El Congreso americano se mueve para frenar el proteccionismo de Trump

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Bajo el ‘America, first’ de Trump emerge un aislamiento de EEUU que demócratas y republicanos pretenden corregir recuperando el control sobre las tarifas comerciales.

 

“Trump desea batallar contra todos. Quizás piense que la mejor vía de defender sus intereses y los de los estadounidenses, pero sólo está provocando el aislacionismo de EEUU”. Bajo esta idea motriz, que está en el pensamiento de los servicios diplomáticos occidentales y chinos, pero que también subyace, cada vez de manera más intensa, entre históricos responsables -actuales o en excedencia- de la Secretaría de Estado, demócratas y republicanos han empezado a mover ficha para corregir los excesos proteccionistas del presidente americano y tratar de contener los efectos perniciosos de la guerra comercial iniciada por la Casa Blanca. Su campo de operaciones será el Congreso. El poder legislativo, como en tantas otras ocasiones en la historia del país, se posicionará en contra de una iniciativa que considera desmesurada procedente del entramado ejecutivo. La declaración de intenciones de los partidos estadounidenses comenzó a fraguarse, además, antes de la polémica reunión del G-7, donde salieron a relucir las discrepancias directas entre Trump y el resto de líderes de las potencias más industrializadas del planeta.

¿De dónde nace el proteccionismo de Trump?

La base fundamental de su argumentación es la creciente retórica beligerante de Trump hacia sus aliados, que deja traslucir una errática y volátil estrategia exterior. El dirigente republicano -argumentan- ha confundido sus esfuerzos y ha irritado a sus socios y aliados, tensando los lazos bilaterales con todos ellos al retirar a EEUU del acuerdo nuclear con Irán, a pesar de que las objeciones de los europeos, y tratando de dinamitar el Nafta, en contra de las posturas de México y Canadá, que incluso han aceptado revisarlo en profundidad mientras pactaba con el dictador norcoreano una salida a la escalada nuclear de ese país poco transparente que, además, lleva aparejada la salida de las fuerzas estadounidenses de Corea del Sur. Apelando a razones, pese a ser aliados de larga fiabilidad, de seguridad nacional. También para justificar las subidas arancelarias. De repente, en cuestión de meses, los más sólidos amigos de EEUU se han convertido en acérrimos enemigos. Hasta el punto de que el G-7, el cónclave donde se dirime el orden mundial, pasa por su crisis más grave desde su nacimiento, en 1975.

¿Cuál es la postura del partido republicano frente al proteccionismo de Trump?

Este repentino aislamiento de EEUU no ha gustado a las filas republicanas. Varios senadores del llamado Grand Old Party (GOP) han iniciado tramitaciones legislativas para contrarrestar las acciones de la Casa Blanca. Entre sus planes, está el respaldo de una enmienda al presupuesto anual de Defensa, que requiere de la aprobación del Congreso, y que permite emprender una serie de ajustes sobre las importaciones de materiales para fines militares. En esta iniciativa se contempla incorporar medidas contra las recientes subidas de aranceles sobre el aluminio y el acero. Y creen necesario dejar abiertas las enmiendas a otros asuntos comerciales, sugiriendo con ello que podría llegar a convertirse en una pieza legislativa del suficiente calado como para que Trump se vea obligado a firmarla. No esconden su intención de fumigar la batería de normas comerciales que se han lanzado desde Washington, en nombre del libre comercio y aduciendo riesgos sobre la economía del país. Uno de esos líderes es el senador Bob Corker, de Tennessee, quien admite que entre las correcciones tarifarias que van a proponer se encuentran las que el presidente ha incluido, por imperativo de seguridad nacional, de acuerdo con la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial, que está sujeta al visto bueno del Congreso. Y podría obligar a cambiar la estrategia de Trump con carácter retroactivo. Para beneficio de la UE, México y Canadá. Aunque está por ver si también para China, el otro gran damnificado por la escalada arancelaria. Corker usó un tono pragmático: “puede de la reacción de Trump no sea positiva, pero creemos que es una acción necesaria para restablecer la autoridad del Congreso”.

Junto a Corker, políticos republicanos como Ben Sasse (Nebraska), que dice estar “atónito” ante las embestidas de Trump, los senadores Marcos Rubio (Florida), para quien la confrontación con China “debería forjar una alianza previa de EEUU con Europa”, Lamar Alexander (Tennessee), al que las subidas de tarifas supondrán “la destrucción de puestos de trabajo, especialmente en la industria automovilística americana” o el portavoz de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, que critica que “no parezca que para Trump haya otras formas de ayudar a los trabajadores y a los consumidores” del país, están detrás de esta estrategia. Sobre todo, porque la Constitución americana -dicen- confiere el poder para establecer aranceles al Congreso. Y si el legislativo cree que el presidente realiza un poder abusivo de esta delegación, puede invalidar cualquier acción de la Casa Blanca. 

Y los demócratas, ¿Qué opinan del proteccionismo de Trump?

Sin embargo, una vez en vigor, la acometida del Congreso debe contar con el visto bueno de las filas demócratas. Formación que está en pleno debate ideológico tras la salida de Barack Obama y el fracaso de Hillary Clinton en la carrera presidencial. Tradicionalmente más proteccionista que los republicanos en materia comercial -se han opuesto a acuerdos globales como el que se rubricó con las naciones de Asia-Pacífico, en el segundo mandato de Obama- están dispuestos a seguir la estela de sus rivales. Una reciente encuesta de Pew Research Center, asegura que sólo el 22% de los representantes demócratas del Congreso apoyan la medida tarifaria de Trump al aluminio y el acero, con el 63% en contra. Además, hay una unanimidad plena en la defensa del Nafta, acuerdo cerrado con el fast-track por Bill Clinton en los noventa. El sentimiento en bloque de los demócratas es actuar con mayor virulencia contra las políticas de Trump implantadas por Obama -desde el MediCare hasta la reforma financiera que combatió la crisis de 2008 o la doble rebaja impositiva sobre las rentas y las empresas- y defender la histórica postura de EEUU como abanderado del libre comercio. En un año, además, de elecciones legislativas como el actual.

Europa Vs Proteccionismo de Trump

También contará en este desafío el curso exterior e interior de los acontecimientos. Europa se ha unido frente a la escalada de tensiones con EEUU. Ha advertido que no dejará ninguna acción sin reacción. A la amenaza de nuevas tasas, de hasta el 20%, a la importación europea de vehículos, sector más que estratégico para Alemania y fuente de empleo para no pocos socios de la Unión, Bruselas se ha mostrado de acuerdo en devolver los golpes. Y acudir ante la OMC. Sin descartar choques comerciales de mayores proporciones que los 350 productos americanos -desde motocicletas Harley Davidson, bajo riesgo de quiebra por la escasez de ventas en EEUU, al bourbon o barcos de recreo- a los que ya han subido aranceles. Sobre todo, si Trump cumple su amenaza de pasar factura adicional a las constructoras europeas que operan en el gasoducto Nordstream 2. O si, finalmente, refuerza sus poderes para examinar los capitales foráneos que entran en EEUU a través del llamado Comité de Inversiones Extranjeras (CFIUS, según sus siglas en inglés), con poder para bloquear operaciones de tomas de control de una sociedad americana si supone algún tipo de amenaza contra la seguridad nacional. Y “proteger la transferencia de tecnología es una cuestión muy importante para EEUU”, ha advertido el secretario del Tesoro, Steve Mnuchin. La lectura que extrae Europa de estos movimientos es que la guerra contra el libre comercio “irá a peor”. Hasta el punto de que podría poner en riesgo el futuro de la OMC. Varios estudios alertan de que, si no se logra defender el statu quo actual, los aranceles en el mundo crecerán, de media, un 32%. Así lo atestiguan, en un informe conjunto, los economistas Alessandro Nicita, Marcelo Olarreaga y Peri da Silva.

¿Cuál es la estrategia europea?

La estrategia europea cuenta con que logre cundir el pensamiento, en EEUU, de que esta guerra reducirá notablemente la, hasta ahora, vibrante economía americana y recortará la confianza empresarial en el país. De momento, Mark Zandi, economista jefe de Moody’s Analytics, calcula que los movimientos arancelarios en vigor ya van a restar tres décimas al crecimiento del PIB de EEUU este año. Impacto que aumentaría considerablemente si Trump sigue la pauta prevista.

Temor del congreso americano frente al Nafta

Pero en Capitol Hill, sede del Congreso, también preocupa, y mucho, el Nafta. La bancada de los republicanos cree que la ausencia de posibilidades de que se renegocie convenientemente este tratado mermará las posibilidades del partido en la contienda electoral de noviembre. Y si no lo hay, se temen lo peor. Barajan la opción de que fuercen la aprobación de un nuevo tratado, sin demasiadas cortapisas, por parte del Congreso. Sobre todo, porque el Nafta genera industrias multimillonarias en la mayoría de los estados americanos por las facilidades empresariales y las ventajas exportadoras e importadoras del pacto en vigor con sus vecinos del norte y del sur. En sus 24 años de funcionamiento hasta 33 estados del país han llegado a vender más bienes y  servicios a Canadá que al resto de EEUU. En 2016, último ejercicio previo a la declaración de la guerra comercial, las exportaciones a Canadá oscilaron desde los 9.000 millones de dólares del estado de Washington hasta los 23.700 de Michigan. Mientras que las ventas a México fueron desde los 2.000 millones de Hawai hasta los 91.700 de Texas.

Last modified: 02/08/2018