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China expande su influencia por Asia para combatir la guerra comercial

La gota que colmó el vaso de Pekín fue la subida arancelaria del 10% sobre productos chinos por valor de 200.000 millones de dólares. Viraje en la relación bilateral.

 

El objetivo prioritario e ineludible de la afrenta comercial de Donald Trump no son sus aliados. Por mucho que sus socios geoestratégicos -Canadá, México y la UE- contribuyan de forma nítida al déficit comercial estadounidense y se hayan llevado las embestidas y el desplante, dialéctico y personal, del presidente norteamericano en el G-7. El enemigo declarado de la Casa Blanca es China. Una estratagema que no pilla de sorpresa a Pekín. Aunque el régimen del país, que ha tratado de negociar con Washington una nueva relación sin medidas punitivas tan drásticas, opine que la guerra abierta acabará debilitando a ambas potencias. EEUU ha puesto sus metas económicas por encima de cualquier táctica de entendimiento directo con China. Circunstancia que complicará los lazos con el resto de naciones asiáticas y dificultará la labor de mediación, si fuera posible, de aliados en la región.

La estrategia de Trump en la guerra comercial entre China y EEUU

La visión trumpiana de las relaciones con China entierra la política de Obama de combatir toda acción agresiva en materia comercial contra el gigante asiático haciendo uso e involucrando a sus aliados dentro del entramado multilateral. Trump no necesita palabras. Su obsesión es bajar la capacidad de influencia de China en el mundo. Algo que admiten las cancillerías occidentales. Y una misión que perturba al empresariado estadounidense. Scott Paul, presidente de la Alianza para la Industria Americana, decía recientemente en The Washington Post que “no puede evitar sentir que la Administración americana no podrá sacar partido de esta contienda” con China. Por mucho que detrás de esta iniciativa esté la declarada medida de evitar que Pekín deje de obtener y plagiar derechos de propiedad intelectual estadounidenses de forma ilícita. Pese a las sanciones dictadas contra tecnológicas del gigante asiático como ZTE que, con una plantilla de 70.000 personas, también intercede en conflictos tan delicados como el de Corea del Norte. Un acicate para otras administraciones americanas. Pero no para la de Trump. La intención de su antecesor en el cargo con el tratado Asia-Pacífico, que dejaba fuera a Pekín, pero al que permitió tutelar y liderar el bloque económico de Asean con el conjunto de mercados asiáticos, pretendía involucrar a Xi Jinping en asuntos comerciales, económicos y monetarios más ortodoxos y más cercanos al de las economías de mercado. Estatus que China persigue durante décadas, desde que se incorporó a la OMC, en 2001, y que le daría más músculo global ahora que ha cambiado el patrón de crecimiento hacia un modelo más industrializado, relegando a su sector exterior, al que ha nutrido de un elevado nivel de productividad (la gran factoría mundial) a través de bajos salarios y turnos laborales permanentes, a un peso inferior de su PIB. En beneficio de la demanda interna. Más consumo y más inversión empresarial con facilidades financieras de sus enormes conglomerados bancarios.

El problema de este viraje de Trump no es sólo que la subida arancelaria sea desmesurada. Del 10% adicional sobre bienes y servicios que, en conjunto, totalizan 200.000 millones de dólares. Por encima de la cifra que China consigue como superávit en la balanza comercial bilateral con EEUU. Sino que, como alertan desde el Instituto Peterson, especializado en asuntos económicos internacionales, el incremento de aranceles puede perjudicar el abastecimiento que necesita la industria americana para funcionar a velocidad de crucero.

Además, para paliar este conflicto, China ha intensificado su influencia en Asia. Ya lo hace desde el inicio del milenio. Entre 2000 y 2016, Pekín ha empleado más de 48.000 millones de dólares en preparar a sus vecinos para que consuman productos made in China. A través de acciones de diplomacia económica, política y de cooperación. La mayor parte, procedente de sus recursos presupuestarios, según AidData. Una táctica que ha utilizado en África y América Latina, donde la llamada Mano Invisible de China ha ido añadiendo cuotas de mercados a base de inversiones constantes y multibillonarias. El juego, pues, de la segunda potencia económica mundial en Asia es claro: lograr que sus vecinos continentales sean el supermercado de sus productos, abrir sus economías a las firmas chinas, acceder a sus fuentes de materias primas, legitimar las fronteras marítimas y territoriales con sus reclamaciones en el Mar de China y labrarse el apoyo de todos ellos hacia las posiciones de política exterior de Pekín en Naciones Unidas y otros foros globales.

En esta estrategia, Made in China 2025, se enmarca también los 110.000 millones de dólares que se ha gastado en poner en marcha el Belt and Road, la nueva nomenclatura de la llamada Ruta de la Seda, proyecto con el que Pekín quiere ganarse la imagen de actor global frente al proteccionismo. Los cálculos de Pekín prevén que la renovada Ruta de la Seda, impulsada ya en 2013, movilizara un flujo de inversiones de 1,8 billones en los próximos cinco años por empresas y naciones que participarán en esta iniciativa. En principio, destinado a 68 países, que suman 4.400 millones de personas y el 40% del PIB mundial. Y que incluye proyectos tan diversos como el tren Madrid-Yiwu, el corredor China-Pakistán y un oleoducto que conectará el sur de China con Birmania y la Bahía de Bengala.

En paralelo, Pekín dice que, desde 2014, sus empresas ya han suscrito contratos relacionados con Belt & Road por 279.000 millones de euros. Además de instar al Banco Asiático de Desarrollo (BAD), del que es, junto con Japón, el gran contribuyente neto de sus finanzas, a que desvíe al proyecto la mayor parte de sus fondos, de 91.500 millones de euros, destinados a las infraestructuras. Sin olvidar los más de 732.000 millones previstos como inversión estatal durante el próximo lustro. La ambición de Jinping en la Ruta de la Seda es tal, que pretende involucrar a Oriente Próximo, África y América en su sueño hegemónico. Pero la prioridad es el mercado asiático, donde el régimen de Pekín ya tiene 115 programas de hermanamiento entre ciudades chinas y del resto del continente, con amplias alianzas comerciales y económicas. Además de haber inaugurado más de 500 Institutos Confucio a lo largo y ancho de su territorio.

La Administración Trump, a través de su representante comercial, Robert Lighthizer, insiste en que el comienzo de las hostilidades partió de Pekín. Con su agresiva política comercial hacia los EEUU. Pero su postura declarada es que, si China reacciona con tarifas más altas, Washington se verá en la obligación de añadir más obstáculos arancelarios sobre otra lista de mercancías del país, por valor de otros 200.000 millones de dólares. Demasiada leña para atizar el fuego. Porque China abastece el 8% de las materias que demanda del exterior la industria americana, según datos del International Trade Center. En 2017, las adquisiciones estadounidenses procedentes de China totalizaron 505.000 millones de dólares. Si casi la mitad reciben aranceles adicionales, bienes como la ropa o los productos electrónicos repercutirán en el precio final que pagarán los consumidores americanos, aseguran en este think-tank. Pero las consecuencias pueden ser aún mayores. Conglomerados como General Electric pidieron a Washington que quitara de la lista de bienes procedentes de china 34 materiales electrónicos de importación de este país que juzga esenciales para mantener su producción. La Casa Blanca ha desechado todos ellos. Bien es cierto que su lista de mercancías americanas susceptibles de mayores tarifas es menor, ya que en 2017 compró a EEUU por valor de 130.000 millones de dólares. Pero puede paralizar el número, cada vez más creciente, de estudiantes chinos que desembarcan cada año en universidades de EEUU y, sobre todo, puede jugar la carta regulatoria de impedir que firmas estadounidenses entren en el accionariado de empresas chinas de sectores estratégicos. En muchos de los cuales ya han invertido las compañías estadounidenses.

Sobre China también asolan las sombras. Sus plazas bursátiles pierden fuelle desde el anuncio de la Casa Blanca y su economía, en pleno tránsito hacia un patrón de demanda interna, también se resiente de la pérdida de su sector exterior. Pero no se puede desmerecer el músculo y poder de su acción exterior. Mickey Kantor, antiguo representante comercial americano en el mandato de Clinton, lo expresa de forma nítida: “Si dejamos a nuestros aliados europeos, canadiense y mexicano en manos del liderazgo chino, EEUU se quedará sin opción alguna cuando quiera reaccionar, y sin capacidad de sanción dentro del entramado institucional”, en referencia a la OMC, sobre la que Trump ha declarado que no tiene confianza alguna en su labor de árbitro de las relaciones comerciales globales.

Pero los daños colaterales también surgen en el gigante asiático. En una economía que ha bajado su ritmo de crecimiento. Expectativas a la baja que admite el propio Banco Central. En buena medida, por el encarecimiento de los costes financieros internacionales de la subida de tipos de interés de la Reserva Federal, que suma endeudamiento, generalmente denominado en dólares, a las deudas contraídas por empresas y bancos. Aunque también porque se deja sentir el daño del comercio. “El PIB de China ha hecho emerger riesgos, que se trasladarán a la economía global alimentada, además, por el aminoramiento del dinamismo en Europa, la subida del crudo y las turbulencias en los mercados emergentes”, escribe Louis Kuijs, economista jefe para Asia de la consultora Oxford Economics en Hong-Kong y antiguo investigador del FMI. El cambio de color de la coyuntura china se vislumbra en una caída de la inversión en activos fijos, que lleva dos meses consecutivos en números rojos (en abril fue del 6,1% interanual); en el retroceso de los fondos para infraestructuras, que se han reducido del 11,3% al 2,3%; en la ralentización de las ventas minoristas, del 11,2% al 7,9%, el nivel más bajo en quince años y en la moderación de las exportaciones, que evolucionan en un rango de entre el 3,2% y el 3,7% desde el anuncio de la batalla comercial de Trump.

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