EEUU y China sellan una tregua en la guerra comercial

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Los inversores respaldan el armisticio, de 90 días, que paraliza la escalada arancelaria de la Administración Trump a cambio de impulsar las ventas americanas a Pekín.

 

La entente coridiale tendrá efectos a partir del 1 de enero. Y se formalizó durante la cena de recepción de la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno del G-20 que acaba de concluir en Buenos Aires. El acuerdo entre Donald Trump y Xi Jinping establece una tregua de tres meses que los observadores internacionales consideran “frágil” pero que ha servido para restablecer una cierta confianza inversora porque viene a aplicar paños calientes a unos mercados bursátiles en estado de ebullición desde el inicio de la guerra comercial entre las dos mayores economías del planeta y que, además, ha aireado no pocas fricciones de toda índole, desde geopolíticas, hasta monetarias. La Casa Blanca calificó el pacto verbal de “éxito pleno” y anticipó que afectará a la orden ejecutiva firmada por el dirigente estadounidense que elevaba los aranceles sobre una lista de productos de importación chinos por valor de 200.000 millones de dólares que ya habían sufrido una escalada tarifaria a finales de mayo, cuando se les aplicó una tasa del 10%. A cambio, Pekín se compromete a aumentar las adquisiciones de bienes y servicios americanos -entre otros, vehículos de su debilitada industria automovilística y bienes agrícolas- para corregir el déficit comercial bilateral de EEUU y a entablar negociaciones para acordar con Washington soluciones a los asuntos que más preocupan a EEUU, como propiedad intelectual, las barreras no arancelarias al comercio o la ciberseguridad para impedir el robo de material sensible de empresas.

El acuerdo, en cualquier caso, también concede un balón de oxígeno al presidente americano, cuyos asesores comerciales le habían trasladado en las últimas semanas el alto coste de esta medida, los problemas de desabastecimientos que la subida de aranceles a mercancías chinas ya había propiciado a la industria estadounidense y las ventajas que tendría pertrechar un pacto con Pekín para iniciar la agenda de reformas estructurales que precisa la economía de EEUU. El PIB de la mayor potencia del planeta sigue navegando a buen ritmo. En el trimestre de verano creció al 3,5% en términos interanuales. Pero el sector exterior restó 1,7 puntos al dinamismo y las importaciones chinas se redujeron en un 30%. Además, desde el Departamento de Comercio le aconsejaron relajar la presión sobre los productos chinos en aras de posibilitar aumentos de salarios a los trabajadores industriales por los precios competitivos que ofrece la Gran Factoría Mundial, una recomendación de la Cámara de Comerio Americana, la patronal por excelencia en EEUU y uno de los brazos ejecutivos de las multinacionales del país, y de contener la escalada inflacionista, que ha llevado a la Reserva Federal a elevar los tipos de interés por encima de las expectativas del mercado. El propio Trump ha llegado a expresar que la Fed es aún más peligrosa que China por su agresiva política monetaria.

Las dos partes han impedido el peor escenario, y ambas proclaman su victoria, pero ninguna ha logrado el máximo de sus demandas”, explica Michael Pillsbury, analista del Hudson Institute, para quien el acuerdo es “sumamente frágil” pero contribuye a relajar las tensiones. Porque el incremento tarifario americano, de haberse consumado el alza al 25%, hubiera restado nueve décimas al crecimiento del PIB chino en 2019. Aunque todavía le quitará cuatro décimas con los aranceles al 10%. Sin embargo, el punto de encuentro entre ambas potencias servirá para que se puedan consumar fusiones empresariales en curso. Entre otras, la adquisición, por parte de la estadounidense Qualcomm, de la china NXP Semiconductors NV, por valor de 44.000 millones de dólares y cuyo diálogo de compra se interrumpió por la incertidumbre de la guerra comercial.

Sin embargo, los analistas esperaban un paso más contundente de la cita del G-20. La solución más eficiente hubiera sido la vuelta de ambas potencias al Trans-Pacific Partnership (TPP) que abandonó Trump nada más llegar al Despacho Oval. Apenas unos meses después de que Barack Obama lo hubiera suscrito. En la actualidad, esta unión aduanera se mantiene en vigor por parte de once países de una y otra orilla del Pacífico. Pero ni Trump ni Jinping aprovecharon la reunión para lanzar un diálogo bilateral de adhesión a este tratado. Su incorporación -los firmantes del pacto conservan la oferta a Pekín y Washington- facilitaría los flujos comerciales e inversores de dos economías que siguen siendo altamente complementarias, consideran los defensores de su ingreso. Las firmas estadounidenses logran notables beneficios en el gigante asiático, mientras las empresas chinas adquieren know-how tecnológico y de capital americanos, así como cauces de influencia para construir un ordenamiento mercantil más idóneo para la gestión y la toma de decisiones del sector privado. Para EEUU, significaría la consolidación del suministro de bienes electrónicos y otras manufacturas procedentes de China. “Sería una forma de satisfacer sus tácticas competitivas encuentren un campo de operaciones regulado”. De manera que EEUU consiga su propósito de que Pekín reduzca “su sistema de capitalismo autoritario” y de que China logre que Washington deje de inmiscuirse en su modelo empresarial, con compañías mayoritariamente de capital estatal, y en su propósito de contribuir a gobernar la globalización junto a las potencias industrializadas y a elevar su peso económico en el mundo.

También ganaría la multilateralidad. Donde entraría en juego la reforma de la OMC, que parece haber logrado un importante e inusitado consenso en el seno del G-20. Porque el TTP ofrece un campo de pruebas idóneo para ello. Sus once miembros inciden en que Pekín y Washington se podrían incorporar de inmediato. El plácet de entrada está disponible, aseguran, para cuando quieran hacer uso del mismo. Sólo exigiría su firma. Eso sí, aceptando las reglas de juego de este club. Entre las que se incluyen gran parte de las colisiones doctrinales entre ambas potencias. Como una exquisita protección a los derechos de propiedad intelectual e industrial; normas de neutralidad competitiva entre las empresas de propiedad estatal y las de accionariado privado; políticas garantías sobre los sectores industriales de cada socio o novedosas leyes de prevención de disputas comerciales e inversoras. Bajo el TTP, China podría adquirir el estatus de economía de mercado que le ha negado las naciones de rentas altas, mientras que EEUU entraría a formar parte de un espacio aduanero en el que poder corregir sus desequilibrios comerciales. En el que se encontraría con aliados tradicionales -Canadá, Japón, Australia, Singapur o Nueva Zelanda- y con países con los que ha mantenido tensiones recientes, como México, Vietnam o Filipinas con los que podría concertar acuerdos de resolución de conflictos inminentes. Bajo los estatutos fundacionales del TTP, uno de los más modernos del mapa de tratados comerciales en vigor.

Last modified: 04/12/2018