EEUU y México esperan la ratificación de Canadá al Nafta 2.0

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La entrada en vigor del rebautizado como USMCA ha logrado el plácet legislativo en EEUU y México, mientras el Parlamento canadiense ha iniciado su trámite definitivo.

El pasado 15 de enero, el Senado estadounidense superó el penúltimo escollo legislativo para que el área de libre comercio de América del norte cobre carta de naturaleza. Previamente, hace siete meses, en junio de 2019, hizo lo propio la Cámara Alta mexicana, mientras el Parlamento canadiense inició el debate para su definitiva luz verde al renovado proyecto de integración de los tres mercados del hemisferio norte americano el pasado 29 de enero.

La iniciativa de remodelar drásticamente, casi en su totalidad, el viejo Nafta, fue un compromiso electoral de Donald Trump. Pero, sobre todo, se ha convertido en un triunfo en toda regla de su administración, porque su proceso de ratificación ha certificado el amplio apoyo político a los substanciales cambios en su acervo regulatorio y la implicación y respaldo de patronales y sindicatos estadounidenses. El consenso de republicanos y demócratas ha funcionado, en uno de los escasos asuntos en los que ambas formaciones han logrado cauces de entendimiento eficaces. La Cámara de Representantes, de mayoría demócrata, le había dado el visto bueno al UMSCA un mes antes, con un contundente -casi aplastante- respaldo de nada menos que 385 votos a favor y 41 en contra. Debido al apoyo del 84% de los demócratas, que rompían así con el promedio del 36% de sufragios afirmativos que, desde sus filas, han dado carta blanca a los últimos diez grandes acuerdos comerciales. El Senado, por su parte, lo ratificó por 90 votos a favor y sólo 10 en contra.

La defunción de la unión aduanera con sus vecinos del norte y del sur tiene ya su epitafio, por obra y gracia de EEUU. El Nafta ha pasado a mejor vida. Aunque el USMCA mantenga numerosas cláusulas en su texto del acuerdo suscrito en 1994. Entre otros capítulos, el del mantenimiento del actual sistema de resolución de conflictos o el de la preservación de las garantías culturales de cada Estado, esencial -este último- en la contención normativa de fusiones en los medios de comunicación, donde la capacidad financiera y expansiva de las cadenas estadounidenses, que siempre se han mostrado proclives a entrar en el mercado mediático canadiense, ha sido uno de los grandes méritos que, sin duda, se deben conceder al Gobierno canadiense.

Canadá es el primer socio comercial de EEUU

Primer socio con un volumen de intercambio de mercancías y servicios de 673.900 millones de dólares. Un estudio de CD Howe Institute valoraba entonces en más de 6.000 puestos de trabajo y una pérdida de tres décimas del PIB las alzas arancelarias sobre el acero y el aluminio -decretadas por Trump al inicio del diálogo trilateral- en la economía de Canadá. Mientras que la réplica de Ottawa de aplicar tarifas adicionales a productos made in US como el whisky, la soja o bienes industriales de distintos sectores, por un valor total de 16.700 millones de dólares, se hubiera cobrado 22.700 empleos, aunque sólo un recorte del 0,02% en el PIB de EEUU.

El periodo de discusión también tuvo otro escollo político para Washington, la obligación de que el USMCA tuviera que sellarse con el sustituto de Peña Nieto, el histórico dirigente izquierdista Andrés Manuel López Obrador, inicialmente más crítico que su antecesor hacia el compromiso de Trump de renovar el Nafta y de levantar un muro en la frontera para contener los flujos de inmigrantes. López Obrador, sin embargo, nunca fue un obstáculo, ni siquiera en los duros meses en los que la caravana de inmigrantes centroamericanos se concentró en la línea fronteriza entre México y EEUU. Todo lo contrario.

Obrador ha facilitado que los 24 meses de negociación hayan llegado a buen puerto

Posibilitado también que el antiguo Nafta, un mercado de 450 millones de consumidores, no haya saltado por los aires, un riesgo que ha surgido en varios momentos de las deliberaciones. Y pese a las presiones de Trump, que siempre ha incidido en que el nuevo tratado comercial es una coraza de protección para los trabajadores estadounidenses, para su sector industrial y para la actividad agrícola y ganadera y que el Nafta era “el peor acuerdo de la historia”. Aunque los efectos sobre la economía y el empleo en la mayoría de sus estados han sido incuestionables.

Disputas internas con resultado de consenso

La base del consenso en torno al USMCA en EEUU se ha labrado con esfuerzo. Uno de los puntos más espinosos han sido los derechos laborales, precondición de los demócratas para facilitar su apoyo. Un terreno escabroso con precedentes fallidos. Como el doble rechazo de la oposición legislativa de Trump a suscribir los pactos comerciales con Colombia y América Central porque, a su juicio, no garantizaban suficientemente la protección a los trabajadores estadounidenses y de las otras partes implicadas. Con el renovado Nafta, EEUU ha incorporado esta línea roja y, a su vez, lo traslada a los grandes tratados de libre comercio. En connivencia con el criterio de los sindicatos, que han argumentado en las últimas décadas la fragilidad de los mercados laborales sobre los que repercute el efecto de las uniones aduaneras.

El UMSCA establece un mecanismo de disputas para preservar que los trabajadores mexicanos disfruten realmente de las ventajas de las negociaciones colectivas sectoriales, por ejemplo. O que se refuercen los derechos de los empleados estadounidenses, como exigió Nancy Pelosi, portavoz demócrata en la Cámara de Representantes.

Es una herramienta única, tanto en su velocidad de resolución -se habla expresamente de dictámenes en meses- como por su capacidad de supervisión, porque incluye inspecciones en los centros donde podrían ocurrir las presuntas violaciones contra los trabajadores. Bajo amenaza de sanciones. La AFL-CIO, la mayor organización sindical de EEUU, cambió su rechazo inicial por elogios a la Casa Blanca: “Realmente la clase trabajadora estadounidense puede sentirse orgullosa del respaldo” al UMSCA, asegura su presidente, Richard Trumka. Una patata caliente que ha pasado la pelota a terreno mexicano. El socio del sur, que pasó en 2019 una reforma laboral más proteccionista, y acordes a las normas y estándares internacionales, admite que las exigencias del tratado “serán muy difíciles de lograr, pero no hay nada que no puedas conseguir si te lo propones”, explica el subsecretario mexicano para América del Norte, Jesús Seade, una figura clave en el tablero negociador del pacto.

El alineamiento de México responde a un doble dilema.

El de asumir las recomendaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sin perder el poder competitivo de una economía cada vez más globalizada, pero que basa gran parte de su productividad en los sueldos bajos. Las factorías mexicanas experimentarán subidas de sus costes laborales, lo que les obligará a ser más competitivos por el lado de la innovación. Los tribunales de arbitraje laboral, explican desde México, en connivencia con EEUU y Canadá, “no son un problema nuevo”. De hecho, subrayan los firmantes del UMSCA, los fundadores del sistema de libre comercio “deberían exigir estos requerimientos en cualquier acuerdo tarifario”. Una alusión poco velada hacia la Organización Mundial del Comercio (OMC), que siempre ha mantenido un sospechoso silencio en torno a las obligaciones laborales.

Detrás de esta crítica se oculta también, a buen seguro, la decisión de la Administración Trump de modificar la estructura de la máxima institución del comercio global. Pero la postura mexicana parece dirigirse hacia un estadio superior, su deseo de convertirse en la gran potencia industrializada de América Latina, desbancando de esta carrera a Chile o Brasil, los otros dos socios de la región en la OCDE, el club que pasa por agrupar a las economías con estatus de mercado.

Aun así, también han irrumpido las críticas en EEUU. Economistas como Mary Lovely o Jeffrey Schott, que piensan que el pacto “moderniza las reglas comerciales y fortalece metas comunes en materia laboral y medioambiental” desprende al mismo tiempo dudas sobre si generará más dinamismo económico. A su juicio, los nuevos mandatos normativos, especialmente en el sector automovilístico, “dañarán a la industria estadounidense”. Bajo el nuevo tratado, el 75% de los componentes del automóvil deberán ser fabricados en Canadá, México o EEUU, un incremento notable, desde el 62% actual que, en principio, está concebido para impulsar la producción de las empresas del tripartito, pero que “podrían realmente elevar los costes de fabricación y frenar la economía”. No se debe descartar un efecto boomerang, explican, ya que puede ir en dirección opuesta: “las exigencias futuras pasan por aumentos de los costes de producción, lo que daría como resultado un encarecimiento de los coches, una pérdida de demanda en EEUU, descenso de exportaciones y una más rápida sustitución de trabajadores por cadenas automatizadas, por robots”, advierten. Antes de augurar caídas de entre una décima y un 1,2% de la actividad en el PIB estadounidense.

El Nafta 2.0, en cualquier caso, tendrá complicado superar el listón de intercambios entre los tres socios norteamericanos.

El propio Gobierno de Canadá así lo corrobora desde su Ministerio de Comercio. El viejo Nafta ha generado crecimiento económico y elevado los niveles de vida de la población de los tres países signatarios. En 2017, último ejercicio completo antes del inicio de las negociaciones que han conducido al UMSCA, el comercio trilateral -el total que cada socio importa de cada uno de sus dos aliados- alcanzó los 1,1 billones de dólares. El flujo de mercancías entre Canadá y EEUU se han duplicado con creces desde su entrada en vigor, en 1994, y el que ha mantenido con México, se ha multiplicado por nueve.


James McBride y Mohammed Aly Sergie, analistas del Council on Foreign Relations afirman que, bajo el manto del Nafta, México ha protagonizado una de las más aceleradas adaptaciones hacia el espacio de economías industrializadas, que el comercio de EEUU con su vecino se ha más que triplicado y crecido con mayor celeridad que en cualquiera otra latitud del planeta, creando más de 14 millones de puestos de trabajo directos, y que Canadá ha equilibrado con ambos su papel de potencia exportadora, además de recibir el triple de inversiones. Sólo el capital procedente de EEUU, el stock de FDI (inversiones directas) crecieron de los 70.000 millones de dólares en 1993 hasta los 368.000 de 2013 y a superar el medio billón (504.800 millones) en 2017, año en el que experimentó un alza interanual del 4,9%.

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Last modified: 01/04/2020