Brexit, la saga continúa

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El Brexit continúa

¿Quién le iba a decir a un ciudadano británico el 23 de junio de 2016 que tres años y medio, tres primeros ministros, dos acuerdos y tres prórrogas después aún no sabría cuándo y cómo se produciría la salida de Reino Unido de la UE? Por inverosímil que parezca, la incertidumbre que rodea al Brexit continúa siendo absoluta. Tampoco hubiera adivinado nadie que, cuando Boris Johnson accedió al poder a finales del pasado mes de julio, iba a conseguir llegar a un nuevo acuerdo con la Unión Europea unos meses después. Pero si algo nos ha enseñado este proceso político es que, en lo que concierne al Brexit, todo es posible hasta que se demuestre lo contrario.

 

Nuevo Acuerdo de Salida: Irlanda y Reino Unido

Así pues, tras una nueva semana de frenéticas negociaciones en Bruselas, el pasado 17 de octubre el Reino Unido y la Unión Europea alcanzaron un nuevo Acuerdo de Salida. El texto era esencialmente idéntico al que había firmado Theresa May en lo relacionado con los derechos de los ciudadanos o en la factura que Reino Unido ha de pagar a Bruselas en concepto de salida. Sin embargo, el Protocolo para Irlanda del Norte, donde se incluye la salvaguarda irlandesa, ha cambiado sustancialmente. Recordemos que la salvaguarda es un mecanismo por el cual, para respetar el espíritu de los Acuerdos de Viernes Santo que pusieron fin a más de tres décadas de conflicto en la región, Reino Unido se comprometía a no establecer una frontera dura entre las dos partes de la isla. Mientras que en el Acuerdo de May se consensuó que, una vez terminase el período de transición en diciembre de 2020 se crearía una unión aduanera entre Reino Unido y la UE, Johnson, con el objetivo de “recuperar el control”, apostó porque Reino Unido crease su propia unión aduanera independiente de la UE para así poder firmar sus propios tratados comerciales con otros países. Sin embargo, para evitar el restablecimiento de una frontera dura se acordó que Irlanda del Norte pertenecería de iure a la unión aduanera británica, pero de facto a la Unión Europea. Esto, en la práctica, implica que Irlanda del Norte continuará alineada con las regulaciones que aplican al mercado único y que, en vez de realizar controles aduaneros entre las dos partes de la isla, se realizarán en los puertos de entrada, estableciendo así una frontera dura entre dos partes de un mismo país: Reino Unido. Dada la excepcionalidad de la situación, se acordó que cada cuatro años la Asamblea de Irlanda del Norte votaría si mantenía o no este estatus especial.

Parecía que el final del culebrón político en el que ha derivado el Brexit estaba próximo a terminar. Sin embargo, como decíamos, en este proceso, todos los escenarios son posibles hasta que se demuestre lo contrario. Como en ocasiones anteriores, para que finalmente Reino Unido abandonase la UE, Westmisnter tenía que ratificarlo. Los tres rechazos al texto de May evidenciaban que, dada la enorme fractura política que vive el país, precisamente la votación en el Parlamento era el principal obstáculo para consumar la salida. Sin embargo, se pensaba que en esta ocasión la Cámara sí que respaldaría el Acuerdo. Al fin y al cabo, quienes anteriormente se habían negado tajantemente a aceptar el texto de May (los euroescépticos radicales liderados por Johnson), eran precisamente quienes en esta versión lo habían negociado y firmado. Sin embargo, como no podía ser de otra forma, Westminster no decepcionó; el pasado 19 de octubre volvió a rechazar el Acuerdo y exigió al primer ministro que pidiese una nueva prórroga a Bruselas. En esta ocasión, sin embargo, el rechazo respondía a la desconfianza que la Cámara tiene hacia el euroescepticismo radical, de quien teme que, en el último momento, boicotee la salida ordenada y aboque al país a una ruptura radical el próximo 31 de octubre. En cambio, si obligaba al primer ministro a pedir una prórroga, Reino Unido seguiría legalmente vinculado a la UE mientras se procedía con la tramitación de la legislación a nivel nacional.

 

Muchas incógnitas y ninguna respuesta

Este rechazo se suma a la lista de varapalos políticos que no ha dejado de recibir el primer ministro desde que llegase al poder. Sin embargo, eso no le desalentó para tratar de cumplir su principal objetivo político que no es otro que “sacar a Reino Unido de la Unión Europea antes del 31 de octubre”. El pasado martes 22 de octubre volvió a presentar el texto a la Cámara “en segunda lectura”, esto es, para su debate y su posterior enmienda. Ante el asombro de todos, por primera vez, Westminster aprobó el Acuerdo de Salida con un margen de 30 votos (329 frente a 299 que lo rechazaron). Pero, y este es un gran pero, rechazó la tramitación urgente con la que el primer ministro pretendía aprobar el texto antes del jueves. Esto obliga, inevitablemente, a que la salida de Reino Unido de la UE se posponga más allá del 31 de octubre, algo que Johnson quería evitar a toda costa.

El escenario que se plantea ahora es, como no podía ser de otra forma, incierto. Por un lado, la UE, a pesar de las diferencias entre los Veintisiete, se ha decantado por una prórroga larga (hasta el 31 de enero) ante la posibilidad de que Londres celebre elecciones anticipadas a comienzos de diciembre para tratar de desbloquear la situación. No obstante, Johnson, no cuenta con la mayoría suficiente en el Parlamento para convocarlas por lo que se desconoce si finalmente se celebrarán. Todas las incógnitas continúan sin resolver y, mientras, el Reino Unido continúa atrapado en un bucle sin fin del que no parece saber escapar.

 

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Last modified: 31/10/2019