China y EEUU imponen una tregua amistosa a su guerra comercial

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Principio de acuerdo en la guerra comercial. La Casa Blanca ha arrancado el compromiso de Pekín de que corregirá su superávit bilateral. Aunque China seguirá con su diplomacia de doble rasero.

 

Las subidas arancelarias estadounidenses sobre productos chinos se dejan en cuarentena. Así lo ha manifestado el máximo responsable de la economía americana: su secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, quien se apresuró a asegurar el compromiso de China en la corrección del gran superávit comercial que mantiene con la mayor potencia económica del mundo. El objetivo que perseguía la Administración Trump con el incremento de aranceles sobre el acero y el aluminio decretado a mediados de abril. La propia Casa Blanca, semanas después de la convulsión que creó en los mercados la reedición de una guerra comercial de dimensiones globales, apuntó el único callejón de salida al conflicto: negociaciones directas para corregir los desequilibrios de las balanzas comerciales bilaterales de EEUU. Un acuse de recibo especial para China, en primer término, y Europa, inmediatamente después. Aunque con escala también en las capitales de Canadá, México y otros mercados anglosajones como Reino Unido o Australia. Washington daba un toque a sus principales socios comerciales. Bajo la amenaza de una vuelta al proteccionismo.

Pekín decidió coger el testigo. Como en semanas precedentes lo hicieron el resto de afectados por la decisión del presidente Donald Trump y del núcleo duro de asesores partidarios de esta estrategia comercial. En concreto, el endurecimiento de las condiciones financieras de entrada sobre una larga lista de mercancías made in China ascendía a 150.000 millones de dólares. Cifra de los beneficios que repatrió Pekín en 2017 por los bienes que Washington seleccionó para su correctivo a Pekín. “Mantenemos la guerra comercial con China en cuarentena”, dijo Mnuchin. “Y así estarán hasta que ejecutemos un acuerdo” bilateral. Todas las subidas arancelarias sobre productos y servicios chinos violaban las leyes sobre propiedad intelectual o fueron identificadas como prácticas contrarias al libre mercado, adujo la Casa Blanca desde el mismo comienzo de las hostilidades. La respuesta inicial de China fue imponer tarifas especiales sobre importaciones americanas, desde hortalizas y legumbres, hasta aviones comerciales. Tanto los mercados como las instituciones multilaterales, especialmente el FMI, han saludado con optimismo el principio de acuerdo entre las dos grandes potencias económicas del planeta.

Mnuchin, eso sí, se reservó la posibilidad de una marcha atrás. El presidente Trump “puede, en todo momento, restablecer de nuevo las tarifas, en caso de que no alcancemos compromisos claros”, precisó. En línea, aunque con un mensaje más contundente, con el representante de Comercio, Robert Lighthizer, máximo responsable de la estrategia comercial en el exterior de la Casa Blanca. “Si este proceso no llegara a buen puerto, EEUU podría hacer uso de herramientas legales para proteger la tecnología americana, a través de tarifas, restricciones a la inversión que proceda de determinados países o instaurar nuevas regulaciones a la importación”. A su juicio, “sería aconsejable que se produjera un cambio estructural porque, de otra forma, la amenaza sobre el futuro de decenas de miles de puestos de trabajo en EEUU seguirá siendo un riesgo”.

Sin embargo, algunas de las medidas instauradas ya por Pekín podrían mantenerse en vigor tras esta paz en la guerra comercial. Por ejemplo, la devaluación soterrada pero constante del rinminbi, su divisa operativa en los mercados cambiarios, mediante el uso de su herramienta habitual, la banda rígida de fluctuación que mueve a su antojo el Banco de China. O la más reciente, de denominar en yuanes, la moneda china de curso legal, los contratos petrolíferos de futuro que suscribe China, principal comprador de crudo del planeta. Toda una afrenta para la hegemonía absoluta del dólar en los mercados energéticos. Una maniobra que se constató hace unas semanas en la Bolsa Internacional de Energía de Shanghái. Y que podría consumarse, según los expertos, con una tercera apuesta económico-monetaria: lograr que la divisa china se haga un hueco importante en las reservas de divisas de los grandes bancos centrales del planeta. Dominadas, hasta ahora, por el billete verde americano y el euro.

El factor sorpresa de China con la denominación en yuanes del crudo se produce en un momento especialmente propenso para ello. Esencialmente, por dos cuestiones. Porque el petróleo acaba de tocar los 80 dólares por barril, una cotización desconocida desde 2014 y, en segundo lugar, porque China es, con creces, el mayor demandante de crudo del planeta y, si fructifica su táctica, adecuará las adquisiciones del oro negro al valor exacto de su moneda. Si a ello se une que toda fluctuación perjudicial sobre su moneda será, a buen seguro, corregida por su sistema de banda de fluctuación controlada de la divisa, el éxito de la medida parece asegurado. Esta maniobra se completaría con un nuevo gran mercado petrolífero en Asia. Como el West Texas o el Brent son las referencias en EEUU y Europa, respectivamente. Si cuajara, el billete verde perdería peso en el continente asiático. Aunque el euro se ha planteado en alguna ocasión una batalla similar sin demasiada perseverancia política. Las autoridades chinas creen que, en los precios actuales, esta decisión ahorraría varios miles de millones de dólares de la macro-factura energética del gigante asiático. Al menos, un par de ellos.

China sigue avanzando al son que marca su denominada diplomacia del Panda en esta guerra comercial, sosegada pero proactiva, y al ritmo que determina su cambio de modelo productivo, que ha dejado atrás su rol de fábrica mundial que exporta a bajos precios para aproximarse al estilo de las potencias más industrializadas, que somete su prosperidad a las ventajas del consumo familiar y de la inversión empresarial. Es decir que, sin desligarse de la planificación estatal, el sistema económico china se acerca cada vez más al estatus de economía de mercado. En línea con las proclamas de Xi Jinping al asumir su nuevo mandato presidencial: iniciar una revolución económica y financiera en el país. La denominación del crudo en yuanes en el mercado de futuros de Shanghái, según el propio dignatario chino, viene a corregir tres largas décadas de retraso en esta decisión. Para Pekín, además, la medida, que se planteó con cierta seriedad en la década de los noventa, busca establecer un mecanismo propio de contratos locales para el comercio del petróleo que podría atraer al capital extranjero. No por casualidad, China ostenta el récord constructor de nuevas instalaciones de refino de petróleo y gas para satisfacer la intensa demanda interna de energía.

Esta es la cara A de la reacción china a la guerra comercial, en lo que se refiere a la energía. Pero tiene un plan B, que también ejerce con regularidad y, hasta ahora, con ciertos visos de éxito. Es el doble filo de la diplomacia político y económica de Pekín. La geometría variable del Panda. La misma que es capaz de iniciar negociaciones abiertas con EEUU. De momento, con resultados eficientes: el alto el fuego en las subidas arancelarias entre las dos potencias. Propiciada por una delegación de asesores presidenciales del área económica de Jinping que inició hace escasas dos semanas contactos con republicanos próximos al círculo de Trump. Se trataba, según Pekín, de una primera toma de contacto. Como las que han emprendido también europeos, canadienses y mexicanos o australianos y británicos en su propósito de obtener treguas arancelarias sobre productos de sus países. Entre las citas que han fraguado el principio de acuerdo destacan las que ha mantenido Liu He, en suelo estadounidense, con el representante de Texas Kevin Brady, a la sazón, presidente del Comité de la Cámara de Representantes que redactó la polémica rebaja fiscal de Trump, primero, y con el senador Orrin Hatch, de Utah, del Comité Financiero del Senado, panel homólogo al de Brady en la Cámara Baja. Liu es viceprimer ministro, y aterrizó en Washington a mediados de mayo. Pero, entre sus interlocutores, también se deben nombrar al secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, que ya tuvo un primer contacto con Liu en Pekín el 4 de mayo. Y con el asesor comercial del presidente de EEUU, Peter Navarro. Quizás, el principal artífice del inicio de la guerra contra China y el gran receptor de las críticas chinas a la decisión bélica estadounidense por “su cerrada defensa del proteccionismo” y por “su actitud errática y poco profesional”.

Pero, sobre todo, el diálogo bilateral -la cal- y las actuaciones en el plano económico -subida de aranceles- monetario -devaluación encubierta de la moneda- y geoestratégico -contestación a la supremacía del dólar en los mercados energéticos- tiene otro doble rasero. El debilitamiento de la actividad económica china. Es la arena de esta jugada. En abril, varios de los indicadores de referencia del boom del país desde finales del siglo pasado desvelaron un preocupante descenso productivo. Entre otros, el de las inversiones de activos fijos, las ventas de comercio minorista y la producción industrial. Las represalias comerciales de EEUU y el endurecimiento de las condiciones crediticias parecen estar detrás de esta pérdida de dinamismo en la guerra comercial.

Last modified: 31/05/2018