EEUU lanza batallas comerciales de la era de la Revolución Industrial

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Los asesores económicos de la Casa Blanca son firmes convencidos de que Trump trata de reanimar una economía enferma por tantos años de acuerdos de libre comercio.

 

Órdago a la grande. En plena partida con China por restablecer la pax comercial perdida hace casi un año, con la decisión de la Administración Trump de elevar un 10% los aranceles sobre miles de productos importados chinos valorados en más de 200.000 millones de dólares, la Casa Blanca ha dado una peligrosa vuelta de tuerca más hacia el recrudecimiento de las hostilidades. Aumentará aún más las tarifas de importación. Hasta un 25%. Este viraje en el rumbo de las negociaciones es, si cabe, más brusco porque los mensajes que emanaban de Washington en las últimas semanas hablaban de avances substanciales en el diálogo bilateral, que tenía como reto ineludible acabar con la carrera arancelaria entre las dos superpotencias económicas globales. Algunos de ellos, salidos directamente de los tweets del presidente americano. Pero el armisticio -y la tregua de 100 días que se dieron las delegaciones de ambos países- parece lejos de rubricarse. Y lo que es peor. Pekín promete responder con la misma contundencia. La primera señal clara de que los contactos se han enturbiado es que la reunión entre el vice primer ministro chino, Liu He, con el máximo responsable del Comercio Internacional, Robert Lighthizer, y el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, apenas duró 90 minutos. De inmediato, también se supo que Trump no tenía pensado recibir al enviado chino en el Despacho Oval, como ha ocurrido varias veces desde el inicio de las negociaciones, a mediados de enero.

La tensión, pues, se ha disparado. A la espera que puedan fructificar encuentros urgentes que impidan la sucesión de represalias comerciales y nuevas medidas proteccionistas por uno y otro bando. Pero, ¿qué razones explican este enconamiento de las posiciones? Desde la perspectiva de EEUU, instigador de la guerra comercial abierta con China, una concepción demasiado clásica de las relaciones económico-comerciales. Involucionista, en numerosas ocasiones. Incluso más proteccionista que la estrategia decimonónica seguida por las grandes potencias en ese siglo. A algunos, como Kevin Hassett, presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, le parece más propia del Siglo XVIII. De la era de la Revolución Industrial. Es -dice- como batallar contra el escorbuto en los navíos de la época. Necesitabas limones frescos para curar la dolencia, explica y, hasta conseguirlos, los almirantes de flotas con tripulaciones bajo los efectos de esta enfermedad -habitual en largas travesías navales de los siglos XVIII y XIX, mantenían a sus tropas en largas cuarentenas a varias millas de los puertos de destino. Metafóricamente, en el gabinete creen que la subida de tarifas y otras armas comerciales es el mejor antídoto para luchar contra lo que consideran una plaga comercial: la facilidad de acceso de productos importados desde el extranjero. En términos exactos, Hassett lo sintetiza de forma gráfica: “Si tienes escorbuto y no consigues vitamina C, sabes que vas a morir. Incluso con este componente, la recuperación de esa dolencia podría no funcionar. Pero no hay opción. Así que, si yo tengo la vitamina C que tú necesitas serás consciente de que vas a morir primero, pero aún puedes tratar de arrebatarme la solución: asumiendo mis reglas”.

 

La negativa de Trump

Tras este planteamiento inicial, Hassett matiza con precisión el sentido que esconde su teoría. Los economistas más cercanos a Trump están convencidos de que el inquilino de la Casa Blanca está reparando una economía enferma, que ha sido contagiada por prolongadas décadas de desastroso peso de un comercio que ha entrado desde fuera de las fronteras estadounidenses por los sucesivos y numerosos acuerdos de libre comercio que han sido formalizados por distintos presidentes norteamericanos. Esta política comercial -arguyen- ha propiciado una desventaja competitiva crónica a la economía estadounidense frente a sus competidores, especialmente China y México, aunque también Europa.

La tesis de Hassett de que la Casa Blanca aplica duros tratamientos de shock como la mejor de las medicinas para reparar la salud económica del país tiene traslación en el prolífico tweet del presidente: “la negociación continúa, pero es demasiado lenta, e intentan renegociar. No!” Con esta negativa, Trump precipitó a la baja a las principales bolsas del mundo. Antes de asegurar que “durante diez meses, China ha pagado tarifas del 25% sobre artículos de alta tecnología por valor de 50.000 millones de dólares, y del 10% sobre productos valorados en otros 200.000 millones de dólares. Estos desembolsos son parcialmente responsables de nuestros magníficos resultados del PIB -que creció en el primer trimestre un 3,2%- Ahora, esta última tarifa sube al 25%. Lograremos 325.000 millones de dólares”.

Las negociaciones parecen haber encallado en los múltiples flecos. Que, en el fondo, resultan ser aspectos estructurales que van desde los subsidios chinos a empresas, hasta la estrategia de control cambiario regulado por el régimen de Pekín a través de su banco central mediante unas bandas de fluctuación con límites nunca revelados a los mercados en su dimensión exacta y que es, en gran medida, la gran crítica del Tesoro americano a sus contrapartes chinos. Los analistas creen que el diálogo entra en un punto muerto prolongado. Un riesgo que podría aumentar los desequilibrios comerciales bilaterales, por un lado, y debilitar a ambas economías. La china, que ha iniciado un aterrizaje que llevará su PIB a un dinamismo del 6,5%, el más débil desde 1991, y la de EEUU que, pese al vigor de los últimos datos, emite señales de posible recesión, a lo largo del próximo ejercicio, por el abultado déficit comercial, los desequilibrios presupuestarios y, en especial, por la inversión de los índices de rentabilidad de los bonos a cinco y diez años. Indicador que suele acertar en su diagnóstico.

 

La gestión comercial de Trump

En consecuencia, detrás de la política comercial de Trump subyace otra gran cuestión: ¿Llegará la economía en forma a la contienda electoral de 2020? O, por el contrario, ¿asumirá los costes asociados de un proteccionismo exacerbado? Hassett realizó estas declaraciones a Bloomberg, horas después de que la Comisión de Comercio Internacional de EEUU revelara, en un informe independiente, el impacto económico de la refundación del Nafta, el acuerdo de libre comercio norteamericano entre EEUU, México y Canadá, por exigencia de Trump y después de iniciar otra guerra comercial con sus socios aduaneros. En sus líneas generales, el ITC, siglas de este órgano federal, estima que el USMCA, sus nuevas siglas, elevará el PIB americano apenas en un 0,35%, el equivalente a 68.200 millones de dólares, y que creará 176.000 puestos de trabajo en los seis primeros años desde su relanzamiento, en 2018. Un panorama bastante menos rosa que el que pintaron los responsables económicos de la Casa Blanca. Porque los expertos del ITC también alertan de que en el mercado automovilístico estadounidense se producirá incremento de los precios de los vehículos, menores ventas y recortes de producción y empleos. Más modesto es aún su predicción sobre la contribución a la economía a medio plazo. De sólo 0,12% anual en los próximos seis años.

El problema para la Administración Trump es que sigue creciendo el número de economistas que alertan del impacto negativo que su política comercial está teniendo ya sobre el mayor PIB del planeta. Un asunto que ha sido tratado también por la Reserva Federal, desde cuyo servicio de estudios se advierte de los efectos perniciosos sobre la inflación. En un estudio conjunto con la Universidad de Chicago, los economistas de la Fed y de esta institución aseguran, por ejemplo, que las subidas arancelarias a las importaciones de lavadoras han elevado el coste medio a los usuarios que acuden a lavanderías de 86 a 92 dólares por el doble servicio de lavado y secado rápido. Mientras otros estudios aseguran que sólo el impacto directo del aumento tarifario a China ha restado casi media décima al crecimiento del PIB en el último trimestre. Además de las pérdidas asociadas por esta medicina clásica, asegura Hassett, sobre las inversiones de las pymes americanas. El FMI también se ha sumado a las voces críticas. Considera la estrategia de Trump como la mayor amenaza sobre la economía global. Al igual que el Banco Mundial, para el que la guerra comercial desatada por Washington es “la mayor catástrofe sobre las reglas del libre mercado y los intereses económicos a largo plazo, tanto de EEUU como del mundo, de la historia reciente”.

La Casa Blanca, además, persiste en la defensa de su política. Estima que los pésimos resultados que atisba la ITC para su sector automovilístico son erróneos y dicen que el nuevo cambio de las reglas de juego traerá más empleo e inversiones al mercado estadounidense. En medio de más invocaciones al patriotismo consumista de los ciudadanos y de críticas hacia los estudios que se decantan por augurar impactos negativos. Es en este punto donde entra la teoría de la píldora mágica de Hassett, según sus propios designios: “Hemos tenido pésimos acuerdos comerciales durante demasiado tiempo y ahora estamos tomando la medicina que necesitamos para poder mejorar”, enfatiza este economista. Es la manera -afirma- en que la Administración Trump trata de capear el temporal que está por llegar. “En 2020, los votantes determinarán si la prescripción ha sido la correcta”, aventura.

 

 

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Last modified: 18/06/2019