China rescata la Ruta de la Seda para erigirse en Gran Bazar global

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El gigante asiático invierte 110.000 millones de dólares en ‘Belt and Road’, su nueva nomenclatura, con el que gana imagen de actor global frente al proteccionismo

El trasfondo que subyace tras el restablecimiento oficial del ‘Belt and Road’ no es su innegable atractivo histórico; es decir, la recuperación de la ruta comercial más emblemática, abierta a mercaderes desde el Siglo I antes de Cristo, que concluía, en sus diversas variantes, en la ciudad china de Xi’an. Ni su estatus de icono de las relaciones mercantiles entre Oriente y Occidente a lo largo del tortuoso y complejo universo económico del medievo. Tampoco la apuesta inversora del presidente chino, Xi Jinping, que ha prometido aportar más de 110.000 millones de euros a la causa: 13.300 millones a través de un fondo estatal, más un préstamo de 50.400 millones; otros 8.000 en ayudas a países en desarrollo y organismos de las naciones de la ruta y 40.000 millones más, procedentes del poderoso sector financiero chino para impulsar a las empresas hacia el exterior. Lo que de verdad está detrás del juego geoestratégico de esta iniciativa, que pretende convertirse en una auténtica autopista mercantil entre China y el resto de naciones de Euroasia, es el combate con EEUU por el predominio económico y la defensa del libre comercio. Ahora que la Administración Trump desea implantar, cada vez con más dudas, su controvertida promesa electoral de instaurar medidas proteccionistas, con aranceles y trabas a la importación, para preservar la industria y las empresas americanas.

Jinping es el gran artífice de este intento de relanzar la imagen de China. De acabar con décadas de capitalismo estatalizado, de límites al accionariado extranjero en los grandes emporios del país, de críticas por las bandas de fluctuación sobre su divisa para garantizar el valor del rinminbi o de los reiterados fracasos por lograr el estatus de economía de mercado, pese a ser socio de la Organización Mundial del Comercio (OMC) desde hace una década y media. Su declaración de intenciones habla de una marca China renovada. De una enseña moderna, vanguardista y que vela por la libertad económica y, sobre todo, comercial. Que cuadre con el cambio de patrón de crecimiento de la economía china -desde un modelo basado en la mano de obra productiva y enfocado a la exportación a otro en el que predomine la demanda interna, tanto el consumo como la inversión- que acaba de instaurar. Y en consonancia con la condición de segundo PIB del planeta y máximo rival de EEUU en los mercados y en el liderazgo y la gobernanza del proceso de globalización.

Xi’an, como en tiempos ancestrales, continuará siendo el centro capitalino de este Gran Bazar global. El epicentro del gran plan comercial de Jinping. Este histórico enclave mercantil será la piedra angular sobre la que se asentará la conectividad y la cooperación entre los mercados de Asia y Europa. Sin descuidar África, el auténtico maná de sus importaciones energéticas en el último decenio. A través de dos pasarelas comerciales. Una rodada, la Silk Road Economic Belt, en la que también se han reactivado los viajes ferroviarios de mercancías. Y otra, vía náutica, la conocidad como Maritime Silk Road. Ambas rutas, la SREB y la MSR, configuran la Belt & Road. Con ellas, el régimen de Pekín no oculta que quiere incrementar el protagonismo comercial y el peso de China en asuntos económicos y políticos internacionales.

Al tiempo que satisfaría sus necesidades de abastecimiento, tanto de bienes como de materias primas e inversiones, para consolidar el consumo doméstico, el mantra de la renovada estrategia de la segunda economía del mundo, y daría pie a elevar su, hasta ahora, el escaso grado de cooperación. En especial, con países suministradores o que pudieran favorecer, en el futuro, intereses geopolíticos como su doctrina de una sóla China, que apunta directamente a Taiwán y a su poder hegemónico en las cada vez más turbulentas aguas del Mar del Sur.

De ahí las palabras de Jinping, en el reciente bautismo de fuego del proyecto, ante nada menos que 28 jefes de Estado y de Gobierno en la capital china. Entre ellos el ruso Vladímir Putin, el argentino Mauricio Macri, la chilena Michelle Bachelet o el presidente español Mariano Rajoy. “Debemos construir una plataforma abierta de cooperación y defender una economía mundial abierta”. Los cálculos oficiales de Pekín prevén que la renovada Ruta de la Seda, impulsada ya en 2013, hablan de que China recibirá inversiones por valor de 1,8 billones en los próximos cinco años de las empresas y naciones que participarán en esta iniciativa. En principio, 68 países, que suman 4.400 millones de personas y el 40% del PIB mundial. E incluye proyectos tan diversos como el tren Madrid-Yiwu, el corredor China-Pakistán y un oleoducto que conectará el sur de China con Birmania y la Bahía de Bengala.

En paralelo, Pekín afirma que, desde 2014, sus empresas ya han suscrito contratos relacionados con Belt & Road por 279.000 millones de euros. Además de instar al Banco Asiático de Desarrollo (BAD), del que es, junto con Japón, en gran contribuyente neto de sus finanzas, a que desvíe al proyecto de la Seda la mayor parte de sus fondos, de 91.500 millones de euros, destinados a las infraestructuras. El suculento pastel al que podrían acceder las firmas constructoras españolas y por las que Rajoy se hizo acompañar del ministro de Fomento, Íñigo de la Serna. Sin olvidar los más de 732.000 millones previstos como inversión estatal durante el próximo lustro.

La ambición de Jinping en la Ruta de la Seda es tal, que pretende involucrar a Oriente Próximo, África y América en su sueño hegemónico. Porque el presidente chino ha hecho de la renovación de la política exterior su leif motiv. Ha involucrado a todas las regiones del país en la Ruta de la Seda, a la que no sólo adorna con los intercambios comerciales al uso o con las inversiones que se sucederán a medio plazo, una vez se asienten los cauces mercantiles. Entretanto, también se aprecian obras geoestratégicas como el oleoducto del Estrecho de Malaca, que abastecerá, sin necesidad de tener que embarcar el oro negro, a varias ciudades del norte y del sur del país que resultan claves para la ruta. La rapidez en la entrega de mercancías, con las nuevas infraestrcutras en marcha, redundarán en la imagen de eficacia de la reformada economía china. Y, por ende, en su perspectiva internacional.

Una segunda línea estratétiga de Jinping es que China se convierta en el auténtico motor de la prosperidad futura en Asia. Después de que la Administración Trump haya renunciado al área de libre comercio con las naciones del Pacífico y los tigres asiáticos. Pekín ha inundado de planes energéticos bilaterales de calado con varias ex repúblicas soviéticas en territorio asiático -sobre todo, gaseoductos y oleoductos-, que incrementarán en más de un 6% la capacidad de recepción del flujo de gas y petróleo de China. Una táctica que, además, sirve al gigante asiático para decir que reducirán el impacto medioambiental. Otro misil en la línea de flotación de la Casa Blanca. Aunque, en realidad, las protestas sociales contra estas mega-construcciones son cada vez más intensas. Y países como Pakistán o India, pero también Myanmar o Corea del Sur, se han quejado de la inteferencia china en asuntos internos por la Ruta de la Seda, mientras firmas extranjeras y ONG’s, fondos soberanos o de grandes carteras de inversión, como las vinculadas a planes de pensiones públicas o privadas, han alertado contra la falta de transparencia y el déficit de reglas contables y financieras bajo estándares internacionales.

Last modified: 22/02/2018