la merma de los stocks, que podrían tener un comportamiento, incluso, negativo en los primeros trimestres de 2019. Y asegura que las compañías evidencian que las guerras comerciales están acusando los primeros problemas. El último Libro Beige que elabora la Reserva Federal ha chequeado la opinión del sector privado estadounidense sobre este asunto y en las encuestas y entrevistas a directivos de grandes corporaciones se vislumbra una alta tensión sobre la toma de decisiones empresariales a corto y medio plazo. De hecho, ejecutivos de Tesla o 3M estiman que el coste del alza tarifario ocasionará a las corporaciones de EEUU varias decenas de millones de dólares adicionales.

Aconsejan a Trump recuperar la relación con China

Los interrogantes sobre el futuro económico de EEUU bajo las nuevas directrices proteccionistas de Trump han llevado a su equipo de asesores comerciales a plantear al inquilino del Despacho Oval si no sería preciso que la Casa Blanca fortaleciese la relación bilateral con Pekín. Pese a la flagrante contradicción de esta estrategia. La economía marcha, pero le asolan grandes amenazas. La principal de todas, sus tensiones con la gran factoría mundial, donde las corporaciones de EEUU ganan en competitividad y obtienen pingües beneficios. Hay una multiplicidad de empresas que han elegido China para establecer sus sedes operativas y productivas. No sólo para abastecer al enorme mercado del país. También como plataforma logística a la hora de abordar otros destinos en Asia. En todos los sectores. Desde las tecnológicas, hasta las agroalimentarias, pasando por las firmas de consultoría o las energéticas. Desde 1990, cuando Pekín decide ampliar la participación extranjera en la mayor parte de sus firmas estatales y en casi todos los segmentos productivos, los flujos de capital estadounidense en el país han ascendido a más de 256.000 millones de dólares. Más del doble de las inversiones chinas en EEUU, mercado en el que, durante la Administración de George W. Bush, se estableció la prohibición de que el dinero de Pekín pudiese adquirir empresas de sectores que el dirigente republicano catalogó de estratégicos. Como el aeroportuario o el de las energías. El entramado inversor de EEUU en China supera, con creces, el montante que Trump achaca a China, en la balanza comercial, como causante del déficit estructural en esta materia.

 

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Algunos analistas también apuntan al origen del viraje de Trump en el terreno comercial. En gran parte de los casos, las plantas industriales o empresariales de China que han operado en EEUU no han sido reemplazadas por el sector privado estadounidense, con lo que la pérdida de empleos que se puede achacar a la salida de firmas chinas de EEUU es mínima. Y, en una notable lista de supuestos, las empresas americanas, por ejemplo, del transporte marítimo, no han sabido aplicar la fórmula para reducir costes logísticos o gastos de embarques internacionales. Incluso empresas chinas podrían generar mayores puestos de trabajo si se instalaran en suelo americano. Como ha ocurrido en otras ocasiones, con capitales de otros países. El repunte de demanda de automóviles japoneses en el último decenio ha servido para que esta industria nipona abriera 24 factorías en el país, con unas inversiones acumuladas de 48.000 millones de dólares y pedidos constantes para el segmento manufacturero estadounidense. Posiblemente este factor esté detrás de la permisividad que Trump ha tenido en cuenta con Japón en sus batallas comerciales. Igual que ha ocurrido con Corea del Sur, en la misma industria, con Kia o Hyundai, también podría suceder con Geely, el consorcio automovilístico chino propietario de Volvo, que acaba de abrir su primera factoría en EEUU.

Medidas comerciales que restrinjan ciertos sectores

Hay lecciones que aprender, dicen observadores internacionales que admiten que probablemente sea inteligente exigir restricciones inversoras a China en segmentos como los de la alta tecnología americana, pero no dañar la entrada de capitales procedentes de Pekín en otras áreas que se consideran deprimidas, como la automovilística, y que podrían generar empleo y competir con sus vecinos mexicanos en precios, en coches de baja o media gama, e impulsar, al mismo tiempo, la imagen de EEUU como fabricante de vehículos de lujo o de más de 50.000 dólares. Por ejemplo, en la deprimida -y otrora esplendorosa- Detroit, cuna del automóvil y uno de los caladeros de votos republicanos que le otorgó el poder a Trump en las elecciones de 2016.

Pero claro, cualquier doctrina que propicie la entrada de capital extranjero no puede restringir la entrada de bienes y servicios de donde procede esas mismas inyecciones de capital.

Last modified: 08/11/2018