China sopesa devaluar el yuan como respuesta a la guerra comercial

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Pekín maneja un informe de su banco central que aconseja usar el tipo de cambio para gestionar el impacto del comercio bilateral con EEUU y forzar negociaciones China – EEUU.

Las tarifas y aranceles

La tensión geoestratégica no se ha hecho esperar. Apenas un mes después de la proclamación de la guerra comercial por parte de la Administración Trump, China, el principal acusado desde la Casa Blanca del déficit comercial estadounidense, la dialéctica ha dejado paso a los hechos. Aunque el cruce de acusaciones, de alta carga retórica, no haya desaparecido precisamente. Sin embargo, el combate inicial de productos de una u otra potencia económica que han pasado a engrosar la cada vez más extensa lista negra de bienes y servicios que serán sometidos a alzas de tarifas y aranceles siga aumentando, podría pasar a otro peligroso umbral si, como parece, el Gobierno chino decide activar la política cambiaria para amortiguar el golpe de efecto de EEUU y tratar de ganar ventaja en este combate bilateral. Varias fuentes oficiales atestiguan el posible uso de esta arma. De indudable efecto sobre los flujos y la libertad del comercio y de la inversión.

Acuerdo comercial China – EEUU

Una parte de este análisis oficial se centra en las repercusiones que nuevos movimientos en la banda de fluctuación cambiaria que determina, desde el banco central -es decir, por criterios de la política económica planificada de Pekín-, tendría para forzar negociaciones directas con EEUU para alcanzar un acuerdo comercial. En concreto, con la clara intención de alcanzar un mayor margen de maniobra sobre Washington que permita a China cerrar un consenso con ciertas garantías para sus intereses comerciales. El segundo apartado del estudio del que hablan los analistas del Mercado tiene que ver con los efectos que un rinminbi (la divisa internacional que mantiene un cambio paritario con el yuan, la moneda de uso corriente en china) más bajo respecto a las principales divisas del mundo (pero, en especial, frente a un dólar todavía lejos de la prometida fortaleza que desea Trump) tendría sobre la balanza comercial china.

“Parece como si Pekín deseara mostrar la totalidad de las herramientas de las que dispone y que podría emplear” en esta guerra comercial, asegura Viraj Patel, estratega de ING Bank. El yuan se mantiene en una línea de moderada pérdida de valor frente al billete verde norteamericano desde el estallido de la contienda comercial con EEUU. A un cambio de 6,3 yuanes por dólar. Sin que, hasta el momento, el banco central chino haya dado señales de preocupación. Al menos, sin una alteración especial desde que Donald Trump, al inicio mismo de su mandato, arremetiera contra la banda de fluctuación fija que usa Pekín. La principal razón esgrimida por la OMC y sus socios para impedir, casi unánimemente, que adquiera el estatus de economía de mercado. Pese a que se ha revalorizado un 9% respecto al dólar desde que Trump accedió a la Casa Blanca, en enero de 2017.

Las subidas arancelarias

 

China, de hecho, ya está jugando a una gradual depreciación del yuan. Desde el mismo instante en el que su gobierno decretó subidas arancelarias a productos made in USA por valor de 50.000 millones de dólares. A la que siguió otra réplica de Washington para encarecer productos chinos por 100.000 millones, que se suma al alza de tarifas sobre el acero (25%) y el aluminio (10%), que originaron las hostilidades. Gran parte de cuyas importaciones, proceden de China. De momento en vano. Porque desde su implantación, el S&P 500, principal índice de referencia bursátil en el mundo, ha caído un 9% en comparación a su máxima, de comienzos de enero de este año. Una tendencia a la baja que también se ha trasladado al Shanghai Composite Index, que ha perdido un 12% de su valor en el mismo periodo. El presidente Xi Jinping ha declarado que es consciente de los riesgos asociados a una devaluación de la moneda. En concreto, sobre el servicio de pago de deuda de las empresas chinas, altamente endeudadas después de varios años de compras masivas de rivales en el exterior. O por la interrupción del viaje hacia la libre flotación del yuan que le concedería el ansiado cetro de economía industrializada. Cuando pretende lograr el cetro mundial y sustituir, por abandono, a EEUU como actor hegemónico de la globalización.

La consecuencia

Una consecuencia inminente y asociada a esta estrategia cambiaria es la volatilidad del mercado. Ya de por sí, bastante convulso tras la declaración de guerra comercial y las posibles represalias bélicas en Siria. Pero, como toda contienda que se precie, el resultado de mover artificialmente la cotización del rinminbi puede provocar que el disparo le salga a Pekín por la culata. ¿Interesa a China, pues, tocar a su antojo el tipo de cambio? “No es ni adecuado, ni demasiado inteligente” dice Kevin Lai, economista jefe para Asia de Daiwa Capital Markets. “Porque una devaluación utilizada como arma económica podría dañar más la coyuntura china, a la que la táctica del tipo de cambio bajo una banda de fluctuación le ha ayudado a generar estabilidad”, explica, y “podría ocurrir como en 2015, cuando los valores corporativos y financieros se comportaron como una montaña rusa y estuvieron a punto de dar al traste con los cambios en el patrón de crecimiento decretados por Pekín”. China devaluó su moneda, inesperadamente, en agosto de ese año, y los flujos de capital huyeron precipitadamente del país.

Frances Cheung, de Westpac Banking, cree que, dados los antecedentes, Pekín no se decantará por la herramienta monetaria. Aunque servirá para facilitar un compromiso entre ambas partes en la dirección correcta, la de la liberalización de capitales. “Hay otras medidas que puedes usar antes que ésta”, asegura Ken Peng, de Citi. “Utilizar la depreciación es como sacrificar a 800 soldados de tu ejército para matar a 1.000 enemigos”. No es un buen resultado.

Sobre todo, si los augurios de Louis Gave, CEO y cofundador de Gavekal, uno de los fondos de inversión más rentables con un amplio juego de intereses en China, resultan correctos ya que, a su juicio, antes de la declaración de guerra de Trump, Pekín tenía en mente abandonar la banda de fluctuación de su moneda en los mercados internacionales. Dentro de tres años, precisa. Básicamente, porque su riqueza ha crecido y se ha expandido por su sociedad y, si quiere lograr el estatus de economía de mercado, debe abandonar estas prácticas. Algo que puede conseguir de la mano de Alemania. Un viejo anhelo desde que entrara en la OMC, en 2001, y que otorgaría al país un mayor rango de influencia mundial. En línea con viejos mensajes de Administraciones estadounidenses del pasado de pedir “mayor responsabilidad y activismo” a Pekín en resolución de problemas globales. Y que han desaparecido con la llegada de Trump.

“La Lista”

Más efectivo, sin embargo, será la lista de productos norteamericanos que se encarecerán a su entrada en el gigante asiático. Los más de 100.000 millones de dólares en los que se valora las subidas arancelarias de EEUU sobre bienes procedentes de China podrían ser menos dañinos que las barreras por 53.000 millones que ha levantado el régimen de Pekín a mercancías que adquiere de EEUU. La explicación está en los sectores. La agencia Standard & Poor’s no considera que la subida arancelaria americana afecte más allá del 12% de las exportaciones chinas hacia la mayor economía del planeta, muy centrada en productos tecnológicos -no precisamente de alta gama-, hacia el pago de patentes (propiedad intelectual) o a suministros para abastecer a la industria del automóvil. En cambio, el disparo chino es más preciso. Va contra el sector agrícola, es decir contra los estados rurales del interior, los que dieron su voto mayoritariamente al dirigente republicano. La agricultura y, en especial, las carnes, frutas, hortalizas y vino que acaba de gravar adicionalmente Pekín, supusieron más de 19.000 millones de las ventas americanas a China en 2017. La jugada es simple. Washington prefiere daños cuantitativos para reducir su desequilibrio bilateral desde los 375.200 millones de dólares a una cifra inferior a los 100.000 millones, y Pekín apuesta por los efectos cualitativos. Sólo la soja totalizó 12.300 millones del total de la partida agrícola estadounidense. Aunque Pekín también ha creado nuevas barreras a los automóviles y a los aviones comerciales, segmentos en los que las grandes multinacionales americanas habían cerrado acuerdos multimillonarios, con carteras de inversiones cerradas para varios años.

Entre otras razones, porque firmas como Ford tenían previsto importar versiones de su modelo Focus ensamblado en sus plantas de China a partir de 2019. O el holding Geely, que integra a la marca Volvo, que empezó a importar sus automóviles sedans de China en 2015. O General Motors, que también adquiere de sus fábricas en China su híbrido Cadillac CT6.

Last modified: 19/04/2018