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El ‘billete verde’ toca fondo, sin atisbo de la política del dólar fuerte

El dólar cerró agosto en su nivel más bajo respecto al euro desde enero de 2015, al recuperar  la barrera de los 1,20 dólares y revalorizarse un 15% en lo que va de año.

 

La ausencia de cualquier vestigio del retorno a la política del dólar fuerte, con el que Donald Trump inauguró su discurso económico al alcanzar la Casa Blanca, no sólo ha devuelto a los inversores que manejan patrimonios en billetes verdes americanos a posiciones conservadoras, en busca de refugios tradicionales de activos. También crean dudas sobre la efectividad de la política económica estadounidense y la línea estratégica que debería seguir la Reserva Federal a la hora de dictaminar la táctica monetaria del país. No en vano, el indicador del valor de la divisa ha retrocedido más de un 10% desde que Trump tomó posesión de su cargo. Y un 15% frente al euro en lo que va de año.

El dato llegó en un momento culminante

En plena reunión de los presidentes de los grandes banqueros centrales en Jackson Hole (EEUU), para analizar el devenir de las descontadas subidas de tipos de interés, después de años de postcrisis con el precio del dinero en un estadio próximo a cero, considerado como una anomalía del mercado. En el balance de situación, tensiones como la nuclear de Corea del Norte, marcadamente geoestratégica, pero también las primas de riesgo del valor reducido de las divisas de sus respectivos espacios de influencia. En especial, sobre el balance comercial. O las recetas de rebajas fiscales y los programas de infraestructuras en EEUU o de las reformas estructurales y del sistema financiero en Europa, el Brexit, sobre Reino Unido o la fortaleza de la recuperación en ciernes en Japón, después de una doble década perdida en el plano del crecimiento. Entre otras.

La Reserva Federal y el BCE

La cita de Jackson Hole, como era de esperar, no dejó claros síntomas sobre en qué momento, la Reserva Federal o el BCE retirarán sus estímulos monetarios. Un inmovilismo del que se ha beneficiado el valor de la moneda europea, que ha repuntado al unísono de las buenas señales de su coyuntura, también por primera vez desde el estallido de la crisis, en 2008. En contraste con la falta de concreción y de detalles de la política económica de Trump, que está retardando la decisión de la Fed de nuevas subidas de tipos.

De hecho, la subida continuada del euro desde el inicio de 2017 se ha interpretado como un claro aviso de que Mario Draghi sopesa abandonar la herramienta de la compra masiva de deuda soberana y corporativa -Quantitative Easing (QE)- aplicada desde 2015, aunque subyacen no pocos interrogantes sobre el ritmo de esta retirada de activos y el momento de su finalización. Algunos analistas sitúan esta fecha en las reuniones de septiembre u octubre.

Frente a este horizonte relativamente despejado en el Viejo Continente, en la primera economía mundial persiste la incertidumbre sobre “la evolución del sistema financiero, en respuesta a las fuerzas económicas y tecnológicas y a los cambios regulatorios que, más tarde o más temprano, se producirán en favor de unas normas más laxas”, explicó al término del encuentro Janet Yellen, presidenta de la Fed. Discurso que traslada un cierto pesimismo a los análisis del mercado que dan por descontados nuevas (e inmediatas) subidas de tipos en EEUU. La prudencia vuelve a arreciar en las palabras de Yellen, a la espera de “la respuesta a las políticas económicas” que se están fraguando en la Casa Blanca.

Presiones inflacionistas

Otro de los argumentos que respaldan el final de la larga época de tipos de interés próximos a cero, como solución monetaria a la salida de la crisis financiera, es la ausencia, casi total, de presiones inflacionistas. En casi todas las latitudes del planeta. Pero, sobre todo, entre las grandes potencias industrializadas. Por cuarto año consecutivo, se mantiene a raya. Por debajo del 2%, el límite establecido por el más ortodoxo de los estatutos monetarios, el del BCE. Una constante si se hace la media de los últimos 20 años. Tanto en fases de crecimiento de empleo como de destrucción de puestos de trabajo.

El consenso del mercado, que atribuye este sorprendente control de precios a la explosión de la tecnología sobre la productividad, la competitividad y las relaciones laborales en los entramados económicos de los países con altos niveles de renta, establece julio de 2018 como el instante en el que los indicadores de consumo tendrán suficiente fortaleza como para impulsar por encima del 2% a la inflación subyacente. En Europa, EEUU, Japón y Reino Unido.

Draghi también se apunta a la cautela de Yellen.

La apreciación del euro fortalece las condiciones financieras de los mercados europeos. Circunstancia que, a los ojos de los analistas, añade aún más prudencia para ordenar la retirada de los estímulos. Y justifica la postura dócil y alambicada del presidente del BCE en su visita al enclave montañoso de Wyoming, donde cada año se congregan los banqueros centrales. También por cuestiones políticas y geoestratégicas. Al fin y al cabo, en septiembre hay elecciones en Alemania y en la Francia de Emmanuel Macron se acaba de lanzar su ambiciosa reforma laboral que flexibiliza el mercado de trabajo, con dudas todavía razonables sobre el grado de aceptación social que tendrá la nueva legislación en un país con fuerza relativa de sindicatos y movimientos civiles.

De momento, su discurso gira en torno al mantenimiento de la “adecuación monetaria” de las medidas extraordinarias al “escenario actual”. Todo un clásico. Que, sin embargo, no presagia que en la reunión del BCE del 7 de septiembre vaya a retirar parte de los 60.000 millones de euros que aporta cada mes a la adquisición de activos.

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