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Canadá “se prepara para lo peor”: tensión con EEUU y salida del Nafta

La cumbre del G-7 marcará un antes y un después en las relaciones entre Canadá y EEUU, según su titular de Exteriores. Ottawa no descarta integrarse en el bloque europeo.

 

“Prepararse para lo peor”. La frase surge de boca de la jefa de la diplomacia canadiense, Chrystia Freeland, semanas después de la tensa reunión del G-7 en Quebec. Pero es un sentir general en el servicio diplomático canadiense. La afrenta retórica de Donald Trump contra su homólogo del norte, Justin Trudeau, ha dado al traste con cualquier intento inmediato de restablecer los lazos bilaterales que, en algún momento de las semanas previas a la cita de las siete potencias más industrializadas del planeta, planteó, por parte de la Casa Blanca, incluir a Canadá en el elenco de economías que podrían beneficiarse de la excepcionalidad en las subidas arancelarias que ha impuesto EEUU a sus principales aliados. Aduciendo razones de seguridad nacional e invocando el agujero en la balanza comercial del mayor mercado del planeta. Freeland enfatizó que nunca en la historia reciente, la sintonía entre ambos países había estado “en un punto más bajo y de tanta preocupación”. Punto de fricción que también corrobora un antiguo asesor de Trudeau, Roland Paris, para quien “ha habido momento de tensión en varios instantes de la historia, pero nunca he visto ni oído un lenguaje tan agresivo y despectivo como el usado por la Administración Trump hacia Canadá”. Sobre todo -matiza- porque la esperanza del primer ministro de Canadá en la cita del G-7 era la de restaurar el entendimiento tras las tarifas punitivas aplicadas por la Casa Blanca.

En términos exactos también se expresó Colin Robertson, antiguo diplomático y responsable del Instituto Canadiense de Asuntos Globales. “Ahora, estamos preparados para lo peor”, porque “el daño ya está hecho, es de magnitud y proseguirá en el futuro”. Canadá es el primer socio comercial de EEUU, con un volumen de intercambio de mercancías y servicios de 673.900 millones de dólares. Un reciente estudio de CD Howe Institute valora en más de 6.000 puestos de trabajo y una pérdida de tres décimas del PIB el efecto del incremento arancelarios sobre el acero y el aluminio para la economía canadiense. Mientras que la réplica de Ottawa de aplicar tarifas adicionales a productos estadounidenses como el whisky, la soja o bienes industriales de diferentes sectores, por valor de 16.700 millones de dólares, se cobrará 22.700 empleos, aunque sólo un recorte del 0,02% del PIB, a EEUU.

Trump “ha descubierto un arma, la guerra comercial, que está usando en su máxima expresión, como un elemento de destrucción masiva, como el gran artefacto de beligerancia para impulsar su política de American, first”, escribe Lawrence Herman, antiguo diplomático y ahora consultor de comercio internacional, para quien la equivocación del presidente americano es que “su idea estratégica hará a EEUU menos dependiente, pero, en realidad traslada el mensaje de que ha dejado de ser un socio fiable, incluso a sus más próximos aliados”.  

La opinión canadiense, además, se ha trasladado al resto de socios de EEUU, que ya se plantean actuar contra los intereses empresariales de EEUU. Una declaración de intenciones que están trasladando a la sede de la OMC, la institución global defensora del libre comercio, donde podrían perfilarse acciones conjuntas. Algunos expertos hablan ya de un impuesto Trump sobre activos estadounidenses en el exterior. Freeland incide en la idea. “El creciente escepticismo no puede servir ni para aislar, ni para fomentar que EEUU abandone el orden global sobre el que tanto ha contribuido América”. Pero “la posibilidad de que el poder económico y empresarial de EEUU se circunscriba casi exclusivamente a su territorio y su mercado interior es real”. La preeminencia económica de una nación “no es eterna” y generalmente sucede por errores estratégicos de sus gobernantes. Y EEUU se equivoca tratando de renovar el orden internacional por su cuenta y riesgo y sin cooperación con sus aliados tradicionales, explicaba hace pocas fechas la ministra de Exteriores en Foreign Policy Magazine.

A la espera de alguna señal conciliadora por parte de Washington, Canadá -igual que México- ya se prepara para un escenario post-Nafta. Incluso ante la persistencia de EEUU de que la revisión del tratado no es una táctica para la desmantelación definitiva de la unión aduanera del norte de América, y que el pacto que podría surgir de las negociaciones en curso, desde hace más de seis meses, beneficiará también a sus dos socios. Ottawa ha dejado de escuchar esos cantos de sirena. Sus negociadores no concluyen nada parecido. Tampoco sus colegas mexicanos. Ambos países se han lanzado a sellar nuevas alianzas comerciales. Conscientes de que el Nafta está ya en la sala de cuidados paliativos. Canadá y México acaban de firmar una nueva relación con el tratado Trans-Pacífico, el primer acuerdo internacional cancelado por Trump, y con otros nueve mercados de la otra orilla de este océano. Además de tener negociaciones avanzadas con la UE. Por si fuera poco, han iniciado diálogos con países como Colombia, Perú, Chile, Singapur, Nueva Zelanda y Australia. Una reacción que empiezan a asumir ciertos políticos en EEUU. Eric Farnsworth, vicepresidente del Consejo de las Américas y negociador en el original acuerdo del Nafta, en vigor en los últimos 30 años, considera que “el mundo no puede dejar de girar ni de buscar nuevos pactos de libre comercio sólo porque EEUU desee torpedear su arquitectura de comercio”. A su juicio, “el mercado global tiende hacia la diversificación”, luego “no es una fase en la que convenga refugiarse en un territorio concreto; por mucho que sea el mercado con más volumen de negocio del mundo”.

Entre las iniciativas más sorprendentes que tiene Canadá encima de la mesa, y que baraja con cierto rigor, es unirse al bloque europeo. Trump, dicen en Ottawa, ha dejado con su Guerra comercial indiscriminada las puertas abiertas a cualquier movimiento geo-estratégico. Así lo advierte el senador estadounidense por Nebraska, Ben Sasse, republicano. Crítico con la táctica comercial de Trump. “No sería descabellado”. Se trataría -admite- de consolidar una de las rutas tradicionales de comercio canadiense y de aprovechar una oportunidad histórica. “Con un poco de imaginación, las garantías de éxito de este juego serían casi plenas”.

Europa podría ofrecer a Canadá un fast-track (la poderosa herramienta que pasa del Congreso a la Presidencia de EEUU para rubricar acuerdos comerciales, según el equilibrio de poder entre el ejecutivo y el legislativo americano y que resulta imprescindible para acelerar negociaciones en curso) para adherirse al mercado interior europeo. Para Canadá, sería como reemplazar de un plumazo a EEUU y tener acceso con inmediatez a un mercado incluso con mayor número de consumidores que el estadounidense. Y geoestratégicamente, podrían consolidar una pasarela transatlántica que ganaría influencia global y dejaría a Reino Unido entre dos espacios de inversión demasiado potentes como para que no se tome en serio el Brexit. Y México podría seguir sus pasos. Sería el nacimiento de una nueva era multipolar. Con EEUU ajeno. O por lo menos, con el pie cambiado. De momento, Trudeau, en la jornada de conmemoración del 151 aniversario del nacimiento de Canadá, se desplazó a la pequeña localidad agrícola de Leamington, al suroeste de Toronto, próxima a la frontera de EEUU, para anunciar la subida de aranceles a productos estadounidenses por valor de 16.600 millones de dólares. “Considerar las exportaciones canadienses de automóviles una amenaza para la seguridad nacional de EEUU no tiene sentido. Aun así, nos aplicaremos en la renegociación del Nafta” con las autoridades de la Casa Blanca, dijo el primer ministro canadiense. Una puerta abierta a la concordia.

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