El dinero se encarece, impulsado por la Reserva Federal

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La Fed sube tipos por séptima vez desde 2015 y los sitúa entre el 1,75% y el 2%. El BCE los mantendrá en cero hasta 2019, pero sin compra de activos desde diciembre.

 

La Reserva Federal acaba de subir de nuevo los tipos de interés. Es la séptima vez consecutiva desde que en 2015 empezó a retirar los estímulos. A razón de un cuarto de punto cada vez que los ha movido. Además, la institución que preside Jerome Powell avanzó al mercado otras dos alzas a lo largo de este año, una más de lo que aventuraban el consenso de los analistas. La Fed se ampara en los datos de los tres indicadores esenciales de su mandato estatutario. Una tasa de paro dos décimas por debajo del mes precedente, en el 3,6% -pleno empleo-, un dinamismo de la economía del 2,8% para este ejercicio y una inflación en una tasa interanual similar al del crecimiento del PIB. Y seis décimas por encima de la subyacente, que descuenta el precio de los alimentos y de la energía de la cesta de la compra. “Todo avanza conforme a lo previsto”, afirmó Powell. Pese a los vestigios de recesión que aparecen en el mercado de bonos. Indicador de alta fiabilidad en la historia económica del país. La rentabilidad de las letras a dos años se ha situado en el 2,5%, sólo cuatro décimas por debajo de la del bono a 10 años. Y la reversión de este diferencial siempre ha constatado la entrada en números rojos del PIB americano. Algo que el ex presidente de la Fed, Ben Bernanke, no descarta cuando remitan los efectos directos de los estímulos fiscales, en 2020. Insistiendo en su tesis de que la doble rebaja impositiva de Trump, sobre las rentas y sobre sociedades, es un error. Al igual que el incremento del gasto público por la factura militar y el plan de infraestructuras de la Casa Blanca.

La política de la Fed podría precipitar una nueva subida del precio del dinero por parte del Banco de Inglaterra, que los mantiene en el 0,5%. El mercado no descarta que se produzca en agosto, si bien se inclina por que el gobernador, Mark Carney, no haga movimiento alguno hasta finales de año. Sobre todo, porque el repunte de la inflación, que evoluciona en torno al 2,4%, contrasta con una dinámica de creación de empleo y relativo vigor económico. A pesar de la incertidumbre que genera el Brexit y las dificultades para rubricar el divorcio con la UE. Sobre todo, después de la decisión del Parlamento británico de renunciar a formar parte del Espacio Económico Europeo al que pertenecen Islandia, Noruega o Suiza. Carney dice que el alejamiento de la política de tipos próximos a cero le ha otorgado al BoE (según sus siglas en inglés) un mayor margen de maniobra para afrontar una futura y presumible crisis.

El problema que genera en los mercados este encarecimiento del precio del dinero en el mundo anglosajón es una restricción de acceso al crédito. Con los mercados emergentes sometidos a un estrés financiero adicional por la volatilidad de los valores bursátiles y la débil cotización de sus divisas frente al dólar. Motivo por el que gran parte de ellos se han visto en la obligación de dar por terminada la fase de aumento del diferencial de tipos respecto a la Reserva Federal para tratar de defender sus monedas y resguardar a sus sistemas bancarios y empresas de sus altos niveles de endeudamiento.

El BCE y el Banco de Japón, que aún persisten en sus estímulos monetarios y conservan la táctica de tipos a tasas cero, también sopesan la forma de abandonar sus escenarios monetarios. El BCE acaba de anunciar que abandonará el programa de compra de activos a partir de diciembre, como auguraba el mercado, coincidiendo con el relevo de Mario Draghi al frente del organismo regulador del euro. Aunque su repliegue será gradual, tal y como ha admitido el consejo en su reunión extraordinaria de Riga, donde se ha estrenado Luis de Guindos, partidario de las subidas graduales de tipos, como vicepresidente. Un plan para el que el BCE ha empleado 2,6 billones de euros. Las presiones inflacionistas en la zona del euro y Japón dan todavía un cierto margen de maniobra a sus bancos centrales para iniciar la senda alcista. En el caso del BCE, el consenso del mercado lo sitúa a comienzo de 2019, inmediatamente después de la salida de Draghi.

Este panorama ha concitado la preocupación en el sector privado. El elevado endeudamiento que todavía lastran las grandes corporaciones y bancos de las potencias industrializadas, que ya están protagonizando un parón importante en los procesos de fusiones y adquisiciones para no tener que absorber vencimientos de deuda adicionales en una época de encarecimiento de las condiciones financieras internacionales. Los riesgos están en las recomendaciones de la práctica totalidad de los bancos de inversión a sus clientes. Cada vez más conservadoras y en busca de valores refugio.

“Algo huele en el aire”, que recuerda a 2007. Este comentario lo ha deslizado Bill Derrough, corresponsable de recapitalización y reestructuración en Moelis & Co. “Entonces -dice- había una atmósfera similar a la actual, de pactos de fusiones y adquisiciones entre empresas temerarios, en los que se asumían cuotas de endeudamiento desorbitadas” con tal de formalizar estas alianzas, y que propulsaron a los Estados a poner en marcha los multimillonarios rescates bancarios y planes de económico y monetarios para capear el temporal desatado en los mercados. Derrough recoge el sentir inversor de Wall Street. Pese a que aún, según reconoce, las economías industrializadas están en tasas dinámicas y las de impagos de empresas sigan siendo reducidas. En 2007, enfatiza Derrough, “se sabía que algo iba ocurrir, que era cuestión de tiempo”. Y ahora, vuelve a fluir ese recuerdo.

La sensación de preocupación de Wall Street también lo comparte el FMI. El diagnóstico de la institución multilateral en sus dos últimas reuniones, la de otoño pasado, y la más reciente, de primavera, alertan a gobiernos y directivos de empresas y bancos de que la próxima crisis podría estar a la vuelta de la esquina y que el acopio de arsenal financiero para afrontarla es minúsculo. En primer término, porque el ciclo de negocios no ha sido todo lo intenso que hubiera sido necesario para almacenar en las arcas de los Estados la munición que requerirá una nueva convulsión global. En segundo lugar, porque la etapa de estímulos, monetarios y económicos, no podrá restablecerse debido precisamente a esa carencia -o déficit- de recursos, ya que casi ninguna economía ostenta superávits ni fiscales, ni por cuenta corriente, en medio de un panorama de proteccionismo inversor y comercial. Pero, sobre todo, porque la montaña de endeudamiento sigue en cotas del todo punto infranqueables. El Fondo Monetario calcula que el endeudamiento soberano, de países, y empresas no financieras, se eleva hasta la astronómica cantidad de 164,4 billones de dólares, más del doble de los 79,8 billones en los que se cifra la totalidad de la economía mundial. Y sigue al alza, con repuntes del 3,9% este año y el siguiente, inciden en el FMI. Casi toda ella, en latitudes industrializadas: 119,2 billones. Este montante resulta aún más peligroso cuando se incluye la deuda financiera. A finales de 2016, esta losa suponía ya el 225% del PIB global.

Desde otras firmas de inversión, como Greenhill, expresan que “incluso si se logra eludir un episodio de recesión en EEUU”, algo no descartable a medio plazo, o si la corrección de los créditos no resultara tan importante en los próximos meses, las tensiones están descontadas. No en vano -explican sus expertos- “las firmas aseguradoras ya admiten aumentos de la demanda de pólizas, porque el repunte de contratos de seguros para cubrir posibles bancarrotas ya empieza a ser una realidad en EEUU”. Las refinanciaciones al precio del dinero más caro desde 2007, con la Reserva Federal advirtiendo de dos subidas más este año, son ahora más complejas de acometer, dice Moody’s.

Last modified: 19/06/2018